"La esperanza" se publicó en 1997, en el segundo número de la revista Imago, de la Diócesis de Ciego de Ávila, e inauguró la sección "La voz del Pastor", a cargo de monseñor Mario Mestril (1940-2026). En este texto, previo a la visita del papa Juan Pablo II a Cuba en 1998, el primer obispo de la provincia reflexiona sobre la fe y la esperanza como respuesta al miedo, el desaliento y las difíciles circunstancias que atraviesa la sociedad cubana.
Los cristianos hemos celebrado una vez más el Misterio de nuestra fe: la muerte y resurrección del Señor Jesús. Ese acontecimiento que constituye el fundamento de nuestra vida cristiana, en el cual hemos sido bautizados y en el cual somos salvos: "Porque si Cristo no resucitó, la fe de ustedes no tiene sentido y siguen sumidos en su pecado", nos dice San Pablo en 1 Corintios 15, 17.
Que Cristo resucitó no nos cabe la menor duda, si es que somos conscientes de lo que decimos cuando recitamos el Credo:
Creo en Jesucristo... al tercer día resucitó de entre los muertos.
Pero de lo que sí no estoy seguro es de que vivamos convencidos de ello. Este es el reproche que le hacía a los cristianos Nietzsche, filósofo alemán precursor del materialismo ateo:
Yo estaría dispuesto a creer que Jesucristo es el Salvador si los cristianos tuvieran realmente cara de salvados.
"Cristo es la clave, el centro y el fin de toda historia humana"
Creer en Jesucristo y en su resurrección es mirar con otros ojos la realidad de nuestra existencia sometida al mal, al dolor, al pecado y a la muerte. No todo está perdido, la muerte no tiene la última palabra, ni tampoco el mal:
Cristo es la clave, el centro y el fin de toda historia humana, en Él se ilumina el enigma del dolor y de la muerte. (Constitución La Iglesia en el mundo actual del Concilio Vaticano II)
El cristiano es un hombre o mujer resucitado. ¡Es un hombre o mujer testigo de la esperanza! ¡Esperanza! Esa virtud desconocida por muchos, de la cual estamos necesitados todos y que algunos la han llamado "la cenicienta de las virtudes" y de la que tan requerido está nuestro pueblo que ha tenido que enfrentar, durante un largo período de tiempo, situaciones angustiosas que parecen no tener fin, que desaniman y cansan.
Por eso, hoy más que nunca, necesitamos dar testimonio de nuestra esperanza, con el optimismo y la alegría propios de quienes están seguros de que:
La victoria y el poder son de nuestro Dios y de su Cristo. (Apocalipsis 11, 15)
"¡Sólo en Dios está nuestra esperanza!"
Ciertamente no se puede vivir sin esperanza. Ella es como la savia para el árbol, el ancla para el barco. Así lo expresa el dicho popular: "La esperanza es lo último que se pierde". Cuando se pierde ya no hay nada que hacer. Porque esta virtud es la que protege del desaliento y sostiene en todo desfallecimiento. El problema radica en saber en qué se pone la esperanza. Si la ponemos en el dinero, en un partido político, en un sistema económico, en los hombres; cuando estos fallan, se pierde la esperanza, pues como dice el Salmo:
Son seres de polvo que no pueden salvar. (Salmo 146, 3)
¡Sólo en Dios está nuestra esperanza!
Desde la primera vez que leí el Diario de Ana Frank me impresionaron grandemente las reflexiones de esta adolescente acosada, día a día, por el temor de que en cualquier momento serían encontrados, ella y los suyos, en la buhardilla donde se escondían tratando de escapar a la persecución de los nazis. ¿Qué podía esperar la niña que se hizo adolescente en medio de tal pesadilla? Y, sin embargo, en una de las últimas páginas de su diario, fechada el 15 de julio de 1944, dice así:
Es curioso que yo no haya perdido todavía todas mis esperanzas, porque parecen absurdas e irrealizables. Sin embargo, a pesar de todo me aferro a ellas, porque continúo creyendo en la bondad innata del hombre. Me es absolutamente imposible construir mi vida sobre una base de muerte, de miseria y de confusión. Veo el mundo transformado más y más en un desierto, escucho, cada vez más fuerte, el fragor de los truenos que se acercan, y que anuncian probablemente mi muerte; comparto el dolor de millones de gentes, y sin embargo, cuando miro al cielo, pienso que esto cambiará y que todo volverá a ser bueno, que aún estos días despiadados tendrán fin, que el mundo conocerá de nuevo el orden, el descanso y la paz.
"¡Con Dios todo, sin Dios nada!"
Expresar que solo Dios es nuestra esperanza no significa cruzarse de brazos, ser indiferentes, dejar que las cosas sigan igual, ni tampoco pensar que sea imposible edificar un mundo más justo y más humano; sino albergar la íntima convicción de que "si el Señor no construye la casa, en vano se esfuerzan los albañiles" (Salmo 127), es decir, que sin Dios no se puede edificar la sociedad. ¡Con Dios todo, sin Dios nada!
Nos preparamos para recibir al papa Juan Pablo II que viene a visitarnos como mensajero de la verdad y de la esperanza, a decirnos como en otros países que ha visitado: ¡No teman! ¡Abran las puertas al Redentor!
Para terminar esta reflexión sobre la esperanza nada mejor que citar un texto de su libro Cruzando el umbral de la esperanza:
Regresar al inicioAl finalizar este segundo milenio tenemos quizás más que nunca necesidad de estas palabras de Cristo resucitado: "¡No tengan miedo!". Tiene necesidad de ellas el hombre que, después de la caída del comunismo, no ha dejado de tener miedo y que, en verdad, tiene muchas razones para experimentar dentro de sí mismo semejante sentimiento. Tienen necesidad las naciones, las que han renacido después de la caída del imperio comunista, pero también las que han asistido a esa experiencia desde fuera. Tienen necesidad de esas palabras los pueblos y naciones del mundo entero. Es necesario que en su conciencia resurja con fuerza la certeza de que existe Alguien que tiene en sus manos el destino de este mundo que pasa; Alguien que tiene las llaves de la muerte y de los infiernos (Ap. 1, 18); Alguien que es el Alfa y la Omega de la historia del hombre (Ap. 22, 13), sea individual como colectiva.