La moderna distopía. Plop y el uso imperfecto del futuro

Hombres en una barbería cubana
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Francis Sánchez

Llevaba mucho tiempo extraviada en mi casa, sin que yo me decidiera a ir por ella, en algún lugar la había puesto después de estar casualmente en la Casa de las Américas en La Habana, cuando su autor, el argentino Rafael Pinedo, asistía a la presentación de la novela con que ganó el premio internacional convocado por dicha institución. Y solo sería por la sugerencia de alguien que la comenzaría a leer, o mejor dicho, la leí y ya, todo ocurrió de una vez, de una sentada. He aquí el primer juicio que me siento tentado a emitir sobre la novela Plop, algo que ilumina para mí en retrospectiva dónde radica su fuerza, su forma y su lenguaje: leerla puede ocurrir como un acto elemental y entero, igual que morder, tragar, golpear o ser golpeado.

No se trata solo sobre cuestión de páginas, que no son muchas, sino por la austeridad y eficiencia de la estructura narrativa: pequeñísimos capítulos, argumento vertiginoso, lenguaje áspero y sugerente, predominio de frases cortas, y la acción como única medida de los personajes, evitando descripciones que no emerjan de los hechos. Y pudieran anotarse un sinfín de otras características sobre la economía literaria de Pinedo, una vez que nos damos cuenta de su logro, que estamos en presencia de una novela ejemplar, una ficción original y completa como un mundo sin otra alternativa que haber sido creado, contado.

Lo cierto es que la fábula de un futuro incierto o (im)probable se realiza mejor, también, por las formas breves, rápidas y duras del escritor, con que introduce su estilete en el panorama tradicionalmente barroco de la literatura hispanoamericana, a través de percepciones básicas, sombras y miedos terriblemente universales, como esa misma onomatopeya que le da título, origen del nombre del protagonista: Plop es el sonido que hizo al nacer, cuando cayó en el barro.

El crepúsculo de la humanidad, lo que ocupa el presente ficcional de esta novela distópica, es un futuro primitivo. Asistimos a una especie de fin de la historia, en una sociedad posapocalíptica. Principio y final se tocan ambiguamente en sus páginas, y arranca con la muerte del individuo-caudillo que se cumple a manos del Grupo, inexorablemente, mientras recibe la condena de quienes afuera de un pozo disputan el honor de poder sepultarlo con cada puñadito de tierra que arrojen sobre su cabeza. Luego, en esa situación límite, recuerda a flashazos su vida, y no son más que los sucesos que componen este relato de tiempo circular, mientras "intenta pensar en cómo ha llegado hasta ahí".

Todo se desenvuelve por la búsqueda del conocimiento, concientizar un "cómo" fatídico, el trayecto de la propia caída, pero en última instancia se prescinde del fallo de la civilización, nada sabemos sobre el tipo de catástrofe que ha provocado el gran retroceso social desde un desarrollo industrial —hay ruinas y basuras que dan prueba de ello— hacia este abismo de puro barro, porque la vida de Plop está limitada al interior de un pozo, solo conoce lo que tiene o ha tenido ante sus ojos. Y porque, al narrador, no le hizo falta más. En la ascensión al liderazgo del Grupo, manipulando, traicionando, matando, y en la reducción de su vida a la búsqueda de gloria en medio de la nada, para acabar donde mismo empezó o más abajo, se resumen todos los otros falsos progresos que no serían menos que el vacío del espíritu en la búsqueda de poder. No he visto que la crítica repare en que se trata de otra forma de abordar el caudillismo, tan presente en la literatura latinoamericana como enquistado en la historia de esta región.

Pinedo se impuso el reto de despojar la trama, su mundo y sus personajes, de un gran cúmulo de topos, signos, follajes, herramientas y conocimientos, y a pesar de ello contar una historia recorrida por imágenes muy vivas, sólida, rica anecdóticamente, llena de movimiento y pletórica de verdades que evocan el antes y el después de los dioses. Este universo es una llanura de barro, sin árboles, donde vagan personas sin otro objetivo que vivir un día más a cualquier precio, cazan ratas, perros o gatos que queden entre las ruinas, se comen unos a otros, "reciclan" o devoran a quienes dejan de ser útiles, se "usan" o hacen el sexo, y como llueve todo el tiempo no pueden mirar bien al cielo ni escudriñar el horizonte para averiguar si existe una montaña en alguna parte. El sentido de vivir aquí se limita a sobrevivir. El resultado es un paisaje posterior al fin de las ideologías, contraído en el fango, difícil de olvidar.

Limitaciones del punto de vista desde el que se narra, junto con la falta de recursos en este paisaje enfermo de muerte, subrayan el peligro de la evolución humana, apartándose de otros textos futuristas más concurridos, más edificados desde la ciencia ficción, pero convierten la línea de acción en un dibujo emotivo de una dimensión humana interna. Quizás el escritor necesitó la mayor ausencia de elementos naturales y culturales en la medida que quiso hacer una evocación universal o intemporal, y así fue como este mundo se volvió extremadamente opresivo, cerrado, desgastado, en tanto las pulsiones del cambio se hunden en la psiquis de los seres que lo habitan. La vieja Goro —"formalmente mi propietaria", dice Plop—, quien posee como una sacerdotisa el vestigio de saber leer y esconde incluso una página de un libro entre sus tetas, borracha, susurra: "La vida no es así. No es. No era".

El tono de la narración y la estructura lógica del Grupo humano que se mueve a través de la gran descomposición social, resulta de tipo mítica. Un primitivo instinto de supervivencia, y una necesidad extrema como criterio de la verdad, hacen a los vivos mantenerse en marcha, revolviéndose en sus propios deshechos, y entretanto refundar ritos y tabúes no menos absurdos que rígidos. No hay historia posible fuera de la cultura, parece decirnos, ni aunque sea la historia sobre la destrucción de la cultura. Y de lo más interesante resulta comprobar, entonces, la ironía con que se recrea la búsqueda de orden y jerarquías por parte de omnívoros ciegos, narrados sin lástima —se dividen en brigadas, tienen comisarios, "hay que elegir Secretario de Brigada", etc.—, pues si bien las estructuras que adoptan significan un recordatorio de la tribu y los mitos ancestrales, apelan a la ideología, la política maniquea, pero sobre todo la burocracia, como los artefactos de la modernidad, contaminantes, arbitrarios y ridículos, que pudieran mantenerse a flote cuando todo se hunda. Indaga así, con acertado distanciamiento, en el mal, la soledad, la brutalidad y la infinita estupidez humana. 

No puedo decir que conocí personalmente a Rafael Pinedo (1954-2006), y casi no tuve chance. Poco después de publicar Plop, su primera novela, falleció a consecuencia de un cáncer. ¿Ya sabía de su enfermedad cuando la escribió, y ello influyó en su visión? No me he topado por suerte más que con someras alusiones a su "mundo terminal". Estaría siempre de más buscar respuestas en esa dirección, porque su alcance, el de su construcción sensible, se basa en el amplio despliegue de la imaginación llevada al límite de las creencias, al grado cero del futuro. Hay que sentir mucho la presencia de una simple flor para ver y hacer ver este paisaje tan desolado donde "nunca existió otra cosa que barro".

Pinedo dejó inéditas otras dos novelas: Subte y Frío. Hoy la crítica no ahorra adjetivos para él. Sin embargo, yo estaba allí, en la fila que compraba Plop aquel día, guardo por eso una dedicatoria pequeñita y curiosa, quizás similar a la de todos los que cargamos su libro a casa, pero que para mí esconde un sabor muy especial cuando la he redescubierto después que pasaron tantos años, y lo le leído, al fin, lo he encontrado, y he decidido guardarlo para mí. Dice: "Abrazo grande".

Rafael Pinedo, Plop (Premio Casa de Novela, Casa de las Américas, La Habana, 2003).

 

Francis Sánchez. Foto en revista Árbol Invertido

(Ceballos, Ciego de Ávila, Cuba, 1970). Lic. Estudios Socioculturales. Máster en Cultura Latinoamericana. Perteneció a la UNEAC desde 1996 hasta su renuncia el 24 de enero de 2011. Fundador de la Unión Católica de Prensa de Cuba en 1996. Ha sido redactor fundador de la revista católica Imago (1996-2001) y Jefe de Redacción de la revista cultural Videncia. Dirige la revista independiente Árbol Invertido. Autor, entre otros, de los libros Revelaciones atado al mástil (1996), El ángel discierne ante la futura estatua de David (2000), Música de trasfondo (2001), Luces de la ausencia mía (Premio “Miguel de Cervantes de Armilla”, España, 2001), Dulce María Loynaz: La agonía de un mito (Premio de Ensayo “Juan Marinello”, 2001), Reserva federal (cuentos, 2002), Cadena perfecta (cuentos, premio “Cirilo Villaverde”, 2004), Extraño niño que dormía sobre un lobo (poesía, 2006), Caja negra (poesía, 2006), Epitafios de nadie (poesía, 2008), Dualidad de la penumbra (ensayo, 2009) y Liturgia de lo real (ensayo, premio “Fernandina de Jagua”, 2011).

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