En la Puerta del Sol, en Madrid, hay personas acampando en protesta por el desahucio de Maricarmen, una mujer de 87 años. Al mismo tiempo, en Ceuta, miles de inmigrantes llegados desde Marruecos duermen en las calles y en las playas. Con este clima, entre los debates que agitan por estos días el avispero de los medios españoles, una frase se me quedó pegada: "activismos buitres". Se la escuché al periodista Juan Soto Ivars en un debate televisivo.
Los "fondos buitres" buscan ganancias donde huelen desgracias humanas: compran barato lo que otros se ven obligados a perder. De modo parecido, según Soto Ivars, los "activismos buitres" andan a la caza de víctimas con las que solidarizarse. No las escogen por la gravedad de lo que sufren, sino por los beneficios políticos y publicitarios que pueden obtener. Ante un problema igual o peor mantendrán cerrados sus oídos —y las válvulas de sus corazoncitos— si la víctima resulta "políticamente incorrecta" o no sirve para arrojarla como un dardo contra el enemigo.
Soto Ivars hablaba de Maricarmen. No conozco suficientemente su historia. Obvio que a su edad debió encontrar empatía en el sistema, entre empresarios y políticos, como para nunca recibir la patada que la dejó en la calle. Sin embargo, la expresión de la que quiero hablar destelló para mí al pensar en Cuba: la isla tirada desde hace más de sesenta años en medio de un charco de sangre e indiferencia.
Allí ha funcionado la industria de activistas internacionales que viajan para solidarizarse supuestamente con el pueblo y acaban poniéndose a las órdenes del régimen. Necesitan el dolor de Cuba para inyectarse algo de color y de "causa" en sus vidas pálidas. Y, llegado el momento, exigen a ese mismo pueblo que aguante, que no grite ni se mueva mucho si le duele, con tal que nadie estropee su selfi revolucionaria. En esa postal idílica, oponerse al gigante estadounidense constituye toda la diferencia posible entre el Bien y el Mal. Los cubanos, por tanto, tendrían que comprenderlo y quejarse menos de otros "males menores", como no tener libertad ni comida.
Gran parte de la izquierda internacional aprendió a mirar Cuba como un mapa de alquileres baratos donde practicar la superioridad moral. Hay allí un dúplex: a un lado, Estados Unidos; al otro, "la revolución", es decir, los dirigentes y la casta militar heredera de quienes se apropiaron de la isla. En medio sobrevive un pueblo infiltrado como un inmigrante ilegal en su propio país, sin permisos ni derechos. Ese pueblo puede contar que no tiene comida o electricidad, siempre que su testimonio sirva para culpar a Estados Unidos. Pero, si cuenta que lo golpearon por manifestarse, que le cerraron un medio de prensa o que tiene hijos presos por criticar al gobierno, entonces se vuelve sospechoso. Ya no representa "al pueblo".
Los activistas carroñeros terminan explicándoles a los cubanos su propia historia. Y, cuando corren peligro de quedarse sin relato, sacan las garras y repiten el vocabulario del mandamás que los recibe con más privilegios que a los nacidos en la isla: "gusanos", "escoria". Palabras tan jodidamente criollas como el fascismo tropical.
Fidel Castro fundó en 1960 el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, encargado de organizar la solidaridad internacional y los viajes a Cuba. En 1969 nació en Estados Unidos la Brigada Venceremos, que aún organiza viajes y trabaja con ese instituto. No hace falta imaginar una conspiración: las propias organizaciones explican con orgullo cómo funcionan. La dictadura recibe a los visitantes, les dice qué ver y oír, y los devuelve al mundo convertidos en papagayos.
En 1992, durante una visita de Fidel Castro a Madrid, El País contó que sus asesores le advirtieron de la presencia de exiliados cubanos en la calle: "Hay gusanos por todas partes". En 2023, durante un enfrentamiento con exiliados en Barcelona, una acompañante del grupo oficialista Buena Fe les gritó "¡Gusanos asquerosos!"; el cantante Israel Rojas los llamó "escoria".
Impresiona la facilidad con que algunos activistas españoles heredan ese vocabulario, incluso quienes se proclaman antifranquistas y dueños de todas las superioridades morales habidas y por haber. Aquí gustan presentarse como defensores de cualquiera a quien el poder desprecie; ante un cubano exiliado, reproducen sin rubor las palabras con que el poder cubano lo desprecia. A la vista está: los exiliados políticos que huimos del falso paraíso comunista, cubanos o venezolanos, no somos el tipo de inmigrantes a los que quisieran darles las llaves de la hospitalidad.
Son los turistas del activismo que en marzo de 2026 armaron una flotilla de solidaridad con la dictadura. Greta Thunberg publicó entonces un vídeo de apoyo al convoy internacional. En su discurso humanitario no hubo lugar para mujeres como Lizandra Góngora o María Cristina Garrido, presas por motivos políticos y madres separadas de sus hijos. Pablo Iglesias llegó en avión, se alojó en un hotel de lujo y entrevistó a Miguel Díaz-Canel dentro del Palacio de la Revolución. Iglesias no preguntó por los presos políticos, sí se interesó por las rocas de la Sierra Maestra que decoran el palacio.
Un poco antes la líder de Podemos, Irene Montero, abanderada del feminismo, se había reunido en La Habana con el máximo representante del Machismo Leninismo en Cuba y tampoco se interesó por las mujeres que son prisioneras de conciencia ni por las cifras récord de cubanas asesinadas: datos que el régimen niega y oculta, a la vez que acosa a familiares o activistas que intenten denunciar cualquier feminicidio.
Sobre el drama de Maricarmen decía Soto Ivars que hay quien se acerca a una persona por lo que puede obtener de su desgracia y la abandona si deja de servirle. Con Cuba ocurre una perversión más larga. Durante décadas, estos supuestos amigos se han llenado la boca con el pueblo que pasa hambre y sufre persecución, invocándolo y recaudando prestigio con su dolor. Pero escucharlo exigir libertad y reconocer su impotencia no les conviene, se los dice su olfato para los negocios: les costaría la entrada al palacio.