Cuba
Llegué al Aeropuerto Internacional José Martí de La Habana a las ocho de la mañana y la noche anterior no dormí, la otra tampoco, ni la otra. Llevaba como tres años sin dormir en Cuba. Mi familia no me despidió en el aeropuerto, ni mi gato, ni mis amigos. Solo el vecino, que fue el que me llevó en su auto.
Busqué dónde tenía que hacer el check-in de mi vuelo. Fue muy fácil encontrarlo. La fila estaba llena de cubanos con sus mochilas en el hombro. Todos nos íbamos a Nicaragua, pero yo me iba al exilio.
Era pleno agosto, y el aeropuerto tenía el aire acondicionado apagado. Las gotas de sudor me corrían por la espalda, las nalgas y el rostro. La gente se estaba ahogando, aquello parecía una sauna. Cientos de personas muriendo del calor con todas las ventanas encerradas. Yo rezaba porque cuando pasara la aduana y entrara al Duty Free, el aire estuviera encendido. Pero antes tenía que hacer el check-in.
Me puse a buscar a ver si estaba siendo vigilado porque estaba convencido de que la Seguridad del Estado me miraba desde alguna parte del aeropuerto. No vi a nadie sospechoso, pero tuve un policía un poco cerca todo el tiempo, algo que no tiene sentido dentro del aeropuerto. El tipo se la pasaba dando vueltas a mi alrededor.
Se me acercó a saludar un hombre que había comprado el boleto el mismo día que yo. Hablamos un par de minutos y nos deseamos buen viaje. El policía seguía dando vueltas como una abeja. Los aeropuertos tienen su propia vigilancia así que aquello no era normal.
Me acerqué a dos de los que iban a viajar con el mismo coyote que yo: una muchacha con su hijo y un muchacho. Nos saludamos, checamos algunas de las instrucciones y nada más. Estaban a punto de llamar para el check-in. Eran las nueve de la mañana y toda la fila para Nicaragua estaba formada.
Hablaba con mi mamá, con mi hermano y con mi mujer al mismo tiempo, siempre por WhatsApp. Todo el mundo estaba nervioso. Yo también, pero con los sentidos afilados por si venía algún agente de la Seguridad diciéndome que tenía que acompañarlo. Algo que tenía decidido que no haría.
Si era preciso, me iba a encuerar en medio del aeropuerto. Pero no vino nadie. Estaban locos porque me fuera de Cuba. Nadie le había puesto jamás una denuncia en un tribunal cubano a un ministro del Interior, y mucho menos a un general. Nadie se había atrevido a tanto, solo un loco como yo.
Últimos minutos en La Habana
Hasta que al fin llamaron para hacer el check-in del vuelo a Managua, y la fila estaba lista desde hacía más de una hora en medio del calor insoportable.
Ahora tocaba mi primer bautizo de fuego.
Tenía a Anabel al teléfono, nerviosa, sin poder respirar, mientras la fila avanzaba y mi corazón parecía que se iba a partir. Decidí calmarme, traté de que el terror no se apoderara de mí. La fila no demoraba. No había mucho que despachar. La mayoría de los cubanos que estaban allí solo llevaban una mochila encima y un abrigo colgado en la cintura. Hasta que llegó mi turno. "Siguiente", llamaron. "Pa' la pinga", me dije, y caminé rápido.
Tenía mi pasaporte y el boleto en la mano. Lo entregué. Todo el tiempo estuve mirando a los ojos a la mujer, tratando de leer sus pensamientos mientras introducía la información en la computadora. Fue amable. Un muchacho al lado mío también hacía su check-in en silla de ruedas. Un amigo lo ayudaba. Los dos se iban del país. Los admiré en secreto mientras respiraba despacio a pesar de la presión. La mujer terminó mi check-in y me deseó buen viaje. Le deseé buen día.
Listo. Respiré.
Llamé a mi mamá y le dije que ya había terminado el check-in. Que todo estaba bien. Mi mami me dijo "gracias a Dios y a todas las vírgenes". Tan linda ella.
Llamé a Anabel y le dije que ya había pasado y dio el grito en el cielo. Traté de calmarla porque todavía faltaba una travesía por hacer.
Me senté un par de minutos a tomar aire, me estaba ahogando por el calor. Pero en el fondo sabía que ya no podía estar ahí. Anabel me escribió y me dijo que no perdiera tiempo, que pasara por migración: que no es lo mismo que la Seguridad intentara hacerme algo ahí, que en el Duty Free. Tenía razón. No podía tentar a la suerte. Recogí mi mochila y me fui a migración. Todavía era temprano, mi vuelo no salía hasta las 11 y 30 y apenas eran las diez de la mañana de aquel 12 de agosto de 2023.
"Era la segunda vez que viajaba en mi vida."
La fila de migración era pequeña. Aquí no estaba nervioso; de hecho, tenía la misma sensación de guerra cuando me tocaba un interrogatorio. Los aduaneros en Cuba pertenecen al mismo ministerio que los órganos de la Seguridad del Estado.
Avancé y me tocó un tipo joven, mirada seria, perro molesto. Lo miré directo a los ojos y no le quité la vista de encima. Terminó su trámite y ni recuerdo que me hiciera alguna pregunta. Avancé. No me deseó buen día ni yo tampoco a él.
Me quité las cosas para pasar el escáner. Ya sabía qué quitarme y qué no. Era la segunda vez que viajaba en mi vida. En lo que pasaba el escáner rezaba porque el aire estuviera encendido. Los agostos son muy calurosos en Cuba.
Recogí mis cosas, me puse mis tenis y bajé las escaleras al Duty Free. Estaba más aliviado. Tenía hambre, no había comido nada para que luego del nerviosismo no me dieran ganas de ir al baño. Y me equivoqué, el calor infernal seguía allí también.
El aire acondicionado estaba apagado en todo el aeropuerto. Ay, Cuba...
Busqué la puerta de embarque y luego me fui a comprar un refresco. Había energizante Tigon a dos dólares. Me compré uno. En el aeropuerto no había casi nada a la venta, pero lo que había estaba en dólares. Otra dolarización impulsada por los comunistas estaba tomando forma y muy pronto llegaría a todo el país, me imaginé. Se veía venir, a pesar de que ellos mismos encarcelaron personas por vender dólares en la isla.
"Era un dolor bien jodido. Nunca pensé irme de Cuba."
Una de las mujeres que atendía en la cafetería le dijo a la viejita que iba atrás de mí que no tenía dinero para devolverle y la abuelita explotó. Atrás de ella venía un muchacho y ahí se formó la gusanera. Entre los tres armamos el debate a lengua suelta y las de la cafetería ni hablaban. No se fueron a otro lugar porque no podían. Tuvieron que escucharnos a los tres mientras destripábamos la dictadura comunista de Cuba. Al final los tres nos despedimos y nos deseamos un buen viaje.
Luego cada uno fue por su lado.
Tomé mi energizante y me senté unos minutos. Ya estaban por llamar mi vuelo. Tenía la cabeza con miles de pensamientos al mismo tiempo y una tristeza muy grande que me recorría los huesos. Era un dolor bien jodido. Nunca pensé irme de Cuba.
Anunciaron mi vuelo rumbo a Managua y la gente se activó. Yo tranquilo, no tenía apuro en subir. Eran mis últimos minutos en La Habana. Cuando me tocó pasar me tomé unos minutos para hacerme una selfie en el pasillo rumbo al avión. Me aguanté las lágrimas mientras me hacía la foto. Mi última foto en la isla.
Antes de que despegara el avión me entró otra vez la paranoia de que los agentes de la Seguridad del Estado me fueran a bajar. Miraba por el pasillo pero no reconocí a nadie sospechoso. Entonces, el avión despegó. "Adiós, Cuba", dije por dentro, con los ojos aguados.
Nicaragua
Mi viaje lo hice con la aerolínea mexicana Viva Aerobus. El 98 % de los que lo tomaron iban a hacer la travesía como yo. El vuelo iba completo.
La primera parada fue en Cancún, México. Se bajaron del avión alrededor de siete personas: una familia europea y una familia cubana que se dedicaba a comprar en Nicaragua para vender en Cuba. Por supuesto, los cubanos que íbamos en el avión no podíamos bajar. Las azafatas del vuelo se posicionaron en cada salida del avión para impedir que alguien intentara escapar.
Nuestro objetivo era llegar a México y ahí estábamos, pero no podíamos bajar del avión. Tan cerca de la meta y teníamos que seguir volando para luego regresar por carretera con todos los peligros que eso conlleva. Fue cruel aquella parada en Cancún.
El avión volvió a despegar y ahora sí íbamos rumbo a Nicaragua. Más de dos horas de viaje, en las que comía cacahuetes mientras escribía un post de despedida para luego publicarlo en mis redes sociales. Mi vuelo llegó a Managua a las 2 y 30 de la tarde. Apenas bajé del avión, mi miedo se activó.
El régimen de Daniel Ortega es un aliado histórico de la dictadura cubana y, aunque no me prohibieron la entrada al país como le ha pasado a otros activistas cubanos, mi instinto de supervivencia me decía que no podía estar mucho tiempo en territorio sandinista. Por suerte pasé por la aduana, pagué diez dólares y salí del aeropuerto.
Managua
El sol nicaragüense me golpeó en la cara y también la diferencia enorme entre ambos países. A pesar de ser también una dictadura comunista, Nicaragua tiene más desarrollo que Cuba.
Enseguida fui a buscar al hombre encargado de llevarnos al hostal para iniciar la travesía y lo encontramos enseguida. Nos habían enviado su foto por WhatsApp. El hombre también tenía fotos de nosotros y nos montó en el taxi. Ahí llegó el encuentro con el olor a "yuma". No era la primera vez que lo había olido. Había estado unos días en Chile y ahí el capitalismo me golpeó en la cara. Ahora el taxi en el que viajábamos me hizo lo mismo.
Managua era fea, pero tenía las calles arregladas y los semáforos funcionaban. Tenía negocios de llantas feos, y carteles de cartón pero también tenía mercados abastecidos y carteles promocionando negocios. Fue lo primero que vi mientras avanzábamos. El taxista me contó que el dólar estaba a 35 pesos nicaragüenses y enseguida me acordé de Cuba antes de la pandemia de la COVID-19.
Llegamos al hostal que teníamos previsto y nos recibió un cubano. No dijo su nombre y me quedó claro que el tipo, por la forma en que nos estaba hablando a los primeros tres que llegamos allí, había sido militar en Cuba y probablemente seguía siéndolo. Y sí, el hostal estaba bajo su mando, lo dejó claro. Nos prohibió acceder a otras partes del lugar y nos asignó hasta las camas. Sí, ese tipo era un militar cubano y no estaba solo, se había traído a su familia. Negocio redondo para ambas dictaduras.
Nos entregó líneas de teléfono y nos prohibió filmar el lugar o hacer videollamadas. Aproveché para escribirle a mi familia y a mi mujer Anabel para decirles que estaba bien. Tenía miedo de que no me dejaran entrar a Nicaragua y eso no sucedió. La segunda etapa estaba superada.
La salida estaba prevista para la una de la mañana y yo había llegado en la tarde, así que tocaba descansar.
Después de varias horas, el militar cubano, así lo nombré en mi cabeza, me llamó para comer. Cuando llegamos al comedor, resulta que la cocinera y su asistente también eran cubanos. Esto me pareció sumamente extraño. No entendí qué hacían ahí. Igual me olvidé de todo cuando me sirvieron un vaso de café, pues el sabor y el aroma también eran cubanos. Era café Pilón.
Comimos carne de cerdo, arroz, frijoles y chicharritas de plátano. Me di un baño bien largo porque no sabía cuándo volvería a hacerlo. La cama que me asignó el militar cubano estaba demasiado calurosa, el ventilador no llegaba ahí. Así que me cambié a otra cama más cómoda. Los otros dos me miraron, pero no me dijeron nada.
Sobre las 12 y 30 de la noche ya habían llegado otros cubanos que también harían la travesía con los mismos coyotes. El militar cubano nos avisó que estábamos a punto de salir, así que recogí todo y me alisté.
Escudos humanos
Nos íbamos en taxis. No nos dejaron montar donde queríamos. Un cubano se montó en el asiento delantero y lo levantaron casi tirándole de la camisa. El tipo que lo sacó le dijo que no podía ir ahí. Casi le gritó. En cambio, me dijo con mucha educación que me montara yo delante. Luego me di cuenta de que ahí solo estaban cubanos altos o robustos, de buena contextura física. Éramos escudos humanos.
Eran alrededor de ocho taxis. Salimos a la una de la mañana.
Desde que tomamos la calle aquello parecía una escena de la saga de películas Rápido y furioso. Los chóferes iban hablando entre sí por walkie-talkies y también revisaban sus celulares. Se decían qué calle tomar, dónde estaban los retenes policiales o si había algún borracho a esa hora en la calle. Iban a más de 100 kilómetros por hora y con los corridos mexicanos sonando en la radio.
"Disfruté mi media libertad."
La primera parada la hicimos en una gasolinera como dos horas después. Ahí pagamos el primer tramo de la travesía. Había que entrar en un auto oscuro en el que no les veías el rostro a los tipos que te cobraban. Te montaban en el auto y pagabas la distancia de Nicaragua a Honduras: 260 dólares. Tachaban tu nombre de una lista y te mandaban a salir del auto. Todo muy a lo mafioso.
Después de pagar, entré a la gasolinera donde estábamos parados y el capitalismo me volvió a golpear la cara. Dentro de aquel lugar había más productos que en cualquier centro comercial de Cuba. Y el olor, siempre el olor. Compré una Coca-Cola, una manzana y un encendedor Clipper, marca prohibida en Cuba.
Prendí mi H. Upmann y disfruté mi media libertad.
Al rato nos llamaron a todos y nos volvieron a montar en los taxis, menos a dos cubanos que no pudieron pagar porque el dinero se lo enviaban sus familiares desde Estados Unidos y tenían problemas para abrir la aplicación de Zelle. No sé qué pasaría con ellos.
"Rápidos y furiosos"
Ahora sí íbamos a iniciar la travesía. Siete horas por carretera hasta Honduras. Así que otra vez volvimos al modo "Rápidos y furiosos".
La verdad no sé cómo aquellos chóferes lo hacían, apenas sostenían el timón con una mano y el móvil en esa misma mano, mientras con la otra iban hablando por la radio y abriéndose camino.
Durante la madrugada aclaró un poco y me di cuenta que estábamos en una carretera entre montañas y ahora ya no solo sentíamos las curvas, sino que comenzábamos a verlas. Así y todo no bajábamos de los 120 kilómetros por hora. Íbamos volando.
"Pude ver la frontera llena de militares fuertemente armados."
Era tan así que el cubano que iba en el asiento detrás de mí empezó a sentirse mal y comenzó a vomitar todo el auto. No me vomitó la cabeza de casualidad. Tuvimos que dejar ir la caravana de los coyotes y detener el auto para tratar de ver cómo se limpiaba aquella asquerosidad.
Cuando me bajé del taxi, me revisé para ver si estaba embarrado pero no vi nada. El chófer limpió como pudo el auto mientras el cubano tomaba aire, se refrescaba y pedía disculpas como si hubiera cometido un delito. Le dije varias veces que no pasaba nada, que solo era su nerviosismo y las curvas. El hombre trataba de reír.
Pobrecito.
Al rato volvimos al ruedo y el chófer pisó más aún el acelerador para poder alcanzar a los otros taxis. Y lo hizo. Así estuvimos rodando con aquella peste a vómito que no nos dejaba respirar hasta llegar a la frontera Nicaragua-Honduras y ahí nos dejaron los taxis.
En el grupo de WhatsApp donde estábamos los de la travesía preguntaron si queríamos descansar en Honduras o seguir camino. Todos dijeron que seguíamos; pero antes teníamos que cruzar la frontera que estaba cerrada.
Los coyotes escribieron en el grupo de WhatsApp que no podíamos cruzar directamente y nos indicaron por dónde teníamos que pasar. Desde donde estaba pude ver la frontera llena de militares fuertemente armados.
Nuestro grupo se desvió de la carretera y después de unos 200 metros caminando, tuvimos que subir una pendiente. Todo esto con el cansancio del viaje encima pero, cubanos al fin, la gente caminaba entusiasmada.
Subir una loma llena de barro, poner la vida en manos de coyotes, formar parte de la trata de personas en Centroamérica, estar en peligro constante, correr el riesgo de perder la vida durante la travesía, no era ni remotamente comparable a seguir viviendo en el infierno comunista de Cuba.
Después de subir la loma llena de fango a esa hora de la mañana, tuvimos que bajarla. Los resbalones eran muy grandes. Por suerte no pasó nada y seguimos caminando, ya estábamos al otro lado de la frontera.
Algunos cubanos del grupo no entendieron el último mensaje de los coyotes y querían quedarse esperando que el bus nos recogiera, pero era claro que, tan cerca de los retenes llenos de militares hondureños, el bus no iba a venir. Así que una parte del grupo preferimos caminar y la otra parte se unió de mala gana. Y sí, el bus estaba esperando unos 200 metros más adelante. Le dijimos al chofer que éramos del grupo de Cristina, y nos dejó subir.
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