Hay muertos que permanecen más vivos que los vivos. No habitan cementerios ni fotografías. Viven en el olor de ciertos árboles, en una palabra escuchada al azar, en una canción que atraviesa una ventana abierta, en el temblor de una lengua que creíamos olvidada o muerta. Regresan cuando menos se les espera. Ocupan el mismo vacío. Se sientan a nuestra mesa. Caminan detrás de nosotros, y la poesía de Corina Oproae nace precisamente de ese territorio.
Escrito desde una frontera
Cómo enterrar al padre en un poema (Tusquets, 2025) es un libro raro, uno de esos que parecen escritos desde una frontera. No la frontera política que separa países ni la geografía visible de los mapas, sino esa otra más difícil de nombrar donde conviven la memoria y la pérdida, la lengua materna y la lengua adquirida, la infancia que se desvanece y la mujer que intenta rescatarla de la desaparición.
Todo gran libro de poesía contiene una o múltiples interpretaciones secretas. La de Corina Oproae podría formularse así: ¿qué ocurre con aquello que amamos cuando ya no existe o ha quedado enterrado en el pasado? La respuesta se encuentra en el libro, porque atraviesa estas páginas como una corriente telúrica y subterránea.
El padre del título es un hombre concreto, pero también algo más vasto y difícil de definir: es una patria perdida, una lengua herida, una genealogía interrumpida, una casa que continúa ardiendo muchos años después de haber sido abandonada. Por eso el verbo "enterrar" resulta engañoso.
Nada parece destinado aquí al descanso: los muertos hablan, los jardines recuerdan, los pájaros custodian la memoria, los árboles conservan los nombres que el tiempo intenta borrar. La poesía de Corina Oproae se construye sobre esa paradoja: escribe para despedirse y termina invocando e involucrando al lector. Busca una tumba y encuentra una voz.
Corina Oproae, de Transilvania a Barcelona
Desde sus primeros libros, la autora —nacida en Transilvania, Rumanía, y establecida en Barcelona— ha convertido el desarraigo en una de las exploraciones más hondas de la literatura española contemporánea; sin embargo, en Cómo enterrar al padre en un poema esa búsqueda alcanza una intensidad y una dimensión nuevas. En él todo parece escrito desde una conciencia que sabe que recordar no es un ejercicio sentimental, sino una forma de supervivencia.
Leer estos poemas es comprender que el exilio no termina cuando el avión aterriza, ni siquiera cuando se alcanza un estatus legal en otra nación. Continúa durante décadas; permanece en los sueños, en los nombres que pronunciamos mal, en las palabras que olvidamos, en el miedo a perder el olor de la tierra donde crecimos, en la sospecha de que un día dejaremos de recordar la infancia, el sonido de una voz, el canto de aquellos pájaros, el rumor de los árboles.
La gran literatura del desarraigo nunca habla únicamente de quienes se marcharon; habla también de quienes permanecen habitando un territorio que solo existe en la memoria, y ha dejado de pertenecernos. Corina Oproae conoce esa verdad con una lucidez conmovedora. Sus poemas avanzan entre ruinas, pero no buscan reconstruirlas. Se limitan a escuchar lo que todavía respira bajo los escombros.
Hay en estas páginas árboles, nieve, mirlos, jardines, raíces, pero sería un error leerlos como simples elementos de un paisaje o documentación de una historia personal. La naturaleza en Corina Oproae nunca es decorativa: es archivo, memoria mineral, la forma que encuentra el mundo para resistirse al olvido. Cuando aparece un árbol, comparece una infancia. Cuando cae la nieve, regresa el silencio de una época. Cuando canta un pájaro, una vida extinguida vuelve a reclamar su lugar entre los vivos.
Pocos poetas contemporáneos poseen una conciencia tan física de la memoria que golpea y a la vez enamora, donde cada imagen parece contener otra sumergida. Cada verso oculta una veta invisible de experiencia; cada poema funciona como una raíz cuya verdadera dimensión se hunde bajo la superficie. Quizá por ello la emoción que produce este libro no procede del dramatismo ni de la confesión personal.
Procede de algo mucho más raro: la autenticidad de haberlo padecido en carne propia. Y es que Corina Oproae no convierte el dolor en espectáculo, no embellece la herida, no la utiliza como argumento moral; la contempla, la escucha, la deja hablar, y esa contención es precisamente lo que vuelve tan devastadora su escritura.
La raíz y la memoria
En uno de los momentos del libro leemos: "y comprendes / que si no hay raíz / no hay poema…".
Pocas veces una poética ha sido formulada con semejante claridad. Toda la obra de Corina Oproae parece condensarse en esos tres versos. La raíz como memoria. La raíz como pertenencia. La raíz como resistencia. La raíz como aquello que permanece invisible y, sin embargo, sostiene su mundo.
En tiempos donde la poesía suele confundir la exposición del yo con la profundidad, Corina Oproae recuerda la verdadera intimidad, esa que conduce hacia lo colectivo. Lo que comienza siendo la historia de una hija termina convirtiéndose en la historia de todos los que alguna vez perdieron una casa, una lengua, una familia, un país.
Cómo enterrar al padre en un poema nos deja una sensación difícil de describir. No la de haber leído un libro, ni siquiera la de haber acompañado un duelo; más bien la de haber atravesado una conversación entre los vivos y sus muertos. Y es que acaso esa sea la función más antigua de la poesía: sentarse junto a las cenizas, escuchar el rumor del fuego que se resiste al silencio y descubrir que todavía quedan voces dentro del fuego.
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