La humildad inagotable del agua

Vista del mar con el morro de La Habana de fondo
Vista del mar con el morro de La Habana de fondo
Imagen: Francis Sánchez

LOS PERROS Y YO

cuatro jinetes dicen y andan las centurias

por mis huesos,

tierras de olvido donde nada queda

(hastiado de tiempo reniego de él:

moriré antes que hables)

tanta palabra degenerada

y tanto verso sin color

cortan los sueños

se van por el mar y al olvido regresan:

lloran dólares verdes,

el rostro infinito del escéptico

el daño inconmesurable del que no cree en sí mismo

la tierra fatal de mi galaxia

 

jardinero de alambres y tósigos oscuros

destrozaré día tras día el de mi muerte

arrastrándome si es preciso

llorando los postigos en las ventanas de aluminio

que no es cristal sino pájaro solitario:

siete muertes sólo para vivir la mía

fuego que danza en el cristal

camino y dicen que por los aires

ojalá que las aguas!

(sólo la que vuele será estatua y no piedra)

no hay venganza ni nunca la hubo:

sólo los perros y yo

sólo la maldita mejilla que nos queda

 

LOS SOBREVIVIENTES

la escasez primordial de la esencia es el hambre perpetua

del que siempre tuvo hambre: nadie nos tiende la luz sino

el tiempo: sólo la muerte de cada día nos fue concedida

 

nos salvará el nervio? la pupila antes que se apague?

los bolsillos repletos de guijarros, el alma de gavetas? quién

dirá mi nombre? en qué pecho latirá otro igual al mío que fue?

 

los que hablan por los que callan piensan "quizás sea partir

un beso eternizado" o es el sexo la ebriedad, desganadamente

el preludio amoroso (tan viejos somos como la tierra reciclada)

 

quizás fetiches tontos la ceiba, la nieve, los límites perfectos

de la política y la cartografía. Pero y el amor? no el perfume

sino el recuerdo de su aroma, la piel que ya no se palpa

 

los que sobrevivimos allí donde la piedra sentimos

el amor como un naufragio y nos ahoga la sílaba tendida entre

el susurrante busto a las luces y umbredades de un cuerpo íntimo

 

y cuál es la casa, en fin, si no su palabra suave y su voz

la tibieza añorada desde el costado y el dolor de un suspiro

la acuosa herida de Cristo por donde navega el verso descalzo?

 

 

MAGDALENA EN CRUZ

quién tocará la puerta por el lado bueno

donde sólo hay madera y heliotropos que cantan

dolor y ala

alivio del viento que encuentra al fin su ceiba

morir sobre la yerba abrasada:

a campo desnudo tu nombre y tu cuerpo

 

niña mía adentro

mientras abres las alas de tu seno cálido

lluvia desesperada en el mes de siempre:

en el césped de tu cama

atravesé tus ojos en busca de Dios

 

a tu olor de vientos lejanos

soy tan viejo como el mar y la ola.

He sembrado de piedras tus caminos

y ya no llego

a la hora en que desciendan los bordes sobre mí:

vuelan las palomas y los niños que ignoran el vuelo

y su espiral trayectoria

hasta el sexo oscuro y húmedo de la noche

 

y quién mirará de frente y dónde habrá un jardín:

si tu voz se va con el agua quién me abrirá el cielo y sus puertas

rosa de las blancas espinas

las dos colinas de amor en tu pecho

el violín callado de la pena

 

XV (LA CASA)

Entonces los muros no estaban cubiertos

de imágenes criminales

Propercio (II,5,26)

 

al borde del techo cuelga el sol

y la lluvia lava los huesos

 

tras la ventana la edad

de la confusión y el error

tras la ventana, digo

la torpeza de los dedos

la persecución de los años

la alquimia milagrera de las espumas

 

el reiterado riesgo del reflejo

en el laberinto de espejos

de la pared vacía

el crucifijo sin cuerpo

los artificios que duermen y encantan

 

desnudo en la memoria

el perfil inacabado

la silenciosa sábana

la duda como puerta

y el polvo salado de los besos

 

la casa, que aprisiona el círculo

y el límite geométrico

alberga la humedad del viento

el perfume olvidado de la ternura

que se hunde

en los signos de la piedra

el espanto de los jardines

y la humildad inagotable del agua que fluye

 

XXVII (TEATRO DE DIFUNTOS)

abierto está al fondo de todo

el teatro que vende la superficie húmeda

del verano

 

ave César, los que van a llorar

el bolsillo lleno de naipes iguales

(el reloj es un paréntesis)

y mi propio ángel que muere

son umbral que cruzo en vilo

hasta la zona del sueño y lo prohibido.

Algo sucede siempre, quién sabe dónde

 

el escenario y su juego

o el estar fluyendo en el desconcierto

del beso

 

creatura de volúmenes exactos, precisos

—cosas pequeñas,

objetos nimios— flota

el rebaño triste.

Pongo mi nombre como quien pone

una cruz

en la pared y su precio

y volveré por la tierra:

me entraré como una raíz

(cerremos las tumbas

no vayan a regresar los muertos)

hasta el cartel que dice

Se prohíbe creer en el arcoíris

cuando llueve

Raúl Tápanez. Foto en revista Árbol Invertido

(Matanzas, Cuba, 1953). Autor del libro De la desesperanza y otros poemas (Ed. Frente de Afirmación Hispanista, México, 1999). Ha sido coeditor de la revista internacional de literatura Francachela. Trabajó en la sede de la UNEAC en Matanzas. Actualmente reside en EE.UU. Fundó, y aún realiza y dirige, la revista Arique.

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