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Letras | Fantasía juvenil: el portal no es una escapatoria, es una grieta

"Hay una confusión frecuente sobre lo que hace propio a un mundo fantástico: nombres inventados, geografía detallada, sistemas de magia complejos. Todo eso puede existir y, sin embargo, el mundo puede seguir sintiéndose genérico."

Es espejo ancestral, objeto mágico ficticio de la novela "Samuel entre dos mundos" de David Porto Díaz. Imagen tomada de la web del autor.
Es espejo ancestral, objeto mágico ficticio de la novela "Samuel entre dos mundos" de David Porto Díaz. Imagen tomada de la web del autor.

Hay objetos fantásticos que prometen: espadas que arden, varitas que chispean, anillos que otorgan poder. La tradición del género los ha pulido hasta hacerlos reconocibles desde la primera página. Pero a veces un objeto no promete nada. Late. Y esa diferencia, que parece menor, cambia por completo el tipo de historia que se puede contar.

Una medalla que late

Cuando empecé a escribir Samuel entre mundos (Libros Indie, Sevilla, 2025) no pensé primero en una batalla ni en una profecía. Pensé en una medalla que no brillaba. Latía. Un objeto sin manual, sin destinatario claro, sin poder aparente. Un objeto que guarda algo en vez de prometer algo. Me interesaba esa posibilidad: la magia no como acceso a capacidades, sino como peso de memoria. No el artefacto que resuelve, sino el que recuerda.

Cubierta de la novela fantástica para niños "Samuel entre dos mundos" (Libros Indies, Sevilla, 2025) de David Porto Díaz.
Cubierta de la novela fantástica para niños "Samuel entre dos mundos" (Libros Indies, Sevilla, 2025) de David Porto Díaz.

¿Qué ocurre cuando el objeto mágico no ofrece poder, sino que acumula deudas? Lo que fui descubriendo mientras escribía fue que cambia al protagonista. Un personaje que recibe un objeto poderoso tiene que aprender a usarlo. Un personaje que hereda un objeto con memoria tiene que averiguar qué cargaba antes de llegar a sus manos. Son dos tipos de historia muy distintos, aunque los dos empiecen con el mismo gesto: alguien recibe algo que no pidió.

Leer mundos traducidos

Una parte considerable de quienes crecimos leyendo fantasía juvenil en castellano aprendimos a imaginar casas y familias a través de traducciones. Las crónicas de Narnia, de C. S. Lewis, trajeron sus faunos y sus armarios victorianos. Harry Potter, de J. K. Rowling, introdujo el internado como espacio donde los niños crecen lejos de sus padres, con sus propias jerarquías, sus propias lealtades y sus propios secretos. Y en castellano, Memorias de Idhún, de Laura Gallego, construyó algo distinto: un mundo con heridas propias, con una sensibilidad que no debía nada a esa tradición.

Trilogía literaria fantástica "Memorias de Idhún" de Laura Gallego.
Trilogía literaria fantástica "Memorias de Idhún" de Laura Gallego.

No digo que los mundos traducidos sean un problema. Aprendí a imaginar con ellos. Pero hay algo que esos mundos —especialmente los anglosajones— traen incorporado en su estructura y que no siempre se traslada bien: una forma muy específica de entender la familia como cosa que se abandona para crecer, el hogar como lugar que se deja atrás y no como lugar del que se viene. En muchas de esas historias, la casa de origen es el sitio insuficiente. El mundo fantástico es la verdadera casa.

Me interesaba la posibilidad contraria. Que la casa de origen no fuera el problema que se abandona, sino el misterio que hay que resolver.

Cuando el otro mundo devuelve la casa

La fantasía de portal tiene un mecanismo central: alguien cruza hacia otro lado. Lo que varía es para qué sirve ese cruce. En la versión más extendida del género, el portal es una escapatoria. La vida cotidiana resulta insuficiente y al otro lado hay un mundo donde el protagonista puede ser alguien. El otro mundo salva al personaje de su vida anterior.

Esa estructura funciona. Narnia la usa con rigor moral. Harry Potter la usa con humor y pertenencia. Pero en ambos casos el mundo de origen se convierte, de alguna manera, en decorado que se abandona. La familia muggle es la familia equivocada. El armario es la puerta de salida. La aventura ocurre en otro sitio.

Cubierta de varias novelas de "Las Crónicas de Narnia" de C. S. Lewis.
Cubierta de varias novelas de "Las Crónicas de Narnia" de C. S. Lewis.

Me interesa la posibilidad opuesta. El portal no como escapatoria, sino como grieta. Una grieta no te lleva a ningún lado en particular: te muestra lo que había detrás de la pared. Y lo que hay detrás, en las historias que más me importan, no es un mundo mejor. Es la verdad que el mundo de origen estaba sosteniendo con dificultad.

Samuel Osborne vive en Noveris. Eso importa porque Noveris no es un punto de partida que se abandona: es el problema. En esa ciudad, los objetos desarrollan con el tiempo algo parecido a la conciencia: guardan lo que han vivido, lo que han presenciado, lo que les pidieron que callaran. Un brazalete que vacila al elegir color en una mañana cualquiera. Una pluma que derrama gotas fuera de la taza en un patrón demasiado preciso para ser descuido. Los objetos de Noveris saben cosas que sus portadores prefieren ignorar.

Mapa de la ciudad ficticia de Noveris, de la novela "Samuel entre dos mundos" de David Porto Díaz. Tomado de la web del autor.
Mapa de la ciudad ficticia de Noveris, de la novela "Samuel entre dos mundos" de David Porto Díaz. Tomado de la web del autor.

Cuando Samuel acaba empujado hacia Grimlor, lo que se abre no es un mundo nuevo. Es una grieta en el mundo propio. Lo que descubre allí no le da poderes: le devuelve preguntas sobre su casa, su familia, su origen. La medalla que lleva al cuello desde niño empieza a latir cuando debería estar quieta. Y ese latido no es una señal de aventura. Es un aviso de que algo en su historia familiar no encaja.

Un mundo propio deja consecuencias

Hay una confusión frecuente sobre lo que hace propio a un mundo fantástico. La respuesta instintiva suele ser: nombres inventados, geografía detallada, sistemas de magia complejos. Todo eso puede existir y, sin embargo, el mundo puede seguir sintiéndose genérico.

Un mundo propio no empieza en el mapa ni en el glosario. Se nota cuando sus reglas dejan marcas, no cuando acumula nombres raros. Las instituciones tienen su propia lógica interna. Los objetos tienen historia antes de llegar a las manos del protagonista. El miedo es concreto, no solo atmosférico. Y los vínculos familiares no son solo telón de fondo: son parte activa del conflicto.

Recreación de Baba Yaga, bruja de los cuentos populares tradicionales rusos.
Recreación de Baba Yaga, bruja de los cuentos populares tradicionales rusos.

Cada lengua trae su manera de nombrar una casa, una amenaza, una culpa. El castellano tiene sus propios silencios domésticos, su propia forma de distribuir la autoridad entre adultos y niños, sus propias maneras de guardar secretos dentro de una familia. Escribir fantasía en castellano aprovechando esa especificidad —en vez de imitar una estructura importada con nombres cambiados— no es cuestión de orgullo lingüístico. Es cuestión de precisión narrativa.

La adolescencia ya es una edad de costes. Crecer cuesta. Saber cuesta. Separarse de la familia también cuesta, igual que descubrir que la familia no te ha contado todo. La fantasía permite volver visible esa estructura sin convertirla de inmediato en explicación psicológica. Los sellos protectores que los padres de Samuel trazan cada noche sobre las paredes del apartamento no son metáfora: son literalmente lo que hacen, y el lector los ve actuar con sus propias consecuencias.

Libros de autoras españolas de fantasía y ciencia ficción.
Libros de autoras españolas de fantasía y ciencia ficción.

Cuando la magia no exige nada, deja de revelar al personaje y empieza a decorar la escena. Si la magia cobra algo —memoria, vínculo, verdad, pérdida— entonces cada vez que el personaje recurre a ella sabemos algo más de quién es. Un sistema de magia que funciona como premio produce un protagonista que demuestra disciplina. No es un arco de personaje: es un currículum. El coste es lo que produce decisión, y la decisión es lo que produce carácter.

La grieta estaba en casa

No pretendo hacer aquí un panorama de la fantasía juvenil en castellano. Hablo desde una mesa de trabajo concreta, desde las decisiones que fui tomando al escribir Samuel entre mundos y desde las preguntas que esas decisiones me dejaron sin responder.

Objetos mágicos que aparecen en la novela fantástica "Samuel entre dos mundos" de David Porto Díaz. Imagen tomada de la web del autor.
Objetos mágicos que aparecen en la novela fantástica "Samuel entre dos mundos" de David Porto Díaz. Imagen tomada de la web del autor.

Una de ellas es esta: si la fantasía juvenil puede funcionar como grieta, si el portal que abre puede ser el que revela lo que estaba escondido en casa, entonces la pregunta no es solo cómo construir un mundo fantástico. Es qué casa queremos que ese mundo deje al descubierto. Qué mentiras familiares, qué silencios domésticos, qué objetos heredados que pesan más de lo que deberían.

Tal vez el portal más fuerte no sea el que aleja, sino el que devuelve la casa con otra forma. La puerta se abre hacia otro mundo, sí. Pero la grieta siempre estaba en casa. Y la medalla —opaca, sin brillo, latiendo contra el pecho de alguien que no sabe todavía lo que guarda— es exactamente eso: una herencia que no pidió, una pregunta que no eligió y una historia que lleva su nombre aunque nadie se lo haya dicho aún.

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David Porto Díaz

David Porto Díaz

Escritor gallego residente en Madrid. Es autor de Samuel entre mundos (Libros Indie, Sevilla, 2025), novela de fantasía juvenil. En 2026 obtuvo el Primer Premio en el XII Certamen de Microrrelatos "De amor" de Letras Como Espada y fue finalista del Premio Nacional de Literatura Infantil Juan Andrés Teno. 

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