Pintura, peces y estatuas sumergidas
Ilustración del libro Todos los rostros del pez.

En Todos los rostros del pez (Casa Vacía, 2020) de René Rubí Cordoví "se asume la felicidad, la plenitud, el dolor y la muerte como partes indispensables y entremezcladas de la existencia".  

Entra y sale una y otra vez. Del escenario, podría decirse, porque todo buen libro suele ser una buena puesta teatral o porque la voz lírica lleva a menudo un algo de naturaleza oral, rapsódica, juglaresca que se confunde fácilmente con la voz dramática. La poesía no se ha desprendido nunca del todo de su arcaica vocación fónica. Pero en el caso de René Rubí Cordoví la escritura es más que performática, es más bien un proceso que solo acabará con el cese del pálpito y el pensamiento, y a eso se le llama muerte. Mientras se vive, el que observa entra y sale de dónde, o se mueve, camina, anota, cavila, piensa, reajusta el espacio entre lo que ve y las palabras. Su cosmología es escénica si (con)fundimos, literalmente, el teatro con el mundo. No el gran teatro del mundo calderoniano, aunque puede ser un buen punto de partida, existencial, pero no solo, no la vida como teatro, sino más bien, la naturaleza como espacio diverso, inabarcable en que la voz puede ser armonía performática, en medio de un caos regenerador que la palabra del curioso pretende enunciar o acercársele o auscultar.

Todos los rostros del pez (Casa Vacía, 2020) de René Rubí Cordoví es un compendio poético que tiende a la totalidad, como la suma de su poesía, sin ser, sin embargo, absoluto, sin pretensiones dogmáticas. Su idea del todo tiene que ver con adición infinita y no con la de un afán clasificatorio o arquetípico. Su todo persigue más bien insertarse en el caos armónico del cosmos, sin controlarlo.

En resumen, este libro nos recuerda la estructura trilógica de los primeros libros de Rubí: En el cuerno de caoba (2014), donde la multitud y la marcha hablan en general de la humanidad; Rostro, todos los arpegios (2001), que se centra más en las singularidades de la genialidad, y La casa por dentro (2015) que se enfoca esencialmente en lo divino. Multitud, individuo y Dios resumen, entonces, este recorrido. A ello se le suman en esta selección, poemas de Y Olodumare dijo ashé (2016), que aborda la relación con las divinidades del panteón afrocubano y Apegos del pez rayando (2017), poemario en que el autor recoge buena parte de sus décimas escritas entre los noventa y 2017, muchas de ellas con temas comunes a los ya mencionados. Además, agrega una última sección titulada "Coda" donde recoge nueve poemas no publicados en libros anteriores.

En esta cuasi summa poética, sobresale lo múltiple visto desde un metaforismo en que se mezclan lo cotidiano y lo extraordinario. Pero lo extraordinario está en el ojo que mira, en el receptor que comprende, transcribe la danza y el ritmo del entorno todo, teniendo en cuenta también rupturas de tono, disonancias, lo grotesco, arritmias que no afean el concierto, sino que forman parte intrínseca de lo poético circundante. Porque en René Rubí lo poético es, ante todo, coincidencia entre entorno y pensamiento, perseguidos instintivamente ambos por el instante retórico. La búsqueda perenne del ah, que tú no escapes. El autor utiliza la metáfora, el diminutivo, el lenguaje en general, así como ciertos coloquialismos de un modo espontáneo, incrustados en el discurso de forma orgánica, jocosa a veces, viva. Su adjetivación merece un estudio aparte, es a la vez sorprendente y precisa, nunca tradicional. Por medio de estos mecanismos poéticos, Rubí consigue moverse con frecuencia entre lo cotidiano y lo abstracto. Sus versos por momentos son como goznes en los que se conjugan la simetría de lo desconocido con, por ejemplo, "una rondana que chirrea en la Habana Vieja". En estas páginas se asume la felicidad, la plenitud, el dolor y la muerte como partes indispensables y entremezcladas de la existencia.

Llevo años leyendo a René Rubí Cordoví. Llevo años escribiendo sobre su poesía. Precisamente por ello, por estar demasiado cerca, porque la vecindad diaria se confunde a veces con la retórica, he temido estar escribiendo sobre una obra que no comprendo del todo, creyendo lo contrario. Pero es ahí, en la incertidumbre y la duda, donde la obra de René Rubí, más que la de cualquier otro poeta cubano del que haya escrito, me reconcilia con lo poético: en los poemas que no se logran interpretar hasta el fondo, pero en los que uno intuye la rareza de todo lo humano; allí donde el verso alcanza el secreto que es negado a lo racional, donde una mitología personal o eso que podríamos llamar "divino" o "daimon", a la vez que se muestra y se da del todo, también se esconde, se resiste. Con los pies mojados entre conchas trituradas, en la orilla abrumadora, junto a la voz enunciante, nos quedamos entre el mar y la noche, sobrecogidos, admirados. 

Portada de Tosdos los rostros del pez

Poemas de Todos los rostros del pez de René Rubí

 

Bohío

El café refresca la quietud del portalón;
voy despacio,
bailan jota los cotuntos,
chillan a su burlona manera,
me pongo la capa, arrecuesto la mirada,
doy un sorbo y el palo conversa...
qué le vamos a hacer.
 
El monte va palpando sus misterios,
recodos volantes que se suben a los hombros,
guajiros de pólvora,
galleros notorios que aprisionan el tabaco con furor
y se machetean por el campo.
 
Tú no escuchas tras los plátanos,
tú te duermes muy temprano.
Madrecita siempre lo decía:
Ponte la mirada, arrecuesta el sorbo, conversa.
 
 
Quinto acto
 
Nácar es la consigna, el soez trastabillón de las analectas, de los sufridos monasterios que se disputan en la noche el último sonido de los pastores. La flauta es un monosílabo brillante, una piedra poderosa, confundida, amoldada dentro de la sutil boca del adormilado que bosteza. Cae la arena, cae el castillo imaginario, se rompen los brazos, las cadenas, los armarios. Alguien escupe. Pasan raudos los arlequines, los arlequines que se disfrazan de cadetes para confundirnos, los arlequines que no pueden reverenciar otra mentira y se desvanecen ante la palabra, ante la colosal respuesta que dispusieron los primeros, los ausentes que avizoraron la nieve y no saben despedirse.
 
Pasa la neblina y el sol embiste,
un tibio espesor retoma las esferas.
 
 
Naná Burukú
 
El animal mitológico
está habitando entre los juncos.
La caña es mecida
por las aguas bajas y la bruma.
Aguas azules, rojas, blancas,
algo ignoto, sin cifra ni tiempo.
Fuerza que sube y se cristaliza,
que imagina un espacio infinito,
justo, nuevo,
para todos sus Obatalás.
 
 
                                 
Yoandy Cabrera en Árbol Invertido
Yoandy Cabrera

(Cuba). Profesor de Clásicas y Español en Rockford University. Estudia la recepción clásica y la poesía hispana. Su libro más reciente es Ballet clásico y tradición grecolatina en Cuba (Aduana Vieja, 2019). Es editor jefe de la revista académica Deinós (https://deinospoesia.com/).

Añadir nuevo comentario

CAPTCHA
This question is for testing whether or not you are a human visitor and to prevent automated spam submissions. CAPTCHA de imagen
Introduzca los caracteres mostrados en la imagen.