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Opinión | Nuestra Común América

"Los míticos guerrilleros de la Guerra Fría fueron derrotados con relativa facilidad por los mismos días en que numerosos hispanos, sobre todo de México, Centroamérica y las Grandes Antillas emigraban por millones a los Estados Unidos."

Imagen simbólica sobre la integración entre Estados Unidos y América Latina.

Ensayo redactado en la cárcel por el escritor y periodista independiente cubano José Gabriel Barrenechea, y enviado a Árbol Invertido, medio informativo independiente cubano, para su publicación. Barrenechea fue detenido el 8 de noviembre de 2024 por manifestarse pacíficamente contra los apagones en Encrucijada, provincia Villa Clara, y el 15 de enero de 2026 fue condenado por el régimen a seis años de privación de libertad.

I. La sociedad de los Estados Unidos ha dejado de ser la de los "blancos" protestantes

Los sucesos ocurridos a principios de año en Venezuela han sido recibidos desde el Palacio de la Revolución con la misma retórica de 1960. Idénticos llamamientos, mil veces repetidos y jamás concretados, a la integración latinoamericana frente al imperialismo yanqui; venas del cuello al reventar y a grito pelado consignas de "¡Patria o Muerte!", "¡No pasarán!", etcétera.

No obstante, el mundo, el hemisferio occidental, y en especial los Estados Unidos, han cambiado profundamente de 1960 a la fecha. En esos cambios han sido determinantes dos hechos acontecidos en esa misma década de los sesenta: las luchas por los derechos civiles de los afroestadounidenses y la Reforma Migratoria de 1965, la cual facilitó la entrada de los hispanoamericanos a los Estados Unidos.

El presidente de los Estados Unidos Lyndon B. Johnson firma la Ley de Inmigración y Nacionalidad (3 de octubre de 1965).
El presidente de los Estados Unidos Lyndon B. Johnson firma la Ley de Inmigración y Nacionalidad (3 de octubre de 1965).

En 1960 una sociedad estadounidense homogénea en lo étnico (un 80% de descendientes de europeos de más al norte de los Pirineos) controlaba la política y las economías de las sociedades iberoamericanas al sur del Río Bravo, constituidas estas en lo fundamental por descendientes de ibéricos, de africanos, y de aborígenes americanos, mestizados y transculturados. Por ese entonces la población de las sociedades iberoamericanas era todavía inferior a la de la sociedad estadounidense, y la proporción de los suyos emigrados a los Estados Unidos era relativamente pequeña. Los hispanos solo eran significativos en Nueva York, representados por los boricuas, o en la franja de estados limítrofes desde California a Texas, por los mexicanos.

Sin embargo, a la altura de 2026 esas diáfanas divisiones étnicas han desaparecido. La sociedad política de los Estados Unidos ha dejado de ser la de los "blancos" protestantes, y la proporción de los hispanos (incluidos brasileños) en el Censo es cada vez más cercana a la de aquellos, después de haber superado a la de los afroestadounidenses.

No hay razones al presente para que aún sintamos el mismo extrañamiento de nuestros padres y abuelos ante el "gringo" en 1960. No las hay ante un "yanqui" o "yuma", cada vez más parecido a nosotros en lo físico o en lo espiritual. Representar al Tío Sam como un individuo de tez sonrosada, ojos azules y cabello claro no tiene ya mucho que ver con la realidad de la sociedad estadounidense actual; con el modo en que insistimos en imaginarlos, sin duda, pero no con la realidad concreta, independiente de nuestros caprichos ideológicos.

De hecho, la cara visible de los Estados Unidos hacia el mundo, su secretario de Estado es por primera vez un hispano puro, hijo de cubanos emigrados. Alguien a quien cualquier estadounidense promedio de 1960 habría tomado por un canciller mexicano, peruano o uruguayo, pero nunca por uno propio.

Lo real es que los Estados Unidos están próximos a convertirse en la sociedad humana con mayor número de hispanohablantes, y en la católica más importante e influyente, si no lo son ya. No en balde el heredero presente del báculo de San Pedro es un estadounidense, de ancestros peruanos, por cierto.

En esta transformación profunda no han tenido que ver las élites revolucionarias que en los sesenta, setenta y ochenta intentaron hacer colapsar al Sistema Mundo (los muchos Vietnam del Che Guevara); o relocalizar la dependencia en el Campo Socialista.

Los míticos guerrilleros de la Guerra Fría fueron derrotados con relativa facilidad por los mismos días en que numerosos hispanos, sobre todo de México, Centroamérica y las Grandes Antillas emigraban por millones a los Estados Unidos. Y fueron estas humildísimas personas, "apolíticas", con sus vírgenes de Guadalupe, de la Caridad, de Regla..., no aquellos guerrilleros, con sus iconos de Bolívar, Sandino o el Che Guevara, los responsables últimos de los bruscos cambios de la política interna de los Estados Unidos al presente.

Si hoy existe una reacción nacionalista "americana" en los Estados Unidos es porque el gringo viejo de 1960 se siente al borde mismo de la extinción. Pero hasta ese sentimiento lo han llevado no los Chávez, Castros o Maduros, sino los "espaldas mojadas", con sus familias y su determinación de echarlas adelante.

II. La alianza entre Estados Unidos y la América Hispana

En el libro El choque de civilizaciones (1996), Samuel Huntington separa dos civilizaciones en el Nuevo Mundo: la Occidental, presente también en Europa, y Latinoamericana, exclusiva de este lado del Atlántico. Más que como una realidad civilizatoria, esta interpretación debe entenderse como un programa: en qué dirección debían dirigirse, y en cuál no, los impulsos integracionistas de los Estados Unidos.

El problema con dicho programa, a treinta años de la publicación del libro, es que en ese país crece el consenso en que no deben volver a despreciar los consejos de George Washington, para en cambio atarse a Europa: un conglomerado de contrastantes naciones, idiomáticamente diversas, abiertas en exceso a la inmigración islámica, al punto de poner en riesgo su identidad cristiana, a quienes mantenerse demasiado próximos vuelve a colocar a los Estados Unidos en curso de colisión con el Imperio Ruso y su mundo ortodoxo.

Cubierta del libro "El choque de civilizaciones" (1996) de Samuel P. Huntington y el discurso de despedida de George Washington al pueblo estadounidense (1796).
Cubierta del libro "El choque de civilizaciones" (1996) de Samuel P. Huntington y el discurso de despedida de George Washington al pueblo estadounidense (1796).

Esto pone a los Estados Unidos ante un dilema, ya que en el mundo actual las identidades nacionales tendrán cada vez menos independencia política real. Solo entidades políticas del tamaño de civilizaciones, cual China, India o Rusia, serán verdaderamente independientes en el mundo que vemos nacer ante nuestros ojos. Países minúsculos a semejanza de Cuba, pero también medianos, a la manera de Colombia y Chile, o hasta bastante grandes, como los Estados Unidos mismos están condenados a la subordinación, o a encerrarse en sí mismos, en la vana esperanza de que a nadie le apetezca repoblar ese hambreado, infecto y a oscuras territorio que regresa inexorable a la barbarie.

Desengañémonos, no hay un retroceso en la globalización que le vaya a permitir a naciones tipo Andorra volver a tener su oportunidad. El mundo no regresa a los abigarrados mapas de la Europa occidental o central en la Alta Edad Media. Lo que sucede es que como parte de la resistencia al proceso globalizador impuesto desde Occidente han surgido varios centros alternativos, que por ahora solo tienden a absorber a las antiguas civilizaciones a las que pertenecen.

En ese escenario los Estados Unidos y la América hispana se necesitan mutuamente.

Los estados iberoamericanos, por su parte, podrían intentar por sí mismos seguir la línea de integración civilizatoria y convertirse en un ente político comparable a la India. Algo no muy motivador, porque en tal caso quedaríamos por detrás de los Estados Unidos, China, Rusia, Europa y probablemente la propia India. No obstante, el principal problema con esa opción es que las llamadas naciones latinoamericanas son al presente tan incapaces para integrarse por sí mismas como en cualquier momento a partir del instante en que, por afrancesamientos ideológicos o embelecos anglosajones, dieron los primeros pasos para desintegrar el Imperio Español.

Las unidades políticas históricas al sur del Río Bravo nacieron como economías complementarias del Sistema Mundo surgido al inicio de la Modernidad en las ciudades comerciales italianas. Ello las condicionó, las condiciona y las condicionará, de modo que para esas unidades solo hay dos soluciones posibles: hacer colapsar al Sistema Mundo, para hacer surgir uno nuevo, o buscar mestizarse y transculturarse con uno de los centros de ese sistema.

El presidente ruso Vladimir Putin estrecha la mano de su homólogo chino, Xi Jinping en Pekín (China), mayo de 2024.
El presidente ruso Vladimir Putin estrecha la mano de su homólogo chino, Xi Jinping en Pekín (China), mayo de 2024.

Cabe recordar que la solución primera, la guerrillera consecuente, falló estrepitosamente en 1967. En cuanto a buscar mestizarse y transculturarse, es un camino a recorrer desde el principio si se buscara hacerlo con China, o Rusia; sin contar con que evidentemente ni en Pekín, ni en Moscú, tienen interés alguno en semejante desarrollo probable. Consecuentemente a los hispanoamericanos solo nos queda intentarlo con Europa, o con los Estados Unidos. Mas por las mismas razones que aconsejan a los estadounidenses poner distancia de Europa, a nosotros también nos cabe descartarla. Lo que solo nos deja a nuestros vecinos del Norte. Con quienes, lo hemos mencionado más arriba, el proceso de mestizaje y transculturación avanza con viento a popa.

En el Hemisferio Occidental, en las Américas, solo nos cabe la integración de las tierras y gentes al norte y al sur del Río Bravo. Las resistencias heroicas al gringo, o del gringo, nos dejarán a ambos, a mediano y largo plazo, como actores secundarios y subordinados en un drama global con los protagonismos mudados a Pekín, Moscú y quién sabe si a La Meca.

Aprendamos de la Historia. Si el Imperio Romano del Oriente consiguió sobrevivir al de Occidente se explica en su disposición a mestizarse y transculturarse con las tribus eslavas que se internaban en su territorio. Si en Roma se miró siempre por encima del hombro a los germanos, hasta que los derrotaron, en Constantinopla los greco-romanos estuvieron dispuestos a integrarse cultural y físicamente con los eslavos, en quienes vieron el necesario refuerzo ante las amenazas externas y su propio retroceso demográfico. El producto final consiguió resistir al Islam por casi un milenio, y le dio al mundo eslavo una profundidad cultural e ideológica que pervive en la civilización ortodoxa actual.

Porque si lo eslavo no se diluyó en las muchas y continuas invasiones esteparias que siguieron al establecimiento de sus gentes en sus actuales tierras, se debió a su simbiosis con el Imperio del Oriente en la Alta Edad Media.

Koniec.

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José Gabriel Barrenechea

Foto de José Gabriel Barrenechea, revista cultural cubana independiente Árbol Invertido

Licenciado en Física. Graduado del Curso de Formación Literaria del Centro Onelio Jorge Cardoso y de Educación Sociopolítica por el Instituto Superior de Ciencias Religiosas a Distancia “San Agustín”, de la Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir. Coordinó y dirigió la revista Cuadernos de Pensamiento Plural, junto a Antonio Rodiles Cuadernos para la Transición, y con Henry Constantín La Rosa Blanca. Textos suyos han sido publicados en las revistas Conviviencia, Vitral, Voces, Otro Lunes, y en los diarios 14yMedio y Diario de Cuba. Actualmente es un preso político cubano. Encarcelado desde desde el 8-11-2024 por unirse a una manifestación pacífica junto a cientos de vecinos que protestaban por un apagón de 48 horas continuas.

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