Ciudad imposible

Cúpula asoma detrás de una roca. Foto: Gustavo Pérez, en revista Árbol Invertido
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Gustavo Pérez

El título de una obra generalmente suele ser una pista indicativa de su contenido. Cuando tuve ante mí el poemario Ciudad imposible, de Ileana Álvarez, tuve el instantáneo reflejo de asociarlo a la existencia de una localización urbana, con la inevitable carga de nostalgia que llevan los recuerdos. Pero según iba leyendo esos poemas me di cuenta de que no aludían a ningún punto geográfico concreto, ni Ciego de Ávila, su lugar de residencia, ni La Habana, a la que dedica un poema. También hay otros que hacen referencia a ciudades extranjeras, como Bogotá, México, Madrid, Dublín y Praga, así como insinuaciones a su entorno provinciano.

Aunque de una u otra forma aparecen en algunos poemas ciertas referencias emotivas de la Isla, relacionadas, con el sentido del gusto y del olfato, ya que en nuestra cultura el café siempre se hace omnipresente, cuyo ejemplo más conmovedor está en los antológicos versos de "El sitio en que tan bien se está" de En la Calzada de Jesús del Monte, de 1949, de Eliseo Diego:

el sabor breve por más que sea denso,
difícil de cruzarlo como fragancia de madera,
el nocturno café,
bueno para decir esto es la vida

regodeo sensual que Ileana expresa en versos como "El perfume se abre como un manto sagrado", o "Apacible degusto mi café", y "La penumbra se sirve a la mesa como un buen café oloroso y solitario en una mañana de otoño", y también:

Sobre la flor del ocaso se esparcen
como un perfume extraño
unas ansias de hostal y buen café,

o, como nos dice en otros versos:

que dan la oportunidad única del retorno 
a la taza humeante de las conversaciones

Incluso nos menciona ese árbol de hojas como de mascarada veneciana, que todos conocemos como un milagro pictórico de nuestra flora insular:

Ando de vuelos como la hoja de yagruma,
maldiciendo mis caras…

Pero hasta aquí las referencias no son lo suficientemente categóricas como para identificar la "ciudad imposible" con una de la Isla.

Tampoco las menciones a nuestros monstruos sagrados, como Lezama Lima, o ese guiño a Virgilio Piñera en el verso "inmenso como los pies de Flora", son suficientes para situar la ciudad imposible dentro de las fronteras de la Isla, ya que también hay menciones a Eliot, Borges, Yeats, Thomas Mann, Rimbaud, Alejandra Pizarnik, pero sobre todo, los poemas están impregnados de un intenso aliento y la fuerza impresionante de la mejor poesía rusa del siglo pasado, refiriéndose explícitamente a la gran Ana Ajmátova en el poema "Yo contigo como un monte y otro monte", donde nos dice:

Los barrotes de la cárcel de Leningrado se cubrían de lodo y nieve y fuego y nieve y sangre y nieve... Silencio y nieve.

A Ana Ajmátova le florece la nieve y la nieve enseña los brillantes frutos, los cristales que hechos racimos le cuelgan de los ojos, de sus pechos y le brotan aún más blancos, traslúcidos del útero todavía tibio, todavía púrpura.

Caen los ahusados frutos frente a la puerta de la cárcel, se deslizan intactos sobre la piedra fría, menesterosa de los escalones. La piedra que ha visto al cuervo posarse en su propia sombra. El hijo adentro, bien adentro escucha las manzanas de nieve de su madre desvanecerse en la soledad, bajo la piel cetrina, flácida del olvido.

Los retratos de Stalin cubren la pared inmensa, el musgo traspasa el papel, le crece debajo a los bigotes, a los ojos, a las cejas espinosas. Hay un silencio entonces, un aliento descansado al contemplar cómo la humedad lo puede todo.

Esa misma fuerza poética conforma el que considero el mejor poema del libro: "Palabras de una poeta menor de la antología", título que recrea uno de Jorge Luis Borges. Aquí la tensión dramática viene de la mano de otra poeta, y de este lado del mundo, Alejandra Pizarnik:

escribir la noche, escribir el alma con todos sus demonios, 
el vacío de los ojos, el horror de la pérdida,

escribir al otro que dentro de sí nos huye.

escribir, 
escribirte,

escribirme...


para terminar con este par de versos estremecedores:

yo padezco como tú el mismo miedo,

como tú la misma esperanza.

Después de analizar todos estos detalles, he llegado a la conclusión de que la ciudad imposible de Ileana Álvarez no es ninguna en particular y, sin embargo, son todas aquellas que alimentan nuestro imaginario personal, porque cuando las fronteras se hacen infranqueables hay que recurrir al mundo sin límites geográficos de la cultura universal, la adquirida, heredada como una genética del espíritu. Y esa ciudad sagrada se encuentra dentro del ser. Ileana Álvarez nos dice:

En lo más recóndito del alma se alzaba incólume cada rincón, cada sueño, cada herida de la ciudad. Aquí estaba lo propio. La manifestación plena de la pertenencia, de lo que se descubre semejante en el dolor y la risa. Lo que hiere y cura. Lo que nace como una espada de nuestro ser más puro y nos protege…

espada que puede ser la mítica Excalibur del ciclo artúrico, y la cito:

La espada adolescente de tan antigua
no sabe cómo abandonar el corazón de la roca.

que parece la iniciación difícil o imposible del protagonista, lo que conlleva la tensión dramática de sus poemas, expresados con estas palabras:

Enmudece, mi amigo, su propio desamparo. Yo que lo sé devorado por los perros de la violencia, que le he visto tras una lágrima invisible la duda de Dios, la soledad de Dios prendida a la garganta, me avergüenzo de mostrarle sin pudor mis tenues lastimaduras.

Cuando los ismos literarios y artísticos han dejado de tener vigencia en un determinado momento innovador, hay que asumir que somos hijos o intérpretes de las voces que nos han precedido, el eco individual de la historia de lo más elevado y creador de la sensibilidad humana. Esas ciudades serían, pues, unas moradas espirituales, tangenciales con las de Santa Teresa de Ávila, porque con diferente carácter se manifiesta la voluntad de trascendencia. El ansiado cielo, la paz, la armonía absoluta no tienen por qué tener una ubicación geográfica; prefiero pensar, en este caso, que se trata de la búsqueda angustiosa del sagrado misterio interior, lo que se manifiesta en este verso: "Desnuda tiembla la ciudad dentro de mí". O en este fragmento:

Cierro los ojos, los aprieto hasta sangrar, hasta contemplar la ciudad imposible: las calles, los campanarios, la vetusta penumbra de mis sueños.

Siempre he creído que toda poesía es metafísica, o no es. No se trata de limitarla dentro de unos márgenes estrictamente místicos, sino intentar acceder a una imagen superior que está por encima de la imagen, transitando un camino de ascensión para conseguir la voz, el verbo creador a través de la alquimia de la palabra.

Pero no bastan los recursos retóricos conocidos; la metáfora y el símil pueden resultar insuficientes sin el aliento trágico que se ha ido destilando de la herencia griega.

Ileana busca una razón existencial, pero nos dice que: "Me llegan por respuesta ciudades imposibles".

En el poema "Elegía", dedicado a Pedro Berovides, la ciudad y la poeta se vuelven una sola imagen dramática de la muerte:

Lloraba hoy la muerte de un amigo
como tejas arrancadas a la ciudad de mi cuerpo

Aunque había un impulso esperanzador en el poema "Anunciación", dedicado a su hijo por nacer: "…la Ciudad que has fundado para mí", sin embargo parece que no fue suficiente, porque a todos nos toca descubrir nuestra propia ciudad interior, aquella donde se guarda lo mejor de nosotros, aunque nos parezca una "ciudad imposible".

Escritora cubana Lilliam Moro, revista cultural cubana independiente Árbol Invertido

(La Habana, 1946). Salió de Cuba en 1970 hacia España. Estudió en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana. Perteneció al grupo de jóvenes escritores de las Ediciones El Puente. Ganó el Primer Premio de Poesía en Concurso celebrado entre las Escuelas de Letras de las Universidades de La Habana, Las Villas y Oriente, con su poemario El extranjero, en 1965. Participó en el primer recital de poesía y canciones de feeling que tuvo lugar en El Gato Tuerto en 1964. Publicó críticas literarias y poemas en el periódico El Mundo, y en las revistas Unión, La Gaceta de Cuba, Bohemia y Casa de las Américas durante la década de 1960. Ha publicado los poemarios La cara de la guerra (Madrid, 1972), Poemas del 42 (Madrid, 1989), Cuaderno de La Habana (Madrid, 2005), y sus poemas han aparecido y han sido comentados en diferentes antologías, publicaciones periódicas y ensayos de España y Estados Unidos. En la boca del lobo obtuvo Premio de Novela en Madrid en 2004.

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