ARTE POÉTICO O EPÍSTOLA A LOS PISONES
El Arte poético (Ars poetica) fue escrito por Horacio —principal poeta lírico y satírico en lengua latina— alrededor del año 19 a.C., y está considerado uno de los textos más influyentes de la literatura occidental por sus valores como poema y sus lecciones sobre escritura. Es consulta obligada para todos los autores del mundo, pues como apuntó el poeta alemán Goethe: "Le parecerá a uno de un modo distinto que a otro, y a cada cual, cada diez años, también de nuevo distinta".
I. Si a una cabeza humana...
Si a una cabeza humana un cuello equino quisiera
unir un pintor, y añadir variadas plumas a miembros
de doquier reunidos, y así de modo grotesco
terminara en pez negro la mujer hermosa en lo alto,
admitidos a verlo, ¿la risa contendríais, amigo?
Creed, Pisones, que será a este cuadro muy semejante
el libro cuyas figuras, como sueños de enfermo,
se formen vanas, de modo que ni pies ni cabeza
se vuelvan a una forma. “Pintores y poetas no menos
un poder justo de a todo atreverse siempre han tenido.”
Lo sabemos, y esta venia pedimos y a cambio otorgamos,
mas no hasta que vayan feroces con mansos, no al punto
que serpientes a aves se hermanen; a tigres, corderos.
Las más veces a principios graves y que mucho prometen
se les zurcen uno o dos púrpureos trozos
que esplenden de lejos, cuando el bosque y el ara de Diana
y los recodos del agua que corre por campos amenos,
o ya se describe el río Rin, ya el arco lluvioso;
mas no era ahora lugar para ellos. Y sabes acaso
imitar un ciprés; ¿esto qué, si nada, rotas sus barcas,
sin esperanza el que —dado el dinero— es pintado? A formarse
comencé un ánfora; ¿por qué, corriendo la rueda, sale orza?
En fin, sea lo que intentas al menos único y simple.
Gran parte de los poetas, padre, e hijos dignos del padre,
nos engañamos con apariencias de lo recto. Pretendo
ser breve, me hago oscuro; a quien busca lo leve le faltan
nervio y ánimos; quien propénese grandes cosas, se hincha;
repta por tierra el cauto en exceso y temedor de tormentas;
quien variar codicia prodigiosamente un asunto,
al delfín pinta en las selvas, al jabalí entre las ondas.
A un vicio guía la fuga de culpa, si de arte carece.
Junto a la escuela de Emilio el más bajo artesano las uñas
expresará y en bronce imitaré los muelles cabellos,
siendo infeliz el total de la obra, pues no sabré el todo
disponer. Si componer algo procuro, no más querría
ser yo éste que vivir con la nariz deformada,
siendo admirable por negros ojos y negro cabello.
Tomad, quienes escribís, la materia adecuada
a vuestras fuerzas y pensad mucho qué llevar se rehúsan,
qué pueden los hombros. Al que elija un asunto a su alcance,
ni la facundia lo abandonará, ni lúcido el orden.
II. Ésta la fuerza y belleza...
Ésta la fuerza y belleza del orden será, o yo me engaño,
que ya ahora diga las cosas que ya ahora deban decirse,
muchas difiera y reserve para tiempo oportuno,
esto ame, esto desprecie el autor del prometido poema.
También sutil y cauto al enlazar las palabras,
habrás dicho egregiamente si a una palabra sabida
la volviere nueva una astuta unión. Si acaso es preciso
con signos recientes lo oculto mostrar de las cosas,
forjar voces no oídas por los ceídos Cetegos
tocará, y se dará una licencia con mesura tomada,
y tendrán crédito las voces nuevas y formadas apenas
si caen de fuente griega, discretamente alteradas.
¿Qué dará el romano a Cecilio y a Plauto, quitado
a Virgilio y a Vario? ¿Por qué yo soy mal visto si puedo
conseguir algo, mientras la lengua de Catón y de Ennio
el patrio idioma enriqueció y nuevos nombres de cosas
inventé? Ha sido lícito y siempre ha de serlo
producir un nombre marcado con cuño vigente.
Como las selvas cambian de hojas al inclinarse de los años,
caen las primeras, así parece la vejez de las voces
y como jóvenes brotan las recién nacidas y crecen.
Nos debemos con lo nuestro a la muerte. Sea que Neptuno
recibido en tierra, de los aquilones guarde a las flotas,
obra de un rey, o que un lago ha mucho estéril y apto a los remos
vecinas urbes nutra y grave sienta el arado,
que haya cambiado un río el curso inicuo para las mieses,
en mejor ruta instruido, perecerán las obras mortales;
menos sostendráse el honor y gracia vivaz de las lenguas.
Renacerán muchas voces que ya decayeron, y las que
están ahora en honor decaerán si el uso lo quiere,
en cuyo poder se hallan juicio y derecho y norma del habla.
Las gestas de reyes y jefes y tristes las guerras
en qué ritmo se pueden escribir, mostrándonos Homero.
En versos imparmente unidos primero la queja,
después también guardése la expresión del deseo señora;
mas qué autor los breves elegíacos haya lanzado,
discuten los gramáticos y está bajo juez el litigio.
A Arquíloco armé la rabia con el yambo de él propio,
los zuecos este pie tomaron y los grandes coturnos,
apto para el habla alternada y que vence del pueblo
los estrépitos y para las acciones nacido.
La Musa diole a la lira a dioses y a hijos de dioses
referir, y al púgil vencedor y al caballo primero
en la lucha, y afanes de jóvenes, y libres los vinos.
Si conservar los sucesos descritos, y los colores
de las obras, no puedo y no sé, ¿por qué me aclaman poeta?
¿Por qué prefiero ignorar que aprender, torpemente apenado?
No quiere un tema cómico ser expuesto en trágicos versos
también se ofende la cena de Tiestes de ser referida
en versos sencillos y casi dignos del zueco.
Cada asunto guarde el sitio adecuado que tuvo por suerte,
A veces, empero, también levanta la voz la comedia,
y airado Cremes con ampulosa boca litiga
y muchas veces el trágico Télefo en habla pedestre
se duele, y Peleo, cuando pobre y desterrado uno y otro
arroja hinchazones y sesquipedales palabras
si tocar busca el corazón del espectador con su queja.
No es bastante el ser bellos los poemas; dulces que sean
y lleven el ánimo del oyente a donde desean.
Cual ríen con los que ríen, así a quienes lloran se acercan
los rostros humanos; si quieres que yo llore, debes
primero dolerte tú mismo; tus infortunios entonces
me herirán, Télefo o Peleo si mal recitas tu encargo,
o dormitaré o reiré. Al rostro mustio convienen
tristes palabras; llenas de amenazas al indignado
al que juega, traviesas; serias de decirse, al severo.
Pues antes naturaleza nos forma dentro según todo aspecto
de las fortunas; complace o impulsa a la ira,
o a tierra con grave tristeza baja y angustias no
luego los cambios de ánimo muestra con la intérprete lengua.
Si los dichos del que habla con su fortuna, son disonantes
la carcajada alzarán caballeros e infantes romanos.
Mucho diferirá si un dios o un héroe habla,
si un anciano maduro o el que hierve —aún floreciente
su juventud—, y matrona potente o abnegada nodriza,
si el mercader viajero o el cultor de un lozano campito,
si el colco o el asirio, el nutrido en Tebas o en Argos.
O sigue la fama o finge cosas que consigo concuerden,
escritor. Si quizás representas al célebre Aquiles,
sea incansable, iracundo, inexorable, violento
niegue que nazcan derechos para él, todo fiel a las armas.
Sea Medea feroz e invicta, lúgubre Ino,
pérfido Ixión, lo errante, sombrío Orestes.
Si algo atinó no experimentado a la escena aventuras y osas
formar un nuevo personaje, que hasta el final se conserve
cual procedió desde el principio y sea coherente consigo.
Difícil es decir de modo propio las cosas comunes,
y más bien en actos convertirás el ilíaco poema
que si expusieras el primero hechos inauditos e ignotos.
La materia pública será de derecho privado
sino te demoras en torno al círculo vil y extendido,
y no procuras palabra a palabra verter cual seguro
intérprete y no bajas como imitador a lo estrecho,
de do sacar el pie, el pudor o la ley de la obra prohiban.
III. Ni así empezarás...
Ni así empezarás como el cíclico escritor una vez:
“Cantaré la fortuna de Príamo y noble la guerra.”
¿Qué dará este prometedor, digno de tal abertura?
Parirán los montes, nacerá un ratón irrisorio.
Cuánto más rectamente éste, que nada sin tino dispone:
“Dime, Musa, al varón que tras los tiempos de Troya tomada
los usos de muchos hombres vio y las ciudades.”
No humo del rayo, sino dar luz desde el humo
piensa, para extraer después brillantes portentos:
a Antífates y Escila, y con Caribdis al cíclope.
Ni el retorno de Diomedes desde que muere Meleagro,
ni la guerra troyana comienza desde el huevo gemelo;
siempre se apresura hasta el meollo y arrebata al oyente
en medio de los hechos, no de otro modo que conocidos,
y los que duda puedan brillar al tratarse, abandona,
y en tal modo finge, así mezcla a lo verdadero lo falso,
que no discrepe del primero el medio, del medio el postrero,
Tú escucha qué cosa yo y el pueblo desea conmigo,
si de un aplaudidor que permanezca en la sala requieres
y esté siempre sentado hasta que el cantor diga: “Aplaudidnos.”
De cada edad deben ser señaladas por ti las costumbres,
y debes dar su decoro a los variables estados y años.
El niño que ya sabe imitar voces y marca la tierra
con pie firme, se deleita en jugar con iguales y la ira
toma y depone de prisa, y cámbiase hora tras hora.
Imberbe el joven, habiendo al fin alejado al custodio,
gózase en caballos, perros y pastos del Campo soleado,
céreo en plegarse al vicio, con los reprensores violento,
tardo previsor de lo útil, pródigo en gastos,
altivo y codicioso, e inclinado a dejar lo que ha amado.
Al cambiar aficiones, la edad y el aliento viriles
buscan recursos y amistades, al honor se esclavizan,
cuidan no cometer lo que pronto por cambiar lucharían.
Muchas molestias rodean al anciano, ya porque
busca y —avaro— se abstiene de lo hallado y duda en usarlo,
ya porque administra todo asunto helada y tímidamente,
dilator, largo en la espera, inerte y del futuro ambicioso,
difícil, quejumbroso, alabador del tiempo pasado
siendo él niño, castigador y censor de menores.
Muchas ventajas traen consigo los años que llegan, más
muchas los que huyen retiran. Papeles seniles
no por acaso al joven se encarguen ni al niño viriles;
siempre se detendrá en los rasgos y en lo adecuado a los años.
O un asunto actúase en escena o, ya pasado, se narra.
Más lentamente excita ánimos lo soltado al oído
que lo que es sujeto a los fieles ojos y a sí mismo entrega
el espectador; mas no llevarás a escena las cosas
dignas de producirse dentro, y alejarás de los ojos
muchas para que luego las narre la facundia presente.
No delante del pueblo Medea a sus niños destroce,
o extrañas humanas a la vista criminal cueza Atreo,
o en ave Procne se convierta, Cadmo en serpiente.
Todo cuanto así me muestras, recházolo incrédulo.
Ni menor sea ni más extensa del quinto acto la fábula
que ser pedida desea y, ya vista, ser puesta de nuevo,
ni intervenga un dios, si el nudo no digno se hiciere
de un vengador; ni procure hablar una cuarta persona.
Sostenga el coro el papel de un actor y su cargo
personal, y nada en medio de los actos entone,
que no conduzca al propósito y a él aptamente se adhiera,
Él favorezca a los buenos y los aconseje amistoso
y a los airados guíe y a los que temen faltar se aficione;
él los manjares alabe de mesa breve; él la salubre
justicia y las leyes y —cuando hay puertas abiertas— los ocios;
él guarde lo encomendado y suplique y ore a los dioses
que torne Fortuna a los pobres, de los soberbios se aleje.
La tibia, no como ahora, de metal cercada, y que lucha
con la trompeta, mas delgada y simple con muy pocos huecos
era útil para sostener y acompañar a los coros
y llenar con su aliento los aún no muy densos asientos,
a do un pueblo fácil de contar, por ser tan pequeño,
y frugal y casto y pudoroso acudía.
Luego que empecé a extender sus campos victorioso, y sus urbes
un más vasto muro a abrazar y con un vino diurno
su Genio a ser aplacado impunemente en días festivos,
mayor licencia añádiese a las melodías y ritmos,
pues, ¿qué el indocto saborearía y el rústico —libre
de sus labores— al urbano mezclado, el torpe al honesto?
Así al arte antiguo añadí el movimiento y el lujo
el flautista, y arrastré errante por el tablado la veste
también así a las cuerdas severas se sumaron más voces
y la arrojada elocuencia excitó un desusado lenguaje,
y, sagaz en cosas útiles y del futuro adivina,
no difirió su expresión de la profética Delfos.
Quién con trágico carmen luchó por un vil macho cabrío,
presto también desnudó a los sátiros agrestes, y rudo
—incólume la gravedad— la chanza intenté, pues debía
ser detenido con halagos y novedad agradable
el espectador que cumplió ritos y bebió y va sin leyes.
Mas presentar a sátiros, ya burlones, ya decidores,
tal convendrá, tal alternar con el juego lo serio
que, cualquier dios, cualquier héroe que sea usado,
hace poco visto en oro regio y en púrpura,
no baje hasta oscuras cabañas con un habla humilde,
o, al evitar la tierra, atrapar quiera el vacío y las nubes.
No merece la tragedia charlar leves versos,
cual la matrona obligada a danzar en los días festivos,
se mezclará a los protervos sátiros algo cohibida.
Yo no preferiré los nombres y verbos más familiares
y sin adornos, Pisones, como escritor de los sátiros,
ni en diferir del color trágico tanto he de empeñarme,
que en nada se distinga si habla Davo y la osada
Pitias, que habiendo limpiado a Simón, un talento ha lucrado,
o Sileno, el guarda y esclavo del alumno divino.
De lo conocido tomaré un carmen fingido de modo
que se espere lo mismo cualquiera, mucho sude y en vano
labore al intentar lo mismo; tanto puede la serie
y la unión, tal honor ganan las cosas tomadas del medio.
Guárdense —siendo yo el juez— los faunos sacados del bosque
de —como nacidos en los trivios y casi forenses—,
nunca rejuvenecer con versos tiernos de sobra
ni hacer sonar dichos ignominiosos e inmundos;
pues se ofenden quienes tienen caballo y padre y riquezas
y, aunque lo apruebe el comprador de garbanzos fritos y nueces,
no ecuánimes lo reciben ni con la corona lo premian.
La sílaba larga a la breve pospuesta llámase yambo,
pie veloz; por lo cual también ordené se añadiera
a yambos nombre de trímetros, aunque marcara seis golpes,
a sí mismo semejante del principio al fin; no mucho antes,
para que un poco más tarde y más grave llegara al oído,
espondeos estables admitió a sus derechos paternos
amable y paciente, mas sin retirarse amigable
del sitio segundo o cuarto. Primero éste en los de Accio
famosos trímetros raro aparece, y después a los versos
de Ennio, con gran peso a la escena lanzados, oprime
con el torpe crimen o de la obra por demás presurosa
y carente de esmero, o del arte ignorado.
No cualquier juez ve los mal modulados poemas
y a los poetas romanos una venia indigna se ha dado.
¿Por ello he de ir errante y escribir libremente? ¿O qué codos
van a ver mis faltas he de creer, precavido y seguro
dentro de la esperanza de perdón? Evité al fin la culpa,
no merecí alabanza. Los griegos ejemplares vosotros
volved con mano nocturna, volvedlos con diurna.
Mas vuestros bisabuelos alabaron los ritmos de Plauto
y las sales, demasiado pacientemente ambas cosas,
por no decir tontamente, admirando, si bien yo y vosotros
sabemos separar del pulido el dicho inurbano
y el sonido legítimo entendemos con dedos y oído.
Dicen que de la trágica Camena el género ignoto
inventé Tespis y en carros arrastré sus poemas
que habían de cantar y actuar los untados con heces los rostros.
Tras éste el descubridor de máscara y manto honorables,
Esquilo, levanté el estrado sobre pequeños maderos
y enseñé a hablar alto y en el coturno a apoyarse.
Sucedió a éstos la antigua comedia, no sin mucha alabanza;
mas la libertad decayó hacia vicio y violencia
digna de ser por ley contenida; una ley fue aceptada
y torpe el coro calló —perdido de dañar el derecho—.
Nada sin intentar han dejado nuestros poetas,
y no pequeña honra merecieron al osar los vestigios
griegos abandonar y celebrar los domésticos hechos,
ya los que pretextas, ya los que enseñaron togadas.
Y no sería el Lacio más por su fuerza potente
y por sus armas preclaras que por su lengua, si a todos
sus poetas no ofendiera el trabajo de lima y la calma.
Vosotros, oh sangre pompilia, reprended el poema
al que muchos días y muchos borrones no reprimieron
y no castigaron hasta la uña diez veces cortada.
IV. Porque cree que es...
Porque cree que es más afortunado el ingenio que el arte
misero, y del Helicón excluye a los poetas sensatos
Demécrito, buena parte no procura uñas ni barba
ordenar, busca lugares secretos, evita los baños;
pues alcanzaré de poeta el mérito y nombre,
si la cabeza incurable por tres Anticiras no encarga
al barbero Licino. ¡Oh infeliz de mí que de bilis
hacia la hora del vernal tiempo me purgo!
No haría otros mejores poemas; mas nada posee
tan gran valor. Por ello haré las veces de piedra que puede
agudo volver el hierro, incapaz de cortar ella misma;
tarea y deber enseñaré, nada yo mismo escribiendo,
de dónde se tomen recursos, qué nutra y forme al poeta,
qué convenga, qué no, a dó el mérito, a dó el error encamine.
De escribir bien, el saber es el principio y la fuente.
El asunto podrán enseñarte los socráticos pliegos,
y aun previsto asunto las palabras seguirán sin negarse.
Quien aprendió a la patria qué debe y qué a los amigos,
con qué amor al padre, con cuál a hermano ha de amarse y a huésped,
cuál es el deber de un senador, cuál el de un juez, cuál la parte
de un capitán a la guerra enviado, ése sin duda as
sabe entregar lo que conviene a cada persona.
Ordenaré observar el ejemplo de la vida y los usos
al docto imitador y tomar de ahí vivas las voces.
A veces una fábula en sus situaciones brillante
y bien caracterizada, sin belleza alguna, sin peso
ni arte, en mayor grado encanta al pueblo y mejor lo entretiene
que los versos pobres de asunto y las nonadas canoras.
A los griegos ingenio, a los griegos dio con boca rotunda
hablar la Musa, más que de alabanza, de nada ambiciosos;
los niños romanos con cálculos largos aprenden más
a dividir el as en cien partes. “Que diga
el hijo de Albino: si se ha quitado a cinco onzas
una onza, ¿qué queda?... Haber respondido podías. —Un tercio.
—¡Bien! Tu hacienda podrás conservar. Si una onza vuelve, ¿qué se hace?
—Un medio. ¿Acaso una vez que este moho y afán de peculio
haya imbuido los ánimos, puedan formarse esperamos
cantos que hayan de ungirse en cedro y en ciprés terso guardarse?
O aprovechar quieren o deleitar los poetas
o a un tiempo decir cosas gratas y a la vida adecuadas,
Cualquier cosa prescribieres, sé breve, a fin que tus dichos
perciban ánimos dóciles y retengan fieles.
Todo lo superfluo de un pecho lleno resbala.
Lo que se finge en orden al placer, sea cercano a lo cierto;
no pida la fábula que se le crea cuanto desearé,
ni al niño que Lamia ha comido le extraiga vivo del vientre.
Las centurias de mayores desprecian poemas escasos
de fruto; de los austeros se olvidan altivos los Ramnes.
Todo sufragio gané quien mezcló lo dulce a lo útil,
al lector deleitando y amonestando igualmente;
este libro obtiene dinero a los Sosios, éste atraviesa
el mar y al conocido escritor larga vida prorroga.
Hay faltas, empero, que perdonar desearíamos;
pues ni la cuerda da el tono que quieren la mano y la mente,
y muy seguido al que pide uno grave le emite un agudo,
ni a cualquier objeto a que amenazare herirá siempre el arco.
Mas do muchas cosas brillan en un carmen, no he de ofenderme
por algunas manchas que, o el descuido ha derramado,
o la humana naturaleza poco evitó. ¿Qué hay por ello?
Como el copista de libros si yerra siempre en lo mismo
aunque haya sido advertido, de venia carece, y se rien
del citaredo que en la misma cuerda equivécase siempre,
así para mí el que mucho yerra se vuelve aquel Quérilo
al que, si es bueno dos o tres veces, con risa lo admiro;
y yo mismo me indigno siempre que el buen Homero dormita,
más lícito es que en una obra larga deslicese el sueño.
Cual Ia pintura es la poesias una hay que, si más cerca te hallas,
más te cautiva, y alguna, si mas lejos te apartas
ésta ama lo obscuro, querrá con luz ser mirada esa otra
que no tiembla del juez ante la astuta agudeza;
ésta una vez gustó, éa gustará repetida diez veces.
Oh mayor de los jóvenes, aunque eres por voz de tu padre
para el bien formado y por ti eres sensato, atento recoge
esto a ti dicho: en ciertos temas lo mediano y pasable
con derecho se permite; el jurisconsulto o de causas
defensor mediocre dista de la virud del diserto
Mesala, ni sabe cuanto Aulo Cascelio; no obstante
se halla en estima; existir a mediocres poetas
no hombres, no dioses, no concedieron columnas.
Como entre gratas mesas una sinfonía discorde
y un graso ungüento y una amapola con miel de Cerdeña
ofenden, pues una cena podría formarse sin ellos,
así el poema, para halagar ánimos nato e inventado,
si de lo sumo un poco ha bajado, hacia lo ínfimo cae.
Quien jugar no sabe, de armas campestres se abstiene,
y el inexperto en pelota o rueda o disco descansa,
no impunes alcen la risa las densas tribunas;
quien no sabe, empero, versos osa modelar. ¿Por qué no?
Es libre e ingenuo, principalmente censado con suma
ecuestre de monedas y de todo vicio alejado.
Tú nada harás ni dirás si no quiere Minerva;
es tuyo ese juicio, esa mente. Mas si una vez algo
escribieres, del juez Mecio a los oídos descienda
y de tu padre y nuestros, y hasta el nono año se cubra,
puestas las membranas dentro; podráse borrar lo que no hayas
publicado; tornar no sabe la voz emitida.
A hombres salvajes Orfeo, sagrado y de diosas intérprete,
aparté de matanzas y nefanda comida; por esto
de él dijose que tigres ablandaba y rabiosos leones;
y se dijo de Anfión, fundador de la urbe tebana,
que movía rocas de la tortuga al sonido y con ruego
blando llevaba a do quería. Un tiempo ésta fue la sapiencia;
de público apartar lo privado, de profano lo sacro,
alejar del concubito errante, dar derechos a esposos,
construir ciudades, leyes grabar en el leño.
Así el honor y el renombre a los vates divinos
y a los poemas llegó. Homero, tras ellos, insigne,
y Tirteo a las guerras de Marte los alientos viriles
con versos impulsó; en cármenes se dijeron las suertes
y fue mostrado el camino de vida, y de reyes la gracia
se buscó con cadencias pierias, y el teatro inventóse
y el fin de largas labores, no sea acaso vergüenza
para ti la hábil musa de la lira y Apolo el cantor.
Si por naturaleza se hace un carmen laudable o por arte,
se ha preguntado; yo no veo de qué sirve el esfuerzo
sin rica vena ni el ingenio rudo; así una cosa
pide el auxilio de la otra y se asocia amigable.
Quien intenta tocar con la carrera la meta anhelada
mucho soportó e hizo de niño, sudé y tuvo frío,
se abstuvo de Venus y vino; el flautista que canta
los pitios, aprendió antes y temió a su maestro.
Ahora es bastante decir: “Yo compongo admirables poemas;
cubra el último la sarna; me es torpe el ser relegado
y confesar que en verdad no sé lo que no he aprendido.”
Cual pregonero que obliga a la turba a comprar mercancías,
manda que vayan los aduladores al lucro, el poeta
rico en campos, rico en monedas puestas a usura.
Si es además quien puede servir una excelente comida
y por un débil pobre responder y al envuelto en litigios
sombrios liberar, me admiraré si sabrá, afortunado,
distinguir entre el mendaz y el legítimo amigo.
Si tú obsequiares o quisieres obsequiar algo a alguien,
no vayas a llevar ante los versos por ti hechos al lleno
de alegría, pues clamaré: “Bello, bien, rectamente”,
palidecerá ante ellos, aun rocío estilará de sus ojos
amigos, saltará, la tierra con el pie tundirá.
Cual los que, alquilados, lloran en un funeral dicen y hacen
casi más que quienes se duelen desde su alma,
así el burlón más que el sincero laudador se conmueve.
Se dice que los reyes con muchas copas incitan
y atormentan con vino al que descubrir intentan si es digno
de amistad; si compones poemas, nunca han de engañarte
las intenciones bajo la zorra latentes.
Si a Quintilio algo recitabas: “Esto, si quieres, corrige,
—decía— y esto”; si negabas que mejor tú pudieras
habiendo en vano ensayado dos veces o tres, encargaba
destruir y al yunque volver los versos mal torneados.
Si el error defender a destruir preferías,
ninguna otra palabra o labor empleaba vacía,
para que no amaras solo sin rival a ti y a tus cosas.
El varón bueno y prudente reprenderá inertes los versos,
los duros acusaré, los descuidados —vuelta la pluma—
con negro signo marcará, los ambiciosos adornos
cortaré, obligaré a dar luz a los pocos evidentes,
lo ambiguamente dicho objetaré, marcará lo que debe
cambiarse, haráse Aristarco, y no dirá: “¿Por qué yo a un amigo
ofenderé en nonadas?” A serios males estas nonadas
llevarán al despreciado una vez y acogido con burla.
Como al que la mala sarna o el morbo regio atormenta
o el fanático delirio o Diana iracunda,
al poeta insensato tocar temen y huyen
los que saben; lo animan niños e incautos lo siguen.
Mientras éste sus versos a lo alto eruta y divaga,
si como cazador de aves atento a los mirlos se hunde
en un pozo o fosa, aunque largo tiempo clame “Auxiliadme,
ea, ciudadanos”, quizá no haya quien sacarlo procure.
Si alguien procura tomarse el trabajo y tirar una cuerda,
“¿cómo sabes si consciente ahí se ha arrojado y no quiere
ser salvado?” diré, y del siciliano poeta
narraré la muerte. Mientras por dios inmortal ser tenido
codicia Empédocles, frío al ardiente Etna ha saltado.
Tengan derecho y licencia de perecer los poetas;
quien salva al que no quiere, hace lo mismo que el que lo mata.
Ni esto una vez ha hecho ni, si fuere extraído,
ya se volverá hombre y dejará el amor de muerte famosa.
Y no se muestra bastante por qué versos fabrique,
si ha orinado en las cenizas paternas, o el lúgubre sitio
de un rayo ha movido infame; demente es, sin duda, y cual oso,
si logré romper las rejas de la jaula puestas delante,
al indocto y al docto huir hace el recitador ensañado;
mas al que aferré, retiene y da muerte leyendo,
sanguijuela que no va a soltar piel sino llena de sangre.
Claves de lectura
Resumen de los principales preceptos de Horacio
Para mejor comprensión por parte de los lectores contemporáneos, el filólogo y catedrático español Vicente Cristóbal López, resume los principales preceptos de Horacio en la introducción a la edición por la Biblioteca Clásica Gredos (Madrid, 1992) del Arte poético:
- No hay que excederse a la hora de elegir tarea (v. 38).
- La poesía no sólo ha de ser bella, sino también atractiva (vv. 99 s.).
- Hay que atenerse al mito tradicional o bien crear algo coherente (aunque lo mejor es recurrir a la Iliada) (v. 121).
- El poeta (aquí se entiende que uno de los jóvenes Pisones) ha de caracterizar debidamente los rasgos de cada edad (vv. 156, 178).
- En la medida de lo posible, debe presentar los acontecimientos de la manera más gráfica; pero no traer a la escena los más macabros, pues es mejor confiarlos al testimonio de un mensa jero (vv. 179 ss.).
- Una obra dramática ha de tener, ni más ni menos, cinco actos (vv. 189 s.).
- Se ha de usar con gran parquedad del recurso del deus ex machina (v. 191 s.).
- En la escena no han de hablar más de tres personajes (v. 192).
- Lo que el coro diga debe ser parte de la trama de la obra (vv. 193 ss.),
- En el drama satírico han de mezclarse bromas y veras, pero sin dar lugar a equívocos sobre la condición del personaje (vv. 226 ss.).
- Hay que seguir en todo caso a los modelos griegos (v. 268).
- Hay que desechar el poema que no haya sido pulido durante largo tiempo (vv. 291 ss.).
- Las enseñanzas han de ser breves, las invenciones ingeniosas lo más verosímiles posible (vv. 335 ss.).
- El poeta principiante ha de ser consciente de que ninguna obra mediocre es presentable (vv. 386 s.).
- Por ello, no ha de hacer cosa alguna inuita Minerva (vv. 385, 363 ss.) ni esquivar la crítica objetiva.
- Y para crítico, no vale cualquiera (vv. 427 ss.).
Trascendencia de Horacio
Quinto Horacio Flaco (65-8 a.C.), más conocido como Horacio, es una de las figuras centrales de la poesía en lengua latina y de la tradición literaria occidental, no solo por la perfección formal de sus Odas, Epodos y Sátiras, sino por haber formulado una concepción duradera del arte poético basada en el equilibrio entre placer y utilidad (dulce et utile), la mesura (aurea mediocritas) y la conciencia del tiempo humano (carpe diem). Está considerado además un pionero de la introspección y la autobiografía poética.
Poco después de su muerte, ya el pedagogo y retórico romano Marco Fabio Quintiliano (35-95 d.C.) afirmó:
Entre nuestros líricos, Horacio es casi el único poeta digno de leerse.
En el clásico Diccionario de biografía y mitología griegas y romanas (1844-1849) editado por Sir William Smith se apunta que sus Epístolas, a las que pertenece el Arte poético:
Son lo más perfecto de la poesía horaciana: la poesía de las costumbres y la sociedad, cuya belleza consiste en una especie de idealidad del sentido común y la sabiduría práctica. Las Epístolas de Horacio son, junto con el Poema de Lucrecio, las Geórgicas de Virgilio y quizás las Sátiras de Juvenal, la forma más perfecta y original del verso romano.
¿Es el Arte poético un tratado de poesía?
El Arte poético (Ars Poetica) o Epístola a los Pisones (Epistula ad Pisones) se convirtió en un texto normativo de referencia durante siglos, influyendo decisivamente en la poesía medieval, renacentista y neoclásica, marcando a autores tan diversos como Dante, Petrarca, Boileau, Pope o Goethe. La vigencia de Horacio radica en haber unido exigencia técnica, reflexión ética y experiencia vital en una obra que modeló la idea misma de lo “clásico” en la literatura europea.
Se ha polemizado mucho sobre si es un tratado de poesía o no, en su libro Historia de las ideas estéticas en España (Librería de Victoriano Suárez, Madrid, 1883-1891), el filólogo español Marcelino Menéndez y Pelayo apunta:
No anduvo tan ciega la tradición de los humanistas al llamarla Arte poética, así como fue inocencia de algunos echar de menos en ella un orden doctrinal que no viene bien a ninguna composición poética, y que riñe con los giros caprichosos y errabundos del ingenio de Horacio. Pero la doctrina está allí clara y patente, inflexible y severa como en un código, y reducida a versos de tono axiomático, con su sanción penal al canto, en forma de agudísimos dardos satíricos. Casi todos los preceptos de Horacio son aforismos que corresponden a leyes eternas del espíritu humano.
Cristóbal López señala, en la misma introducción referida antes, que el Arte poético:
No es un tratado sistemático de teoría y práctica de la poesía, sino un poema sobre poesía o, como algunos prefieren decir, sobre poética (es decir, metapoético o poetológico).
El traductor y filólogo mexicano Tarsicio Herrera Zapién, señala en el prólogo a su traducción (1984) del Arte poético, que Horacio precedió por casi veinte siglos los estudios semánticos:
Hay quien cree que la iluminación mutua de las palabras para conferirse nuevos matices es tan nueva como el arte óptico de nuestros días al cual se asemeja. Y no obstante, Horacio, un poeta de hace veinte siglos, ya declara que una palabra conocida puede renovarse gracias a una hábil unión.
Recalca Herrera Zapién:
Regresar al inicioA lo largo de su charla acerca de la poesía y sus problemas, Horacio reserva un considerable espacio para el problema del significado más o menos variable de las palabras. La evolución que éstas pueden sufrir en forma y significado y el origen y carácter de tal evolución son temas que no sólo interesan al lingüista. Por ejemplo, el primer problema ante el que Horacio se pronuncia es hoy día de gran actualidad.