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Narrativa cubana | José Gabriel Barrenechea: "Mi papá es un héroe" (cuento)

"Nadie parece recordar el entusiasmo de los primeros días de la guerra. Las plazas llenas de argentinos apoyando la recuperación de nuestras islas. El orgullo de las familias al saber que alguno de los suyos había sido destacado en las Malvinas."

Piloto argentino durante la guerra de las Malvinas (1982).
Piloto argentino durante la guerra de las Malvinas (1982).

Mi papá es un héroe. Yo estoy orgulloso de él. Murió hace cuatro años, en las Malvinas.

Esas islas eran nuestras, de la Argentina, hasta que los ingleses nos las quitaron. Algunos años después de la independencia llegaron en sus buques de guerra y dijeron que eran de ellos. Como por ese entonces no teníamos una Armada de respeto, nuestros tatara-tatarabuelos no pudieron hacer nada. Por más de un siglo los embajadores argentinos han intentado que se les escuche en los tribunales internacionales. Pero como estos siempre se han vendido a los anglosajones, poco de justicia hemos sacado de ahí.

En la escuela, cuando nos hablaban de la guerra de las Malvinas, era solo para criticar a los militares. Milicos, los llamaban los maestros; una guerra estúpida de la dictadura, nos dicen. Y aunque no lo hablen claramente, para ellos, los que pelearon allá eran solo un hatajo de infelices. Ovejas llevadas al matadero, nos explicaba el otro día un maestro peludo, con un libro del Che Guevara bajo el brazo.

Nadie parece recordar ahora el entusiasmo de los primeros días de la guerra. Las plazas llenas de argentinos apoyando la recuperación de nuestras islas. El orgullo de las familias al saberse que alguno de los suyos había sido destacado en las Malvinas. Los soldados sonrientes desde sus camiones, ante el cariño de los niños en las calles.

—¿Qué había que ir a buscar a ese fin del mundo? —se preguntaba el otro día un señor en el tren.

Mi mamá y yo hacíamos nuestro viaje de fin de semana a casa de los abuelos. El señor se sentaba del otro lado del pasillo de espaldas al movimiento. Llevaba el pelo largo y fumaba un cigarrillo tras otro. Vestía una remera negra con la foto impresa de unos ingleses peludos.

—Quizás sea, joven, que no se ha dado cuenta usted de que para muchos los argentinos vivimos en el fin del mundo —le respondió desde un poco más allá un señor alto y delgado, con un bigote canoso—. Quizás sea que usted se siente uno de esos algunos y no un argentino.

Las dictaduras no están bien. Ningún grupito, por más bienintencionado que sea, tiene el derecho a decidir por todo un país inmenso. Sin embargo, una nación es como una familia. Por más que no aprobemos lo hecho por un hermano o por un primo, solo cabe salir en su defensa cuando se los agrede. Trabajamos codo con codo junto a ellos en la pelea, tengan o no la razón.

Como me dice mi abuelo, contraalmirante de la Armada, a quien retiraron contra su voluntad a los pocos meses del gobierno del general Videla:

—¿Estuvo bien o mal? No lo sé. Pero una vez recuperado lo que es nuestro, no cabía más que apretarse el cinto y empujar todos juntos. Después, pasara lo que pasara, había que honrar a los héroes caídos en el campo de batalla.

Mi papá fue de quienes se apretaron el cinto y se convirtieron en héroes, por cierto. Era piloto de combate de la Armada. Piloteaba uno de nuestros anticuados avioncitos a reacción, sin tan siquiera radar, incapaz de competir con los modernísimos aviones de los ingleses. Tan sofisticados que despegan y aterrizan como un helicóptero, verticalmente.

La guerra ya casi estaba perdida para la Argentina. Los altos mandos decidieron lanzar un último golpe de suerte. Se intentaría hundir uno de los portaaviones de los ingleses. Si se lograba, se despejarían los cielos de las Malvinas de aviones enemigos, y los nuestros ocuparían el lugar. Desde allá arriba podrían apoyar a nuestras tropas de tierra. Estas, con esa ventaja, harían volver a sus buques a los ingleses que habían desembarcado.

La víspera del ataque llamaron a mi papá y a otros tres pilotos a la comandancia de su Base Aérea. En una pequeña habitación, con mapas colgados de las paredes, un Almirante les explicó su misión. Al terminar, en un tono más familiar, les dijo:

—Señores, no les voy a mentir. En tierra vamos perdiendo la guerra. Nuestra única esperanza es hacernos con el dominio del aire. Sin eso, nuestra gente en las islas tendrá que rendirse en una semana, dos a lo sumo. En sus manos, muchachos, está el conservar o volver a perder ese pedazo de la Argentina...

Al día siguiente, en sus cuatro avioncitos, mi padre y sus compañeros enfilaron hacia el mar. Volaron a baja altura sobre el agua, casi pegados a ella. El sol, que comenzaba a salir sobre el horizonte, frente a los morros de sus aparatos, los encandilaba. Volaban de aquella arriesgada manera para no ser detectados por la flota inglesa. Porque al ser la Tierra curva, los radares, como la vista, no pueden detectar lo que queda más allá del horizonte y por debajo de él. Así que, si mantenían su vuelo de aquel modo solo, serían descubiertos por los ingleses cuando ya fuera tarde para ellos.

Esa era precisamente la idea.

A mitad de camino se les unieron dos modernos aviones comprados por la Armada a Francia. Uno de ellos cargaba bajo su fuselaje con el último de cinco sofisticadísimos cohetes, que también se le habían comprado a ese país. Estos llevan una computadora dentro que, una vez programada, conduce al cohete directo al blanco elegido. Hacia él parten, más rápido que el sonido, a ras del mar. Los otros cuatro habían sido usados con éxito: hundieron una fragata y un buque de transporte

Los seis aviones reorganizaron su vuelo. Los modernos abrían camino, y los avioncitos como el de mi papá los escoltaban. En esa formación continuaron por un buen rato, rozando casi las frías aguas del Atlántico Sur.

La flota inglesa había permanecido oculta desde que arribó a la zona de guerra, a principios de mayo. Dos días antes de la misión, los aviones de exploración de la Armada la descubrieron al sureste de las Malvinas. Hacia ella volaban mi padre y sus compañeros, a baja altura y con las radios apagadas.

A unos setenta kilómetros del punto donde debían permanecer los ingleses, uno de los aviones modernos se apartó del mar. Subió algunas decenas de metros, hasta que su radar detectó a la flota enemiga. El piloto le pasó los datos de la ubicación de esta al cohete bajo su fuselaje, y volvió a descender. Cuando estabilizó su vuelo a baja altura dejó caer el cohete, que de inmediato prendió sus motores con una llamarada.

Desde sus cabinas mi papá y sus tres compañeros lo vieron alejarse, dejando tras de sí una estela de humo blanco. También vieron a los dos aviones modernos volverse a la izquierda. Regresaban a su base en el continente. No hubo despedidas, ya que todos volaban con sus radios apagadas. Los cuatro avioncitos simplemente siguieron adelante, en pos de la estela del cohete.

Los segundos se estiraron. Los pilotos se aferraban con tanta fuerza a los mandos que las manos dolían y las piernas pesaban como plomos. Los ojos fijos en el horizonte, del que al cabo comenzaron a separarse algunas formas. De la más grande empezó a salir una columna de humo. El cohete había hecho blanco, sin duda.

Poco después las formas se convirtieron en buques de guerra. Desde ellos empezaron a encimárseles chorros de balas de todos los calibres. Los avioncitos seguían pegados al océano, acercándose a gran velocidad a la flota inglesa, a través de una atmósfera de metal candente.

Frente a ellos ya se distinguía con claridad el portaaviones inglés, botando humo por el costado que les quedaba a la vista. Hacia él enfilaban los cuatro. De repente el que volaba a la izquierda de mi papá explotó y los restos incendiados cayeron al mar.

A medida que se acercaban a su objetivo, el fuego sobre los tres aviones restantes se hacía más intenso. Casi al llegar, el de mi papá recibió dos impactos seguidos. No abortó, sin embargo, y se mantuvo en rumbo a cumplir su misión. Se lo contaron a mi abuelo los dos compañeros de mi papá que sobrevivieron.

Los tres avioncitos que quedaban se echaron sobre el portaaviones inglés, que botaba una columna de humo negro por el boquete en su costado. Ascendieron para superarlo y al mismo tiempo soltaron sus bombas. Estas rebotaron en la superficie del mar y penetraron por los costados del buque. Mi papá, con problemas para controlar su aparato, soltó las suyas una fracción de segundo después, por el lado de la popa.

Uno de los pilotos le comentó a abuelo en privado que tras soltar las bombas ladeó el avión para esquivar el puente de mando. Al mirar hacia abajo, hacia la cubierta del portaaviones, vio a dos pilotos ingleses. Allí estaban, con sus trajes de vuelo, algo agachados para esquivar las esquirlas y las llamas, pero saludándolo militarmente.

Fue solo una fracción de segundo, mas está seguro de lo que vio. Si no lo ha contado públicamente —se sinceró con abuelo—, ha sido por una orden terminante. Le dijo que era imposible que hubiera podido ver algo a semejante velocidad. En todo caso —remató—, no era el momento para presentar de esa caballerosa manera a nuestros enemigos.

—¿Qué sabrá ese de lo que se ve y lo que no, cuando se vuela? —soltó abuelo furioso, quien también empezó en la Armada como piloto de combate—. Si mal no recuerdo, nunca se ha metido en la cabina de un avión. Siempre ha sido oficial de puente de mando. De esos que consiguen sus ascensos sirviéndole de edecanes a los superiores, no en el día a día del servicio.

Los tres avioncitos dejaron atrás el portaaviones, supuestamente invencible, envuelto en humo y llamas. Los compañeros de mi papá se pegaron de nuevo al agua mientras escapaban del fuego cerrado de todos los buques alrededor. El de mi papá no pudo hacerlo, por lo que se mantuvo a cierta altura sobre el mar. De puro milagro logró también él dejar atrás el fuego, mas comenzó a quedar retrasado. Sus compañeros se dieron cuenta, se le emparejaron y le hicieron señas de que prendiera la radio.

—Sigan, compañeros —les dijo—. Lleven la buena nueva a la base. Tengo problemas con el timón de profundidad y también pierdo potencia en el motor. No se preocupen, yo me apaño. Adelanten ustedes, nos vemos en un rato.

En cuanto llegaron a la base, sin festejar el éxito de la misión, sus compañeros les exigieron a los mandos que empezaran la búsqueda de mi papá. Despegaron todos: los aviones de exploración, los cazabombarderos, los transportes, los que transbordan combustible en vuelo... Incluso los capitanes de dos corbetas, en el puerto más cercano, dijeron estar listos para salir a alta mar. Sin importarles los aviones ingleses. Durante dos días se buscó por la ruta probable de mi papá, pero no se encontró nada.

La misión fue un éxito, sin duda. Sin embargo, el resultado no fue el esperado. Los americanos, en secreto, le permitieron a los ingleses usar los aeropuertos de sus bases a lo largo del Atlántico. Gracias a ello, en verdaderos maratones, los pilotos ingleses volaban desde su isla hasta el otro extremo del mundo. Lo hacían hasta la extenuación, pero sus aviones, muy superiores, les permitieron mantener el dominio del aire sobre las Malvinas.

Con el cielo sobre ellos controlado por los ingleses, nuestras tropas en tierra poco pudieron hacer. Al final tuvieron que rendirse. Solo que no a la semana, como predijera el almirante.

—Nunca estuve de acuerdo con quienes dieron el golpe de Estado. Entre otras razones, por su extrema confianza en los americanos —escuché a abuelo sincerarse con los dos compañeros de mi papá—. Fueron ellos quienes empezaron esa guerra, cuando les hicieron creer a los altos mandos que nos apoyarían. Fueron ellos quienes la terminaron, al poner sus bases y satélites a disposición de nuestros adversarios.

—En definitiva, había que ser muy ingenuo y desconocedor de la verdadera naturaleza de los pueblos para creer que un hermano cabal fuera a traicionar a un hermano de sangre por apoyar a un ajeno —concluyó.

Mi papá es un héroe, pero lo extraño. Hace ya más de cuatro años que se marchó de madrugada, sin despedirse de mí para no despertarme.

Ayer, en el aniversario de su desaparición, me escapé del colegio. Me fui a un parquecito arbolado frente al río adonde él me llevó alguna vez. Allí, en uno de estos días grises y fríos de junio, la tristeza acabó por derrotarme. Me puse a llorar hasta el atardecer, cuando mi mamá y un policía de civil me encontraron.

—Mamá, ¿cómo me hallaste? —le pregunté al volvernos a casa en el auto del policía.

Ella me apretó todavía más a su cuerpo tibio, bajo su abrigo azul.

—Tu padre me llevó a ese lugar para declarárseme. Aquí —me susurró al oído— siempre hallaremos lo que por el camino se nos pierda.

—A mí también me lo dijo —recordé.

El auto se detuvo ante una roja. Un inusual grupo de cincuentones barrigudos y adolescentes de pelo largo cruzó la calle ante nosotros. Hablaban en voz alta, exaltados, de la Copa del Mundo en unas semanas en México. Al subir a la acera, uno de los adolescentes rezagados gritó:

—¡Pues si nos cruzamos con los ingleses en semifinales, esta vez los echaremos a pique de la goleada!

El inusual grupo, como uno solo, apoyó con un "hurra".

En ese momento la luz cambió a verde y seguimos.

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José Gabriel Barrenechea

Foto de José Gabriel Barrenechea, revista cultural cubana independiente Árbol Invertido

Licenciado en Física. Graduado del Curso de Formación Literaria del Centro Onelio Jorge Cardoso y de Educación Sociopolítica por el Instituto Superior de Ciencias Religiosas a Distancia “San Agustín”, de la Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir. Coordinó y dirigió la revista Cuadernos de Pensamiento Plural, junto a Antonio Rodiles Cuadernos para la Transición, y con Henry Constantín La Rosa Blanca. Textos suyos han sido publicados en las revistas Conviviencia, Vitral, Voces, Otro Lunes, y en los diarios 14yMedio y Diario de Cuba. Actualmente es un preso político cubano. Encarcelado desde desde el 8-11-2024 por unirse a una manifestación pacífica junto a cientos de vecinos que protestaban por un apagón de 48 horas continuas.

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