Diario de Caín

Mirando la diana con lupa
Mirando la diana con lupa. Foto: Francis Sánchez
Imagen: Francis Sánchez

[fragmento de novela inédita]

Hago una foto y la nube parece un edificio de Manhattan. Es de los rotundos inmuebles que se levantan en Times Square, intento sugerirle al aporreador, que restablece sus antiguas fórmulas de trabajo. Una galaxia de edificios carcomidos por la claridad citadina. No es de noche en Nueva York y no es de noche en mi nube.

De noche las nubes se convierten en pálidos esqueletos. No intento retratarlas así, solo pueden disimularse como pedazos de polvo alrededor de un brumoso escenario. Así no hay fotos ni arte.

El aporreador ha traído imágenes de tímidas nubes que parecen (y no le agrada mi burla) unos monos abrumados por el calor.

Me dice que está aburrido de hacer fotos como las que hace. Lo consuelo: todo cambia y todo se crea, el cielo (el que vemos arriba de nosotros) es demasiado perfecto para que no lo compartamos.

Es como uno entienda este asunto, dice, y debemos admitir con tranquilidad que podemos desmontar cualquiera de esas imágenes y hacer una especie de diagnóstico artístico. Ves nubes, y ya estás viendo una onda relampagueante, gris, azulosa, verde, cualquier color, cierras los ojos y la luz del gobernador del universo ha creado una verdadera obra que nosotros salvamos. Este es el verdadero arte, virgen, salvaje, prolongado, tembloroso.

Me importa mucho conocer cómo alguien como el aporreador, que por algo de dinero golpea a ciertas personas, puede tener un gusto tierno con estas fotos. Quizás porque es menos asfixiante divorciarse de una única vida, de un simple y mortal negocio de vida.

 

El joven poeta, el sepulturero y yo íbamos por una avenida de la ciudad y nos encontramos, dentro de un latón de basura, a un niño de siete u ocho meses.

No era que cautivara con su inocencia, embarrada de pedazos de cartones, latas vacías. Solo sus ojos estaban agrietados o llorosos, pero no significaba que sintiera una pena terrible por él mismo. Eso pensábamos los tres. La inocencia. La inocencia manchada. La inocencia manchada de pedazos de cartones, latas vacías.

Como yo tenía a mi padre bajo mis cuidados, como el joven poeta tenía un perro, como el sepulturero vivía solo, supusimos que estaría bien que lo llevara con él.

Es que muchos han perdido la noción de lo importante que es un niño hoy en día. El joven poeta habló también de los niños abandonados en otras partes de la ciudad. Se estaba convirtiendo en una rechinante costumbre, dijo con pesadumbre. Mañana a mañana aparecían criaturas como esta en otros sitios. Los síntomas o la descripción eran similares: niños de menos de un año, niños que no lloraban.

Media hora de disquisiciones, nosotros a unos metros del latón con el pequeñuelo, los transeúntes pasaban y no querían vernos, y el sepulturero sopesaba las múltiples variantes de convertirse o no convertirse en padre.

Como yo tenía a mi padre en casa, como el joven poeta tenía un perro, como el sepulturero estaba solo decidimos que debía llevarse al niño.

Este será el sepulturero del futuro, habló con emocionada resignación. Pero al avanzar unos cuantos metros nos encontramos con otro latón de basura y dentro a un niño parecido al que traía en sus brazos. Hizo lo que no deseábamos que hiciera. Juntó a los dos niños en el mismo latón. Luego habló de no permitirnos sensibilidades como esas.

 

Nos cuentan como ovejas. Nos experimentan como si fuésemos los especímenes de una usurpada galaxia desconocida.

Un censo, una encuesta, donde debemos decir, nombrar, responder, una caterva de inimaginables preguntas y encrucijadas.

Si soy casado. Si vivo solo. Si tengo un trabajo fijo. Si tengo una doble nacionalidad. Si leo en las noches. Si prefiero la carne de un animal o de otro. Si prefiero los vegetales. Si tengo televisión y radio, qué tipo de programas escucho, qué música es la que me gusta.

Si un meteorito cae en el patio de mi casa qué debo hacer.

Si me voy a una isla desierta qué me importaría llevarme allá, qué no me llevaría conmigo.

Comienzo mis respuestas por aquí. Siempre he vivido en similitud a esos símbolos, con la estrepitosa diferencia de que no puedo tener o no tener conmigo lo que no deseo.

He sido ruidoso y eso me obliga a desenfundar ciertas precauciones. Quiero que el salto atraviese la carroña pero puede ocurrir lo contrario. Es mejor la lentitud.

Yo soy lo que quiero tener y lo que no quiero tener en esa isla desierta.

Si la reencarnación existiese en qué me gustaría regresar a nuestro país. Subrayan nuestro país, y supongo que no debe ser lo mismo una reencarnación en otro país, al menos para ellos, para quienes inventan estas preguntas.

Una piedra. Un tórrido personaje de Shakespeare, pero sin que Shakespeare exista. Un fárrago atestado de gatos. Una florecilla masculina, azul o verde, no solar. Un ladrón de humo. Un mochuelo destripador de ratas. La oreja de alguien que se parece a Van Gogh desde la reencarnación.

Describa el paraíso. Describa el infierno.

El paraíso debe ser una pradera con podridos lectores de las noticias del infierno. El infierno debe ser lo opuesto. Como no hay sitios intermedios, el purgatorio es más penitencia que la fragancia de un lugar y de otro, me voy hacia un arroyuelo casi inerte a despojarme de mi primitivo karma y de mis procelosas imperfecciones.

Si sería capaz de enfrentarme a alguien en un duelo. Por qué o por quién aceptaría ese duelo. Qué arma escogería. Si sería capaz de hacer trampas y disparar cuando el enemigo estuviese de espaldas.

Depende. Depende de las circunstancias de ese duelo. Depende de que esté dormido, o que mi hemorragia de vida se convierta, o se esté convirtiendo, en una arteria al suicidio. Depende de si puedo llevar una mejor arma que mi rival. Depende de si no tengo que defender algo que me importe o algo que me obligue a importarme. Depende de si puedo hacer trampas y disparar al enemigo cuando esté de espaldas.

Qué otro país te gustaría visitar. Si en viaje a ese país, el avión en el que vas sufre una avería en vuelo y tienes que lanzarte en paracaídas y caes en una aldea de caníbales, de caníbales hambrientos, y desde ese fatal instante presumes que serás, sin objeción alguna, su cena especial, qué les dirías para salvarte.

Mi reconocimiento de los éxodos es trenzado por una irrisoria señal de tatuaje. Como una sífilis geográfica. Como una huida ojerosa. Es la silueta pálida de mi único viaje: el que no ocurre.

Debo ser más ajustado a las reglas, me sugieren. Que diga un país. Un país. Es que ellos no entienden que mi mapa está inundado de extrañas colinas, de unos imposibles y mojados rastros de piedras, de umbrales enfilados por caminos de nieves. Un país. Bélgica. He conseguido matar a diez apaches, cuatro gurkas, ocho vikingos, tres cosacos, de un solo tiro.

Voy a Bélgica y el avión bambolea en el aire, y yo, que temo a las alturas, a todas, ya he aprendido a deslizarme afuera con un paracaídas, a deslizarme como si me lanzara desde la puerta de una habitación hacia el jardín. Estoy ante caníbales famélicos. Si mi pretendido viaje es a Bélgica, eso me hace suponer, un cálculo cargado de errores de posición, que el mencionado avión experimentaba un trayecto extenso y curioso, bordeaba la Amazonía, luego Nueva Guinea o las islas australianas. En cualquiera de esos sitios están los caníbales, estoy yo. Qué haría para salvarme. Presumiblemente les hablaría del paraíso, que vengo de allá, por eso soy un ser diferente (no comible, por demás), ellos han oído hablar del paraíso, pero no lo necesitan. Y entonces no habrá remedio y tendrán que meterme el diente, cosa que no les aconsejo, si es que los escrúpulos no están entre los modelos antropófagos.

Si cae un meteorito en el patio de mi casa pues estaré muerto para hacer alguna cosa, al menos entre los vivos, entre los muertos no sé, tal vez montarme encima de ese mismo meteorito y esperar a que despegue como si fuese una nave espacial y perderme a años luz (a vidas luz), lejos, hasta el lugar donde nacen los meteoritos.

 

Un gato. Un gato sucio, ojeroso, escuálido. Un gato parecido a mí. Para qué sirve un gato. Para eso mismo, para algo tan terrible como parecerse a uno.

Maullidos que no cesan. Una mujer que está a mi lado dice que lo más provechoso para el animal y para la sociedad es que venga alguien, tome una piedra, y le aplaste la cabeza.

Un gato que gime por hambre, o por frío, sólo predispone a quien lo ve o escucha.

No son muchos allí, pero todos están de acuerdo con los argumentos de la mujer.

Todos no. A mí puede que me importe igual una cosa o la otra. El gato se parece a mí, y deduzco que este es un razonamiento más que cínico.

Pensé en animales afectivos, los pocos que tuve, un perro de orejotas peludas, una gata siamesa, ruidosa, un hámster que mi hermana había tenido a su cuidado y que después liberamos a los pies de una pantera famélica en el zoológico.

Mientras yo revolvía mis recuerdos, aquellos que me rodeaban intentaban elegir quién debía asestarle el golpe letal al gato.

Todos querían que eso ocurriese pero ninguno iba por una piedra.

El grupo aumentaba, también la opinión de que un gato en ese estado únicamente deprimía y desajustaba a los transeúntes.

Un gato sucio, ojeroso, escuálido. Un gato parecido a mí.

Al parecer decidieron de la manera menos justa. Me eligieron sin que yo tuviera oportunidad de oponer alguna excusa.

Una idea no tan desacertada se me ocurrió. Llevarme el gato a casa. Un gato siempre es bueno para compartir poca comida y mucha soledad. Mi padre lo tomaría a bien.

Un gato parecido a mí.

Tengo la piedra en la mano y en la mente la posibilidad de llevarme el animal.

Elegir entre la piedra y una idea de rescate.

Elijo la piedra.

 

En realidad me traje el gato a casa. Me caía bien y yo asumía que con él pasaba lo mismo. Los amigos estaban aterrorizados con la idea de una mascota demasiado parecida a mí, y con ello se referían a la dificultad que tienen los gatos de granjearse simpatías, a su aspecto de no sintonizar con nada, con ningún ambiente, o sí, con el ambiente en que los dos nos encontramos.

Vivirá como yo vivo, les replico a ellos, que ya será una plegaria de autocondena. Mi flamante paraíso también para el gato. Cuando uno no puede saber qué es el paraíso entonces cree en el primer paraíso que le inventan.

Mi pretensión es que él esté siempre un poquito peor que yo, eso me ayudará a encontrar fuerzas para lograr que esté mejor que como estaba antes.

A W. no le atraen los gatos. Son interesantes mientras no se espere lo inverso de ellos. Estoy segura, dice, que son la especie más conceptual que ronda por ahí: muy desconectados de su “paraíso”, muy incrédulos, parece que pierden el control, pero imposible.

Suena el teléfono. Es mi hermana para contarme de su embarazo (de nuestro embarazo), todo bien, tampoco necesita provisiones, igual es el embarazo de un militar. Ella está de buen humor. Le cuento sobre el gato. Le parece correcto que lo haya rescatado, así dice, rescate. Y me cuenta una historia sobre gatos que para ella es divertida, divertida y pedagógica. Habla del gato padre que le dice al gato niño que se quede tranquilo en casa esa noche, él cumplirá asuntos que los chicos no pueden hacer, qué asuntos, papá, dice el pequeño, e insiste tanto y sigue insistiendo hasta que el gato grande le suelta que se irá a fornicar, que cuando crezca podría hacerlo por sí mismo, pero al gatito se le antoja que quiere ir con su padre, y bueno, le da tanto berrinche al mayor, que no tiene mucha paciencia, y sigue que sigue con que él también quiere ir, y el gato padre se lleva por fin a su hijo, y caminan unos metros y se encuentran un árbol inmenso y el gato mayor comienza a darle vueltas y más vueltas y el gato pequeño se pone a imitarlo, vueltas y más vueltas también, hasta que cae desfallecido y le dice a su padre, que ya, que no aguanta más, que por hoy no quiere fornicar más.

La inocencia, una historia sobre la inocencia. Todos somos inocentes mientras sepamos dónde esconder nuestras culpas, y mi hermana quiere hacerlo, aunque, estoy seguro, sea una cuestión de mantenerse en la corriente.

Mi hermana posee un talento increíble para fingir pero algunas veces me suena más real de lo que yo pueda imaginarme.

Le digo que venga a conocer el gato. Nos hará bien a los dos. Cuando menciono lo segundo declino la voz para que mis amigos no lustren sus sospechas.

Decido no contarles el cuento que mi hermana me ha hecho sobre la inocencia. No puedo encontrar la efusividad de ella para los chistes.

W. sigue descubriendo pretextos para odiar a los gatos y yo insisto con esa idea de la inocencia. Pienso en el hijo que algún día tendré. Deseo que antes de nacer ya le extirpen su inocencia. Los inocentes son los condenados a perder. La inocencia es una traición a la lógica.

 

Dos hombres apalean a una mujer ebria a la vista de todos. Los defiendo a ellos porque es impensable defender algo contario. Me acerco poco a poco, a una distancia demasiado ofensiva, pero no recrimino a los hombres, estoy en silencio, y ellos reciben el gesto como una buena señal. Después me invitan a celebrarlo. Una buena acción siempre debe retribuirse.

No era difícil negarse. No quise negarme. Los sigo por callejuelas no muy concurridas, por barrios sinuosos. A los tres. Ella parece un perro que persigue los pasos de su dueño. De sus dueños.

Llegamos a un apartamento desordenado. Nada está en su lugar. No hay en qué sentarse. Tampoco yo debí estar allí, eso es fácilmente presumible. Me parece como si asistía a la proyección en vida de una antigua película italiana.

Un teléfono comienza a sonar. La mujer contesta con revuelto ánimo.

Intento decirles que ya es tarde y debo irme.

Me invitan a una cerveza.

Después, ya en casa, pensé en que no debí aceptar esa cerveza. Lo peor es que estando allí, con esos hombres y la mujer, no me sentía enjaulado a un repulsivo dilema, aquellos eran los habitantes de un paraíso diferente, un paraíso del que era testigo y parte. Parece imposible que lo acepte de otro modo.

Bebo en silencio la cerveza, en un silencio reformado por el vacío interior. Nada me alarma, quizás la sangre se alejaba de mí, quizás estaba endrogado por la vida inútil, por la mutación de una marginalidad demasiado hermosa para pertenecerme.

Me pidieron que golpeara a la mujer, incluso ella me provocaba a que la resistencia de mi instinto no fuese frágil.

Pido otra cerveza. Uno de los hombres tiene una cinta en su mano derecha, el otro ata a la mujer, venda sus ojos.

Somos mejores cuando tenemos algo que golpear, dice el segundo de ellos. Si reprimimos las ganas, explotamos por dentro, y eso es lo que quieren esos que están encima de nosotros.

Por qué a ella, iba a decirle. Yo estaba dispuesto a parecer más indiferente de lo que ya era, pero me obligaron a que fuese hasta ellos. El primero de los hombres me obligó a elegir entre unos guantes de boxeo de unas ocho onzas quizás, unas vendas raídas y los puños limpios. Elegí mis puños y bebí con sospechosa alegría lo que aún quedaba de la cerveza.

Escritor Carlos Esquivel. Foto en revista Árbol Invertido

(Colombia, Las Tunas, Cuba, 1968). Poeta y narrador. Ha ganado varios premios nacionales e internacionales. Textos suyos aparecen en revistas y antologías de varios países. Es autor, entre otros títulos, de los libros Perros ladrándole a Dios (poesía, 1999), Tren de Oriente (México, poesía, 2001), Los animales del cuerpo (cuento, 2001), La isla imposible y otras mujeres (cuento, 2002), El boulevard de los Capuchinos (poesía, 2003), Matando a los pieles rojas (poesía, 2008), Los hijos del kamikaze (poesía, 2008), Cuarteaduras (poesía, 2013) y Once (poesía, 2014).

Añadir nuevo comentario

This question is for testing whether or not you are a human visitor and to prevent automated spam submissions.