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Testimonios | Un viaje de ida (Parte III): México

"Cuando nos vio se levantó enseguida, y acomodó su pistola en la parte de atrás del pantalón, dejándola al descubierto. Todos lo vimos, lo hizo a propósito. Nos mandó a formar una fila y a apagar los celulares. Otra vez el corazón a millón."

Ariel Maceo y Anabel Díaz Campos en México (2023).
Ariel Maceo y Anabel Díaz Campos en México (2023).

México

Los botes eran cámaras de camión grandes amarradas a tablas de madera encima. Parecían los botes improvisados en los que los balseros cubanos se tiran al mar para llegar a las costas de Florida. Por suerte no tenía que atravesar noventa millas para huir del país sino unos 200 metros en una corriente bien fuerte.

La gente se había olvidado del cansancio y el peligro y mientras se quitaban los zapatos, cantaban "Soy un campeón" y yo a pesar de lo traumatizado que estaba, me quitaba mis tenis y también cantaba.

No esperé mucho, y en la segunda ronda subí al bote. Me mojé el culo pero no importó, era el tramo final de mi destino, estaba cerca de mi libertad.

Emigrantes cruzan en balsas el río Suchiate que divide Guatemala de México. Foto: EFE.
Emigrantes cruzan en balsas el río Suchiate que divide Guatemala de México. Foto: EFE.

Nuestro barquero usaba una caña larga para arrastrar el bote por la corriente y una soga ayudaba a que no nos fuéramos a bolina. Caronte nos estaba cruzando al otro lado del mundo.

"Bienvenidos al cártel mexicano"

Llegamos a la otra orilla, ya estábamos en México. Me tiré del bote y mis pies descalzos se hundieron en el agua. El fango me daba hasta la rodilla pero no me importó. En la caminata tuvimos que cruzar un arroyo hondo y subir una loma hasta llegar a una carretera. A mi derecha se veía un puente a lo lejos, pero no todos los caminos son para los traficantes de personas. Después de caminar unos minutos más, a un costado de esa carretera mal construida, estaban las camionetas que nos iban a acercar a Tapachula o Cubachula, la nueva capital de los cubanos.

Los chóferes se bajaron enseguida y nos apuraron para montarnos en las camionetas. El trato fue rudo, incluso con las mujeres. En la parte delantera las montaron junto con los niños y atrás nos metieron a nosotros, como sardinas en lata. Íbamos siete con maletines y todo, incluido un gordo, otra vez. Y el chófer nos dijo que nada de quejas ni de "mamadas". 

—Todo el mundo hace silencio —nos dijo—. Bienvenidos al cártel mexicano.

A todas estas, le envié mi ubicación a Anabel porque mi línea era mexicana. Sabrá Dios a quien le perteneció.

Estuvimos como una hora rodando a cien kilómetros. Unos encima de los otros. Yo estaba apretado contra una de las bandas de la camioneta que no estaba revestida, con el gordo rompiendo mis costillas y los maletines en mis pies. 

Una de las mujeres en el maletero se quejaba porque uno de los guardafangos le quemaba la pierna, pero no podía moverse, yo tampoco. Nadie. Parecíamos vacas camino al matadero.

La maleza empezó a desaparecer y comenzaron a aparecer casas. Hasta que la camioneta paró y el chófer mandó a bajar a todo el mundo con la misma rudeza con que nos había mandado a subirnos una hora atrás. Nos dijo que teníamos que esperar en una casa que nos señaló, hasta que nos vinieran a buscar.

Tapachula

Todos los del grupo nos acomodamos en el jardín de la casa, que tenía una tiendita. Ahí me compré unas galletas Oreo y una Coca-Cola. Cuando regresé al grupo, algunos dijeron que me hicieran un espacio para sentarme:

—Denle un lado al periodista para que se siente. 

Escuchar eso me trajo de vuelta mi casi muerte de la noche anterior. Al parecer los otros cubanos comenzaron a entender quién era yo y que estuve a punto de morir por eso. Me hicieron un espacio en un banco, me senté y comí.

Calle de la ciudad de Tapachula, estado de Chiapas, México.
Calle de la ciudad de Tapachula, estado de Chiapas, México.

Todos nos pusimos a hablar y ahora el tema era encontrar rentas en Tapachula. Algunos tenían familiares esperándolos, pero otros no. Yo tenía a Anabel, pero había llegado primero que ella.

Ahí me di cuenta de que tenía uno de los tenis roto. Como si hubiera sido rajado con una cuchilla. Si no me di cuenta antes, fue entonces en la camioneta de la que recién me había bajado, porque no estaba revestida y yo estaba apretujado entre la chapa caliente y el sol. Lamenté mis tenis. Anabel me los había regalado hacía como tres años antes. Eran mis primeros Adidas.

Al cabo de otra hora más nos movilizaron de nuevo, eran poco más de las 2:00 de la tarde. Nos llevaron por un camino pedregoso y nos detuvieron en un claro. Había un muchacho sentado en una silla plástica mirando su celular y fumando. Cuando nos vio se levantó enseguida, apagó su cigarro y acomodó su pistola en la parte de atrás del pantalón, dejándola al descubierto. Todos lo vimos, lo hizo a propósito. Nos mandó a formar una fila y a apagar los celulares. Otra vez el corazón a millón. A esa hora yo pensaba que los guatemaltecos me iban a vender al cártel. Había una película rodando en mi cabeza.

"Si aquel puente no resistía, no la íbamos a contar."

El muchacho fue contando uno por uno y anotando en una libreta. Seguro, para cobrarle a alguien nuestra entrada al país. Le indicó al grupo qué camino debíamos tomar, luego cruzar un puente levadizo, y al otro lado iban a estar los taxis esperando.

Y eso hicimos.

Caminamos y un poco más adelante apareció el puente, alto, altísimo, con sogas por las bandas y las tablas de madera flojas, carcomidas, y en algunos lugares no estaban las tablas. Como en las películas, salvo que esto no era Hollywood. Los primeros en cruzar lo hicieron a regañadientes. Igual yo no quería cruzar rápido, pero hacerlo era dejar atrás la pesadilla reciente. Así que igual me lancé cuando ya iban unas diez personas adelante. 

Miré por una de las tablas para saborear la altura a la que estábamos, y sí, estaba muy alto, pero la cosa era peor, abajo no había aguas profundas, sino un río bajo al que se le podían ver las grandes piedras. Así que si aquel puente no resistía, no la íbamos a contar. Por lo que apreté las cuerdas con ambas manos y me apuré al caminar, porque para colmo, el puente tenía al menos cien metros de largo, una eternidad de camino sobre esas tablillas llenas de moho con los clavos oxidados.

Por suerte llegué al otro lado sin problemas. Los que venían atrás aún demoraban, así que caminé por donde habían indicado. Unos viejitos cubanos que se nos unieron en Guatemala estaban agotados, los nietos tuvieron que ayudarlos porque tenían las piernas hinchadas del viaje.

Llegamos a un descampado y allí había unos taxis esperándonos. El sol estaba bien fuerte, sudaba como un loco. Dos hombres, aparentemente taxistas, fueron preguntando una por una las direcciones. Formaron pequeños grupos y comenzaron a subir a la gente poco a poco a los taxis. Ahí llegó la otra despedida, la de los compañeros de viaje. A esa hora la gente estaba compartiendo sus WhatsApp y sus cuentas de Facebook. Otra vez los abrazos, otra vez las despedidas.

"Mi madre estaba aliviada pero la sentía triste."

El taxi que me tocaba no demoró en aparecer. El chófer, de lo más amable, nos ayudó a guardar las mochilas, miró otra vez las direcciones y arrancó. Le pasamos por al lado a uno de los taxis al que se le había pinchado una goma. Tapachula se nos empezó a aparecer por delante. A pesar de mi trauma estaba comenzando a sentirme más calmado y consciente. Dos de los socios que viajaron conmigo se quedaron en su parada, nos despedimos y el chófer me dijo que íbamos para mi dirección. Y la verdad, no nos demoramos en llegar. Estaba más cerca de la ciudad de lo que pensaba.

El chófer se bajó para abrir el maletero y sacar mi mochila. Comprobamos otra vez la dirección del Airbnb que Anabel me había reservado. Ese era el lugar. El chófer sacó su teléfono, me hizo una foto y luego puso a grabar un vídeo donde yo me identificaba con mi nombre, aseguraba que era del grupo de Cristina y que había llegado sano y salvo a mi destino. Guardó el teléfono y arrancó.

Bitácora del capitán

Miré para todos lados buscando algún punto que me fuera conocido, pero no lo encontré. Busqué en mis contactos el teléfono del señor del alquiler y lo llamé. Aún tenía batería, por suerte. Respondió enseguida. Me identifiqué y expliqué dónde estaba esperando. Me dijo que no demoraba en llegar. Y así fue, a los dos minutos apareció el señor con una sonrisa en los labios. Me preguntó mi nombre y me pidió que lo acompañara. 

Exterior de la casa en Tapachula, México, en que Ariel Maceo residió al finalizar su ruta migratoria por Centroamérica (2023).
Exterior de la casa en Tapachula, México, en que Ariel Maceo residió al finalizar su ruta migratoria por Centroamérica (2023).

La casa estaba justo delante, pero yo estaba parado en la calle equivocada. Entramos por un portón y dentro ya era otro mundo. Caminamos por un pasillo y al final había un patio muy lindo con sillas de hierro. La casa estaba dividida en varias habitaciones. El señor me enseñó la sala, la cocina, dónde podía guardar mis cosas y cocinar lo que quisiera, y luego me llevó a mi habitación. La misma que Anabel y yo vimos en internet mientras buscábamos un alquiler para tener dónde llegar y luego moverme a otro mucho más barato. 

La habitación estaba muy limpia, tenía dos camas, televisión con cable, aire acondicionado y ducha caliente. Un pequeño paraíso. Me dio las llaves y me dijo que cualquier cosa le avisara. Le di las gracias y cerré la puerta. Prendí el aire y me tiré en la cama. Agotado.

Encendí el televisor, puse a cargar el móvil y me metí en la ducha.

Cuando salí, hablé con mi madre y le dije que ya estaba bien, que lo peor había pasado pero no le conté que estuve a punto de morir en manos de los coyotes ni que había perdido mis equipos. Eso no. Mi madre estaba aliviada pero la sentía triste, yo también lo estaba. Las ganas de abrazarla eran muy grandes.

"Mi primer momento de felicidad fuera de Cuba."

Fumé en la ventana. El barrio era bonito. Tenía las casas pintadas y había una tiendita al frente. Ya no veía Ladas soviéticos, ni Chevrolets de los años cincuenta. La gente vestía bien, y no había basura ni peste en las calles. El capitalismo otra vez mirándome a la cara.

Ahora pensaba en mi mujer, Anabel. Estábamos esperando el momento de vivir juntos desde hacía mucho tiempo. Mientras ella volaba de Guadalajara a Tapachula, Chiapas, yo rememoraba todo lo que los agentes de la Seguridad del Estado hicieron para separarnos desde que estábamos juntos en Cuba. Y no pudieron lograrlo. Así que ahora, mientras fumaba un H. Upmann, esperaba a Anabel, que había sido recogida en el aeropuerto por sus primos, quienes se fueron de Cuba una semana antes que yo y la acompañaron hasta la renta en donde yo estaba.

Justo ahí llegó mi primer momento de felicidad fuera de Cuba. Cuando me entró su mensaje de que ya estaba en la calle de la renta se me aceleró el corazón. Salí para abrirle y esa mujer corrió hasta mí para abrazarme. Y la verdad, no lo podíamos creer. Se nos aguaron los ojos mientras nos besábamos. 

Despedí a sus primos Javier y Andry, con quienes viviría una semana después, tomaría ron y comería tacos durante mi estancia en Tapachula. Anabel y yo entramos a la casa. Le conté a mi piki cada detalle de mi salida de Cuba, que creía que estaba vigilado en el aeropuerto, le conté todo sobre mi viaje, de los coyotes armados dispuestos a asesinarme y dejarme tirado en la selva, de las montañas de Guatemala y Honduras, de mis tenis rotos.

Luego comimos tacos, tomamos Coca-Cola, hicimos el amor y fumamos un cigarro mientras sopesábamos la incertidumbre del ahora qué. Esta última era, sin lugar a dudas, mi bienvenida al exilio.

Cuarto de la casa en Tapachula, México, en que Ariel Maceo y Anabel Díaz Campos residideron tras su exilio de Cuba.
Cuarto de la casa en Tapachula, México, en que Ariel Maceo y Anabel Díaz Campos residideron tras su exilio de Cuba.

Antes de terminar mi cigarro, le conté de mi último día en Cuba. De cómo fui a la playa y metí los pies en el agua. De cómo di una vuelta en bicicleta por toda Jaimanitas, de cómo me despedí esa noche de mi hermano Abu Duyanah. De cómo me despedí de mi papá y de mi hermano. Pero sobre todo, de cómo me despedí de mi mamá antes de salir de casa. Aún no sabía que esa sería la última vez que le daría un beso y un abrazo. Aún no sabía que su leucemia haría metástasis un año después y me llamaría el 16 de diciembre de 2024, el día de mi cumpleaños, por última vez.

Aún no sabía nada.

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Ariel Maceo

El escritor y fotógrafo Ariel Maceo en la revista Árbol Invertido

(La Habana, 1986) Poeta, fotógrafo y periodista independiente. Graduado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Es coordinador de la plataforma cultural Demóngeles.Hizo una residencia artística en Chile en 2019. Junto al poeta Abu Duyanah fundó la editorial independiente Oncritika Ediciones. Hizo colaboración activa junto al Movimiento San Isidro. Ha colaborado con los medios ADN Cuba, Hypermedia Magazine, y Yucabyte, entre otros. En Cuba sufrió amenazas, persecuciones, arrestos, interrogatorios, la prohibición de salida del país, y ataques psicológicos y físicos por parte de la policía política de Cuba. Terminó saliendo del país rumbo a México, haciendo la travesía por Nicaragua en 2023. Fue seleccionado para el programa "Escritores en el exilio", del Centro PEN Alemania en 2024, país donde se encuentra exiliado. Su libro de poesía Chúpate mi flan (Ilíada Ediciones, 2024) fue traducido al alemán (Leck mich am Flan) para la editorial alemana Parasitenpresse.

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