Atrapado, intentó suicidarse: “Yo siempre me sentí mujer”

Transexual Ashley

Tiene un dragón tatuado a la altura del omóplato izquierdo, su signo en el horóscopo chino, me aclara, y también lleva otro tatuaje en la espalda: una lluvia de estrellas. Sentado en un sillón, el calor que reina en mi cuarto no parece afectarle demasiado, como tampoco la idea de que grabe sus palabras (no es su primera entrevista). Ingenuamente, creo conocer sus respuestas, pero durante los noventa y cuatro minutos de charla irá desmontando todas mis presunciones y me demostrará que, pese a vivir en el mismo pueblo, apenas lo conozco, que ni siquiera sé que aunque físicamente aún sea Arturo Rodríguez, cuando se mira al espejo es the girl, Ashley, la transexual que, a sus casi treinta años, busca su lugar en este mundo.

Para iniciar este diálogo quiero que me des tus definiciones sobre ciertos términos. En primer lugar: gay.

Cuando existe la unión de dos personas del mismo sexo. Puede ser un hombre con otro hombre o una mujer con otra mujer. Gay es un término inglés que define al homosexual.

¿Prefieres el uso de este término extranjero por encima de otra terminología? ¿Lo consideras el más adecuado para definir al homosexual?

Suena más hermoso hoy día, sí. Es como más fino.

O sea, ¿si te llamo gay no te parecería ofensivo, pero si usara otros términos como maricón, sí?

Por supuesto. Pájaro, maricón, son palabras que ofenden. Al llamarte así hay una intención de ofender.

Otro término: travesti.

Es aquella persona que, siendo o no homosexual, se viste de mujer por necesidad o gusto. Hoy por hoy el travesti se viste de mujer a diario. Creo que el travesti, pese a vestirse de mujer, no rechaza su sexo biológico.

Entonces, ¿consideras que la práctica del travestismo no necesariamente significa que exista una preferencia sexual hacia individuos del propio sexo? Lo digo teniendo en cuenta que, a lo largo de la historia, muchos hombres han aparecido vestidos de mujeres en el teatro, la televisión, el cine.

Pero eso es transformismo.

Dices que travesti es aquel que siendo hombre viste ropas de mujer y yo añadiría que también a la inversa. ¿Cuál es la diferencia entre travesti y transfomista? ¿No es el transformista un travesti?

El travesti se viste a diario de mujer, mientras que el transformista crea un personaje distinto a cómo él mismo se comporta en la vida cotidiana, fuera del escenario. 

Transexual Ashley

Un último término: transexual.

Nos definimos trans porque estamos apresadas en un cuerpo que no nos pertenece. Yo siempre me sentí mujer, desde niña.

Pero me gustaría que ampliaras un poco esta definición para comprender cómo llegas a la conclusión de ser una trans.

Es que esa es la definición más exacta. Estás atrapada en un cuerpo que rechazas, que no identificas como tuyo.

Perfecto, vamos a quedarnos con esa definición. Rechazas tu sexo biológico, pero, como en el caso del travestismo, ¿crees que ese rechazo implique forzosamente una preferencia homosexual?

Claro, lo contrario me parece erróneo completamente.

Lo digo porque hay casos de transexuales que se han realizado la operación de cambio de sexo de hombre a mujer y prefieren como compañeras sexuales a otras mujeres.

Conozco casos que dicen que después del cambio de sexo se vuelven lesbianas. Han querido estar con mujeres nada más después que se operan. Mira, yo, por vivir lejos de La Habana y por mis compromisos laborales, pues soy licenciada en Asistencia Dental y desempeño esta profesión en un policlínico, no he podido operarme, pero supongo que cuando te quitan los genitales todo cambia.

Te quitan los genitales, pero tu cuerpo sigue segregando hormonas masculinas.

Sí, aunque en pequeñas cantidades, sólo por la hipófisis y eso se controla con las hormonas femeninas que tomamos.

Tu definición de transexual es alguien encerrado en un cuerpo que no le pertenece y que, además, tiene una orientación homosexual. ¿Lo contrario no encaja en tu sicología, verdad?

No, no encaja. Para mí es una desfachatez, una falta de respeto a la identidad trans. ¿Para qué te cambiaste? Yo no puedo criticar a las personas. No todos somos iguales, pero la transexual es la persona atrapada en un cuerpo que no es suyo. Si quiero ser mujer es porque me siento mujer. Eso no tiene sentido. Yo jamás me podría casar con otra mujer. El transexual tiene que ser gay, lo contrario es un error. Tú desde la pubertad te defines.

Me hablas de definir y antes decías que desde niña te sentiste mujer. ¿Qué descubres primero, tu identidad como trans, tal y como la defines, o tu homosexualidad?

Desde pequeño uno sabe. No que es gay o trans. Eso no lo sabes, claro, pero yo desde pequeña me ponía una toalla en la cabeza para simular que tenía el pelo largo. Había una serie de dibujos animados que se llamaba “Ángel, la niña de las flores”, y yo me sentía reflejada en ella, jugaba a ser Ángel.

¿Te sentías más niña que niño?

Sí, por supuesto. Me sentía una niña y le preguntaba a mi mamá por qué me vestía como un niño si yo sentía que era una niña. Yo sufría y mi mamá lloraba. Mi papá, que es alcohólico, me pegaba, y me decía: “Tú no puedes ser maricón, en mi casa no hay maricones”. Pero, no estaba en mí.

Podemos decir que descubres primero que tu sexo biológico no se corresponde con tu identidad de género. O sea, te sientes niña y no niño y rechazas que te traten como tal.

Digamos que aproximadamente es así. En tu conciencia desde que eres pequeño todo va trabajando. Yo, de hecho, no me considero gay. Biológicamente tengo genitales masculinos, pero no me gusta la pareja gay, me gustan los hombres heterosexuales porque yo me veo como una mujer, me siento como una mujer, ¿entiendes?

¿Cuándo descubres que sexualmente te sientes atraído por otros hombres?

Desde primaria, en quinto o sexto grado. Me identificaba con las hembras jugando yaquis, saltando con la suiza. Nunca jugué con los varones. No quería bolas ni carritos. Yo quería muñecas. Y me obligaban a jugar juegos de niños. Los profesores de Educación Física en su momento me ofendieron y yo no entendía el porqué. Son cosas muy duras que sólo entiende quien las ha vivido.

¿Tu familia sabía que sufrías bullying?

Eso siempre se sabe. Mi historia es muy larga. Tuve incluso un intento suicida en el Preuniversitario. Tomé pastillas.

¿Y cómo era allí la convivencia? ¿Tu identidad sexual molestaba a los profesores?

Siempre había profesores que hacían burlas. No te diré que yo era una superdotada para los estudios, pero logré sacarlos bien. De todos modos, pienso que hubiera podido lograr más sin el rechazo.

¿Para bañarte, cómo te las arreglabas?

Casi siempre el trabajo en el campo era por la mañana y las clases por la tarde. ¿Qué es lo que yo hacía? Pedía ser cuartelera porque al final limpiábamos todo bien, lo adornábamos, y nos bañábamos antes de que los demás alumnos llegaran del campo.

Hablas en plural, ¿quieres decir que…?

Sí, había otros muchachos que también eran homosexuales. Hoy algunos de ellos aún no admiten su homosexualidad y viven reprimidos en ese sentido, no se han abierto a la sociedad. Pero sí hubo acoso de profesores y alumnos. Me golpearon con tubos. Yo no tenía dónde dormir. A veces subía al autoestudio y al regresar al albergue encontraba que me habían escondido otra vez el colchón. Siempre buscaba a algún profesor, y este siempre me decía: “¿Otra vez?” Era como una burla. No entendía por qué no me separaban y me ubicaban en otro lugar. Hasta que un día cogí las pastillas de amitriptilina que llevaba…

No sé si lo sabes, pero la Constitución rechaza expresamente la discriminación “por motivo de raza, color de la piel, sexo, creencias religiosas, origen nacional y cualquier otra lesiva a la dignidad humana”. Como ves, no hay ninguna referencia explícita a la discriminación por la preferencia sexual o identidad de género, y tal vez esto tenga que ver con el hecho de que estas actitudes discriminatorias sean más toleradas. ¿Crees entonces que amerite un debate la posibilidad de modificar estos artículos, incluyendo el rechazo expreso a la homofobia y la transfobia?

Creo que sí, pues ayudaría a que otras personas no sufran lo mismo que yo he sufrido. La humillación resulta insoportable, y puedes llegar a quitarte la vida, como yo lo intenté.

¿Se debió a que no soportabas más el acoso?

Yo era la burla de esa escuela.

¿Exactamente qué ocurrió ese día?

Mi cabeza se llenó. Hubo un problema con un profesor. Fui por la noche al laboratorio de computación y él me ofendió, esto llegó incluso a oídos de las autoridades de Educación del municipio. Me ofendió con palabras muy fuertes. Se burló de mí, y pensé que ya era el colmo que me despreciasen también los profesores. En el laboratorio de computación estaba la reja puesta con candado y había alumnos adentro, pero a mí no me dejaron entrar.

Lo que cuentas es muy grave porque iba contra lo establecido en la Constitución sobre el acceso libre y gratuito a la educación para todos los cubanos. ¿Eras consciente de que violaban tus derechos?

No, qué iba a saber. Y aunque lo hubiera sabido. Esa experiencia la vivimos todas las personas homosexuales en las becas. Yo llevaba en el maletín las pastillas que tomaba mi mamá. Ella tomaba medicamentos para la migraña, somníferos. Cogí todas aquellas pastillas que le había robado y me las tragué sin tomar agua. Estaba sentado en un sillón del docente y empecé a convulsionar. Sentí que todo se me aflojaba, se me ponía negro y luego sólo recuerdo que me pasaban el levín en el hospital, que intentaban hacerme reaccionar y nada. Permanecí más de quince días hospitalizada. Me pesaban los párpados, me ardían, sentía un sueño muy profundo. Cuando me recuperé, fueron a verme el director y el subdirector de la escuela, y me propusieron mudarme a una especie de residencia, un local mucho menos grande que los albergues, donde sólo había seis literas en las que podrían dormir las amistades que yo quisiera llevar. Y me trasladé para allí hasta el final del Pre y llevé a mis amistades gay, y hasta a algunos varones heterosexuales.

¿Tu familia sabía lo que estabas sufriendo?

Yo se lo contaba todo a mi mamá. Ella fue un gran apoyo para mí.

¿Y qué ella te decía?

Tienes que estudiar, hijo, no puedes dejar de estudiar, tienes que echar para adelante. Y yo le decía no puedo, mamá, no puedo.

¿La única opción para estudiar era el Pre becado?

En aquel momento, sí. Entonces no había Pre de la calle.

¿Crees que de haber podido estudiar en un Pre de la calle hubiese sido diferente, que tal vez no llegases al extremo de intentar suicidarte?

Lo que más te golpea en la beca es la convivencia, sobre todo a la hora de dormir.

¿En el aula había menos acoso?

En el aula no era tanto. Al final ellos decían que eran cosas de la crianza, porque en aquella época yo iba al aula con camisa y pantalón y llevaba el pelo corto.

O sea, para ellos —y asumo que con “ellos” te refieres a los profesores— ¿tu “problema” era lo que suele llamarse “amaneramiento”?

Así se puede decir. Tenía amistades que también eran homosexuales y gracias a ellos pude convivir un poco. Nunca fui a un baño donde se estuvieran bañando los varones. Lidia, una auxiliar de limpieza, me prestaba la llave de un cuarto que tenía en el docente para guardar los útiles de limpieza, y allí me bañaba, en un cuadradito tan pequeño que casi no cabía, donde había una llave de agua.

¿Conseguiste terminar el Pre?

Lo conseguí, pero, con la experiencia que tenía, no quise seguir estudiando.

¿Recibiste tratamiento sicológico?

Por supuesto, ellos sabían cómo yo era. Fue un tratamiento siquiátrico y sicológico con seguimiento, y yo les decía “No me traten que yo no estoy loca, yo no quiero estar aquí, no les voy a contar mi vida”.

¿A la larga mejoraste tu autoestima?

Sí. Hoy por hoy en una escuela becada sería yo quien repartiera palazos.

Tu mamá te dio apoyo. Pero, ¿y el resto de tu familia, cómo reaccionaban?

Nunca quise darle un dolor de cabeza a mi mamá. Tú vienes al mundo con tus genitales masculinos y se espera que actúes en consecuencia y en el caso mío no es así, y ahí viene el rechazo, primero de mi padre como “mano fuerte” de la casa. Él me decía: “Tú no puedes ser así, ¿qué tú haces caminando así?, no hables así de finito, ‘ajúntate’ con varones, no juegues con hembras”. Me golpeaba también.

¿Nunca llevaste una pareja a la casa?

No. Hoy tengo veintinueve años y nunca he llevado una pareja. La gente me dice “ya casi tienes treinta años y no vas a vivir, a convivir con una persona que realmente te guste”.

Otro prejuicio respecto al mundo gay es considerarlos a todos promiscuos por naturaleza, desleales, incapaces de vivir en pareja. ¿Te interesaría vivir en pareja?

Sí, cómo no. Pero, lo que pasa no es que no se quiera tener una pareja estable, sino que la sociedad no asimila esas relaciones. Ahora que hay más cultura, existen muchas parejas gay estables.

Te has referido a veces a “nosotras, las trans”, y eso indica que te sientes parte de un grupo con esa definición. ¿Qué significó para ti el CENESEX (Centro Nacional de Educación Sexual) en ese reconocimiento de tu identidad de género?

Una vez, en La Habana, conversando con unas amigas travestis y trans, me enteré de que habían abierto un centro que dirigía Mariela Castro Espín y que allí nos atenderían a nosotras, incluso para el proceso de cambio de sexo. Pensé qué bueno y hasta se me ocurrió en un primer momento la posibilidad de ir, pero, al no ser de La Habana, tuve miedo de perderme. Luego les contacté por teléfono, y estuve tratándome allí un buen tiempo.

¿Cómo descubriste que la palabra transexual te definía?

Fue antes de llegar al CENESEX. Recuerdo que vi un documental grabado en un disco, que trataba sobre una transexual española, Marta, donde se mostraba la operación de cambio de sexo que le habían hecho. No sólo se hablaba de la operación, sino también de un cambio facial, de la feminización de una trans. Entonces supe que yo quería ser como Marta.

¿Cómo te dieron la baja del Servicio Militar?

Tuve que ir a un chequeo y desnudarme delante de todo el mundo. Fue muy difícil, porque me sentía una mujer a la que obligaban a hacer estas cosas. Pasé por todos los especialistas hasta llegar a Siquiatría. La siquiatra me preguntó el nombre y, al responderle, levantó la cabeza y me miró. Me dejaron “Pendiente”, y gracias a las gestiones de mi mamá y mis antecedentes suicidas me dieron la baja. Por suerte, porque yo en el Servicio me hubiera matado.

Entonces, ¿estás de acuerdo con la idea de que se excluya a los homosexuales de cumplir el Servicio Militar?

El gay que va al Servicio Militar es porque busca la posibilidad de tener sexo con otros hombres.

¿No pueden existir otras razones, digamos que el hecho de querer sentirse como los demás?

Creo que una transexual como yo no tiene nada que hacer en el ejército. Alguien que hace ejercicios militares, se arrastra por la tierra y luego va y se pone una vagina está completamente loco. Yo por nada de la vida voy a dañar mi piel debajo de un sol, ni voy a cargar un fusil, hacer barras, arrastrarme. Para nada. Yo soy fina, soy una mujer. Una mujer de ciudad va a estar siempre abastecida con sus cremas. Se va a arreglar sus uñas y su pelo cada quince días. La mujer es fina y delicada.

¿Tú te hormonabas?

Desde que tenía dieciséis años.

¿Se vio afectada tu salud?

Me dolían los pechos. Me empezó a salir una base, como se le llama. Una base hormonal alrededor de la tetilla que me daba mucho dolor, pero no me importaba porque yo veía que mi piel cambiaba, mi rostro se feminizaba, mis uñas crecían sin partirse, mi pelo también crecía y se ponía más gordo, con brillo. Estaba sufriendo una metamorfosis y me gustaba lo que veía.

¿En el CENESEX no te sugirieron nada respecto a la hormonación?

Ellos saben que la mayoría de las trans y travestis que van allí usan hormonas. Por cierto, el tratamiento que te dan en el CENESEX es muy respetuoso. Yo les dije que mi nombre de mujer era Ashley y siempre me llamaron por ese nombre. Un nivel profesional que no te puedo explicar. El tratamiento siquiátrico y sicológico previo es por dos años, porque el cambio de sexo, por último, es irreversible.

¿Y esa idea no te asustaba?

No me masturbo, ni toco mi miembro. Si cuando voy a estar con un hombre me toca, yo digo este es más homosexual que yo. Quiero un hombre que sea macho, que se sienta atraído por las mujeres. A mí me han confundido con una mujer y me han lanzado piropos sin saber que soy un homosexual y eso me anima, me motiva.

En algunos países no es necesaria la operación física de cambio de sexo para que en los documentos legales de una transexual se le reconozca según su identidad de género. ¿Si estuvieras en esta situación, igual insistirías en operarte?

Lo que dices sería un gran avance, el que te vean como tú te ves a ti misma, pero, de todas formas, me operaría.

¿Esta operación de cambio de sexo tiene algún requisito físico?

Hasta donde sé, no. La vagina se construye a partir del pene y debe tener un tamaño promedio o habría que tomar tejido de otra parte del cuerpo. Incluso, te mandan ejercicios masturbatorios para que el pene aumente un poco de tamaño porque el uso de hormonas atrofia y también reduce el tamaño de los testículos.

¿Te han explicado el desarrollo de la intervención quirúrgica, el postoperatorio, los riesgos?

Sí, y al principio tenía miedo, y los documentales que he visto, como el de Marta, muestran que es un proceso muy duro. Imagina que la operación demora cinco horas.

Una vez realizada la operación, ¿qué indicaciones debes seguir?

Esa vagina es una cavidad artificial que, si mal no recuerdo, tiene unos ocho centímetros de profundidad y debes dilatarla. De la operación sales con un consolador adentro. Primero te hacen ellos los ejercicios de dilatación y luego te explican cómo hacerlo y que, si no tienes pareja estable, debes utilizar el consolador y dormir con él preferentemente para darle forma a tu cavidad, porque si no lo haces así se sella.

¿Al cabo de cuánto tiempo después de la operación puedes tener relaciones sexuales?

Pienso que den un tiempito. Esta cavidad no lubrica, por supuesto, hay que estimularla. Pero, las trans llevamos otras cosas. No todo el mundo nace con androginia, y no quieres tener una vagina y una cara de macho. Se necesitan operaciones complementarias. Rellenar glúteos, ensanchar caderas, detalles que creo que no se hacen en Cuba por el riesgo que representan.

Has pospuesto tu operación por diversas causas. ¿Te has fijado alguna fecha tope para cumplir ese anhelo?

Cuando fui por primera vez al CENESEX con veinte años me dije que a los veinticinco ya estaría operada. Hoy tengo veintinueve. El problema es que no puedo dejar de trabajar para ir a La Habana a las consultas. Si existiera un equipo médico en cada provincia que hiciera todos los exámenes previos, ya me hubiera operado.

¿Sigues hormonándote?

Si no lo hago me vuelvo un hombre. En el CENESEX hay un experto en Endocrinología que da las recetas y nos las venden a las trans en una farmacia habanera, sólo allí se pueden conseguir. Yo tengo una tía en Argentina y le pedí me comprara hormonas que se producen allá, pero dice que es demasiado caro.

En tu trabajo de asistente dental, ¿te comportas como una mujer?

Trabajo vestida de mujer y nunca ha habido quejas. Todo está en el respeto. Yo no voy a trabajar con una saya a punta de nalga, pero sí vestida de mujer. El calzado, que es lo que más me cuesta adquirir, lo encargo al exterior.

Para las mujeres manejar tacones es complicado, a veces un suplicio, ¿cómo te va a ti?

Una sabe lo que quiere en la vida. Nunca caminé feo, ni me caí. Las piernas firmes y caminar con glamour. Para lucir hay que sufrir. Siempre ando en licra. Me cuido mucho del sol, uso sombrilla. No me gustan mucho los vestidos porque no tengo una buena cintura, ni buenas caderas. No me los he podido hacer. Si tuviera la oportunidad me ensancharía las caderas, rellenaría los glúteos y, por supuesto, los senos.

Supongamos que ese proceso ya ocurrió, que eres Ashley. Si conocieras a un hombre y se interesara en ti, ¿le contarías?

Tal vez lo diga, tal vez no. En el CENESEX nos recomiendan tras la operación mudarnos para empezar una nueva vida. Por ejemplo, si sigo viviendo en mi pueblo voy a ser siempre un homosexual con vagina y tal vez haya hombres que vengan por la novedad, pero no vas a poder salir con ese hombre a la calle. A nosotras la imposibilidad biológica nos duele. Mira, actualmente hay un muchacho heterosexual interesado en mí. Tiene veintiún años y le conté y dice que no le importa, que va a estar con la persona que lo haga feliz.

¿Y se conocen, se han visto en persona?

No, solo por fotos, chateamos. He pospuesto el encuentro. Si fuese por él ya hubiera venido a conocerme. Es una persona muy bella, dulce, tierna, sin esa maldad de la calle. También tiene su historia y por eso creo que hemos conectado. Pero aún no estoy preparada para el contacto físico porque temo hacerle daño. Me he enamorado una sola vez, él tenía diecisiete años y me hizo sufrir mucho porque me usaba sexualmente. Era infiel, se acostaba con mujeres, otras personas trans, travestis. Sin embargo, vivíamos una relación de detalles, nos bañábamos y comíamos juntos, y siempre me daba un beso antes de irse al trabajo. Creo que me enamoré porque en general las trans y travestis estamos muy necesitadas de cariño. No podemos salir de la mano con nuestras parejas y darnos un beso. Me considero una persona muy sensible, no quiero convertirme en un objeto sexual, sino ser feliz.

 

(En colaboración con la revista feminista Alas Tensas

Alejandro Langape

Ingeniero. Narrador y ensayista. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Reside en Villa Clara.

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