¿Qué haría un cubano exiliado el primer día de libertad en Cuba? La pregunta, aparentemente sencilla, contiene una carga emocional, política y biográfica difícil de responder sin mirar hacia atrás.
En esta entrega de Cuba Imaginada, el escritor, periodista, poeta y crítico de arte cubano William Navarrete, residente en Francia desde los años noventa, responde con humor, distancia crítica y una forma particular de escepticismo: la de quien ha esperado durante décadas un cambio democrático en Cuba, pero no imagina el regreso como un gesto automático ni puramente nostálgico.
La pregunta abre un debate mayor sobre el exilio, la memoria, el retorno y el papel que podrían asumir los cubanos dispersos por el mundo en una futura transición democrática.
El regreso no empieza con la nostalgia
El regreso de los cubanos del exilio no dependería únicamente de un cambio político en Cuba. También estaría condicionado por la seguridad, la estabilidad del país, el estado real de las instituciones y la posibilidad de contribuir a una reconstrucción que no sea solo simbólica.
En el caso de William Navarrete, la idea del primer día de libertad no aparece como una escena inmediata de celebración nacional ni como una vuelta impulsiva a los lugares de la memoria personal. Su mirada parte de una experiencia prolongada de espera, pero también de una desconfianza acumulada frente a los cambios anunciados, prometidos o imaginados durante décadas.
El escritor habla de esa distancia con una imagen de humor que resume el paso del tiempo y el desgaste de las expectativas:
"Bueno, la botella de champán que tenía en mi casa, guardada en París, ya me la tomé. Eso es lo primero. O sea, hemos esperado tanto que se me hubiera echado a perder el champán."
A partir de ahí, Navarrete sitúa el problema en un terreno más práctico que sentimental. Una eventual apertura política no resolvería de inmediato las condiciones materiales del país ni garantizaría, por sí sola, que quienes regresen puedan hacerlo sin riesgos:
"Yo creo que, para ser honesto, lo primero que haría era esperar a ver cómo van las cosas antes de lanzarme al abismo."
Su cautela no se refiere solo a la política, sino también al deterioro acumulado de la vida cotidiana en Cuba. La imagen de un país físicamente dañado, institucionalmente frágil y socialmente imprevisible marca su reflexión:
"No sé, en las condiciones actuales de Cuba, si voy inmediatamente allí, si me cae un balcón en la cabeza, si todavía quedan gente capaces de meterlo a uno preso por otras razones, si se forma de pronto la de San Quintín y sale uno perdiendo y cierran el país y se queda uno trancado allí de nuevo."
Esa posibilidad de quedar atrapado otra vez en la Isla concentra una de las zonas más sensibles de su intervención. Para muchos exiliados, el retorno no sería solo un desplazamiento geográfico, sino la confrontación con una historia personal marcada por la salida, la pérdida de derechos y la imposibilidad de regresar libremente. Navarrete lo resume al decir que quedarse encerrado de nuevo en Cuba sería:
"Una de las tristezas más grandes del mundo."
Desde esa perspectiva, la libertad no se reduce al acto de volver. También exige condiciones mínimas para que el regreso no reproduzca nuevas formas de incertidumbre, dependencia o vulnerabilidad. Por eso Navarrete imagina una actitud de espera: dejar que otros comprueben primero el terreno, que el país empiece a recomponerse y que el retorno pueda tener un sentido concreto.
La nostalgia, en su caso, no ocupa el centro de la decisión. El escritor rechaza la idea de viajar a Cuba solo para reencontrarse con los símbolos íntimos de su infancia o de su antigua vida habanera:
"No iría así por ir a ver el flamboyán de la esquina de mi casa en Miramar. No iría para ver la playa de la infancia que era Varadero. No, a mí nada de eso me interesa porque yo no tengo nostalgia absolutamente de nada."
El punto central de su reflexión aparece entonces con mayor claridad: regresar solo tendría sentido si existe un propósito. No un viaje sentimental, sino un proyecto. No una visita de reconocimiento, sino una forma de participación:
"Yo iría con un plan de algo. Yo iría con un plan de investigación, con un plan de hacer algo importante para el país. O para los jóvenes del país, si quieren de mí, si no, da igual."
La frase conecta con uno de los debates más relevantes sobre una futura transición democrática cubana: qué papel podría desempeñar la diáspora en la reconstrucción nacional. Profesionales, escritores, académicos, artistas, empresarios y ciudadanos formados fuera de la Isla podrían aportar conocimientos y experiencias, pero ese aporte tendría que producirse sin imposición y en diálogo con quienes han vivido dentro del país.
Volver a Cuba tendría que significar algo más que pisar nuevamente un territorio. Tendría que estar asociado a una utilidad pública, a una contribución verificable y a una relación honesta con las generaciones que deberán reconstruir el país desde dentro.
La pregunta inicial —qué haría el primer día de libertad— abre un dilema mayor: ¿Será la libertad de Cuba un día de regreso masivo, una espera prudente, una reconstrucción lenta o una combinación de todas esas formas de reencuentro?
Acerca de William Navarrete
William Navarrete nació en La Habana en 1968. Es escritor, periodista, poeta y crítico de arte cubano. Reside en Francia desde la década de 1990 y ha desarrollado una trayectoria intelectual vinculada a la literatura, el periodismo cultural, el ensayo, la memoria del exilio y la identidad cubana.
Su obra aborda con frecuencia los vínculos entre Cuba, la diáspora, la historia personal y las tensiones de pertenencia que atraviesan a quienes han vivido lejos de su país de origen. Como narrador y ensayista, ha explorado temas relacionados con la memoria, el viaje, la cultura cubana y las formas en que el exilio transforma la mirada sobre la nación.
Además de su trabajo literario, Navarrete ha intervenido en espacios de opinión y análisis sobre Cuba, aportando una perspectiva marcada por la experiencia del desplazamiento, la distancia crítica y la defensa de una cultura cubana abierta, plural y conectada con el mundo.
Cuba Imaginada
Cuba Imaginada es un proyecto de Árbol Invertido dedicado a pensar, debatir y documentar el futuro democrático de Cuba. A través de entrevistas, debates, encuestas, testimonios y propuestas ciudadanas, la iniciativa reúne voces diversas de la sociedad civil cubana para reflexionar sobre la transición, la libertad, la justicia, la ciudadanía y la reconstrucción institucional del país. Porque imaginar el futuro también es una forma de prepararlo.
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