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Libros | "Senda de sauces": Verónica Aranda y la necesidad de la poesía

"La compasión de Verónica Aranda nunca se vuelve retórica. Mira el sufrimiento con la misma delicadeza con que contempla una garza en la laguna o una rama de ciruelo. Como si supiera que la belleza y el dolor pertenecen a la misma condición efímera."

Poemario "Senda de sauces" (2011) y su autora Verónica Aranda.
Poemario "Senda de sauces" (2011) y su autora Verónica Aranda.

El libro Senda de sauces (Amargord, Madrid, 2011) es una ética de la mirada. Los noventa y nueve poemas que Verónica Aranda ha reunido en este volumen no pretenden explicar el mundo ni construir una teoría de la belleza: apenas se detienen ante aquello que la velocidad contemporánea ha condenado a desaparecer. Un vuelo de libélulas. El olor de la lavanda antes del verano. Un tren regional que avanza hacia el este. La luz de una luciérnaga sobre el brocal de un pozo. Nada más. Y, sin embargo, ahí está todo: la primavera, el verano, el otoño y el invierno; el viaje de Verónica Aranda por esa Asia poética.

Es un libro al que regreso cada cierto tiempo, a su ambición, a su brevedad, a la magnitud de lo que cuenta.

La poeta española Verónica Aranda.
La poeta española Verónica Aranda.

Poemas sin respuestas

A veces basta una imagen, una música apenas audible, una forma particular de demorarse ante las cosas. Vuelvo porque necesito algo que quedó allí, entre estos haikus. No busco una respuesta. Tampoco una enseñanza. Quizá una respiración.

He vuelto a pensar en eso mientras releía Senda de sauces, y recordaba las conversaciones con Verónica Aranda sobre su manera de poetizar el viaje.

No tengo un sauce bajo cuya sombra abrir el libro. Tampoco una choza junto a un camino ni una tokkuri de sake para acompañar la tarde. Vivo, como casi todos, en medio del ruido, de las pantallas y de esa ansiedad que ha terminado por infiltrarse incluso en nuestra manera de mirar, ahora desde Madrid. Tal vez por eso estos noventa y nueve haikus producen una impresión extraña. No parecen escritos para ser leídos de una vez. Exigen algo que se ha vuelto raro: lentitud.

Hace años, al leer a Bashō en el pueblito donde crecí, comprendí que el haiku no era una forma breve de la poesía, sino una forma breve de la eternidad. Diecisiete sílabas podían contener una estación, una ausencia o una vida entera. Bastaba una rana saltando en un estanque para que el mundo volviera a ser nuevo. Desde entonces he sospechado que la poesía no consiste en añadir belleza a las cosas, sino en devolverles la que ya poseen. Algo parecido ocurre con Verónica Aranda.

El poeta japonés Matsuo Bashō (s. XIX) según el artista y grabador Katsushika Hokusai.
El poeta japonés Matsuo Bashō (s. XIX) según el artista y grabador Katsushika Hokusai.

Sus poemas parecen escritos por alguien que ha aprendido a escuchar. Y escuchar, en un tiempo que ha hecho del estruendo una costumbre, posee algo de resistencia. Una mujer embarazada que mira por la ventanilla, el tintineo de unas ajorcas o una mendiga bajo la canícula. Nada extraordinario. Y, sin embargo, la poesía comienza precisamente ahí, donde las cosas dejan de ser decorado y recuperan su misterio.

Quizá toda la historia de la literatura pueda entenderse como una lucha contra la costumbre. Acostumbrarse es una forma de ceguera. Dejamos de ver aquello que tenemos delante. Los árboles se convierten en árboles, los pájaros en pájaros, las estaciones en simples fechas del calendario. Entonces llega un poeta y nos devuelve el mundo. No hay nada más antiguo. Y tampoco nada más necesario.

El viaje como conocimiento

En la obra de Verónica Aranda el viaje nunca ha sido un tema, sino una forma de conocimiento. Sus libros están atravesados por una misma intemperie. India, Oriente Próximo, las ciudades recorridas, los barrios humildes, las músicas tradicionales, los santuarios y las lluvias del monzón terminan formando una sola geografía: la del asombro. No es casual que en sus versos habiten siempre los caminantes. El que viaja sabe que el mundo todavía no ha terminado de revelarse.

Tal vez por eso estos haikus poseen una serenidad que no excluye la herida. Bajo las flores y las lluvias aparecen el leproso, la mendiga, el hombre que duda ante el acantilado, la soledad de las habitaciones, la fatiga del verano, las cicatrices invisibles. La compasión de Verónica Aranda nunca se vuelve retórica. Mira el sufrimiento con la misma delicadeza con que contempla una garza en la laguna o una rama de ciruelo. Como si supiera que la belleza y el dolor pertenecen a la misma condición efímera.

Jardín con sauces japoneses.
Jardín con sauces japoneses.

Con los años uno descubre que la poesía no nos salva de nada. Los muertos continúan muertos. Las pérdidas no retroceden. El tiempo sigue haciendo su trabajo. Pero a veces un poema consigue algo más modesto y acaso más profundo: acompañarnos. Decirnos que otros han sentido la misma intemperie. Que alguien antes escuchó esa lluvia, vio caer esas hojas o permaneció despierto bajo el mismo cielo. Quizá sea eso lo que seguimos buscando en los poemas bajo los sauces: compañía.

El viaje como hogar

Pienso en los viejos maestros japoneses. En Bashō caminando por los senderos del norte. En Buson mirando la nieve. En Issa llorando a sus muertos. Ninguno ignoraba el dolor. Ninguno confundió la poesía con la felicidad. Escribían porque el mundo era frágil. Porque todo desaparecía. Porque las flores caían. Y porque, precisamente por eso, merecían ser contempladas.

En una época que premia el exceso y la velocidad, Senda de sauces parece venir de otro tiempo. O quizá del mismo tiempo, pero visto desde otro lugar. Sus noventa y nueve haikus no quieren enseñar nada. Apenas detenerse. Escuchar. Respirar. Hay una profunda humildad en esa elección. Y también una sabiduría.

El poeta, artista visual y crítico cubano Rafael Vilches leyendo el poemario "Senda de sauces" (2011) de Verónica Aranda. Foto de Ana Rosa Díaz Naranjo.
El poeta, artista visual y crítico cubano Rafael Vilches leyendo el poemario "Senda de sauces" (2011) de Verónica Aranda. Foto de Ana Rosa Díaz Naranjo.

Bashō escribió que cada día es un viaje, y que el viaje mismo es el hogar. Verónica Aranda, viajera de cien ciudades, responde desde estos versos:

Siempre en camino,

rastros de cien ciudades

en mis sandalias.

Tal vez la poesía no sea otra cosa. Unas huellas sobre el polvo. La sombra de un sauce. Una luz violeta al final de la tarde. Y alguien, muchos años después, abriendo este libro para recordar que todavía está vivo.

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Rafael Vilches Proenza

Rafael Vilches en Árbol Invertido.

(Vado del Yeso, Río Cauto, Oriente, Cuba, 1965). Licenciado en Educación Artística. Poeta y narrador. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso (Ciudad de La Habana, 1998). Ha publicado los libros de poesía Dura silueta, la Luna  (Ediciones Bayamo, Cuba, 2003), El único hombre (Ediciones Orto, Cuba, 2005), Trazado en el polvo (Ediciones Holguín, Cuba, 2006), País de fondo (Ediciones Orto, Cuba, 2011),Tiro de gracia (Ediciones Holguín, Cuba, 2011), Lunaciones (Editorial LetrAbierta, Cuba, 2012 y Editorial Primigenios, Estados Unidos, 2020), Café amargo (Editorial Alexandria Editores y Neo Club Ediciones, Estados Unidos, 2014), La luna entre nosotros (Puente a la Vista Ediciones, Estados Unidos, 2019), Antología de la Poesía Oral -Traumática y Cósmica de Rafael Vilches Proenza (Frente de Afirmación Hispanista, México, 2019), Dulce café (Editorial Primigenios, Estados Unidos, 2020), Escribo mi sangre en la arena (edición bilingüe, Editorial Ilíada Ediciones, Alemania y Editorial Primigenios, Estados Unidos, 2023), y las novelas Ángeles desamparados (Ediciones Bayamo, Cuba, 2001; Editorial El Barco Ebrio, España, 2012, y Editorial Puente a la Vista y Neo Club Ediciones, Estados Unidos, 2016), e Inquisición roja (Editorial Ilíada Ediciones, Alemania, 2019), Sálvame si puedes (Editorial Puente a la Vista, Estados Unidos, 2021).

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