Cuando el Capitolio de La Habana fue inaugurado en 1929, era la sede del Congreso de la República: Senado a un lado, Cámara de Representantes al otro.
Y justo bajo la gran cúpula, en el Salón de los Pasos Perdidos, había algo mucho menos habitual en un parlamento: un diamante de 25 quilates incrustado en el suelo.
Marcaba el kilómetro cero de la Carretera Central. El Estado cubano lo había comprado por 12.000 pesos al joyero turco Isaac Estéfano. Sobre su origen circulaba una historia todavía más extraordinaria, se decía que había pertenecido al último zar de Rusia, Nicolás II.
También se decía que aquella piedra traía desgracias.
El 25 de marzo de 1946 ocurrió la primera.
El robo del diamante del Capitolio en 1946
Aunque estaba engarzado en platino, empotrado en piedra y protegido por un grueso cristal considerado prácticamente irrompible, alguien consiguió robar el gran diamante durante la madrugada.
Su desaparición provocó un escándalo nacional. ¿Dónde estaba? ¿Quién lo había robado? Se lo preguntaban todos los cubanos.
Hasta que, quince meses después, el 2 de junio de 1947, apareció de manera igualmente extraña.
Ese día, el presidente Ramón Grau San Martín convocó a varios funcionarios en su despacho y les mostró un sobre amarillo donde, dijo, había recibido de manera anónima el diamante.
Nunca se aclaró aquel hecho, ni quién lo había robado ni cómo había vuelto.
La piedra ocupó otra vez el kilómetro cero de Cuba, incrustada en el piso del Capitolio.
Y allí permaneció mientras existió la República.
Pero en 1959 Fidel Castro llegó al poder, el Congreso fue disuelto y el Capitolio dejó de cumplir la función para la que había sido construido. También el símbolo del diamante entraba en la etapa del castrismo y el anticapitalismo.
Y el diamante desapareció otra vez
Y ocurrió que, en 1973, las autoridades retiraron el diamante y pusieron en su lugar una réplica. Dijeron que el original había sido guardado por razones de seguridad en el Banco Nacional de Cuba.
Al parecer, la codicia que había girado en torno a la joya había terminado sellada en una bóveda revolucionaria.
Pero en ese momento la historia del diamante volvía a oscurecerse.
En el año 2000, el periodista José Antonio Fornaris decidió comprobar su existencia. Preguntó en el Capitolio.
—Está en el Banco Central —le dijeron.
Fue al Banco Central. La jefa de Auditoría, Elsy Carterno, respondió que allí no estaba y que desconocían dónde se encontraba.
Fornaris preguntó en otros cuatro departamentos. Nadie sabía nada del histórico diamante.
Sobre el destino de la joya
Para entonces ya circulaban otras historias.
El exiliado Juan Vives aseguró que la gema había terminado realmente en manos de Vilma Espín, esposa de Raúl Castro. Según su testimonio, Celia Sánchez protestó y Fidel Castro intervino personalmente en el conflicto.
Otros rumores de la época situaban el diamante todavía más cerca de Castro y sostenían incluso que pudo acabar como regalo a alguna amante.
Otra versión llevó el diamante mucho más lejos. Según otro relato, en 1973 el gobierno cubano habría entregado la gema a los soviéticos como parte de una negociación de la deuda con Moscú. Ese mismo año fue cuando el diamante original desapareció del Capitolio y fue sustituido por una réplica. Versión de la historia que se refuerza con el hecho de que, en 2017, una fábrica rusa de diamantes de Smolensk entregó a Cuba una nueva gema llamada “El Fiel”, que algunas fuentes sitúan en el lugar del antiguo diamante.
Rumores y testimonios difíciles de probar.
Lo que sí está comprobado es que el gobierno de Castro dijo que había guardado la piedra preciosa, pero nunca mostró el original ni explicó de forma convincente dónde había terminado. Nunca se dieron explicaciones.
Algo más revelador sería que nadie desde el poder se atreviera a desmentir aquellos rumores ni a indagar públicamente por la joya.
Hoy, bajo la cúpula del Capitolio, sigue marcándose el kilómetro cero de Cuba.
Pero la piedra que está allí es una copia o una imitación.
El verdadero diamante terminó entrando en uno de esos lugares donde, durante décadas, entraron muchas cosas en la Cuba sin transparencia: el oscuro silencio.