Profanación de una Intimidad

Poetas cubanas Ileana Álvarez, Carilda Oliver y Liudmila Quincoses, México, 1999
Poetas cubanas Ileana Álvarez, Carilda Oliver y Liudmila Quincoses, México, 1999

Moría el año 1998, entre el asombro y el susto y un estado de felicidad inefable veía afincarse bien adentro de esta vida a mi primer hijo.[1] Ya iban siendo en la memoria apenas un mal sueño sus horas de respiración artificial, el dolor de la herida bajo el vientre, la imposibilidad de amantarlo los primeros días. La incertidumbre finisecular, la cercanía de un nuevo milenio donde solo se vislumbraba la fragmentación de la verdad, el derrumbe de las ideas a las que había aportado el vigor de tus años juveniles y el de los valores más sagrados, no hallaban espacio en mi mente y menos en mi pecho.

Pero la felicidad que se alcanza con dolor recibe otras compensaciones: una mañana, de esas que por lo demasiado común auguran la noticia imprevista, más allá del gorjeo de mi hijo, escuché la voz y el silbato del cartero, y quién, aún en estos tiempos de tecnologías, no siente con ese sonido cierto estremecimiento, cierto vuelco íntimo. Ahí estaba entre mis manos, que rasgaron apresuradas el paquete, un voluminoso libro bellamente impreso, de color verde profundo y oníricas ilustraciones de Rafael Soriano: Antología cósmica de ocho poetas cubanas, con selección de Fredo Arias de la Canal, editado por el Frente de Afirmación Hispanista, de México.

Cuál no sería mi sorpresa al reconocer mi obra entre esas ocho que el antologador y prologuista presentaba como grandes[2]. Ahí estaban mis versos junto al pulso firme de otras poetas cubanas de esta y la otra orilla: Amelia del Castillo (Matanzas, 1923), Carilda Oliver Labra (Matanzas, 1924), Ana Rosa Núñez (La Habana, 1926), Lalita Curbelo (Holguín, 1930), Juana Rosa Pita (La Habana, 1939) y las más jóvenes, Zoelia Frómeta (Bayamo, 1960) y Liudmila Quincoses (Sancti Spìritus, 1975).

Antología Ocho poetas cubanas (Frente de Afirmación Hispanista, México, 1998)

Debo confesarlo, porque profanar las verdades íntimas es el signo vital de los poetas, todos aquellos nombres, todas aquellas imágenes forjadas en el desvarío de la creación me brindaban con nobleza el vino, el hierro recóndito apretados a la palabra, entraban en un diálogo noble con mis versos: todas mujeres, casi todas signadas por la ausencia que significa haber nacido en el polvo pastoso de la provincia o por esa otra ausencia, la del exilio, que pesa más porque equivale a dejar entre raíces rotas un poco o mucho de tu sangre, de tu sudor, de los mundos que construiste o soñaste. Todas obsesionadas con este mar, con esta isla que es nuestro propio corazón disperso, al que intentamos redimir en el poema. Todas, aún en su diversidad estilística y generacional, abrasadas por un mismo fuego que dibuja las catedrales circulares del amor, la vida y la muerte. Todas, repito, se abrazan a mis venas, pero es Carilda “de tarde por los rincones y en la noche” la que ineludiblemente me gana. Me hace suya en lo más profundo como ya desde antes me había conquistado por cauces misteriosos otra poeta imprescindible para redondear la sensibilidad de lo cubano: Dulce María Loynaz.

Carilda Oliver Labra es hoy por hoy, quiéranlo o no, una leyenda viva de la poesía cubana. En la elaboración de todo mito, hay un proceso consciente de automitificación, pero determinan más el destino y los caminos que se siguen para su cumplimiento. Carilda ha sido fiel a una vocación, ministerio literario que ha venido cumplimentando con fiereza y reciedumbre, con una libertad y una fidelidad a sí misma como pocos poetas han conseguido en la historia de nuestra literatura. Este año, junto a los 80 de Carilda, celebramos el centenario de ese otro gran mito de la poesía nuestra que es Dulce María Loynaz. Es cierto que a estas dos mujeres singulares mucho las diferencian, pero cuánto hay de común en esa fidelidad a un impulso creador, a una voluntad recia para apropiarse de lo cotidiano sembrando un estilo propio, inimitable, en ese interés de insistir y adueñarse de los espacios familiares, citadinos e incorporarle al discurso de Eva, la pasión de Bárbara, un signo trascendente, reflexivo.[3] Sí, ambas van unidas por la aristocracia del espíritu y el amor a la “Cuba secreta” a que se refiriera ese otro premio Cervantes femenino, María Zambrano. Ambas sensibilidades elevan a categoría estética el dolor callado, la pena humilde del niño vendedor de berro, del contrahecho, la solterona, la hacedora de flores artificiales, la niña coja, etc.[4] Ellas hacen suyo el desamparo del otro, se conduelen con el prójimo que es padecer con él, que es más que curar las heridas del leproso, sentir las llagas en carne propia; en este sentido hay también en ellas un acto de amor de índole más universal, una poesía de servicio de incuestionable raigambre cristiana, con inobjetable matiz franciscano en la fineza con que se alaba la naturaleza. Y lo hacen desde el centro de sí mismas.

En las relecturas de sus libros he podido encontrar esas resonancias, esos vasos comunicantes a los que me refiero. Alegan los postestructuralistas que todo texto es un intertexto, que todo poema es un interpoema que a la vez remite a otro poema y así en una cadena sucesiva al infinito. De cierta forma estas dos voces, sin dejar de ser únicas, dan fe de esos postulados: Deleitémonos con estos versos de una y otra. Percibamos en Dulce el erotismo que se nos ofrece como una ausencia insalvable, como imposibilidad, a lo sumo, potencia; y en Carilda como consumación en lo carnal y espiritual, al tornarse presencia el Amante no solo en la vida, sino también en las regiones vedadas de lo onírico y la muerte:

 

El beso que no te di

se me ha vuelto estrella dentro…

¡Quién lo pudiera tornar

—y en tu boca…—otra vez beso![5]

 

(Dulce María)

 

Duermes… y el sueño te toca

como algún regalo triste.

(El beso que no me diste

parece un alma en tu boca.)

 

Y ni ese dormir —acaso

muerte brevísima y rara—

del amor nos desampara:

porque en el sueño yo paso…[6]

 

(Carilda)

 

El erotismo de la mujer cubana, su sensualidad de raigambre mestiza, encuentran en estas poetas dos maneras singulares de materializarse. La cotidianidad que reflejan sus poemas nunca es asumida desde el hastío y la vacuidad de la repetición estéril. En la sucesión de los días, ambas poetas descubren en lo minúsculo la diferencia que les permite andar despiertas, continuar asombradas; quizás por esa condición, lo cotidiano y trivial alcanzan connotaciones arquetípicas. No hallamos, pues, entre sus versos, otra referencia a lo doméstico que no esté espiritualizada y a lo que no le impregnen el fervor por iluminar su rostro múltiple.

Ya en 1955, Agustín Acosta en una breve nota que realizara de Carilda a su Libreta de la recién casada había apuntado algo de esto último. Pocos críticos de la obra carildiana, duros y complacientes unos, demasiados sectarios otros,[7] se han acercado con tanta justeza y precisión a su obra como lo hizo este otro grande de nuestra poesía, y es que a la poesía solo es dable entenderla, interpretarla, desde su propio centro imantador. Decía en aquel entonces Acosta:

 

Carilda Oliver no se parece a ninguna otra poetisa: Lo espiritual cotidiano es motivo casi constante de su poesía. No importa que la impresión de un hecho vulgar carezca de espiritualidad: ella le comunica la suya, y el hecho aparece espiritualizado (…) Nada es en ella deliberadamente transitorio. Un instante, en su sentir, tiene atributos de eternidad. Todo en sus manos se torna poesía. Y bien sabemos todos que decir poesía es decir eternidad.[8]

 

Aquí hay varios aspectos, en este fragmento, en los que debemos detenernos, por ser reveladores de la poética de Carilda.

El primer matiz que subraya Acosta es el de la singularidad estilística, el estilo taxativo, que como expresó José Ángel Buesa, ese otro inatendido, en el Prólogo a Memoria de la fiebre, “permite reconocer como suyo un poema al que se le haya omitido su firma”.[9] Razón esta para que, aunque se le señalen ascendencias de la corriente neorromántica, de la vanguardia en su vertiente surrealista principalmente, o adviertan elementos precursores de la conversacionalista predominante en las décadas de los 60 y 70, apreciemos en ella una voluntad, una conciencia de crear una expresión peculiar que —evade ceñirla a una corriente literaria específica— la autodefina esencialmente, permita confesarse, describir o reflexionar en la realidad de todos los días y no como una simple ama de casa, sino como una mujer que una vez dueña y conocedora de una herencia y costumbres hogareñas y sociales impuestas o trasmitidas a las mujeres por generaciones, consiga con inteligencia, osadía y desenfado inusual subvertirlas, enriquecerlas. No podemos olvidar que gran parte de su producción poética la concibe a finales de la década del 40 y en los 50. Ella logra romper en una época difícil cánones impuestos a la expresión femenina durante generaciones y eso hace aún más meritoria su creación.

El cuestionamiento de la realidad exterior y del status quo social que prevalecía, aún dentro de formas métricas tradicionales, aparece ya tempranamente en el cuaderno Al sur de mi garganta:

 

Y qué aburrido es esto de contemplar embarques,

de saludar amigos, de recorrer los parques.

 

Y la costumbre inútil de abrir una ventana

y la tarde podrida detrás de la mañana

y el obrero cesante y la madre soltera

y el cigarro caído en mitad de la acera.[10]

 

El otro elemento que señala Agustín Acosta es el referido a la espiritualización de lo cotidiano. Nada en mi opinión como esta concepción para definir la poética carildiana. Es cierto que a Carilda no le interesan, aunque sí los ha tocado alguna que otra vez, los temas metafísicos, trascendentalistas en un sentido puro, se regodea en las pequeñas cosas del vivir diario, en el transcurrir intrascendente de los sosegados días de la provincia. Lo singular consiste en que a estos hechos y acontecimientos de apariencia vulgar, Carilda le impregna su sensibilidad, su espíritu marcadamente femenino, coqueto, graciosamente excepcional, propiedad de una mujer nada ordinaria, y con ello logra que ese motivo adquiera relieve intemporal, impulsos trascendentes. Este manejo de asuntos trillados, como puede ser el amor de la pareja recién casada, consigue —en un proceso de conversión íntima en la que muchas veces no se prepara al lector— alejarse de la palabra cursi o trasnochada con donaire.

 

Amor, carne separada

de las estatuas del mundo:

te estoy mirando y me hundo;

pero me hundo salvada.[11]

 

...

 

Mañana tengo cita con tu aorta.

(no me importa la bruma, no me importa:

ya puedo hasta volverla transparente.)

 

Mañana bajo nubes, bajo hierros,

nos amaremos desusadamente

como profundos astros, como perros.[12]

 

Ella misma se encargaría de explicitar esta ganancia expresiva para nuestra lírica, en su poema “Cuento”, escrito nada menos que en 1957, y lo haría con una ironía y un desenfado lexical que se vuelven contra ella misma, y a la vez, se erigen en su autodefensa, maniobra semejante a la de Virgilio Piñera en “La isla en peso”. Asombra hoy lo novedoso del tropo, la puntuación, el ritmo entrecortado y el tono discursivo de reafirmación identitaria: signos de un estilo poético que se convertiría en baluarte de las jóvenes promociones cubanas de fines del siglo XX:

 

Pasaron tantas cosas;

el tiempo fue cosiendo mi mirada.

 

Ahora no pueden asustarme con los truenos

porque la luz me alza.

Ahora no pueden confundirme con un libro.

Soy la palabra recobrada.

 

¡Ríanse,

agujas que en mi carne se desmandan;

ríanse,

arañas que me tejen la mortaja;

ríanse,

que a mí, también, carajo, me da gracia![13]

 

Redondea la concepción de sí misma, se define en sus pulsaciones primarias con el verso “soy la palabra recobrada”. La poeta, entonces, se adentra en nuevos laberintos, ya no es solo “de leche, de corazón, de polvo, / de pequeñas células terribles”.[14] “ La muchacha rubia que apenas aspiraba a “ser sencilla como la luz silvestre”, o parecerse con toda la naturalidad que el hecho entraña “a la yerba, al pan, al cobre[15],ha logrado transformarse en la sustancia misma con que se concreta el poema; atrae, arrastra hasta los lectores la palabra que se ha fugado, la desasida, la que quedó sepultada bajo las redes del sueño o en la penumbra de las paredes descascaradas por la ausencia; la que ha perdido su magia primigenia en el pasar de boca en boca, la desgastada por el uso y la sensiblería. Recobra para nosotros el peso justo del vocablo en su sonido y en su concepto, lo desnuda de toda parafernalia y lo alza sobre la roca árida de la conversación trivial o el ajado discurso ideológico, para que la escuchemos todos en su mayor esplendor, en su vasta sencillez.

Persistente en su sino, generosa, Carilda nos ha devuelto, no sin antes asumir el alto precio de profanar su intimidad, un lenguaje cubanísimo que ha logrado resucitar en el arduo ejercicio de la creación. Aún es una espiga vibrando en mi memoria, un puñado de sal sobre el cosmopolitismo superfluo de tanto verso al uso, aquella tarde única en que las antologadas, gracias a la generosidad del Frente de Afirmación Hispanista, se reunían en la Casa de Morelos en Michoacán para ofrecer un recital.

Escuchar de la propia voz de Carilda, con su desenfado y belleza característicos, los versos nuevamente liberados por el poder de la voz que se alza hacia la luz desde la penumbra y la frialdad de la impresión, deleitarnos con su conversación salpicada de la sensualidad y la picardía del habla nuestra, es un hecho conmovedor, un rasguño en la piedra. Carilda como una niña inmensa, sin tapujos, manifestaba abiertamente ante todos su regia personalidad, su garbo natural. Y en su ciego fervor por entregarse a los demás, inocentemente se apoderaba de aquel público que apenas la conocía, y que aplaudía emocionado por la magia del momento. A las demás poetas, también hipnotizadas por su embrujo, no nos quedaba más que agradecer al destino la posibilidad insuperable de acompañarla.

 

 

 

 

[1]Estas palabras fueron leídas en un homenaje realizado a la poeta a raíz de su ochenta cumpleaños en los Juegos Florales del 2002, organizados por la A.H.S de Ciego de Ávila,

[2] Fredo Arias de la Canal en el prólogo a la antología mencionada, realiza una demostración, con poemas de las más altas representantes del postmodernismo hispanomericano, de la tesis del psicoanálisis sobre la visión onírico-cósmica como constante de la creación poética. En su opinión, las ocho antologadas son un ejemplo palpable de esta percepción.

[3] Al respecto, pueden compararse los textos “Canto a Matanzas” de Carilda y “Al Almendares” de Dulce María y observarse cómo en ambos sobresale la mirada amorosa con que las poetas celebran lo que consideran como algo propio, íntimo, aún en su humildad. La ciudad en una, el río en otra, sutilmente personificados, escalan desde el estado de simple paisaje a la concepción de Amantes, en un sentido místico.

[4] Estos motivos aparecen desarrollados en los poemas “El madrigal de la muchacha coja”, “El pequeño contrahecho”, “Coloquio de la niña que no habla”, “La extranjera”, “El amor de la leprosa”, “Cheché”, entre otros de Dulce María Loynaz; y “La vecina muerta”, “Al niño que vende berros”, “La solterona”, “Sonetos por un ciego”, “Sara”, también entre otros de Carilda.

[5] Dulce María Loynaz: “Tiempo”, en: Poesía Completa, Editorial Letras Cubanas. La Habana, Cuba, 1993, p. 58.

[6] Carilda Oliver Labra: “XII”, en: Error de Magia, Editorial Letras Cubanas. La Habana, Cuba, 2000, p.95.

[7] Virgilio López Lemus es una notable excepción al respecto. Ha develado aspectos sustanciales de la poética de Carilda en su libro de ensayo Palabras de trasfondo y en el prólogo a la antología de Carilda Error de magia.

[8] Agustín Acosta, Prólogo a Libreta de la recién casada en: Carilda Oliver Labra, ob. cit., p.109.

[9] José Ángel Buesa en Prólogo a Memoria de la fiebre.

[10] “Elegía por mi presencia”, en: Carilda Oliver Labra, ob. cit.p.35.

[11]“XX”, en: Carilda Oliver Labra. ob. cit.p.100.

[12] “Los encuentros”, en: Carilda Oliver Labra. ob. cit.p.156.

[13] Ibídem, p.184

[14] “Canto desbordado” en: Carilda Oliver Labra. ob. cit.p.55.

[15] “Elegía por mi presencia” en: Carilda Oliver Labra. ob. cit.p.32.

 

Ileana Álvarez. Foto en revista Árbol Invertido

(Ciego de Ávila, Cuba, 1966). Graduada de Filología en la Universidad Central de Las Villas (1989). Máster en Cultura Latinoamericana. Directora editorial de la revista Videncia. Tiene publicados, entre otros, los títulos: Libro de lo inasible (1996), Oscura cicatriz (1999), El protoidioma en el horizonte nos existe (2000), Los ojos de Dios me están soñando (2001), Desprendimientos del alba (2001), Inscripciones sobre un viejo tapete deshilado (2001), Los inciertos umbrales (premio “Sed de Belleza”, 2004), Consagración de las trampas (premio “Eliseo Diego”, 2004), Trazado con cenizas (Antología personal. Ed. Unión, 2007), El tigre en las entrañas (Crítica, 2009), Escribir la noche (2011), Trama tenaz (2011) y Profanación de una intimidad (ensayo, 2012). Realizó Catedral sumergida, antología de poesía cubana escrita por mujeres (Ed. Letras Cubanas, 2014), donde por primera vez se publicó, en Cuba, un panorama tan amplio de autoras residentes dentro y fuera del país.

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