Totalitarium

Sellos y logotipos de campañas revolucionarias. Foto: revista Árbol Invertido, Cuba
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Revista Árbol Invertido

Salvando las distancias, yo creo que Mussolini instauró algo parecido en sus tiempos frente a Italia.

Cuando uno nace en Cuba, nace formando parte de un engranaje ideológico. Sin nadie que te pregunte, lo quieran o no tus padres, vienes al mundo a ser miembro de los Comité de Defensa de la Revolución (CDR).

Esa entidad sesentera que espera tu embrión, desde los primeros pasos te asigna un lugar en la Patria (como defensor del socialismo, de qué otro modo podía ser). Es entendible entonces que se catalogue como la más masiva de las organizaciones de masa.

La masa en este país se volvió en algún momento un muro de ladrillos que solo supo de resistir y de grafitis antiguos. Sellaron todas sus puertas con el mismo pestillo que cargaba los rifles del mutismo.

En ese muro perfecto, los CDR escarbaron diminutas aberturas para asentar milimétricamente mirillas de atalaya. Cuando cada bote en el mar, cada círculo infantil, cada cañaveral, era objeto terrorista, el cederismo fue el héroe que expuso a los malhechores.

Vencida la amenaza, los Comités se explayaron creando archivos de lenguas. Miles de files memorizados por líderes vecinales, yo vi, yo recuerdo, este hizo, dejó de hacer. La casta de la delación floreció copiosamente.

Lo confiable y no confiable pasó a ser juzgado de las cortes a los barrios. Buena parte de los jueces-ejecutores, guiados por el fanatismo o por las miserias humanas, generaron una sensación de Estado Policial. Un ambiente similar al que Eduardo Galeano recordaba de la China maoísta o al que Kapuscinsky relataba del Irán del Sha: todos desconfían de todos.

Acaso fue ese el mal que condenó al Comité; de una red de defensa comunitaria a células de espionaje entre vecinos. De la noche a la mañana llegó la unanimidad a las reuniones barriales, los debates no fueron debates y se acababan temprano para que las amas de casa pudieran ver sus novelas.

El formalismo mató la riqueza polémica que acarreó el momento primigenio de la Revolución. Para el ciudadano común el formalismo fue sugarantía de no ser aniquilado socialmente..

Vigilantes: la consigna que aún se lee despintada en las calles era una advertencia y una realidad. No por gusto a la altura de este siglo ciertos decisores acuden a los CDR para verificaciones. Si bien la actual militancia está a grados Fahrenheit por debajo de la de antaño se siguen consultando los gurúes zonales sobre el comportamiento del individuo en cuestión. A partir de las respuestas se otorgan ciertos permisos de viaje o puestos de trabajo.

Si el bloqueo es el monstruo antediluviano que Washington perpetúa, los Comités son nuestra propia pieza museable de la Guerra Fría.

Tal vez para lo único que hoy sirven las más de 135 mil estructuras de base regadas por la isla, es para organizar las elecciones quinquenales. Y como ese proceso destiñe, los CDR también.

Durante esos acuosos episodios de la política nacional patrullas infantiles recorren las cuadras en distintos momentos del día. Una de sus misiones es tocar la puerta de quienes no han ido a votar. La lista de electores ausentes se convierte en el blanco de la Operación Tun Tun. Y uno, haciendo un juego de todo a esa edad, creía se preparaba para un combate. ¿O era así?

Los rezagados se asomaban ante nuestra insistencia y dejábamos el recado de que los esperábamos pronto en las urnas. ¿Quién puede decir que eso es presión social; que escudándose en la inocencia infantil alguien mandaba un mensaje: sabemos que tu boleta aún está por llenar? Sencillamente genial. 

De niño, una vivencia distinta que ensambla mi memoria con el CDR: me fascinaba salir con los otros del barrio a la Guardia Pioneril. Era la oportunidad perfecta para recorrer aquel trozo de tiempo prohibido por los mayores: la noche. Y yo les aseguro que esas pocas horas en que guardábamos, los vecinos estaban más alarmados que el resto del año.

Tocar puertas y ventanas, y alborotar los perros era lo menor que hacíamos. Al final nuestras madres salían, en una verdadera maniobra coordinada, a desactivar la guerrilla de diabluras. Jalones de oreja y pellizcos mediante nos relevaban deshonrosamente del cargo protémpore como vigilantes.

Una madre debe saber cuándo su hijo se ha pasado de la raya. Parece que la madre de los CDR quedo en el sofá, dormida.

 

Escritor y periodista Yoe Suárez en revista Árbol Invertido

(La Habana, 1990) Tiene publicado, entre otros, el libro de periodismo Pasajes de la Luz (Ediciones Rocío, 2012), el volumen de testimonio Tú no te llamas desierto (Ediciones IBLEC, 2015), la compilación de entrevistas Los hijos del diluvio (Áncoras Ediciones, 2016). Algunas de las antologías en las que aparece son El árbol en la cumbre (Letras Cubanas, poesía), y Puentes de memoria (UniRío Editora, ensayos), ambas de 2014. Ha merecido varios reconocimientos entre los que figuran el Premio Internacional de Ensayo-Periodismo Limaclara, el premio nacional de periodismo universitario Manolito Carbonell, ambos en 2012, el Nacional de Periodismo Cultural Rubén Martínez Villena (2015), y el premio de reportajes de la editorial Hypermedia (2017). Fue corresponsal para Cuba de la versión en habla hispana del canal estadounidense CBN. Colabora con medios como el diario madrileño El Español, y El Toque.

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