Libros | Ametralladora holguinense

“Zulema Gutiérrez Lozano es parte fundamental de un himno, bandera de libertad que ondea sobre la esperanza de una Cuba pronóstico”.

Zulema Gutiérrez Lozano y Ghabriel con el libro Metralla.
Zulema Gutiérrez Lozano y Ghabriel con el libro "Metralla". | Imagen: Cortesía del autor

La conocí hace un bulto de años.

La veía en Misa. En la parroquia San José.

Tuvimos una primera conversación —café por medio—, y así nos vimos unidos por la fe, la poesía, la pasión por el arte de hacer fotos, y, muy importante, la disidencia.

Fue el tiempo en que yo le ponía una cámara a cualquiera y preguntaba si votaría por Yoani Sánchez o por Mariela Castro. Ella no vacilaba en responder lo más opositoramente posible, y yo empecé a convertirme en asiduo visitante de su casa. De peluca en peluca hicimos varios personajes juntos, pero nunca pude terminar aquel video...

La trayectoria literaria de mi amiga ha sido equilibrada, madura, responsable.

Pasó el Taller de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Es acreedora de los premios literarios más importantes de Holguín y cuenta con reconocimientos a su obra en todo el país. También obtuvo el prestigioso premio de la editorial Hipermedia, con el poemario Técnicas de control.

En la tarde del jueves 24 de este marzo primaveral fui hasta su casa en busca de una METRALLA. Traje esa “arma” a casa. La desenfundé. Me tiré sobre la cama. Leí hasta la página 67, donde el libro-metralla termina con el poema intitulado “Otra canción de bar”. En el texto se reitera que

“hay algo que destroza más que el miedo (…) hay cosas que se mueven entre las gentes y destrozan más que el miedo”.

La poeta vibra desde el vigor y el impulso que caracteriza a la generación explosiva del siglo XXI cubano, desde la necesidad de sacudir seis décadas de inmovilismo, de abofetear el monigote, de aplastar la desidia. Una generación que se inquieta ante la palabra “gatillo” como si del verbo disparar se tratara. Se dispara a toda hora. Se anda a ras de fuego. Y se está frente a la generación cubana de mayor paz interior, pues ha sido la menos cómplice, la menos contaminada, la más cívica.

Tan tempranamente como la mentira creyó que podía hacerse con todos los poderes, en el mismo 1959, surgieron voces subversivas que desde lo profundo de sus gargantas gritaron su NO rotundo. Yo escribo en 2022, amante de la Cuba plena de una hornada de escritores molestos, irreverentes, de camisa/blusa quitada, desafiantes y decisivos.

Si se es poeta, no se le pueden cantar loas a una dictadura.

Si se es poeta, no se puede comulgar con una tiranía.

Se está con José Martí o con Miguel Barnet. Pero no se le pueden rendir tributos a ambos, porque el Apóstol juntó vida y muerte, de cara al sol, en nombre de la poesía como patria de eternidades, mientras el compromiso del rechoncho personaje de la UNEAC se basa en la defensa de la ideología más totalitarista que los humanos conocieron.

Zulema Gutiérrez Lozano es parte fundamental de un himno, que es canción, es tatuaje, es grafiti y es bandera de libertad que ondea sobre la esperanza de una Cuba pronóstico.

Zulema Gutiérrez.
Zulema Gutiérrez. | Imagen: Facebook

Sí. En su libro hay hachas, revólveres, pistolas, flechas. Las flores son de hierro.

Pareciera que la cotidianidad está cargada de proyectiles.

¿¡Y no es cierto!? ¿No está la cotidianidad cargada de proyectiles?

Se habla de una balacera. De la pólvora. Del cuchillo. De las ráfagas.

En todos esos trajines andan la heroína o el héroe lírico. Pero nadie imagine a la muchacha que escribe, desde su apartamento de la calle 25 del reparto Ilich, o sea, a Zulema Gutiérrez con una cinta de municiones ni como propietaria de un cartucho con balas.

La mujer que ha tatuado esa palabra en su brazo derecho: metralla, es de estricta energía literaria. No vean en ella una amenaza. No es el caos. Y no anda de clandestina repartiendo octavillas, su convicción de cambio hacia la democracia la muestra de palabra al desnudo. Desde el instante mismo de la creación del grupo Archipiélago su colimador se afirma y procura adelantar una nación al amparo del proyecto martiano “Con todos y para el bien de todos”.

La que escoge por título un nombre del argot militar, no alienta tácticas ni estrategias de combate a degüello, no se anuncia a favor de una conflagración, antes deja clara su advertencia humanista:

“en los inicios de la artillería se valoró la posibilidad de perdonar

pero seguimos en desventaja

moriremos en desventaja, bombardeados por un racimo de metralla”.

Tras el estallido del 11J su casa fue “ametrallada”, constante la persecución, la vigilia y el acoso oficialero, por actuar a tono con la exigencia de un archipiélago inclusivo.

Recuerdo su mensaje a mi WhatsApp en convocatoria para unirnos al dramaturgo Yunior García Aguilera en un propósito cívico nacional contra el totalitarismo.

Recuerdo el éxito de Holguín con el grupo más numeroso de firmantes.

Recuerdo esos días en que albergamos un 15N de victorias.

No olvido su voz quebrada, esa mañana en que me pedía el número del Padre Marcos porque precisaba mover cielo y tierra por Javier.

Javier L. Mora es el poeta-editor que comparte apartamento, vida intelectual y vida conyugal con mi amiga. Él fue detenido y encerrado por demasiados días tras los disturbios. Y entonces la muchacha que en su puerta tiene un cartel que dice: “LEA POESÍA”, conoció del insomnio que produce el chirrido de una reja, las voces de la maledicencia, el maltrato que reciben quienes van a una estación policial tras la suerte del que declaran persona non grata.

Cierro el libro.

Recomendarlo será sobre la base de una lectura confiable, donde se aspira al reinado de la paz. Dice Zulema:

“a la guerra la he contenido en una cajita que antes fue para guardar un cordero”.

Aquí se escribe por la paz desde la guerra. Pero también desde su libro Danza alrededor del fuego, la poeta ha lanzado una “revelación sin mapa”, donde avisa:

“yo

Salomón

Suleiman

Zulema

vi los restos de mi pueblo

supe lo que vendrá sobre la tierra

la guerra”

Dije palabras que harto advierten de su lirismo, y hago mi defensa ante la posibilidad de que los ojos del lector endeble y literal pretendan una lectura solo bélica donde el asunto es sabiamente recreado. No obstante, he aquí a una mujer cuya visión la obliga a permanecer con los ojos ajustados a la mira telescópica. Por tanto, cuidado, los poetas pueden ser magníficos francotiradores.

¡¡¡Son demasiados, y magníficos, francotiradores!!!

Ghabriel Pérez
Ghabriel Pérez

Holguín, 1968). Narrador y poeta. Ha publicado los poemarios En brazos de nadie (2000), Canción de amor para el fin de los siglos (1999) e Hijo de Grecia (2005), entre otros. Su libro de relatos El parque de los ofendidos recibió el premio “Calendario” en 2002, y su poemario Mis amistades peligrosas obtuvo el premio de poesía “Adelaida del Mármol”, en 2007. Reside en su ciudad natal.

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