LA AGONÍA DE "LA GARZA"
“La agonía de ‘La Garza’” fue publicado por primera vez en 1908 en la prensa cubana y luego incluido en Obras (Academia Nacional de Artes y Letras, Imprenta de A. Miranda, La Habana, 1916), compilación póstuma de la ficción y el ensayo de Jesús Castellanos. Está considerado el cuento más importante de su autor y el inicio de la narrativa de tema social del siglo XX en Cuba.
Vuelto a mi playa querida, pregunté por los míos. Mi playa es esa costa chata y riscosa que se duerme en línea temblona más allá del gran boquete de Cárdenas. Los míos son toda aquella población ruda y sincera: Lucio, el pescador de agujas; Josefa, la vieja tejedora de mallas; Anguila, el chico que preparaba la carnada; Pío el carbonero, Gaspar el brujo.
—¿Pío?… ¿Gaspar?… ¿Pero no sabe usted lo que les pasó?… ¡Pos si hasta los papeles hablaron de eso!…
Y en un ángulo del bodegón, entre dos tragos de aguardiente, me contaron el terrible episodio que huele a marisma, a vientre de monstruo, a carne atormentada. "En el nombre del Padre"… Perdonad que me persigne.
Fue el mismo Pío quien lo contó a algunos hombres de mar cuando su razón, como un ave desenjaulada, se escapaba ingrata de su cerebro. Aquel Pío no tenía más apellidos, tal vez ni recuerdos de padres, como si de aquellos manglares verdes hubiese brotado. Su edad acaso madura, por el tono amarillento de su barba arisca, parecía joven por la recia arquitectura de sus hombros. Vivía lejos de toda población, y frente al viento del norte que pasaba iracundo sobre aquella tierra muda y desolada, apilaba sus hornos de carbón, en espera de los arrieros que hasta allí se aventuraban de mes en mes. Cerca de su bohío, al canto de un gallo, otro carbonero, el negro Gaspar, apilaba también sus leños secos de mangles de hicacos, de peralejos retorcidos; y menos mal que en su choza reían las voces de la parienta y los dos chiquillos ayudándolos en la faena. Y más allá, el desierto, y en redor el silencio. Sobre el paisaje simple, donde muy alto a lo lejos azuleaban montañas como una promesa de salud, ascendían lentas las dos columnitas de humo y eran suaves, y eran trémulas; y eran humildes como plegarias aldeanas.
Era una época mala. Aquel mes no se oyeron cencerros por los uveros de la playa. En las tiendas lejanas, a donde llevaban Pío y Gaspar las alforjas alguna vez, oyeron hablar de crisis, de que la seca había empobrecido a todo el mundo. Tal vez. Y lo aceptaban como una cosa inexplicable, porque para ellos el aire se hacía oro más allá de aquellas montañas de esmalte. Vieron pasar iguales otros dos meses, mientras el mar comenzaba a mugir y a empeñacharse, recibiendo el otoño. Había que ir a Cárdenas, ¡qué remedio! "La Garza", la vieja balandra de Gaspar, herida en los costillares, haría el viaje, y en ella irían todos para que ningún hombre tuviera que esperar al retorno… Se remendó la vela; se calafateó con copal y espartillo. Los negritos enseñaban los dientes como pulpa de coco.
Aprovechando el terral que los empujaba hacia afuera, echaron toda la vela frente al sol que se desleía en púrpuras violetas. A proa, junto al palo, habían metido los treinta sacos de carbón; y en el centro se acurrucó Pío, con la negra y los chicos, mientras Gaspar, la escota a la mano, daba con su cabezota una mezcla esponjosa y negra a la arena ambarina de la playa. Eran aguas de estero, dóciles y sin ruido, y "La Garza", limpios los fondos por la prolongada carena, saltaba ágil, haciendo gemir el mástil flojo en la carlinga. La vela y el foque se ennegrecían sobre la tapicería oriental del horizonte, como las alas abiertas de un alcatraz errante.
Pero más allá del estero, guardado por la barra de los islotes muertos, como enormes cocodrilos, una línea blanca de espuma les esperaba. Las olas fueron haciéndose gruesas, pesadas, olas de almidón cosido, y "La Garza" adelantaba poco, casi reculando ante el instinto de un peligro. Al fin tomaron una pasa estrecha entre dos puntas mordidas por las espumas, de donde se levantaron graznando bandadas de gaviotas. Una ráfaga de aire salitroso les saludó brutalmente, y la chalupa crujió hincando la proa, en una tosca reverencia. La palpitación enorme del mar libre se dilataba hasta el horizonte, dando temblores de fiebre a los encajes de cada ola. De pronto se hizo calma, un minuto apenas; y ya fue un noroeste húmedo, desigual. Se hizo más difícil remontar el mar para entrar directamente en la gran bahía. Gaspar, recortando el trapo, comenzó a voltijear junto a la playa.
Verró la noche a mitad de aquellos esguinces. A lo lejos una luz arrasando con el agua comenzó a parpadear dando trazos geométricos a las olas cercanas. Era el faro de Bahía de Cádiz clavado del otro lado de la línea azul. Casi en el mismo instante una gaviota puso su mancha fugaz sobre el punto de luz.
—¡Jesús! —gritó la negra, santiguándose—: ¿Qué desgracia vendrá?
Los demás no hablaron. Gaspar miraba a las nubes. Pronto comenzaron las rachas duras que acometían bruscamente a la vela. Hubo que ponerle rizos. Mas no bastó; una ráfaga súbita abofeteó el trapo por la banda de babor.
—¡Larga la escota! —gritó Pío.
Pero la cuerda enredada en la cornamuza resistió un segundo, y allá fue rodando, infeliz, sin fueras, la vela con la gente y la carga. Por fortuna la escota rodó al fin y el mástil, chorreando agua, se irguió de nuevo. "La Garza", aullando por todas las viejas heridas, cojeando con el peso de los lingotes corridos a una banda, volvía a dar la cara al mar; pero los treinta sacos de carbón habían rodado al abismo negro. El mar, ávido y despótico, se había tragado en un sorbo el trabajo de tres meses miserables.
Pío soltó un juramento y Gaspar no pudo contener dos lagrimones, ante los ojos desbordados de los negritos, calados de agua.
—Vamos "pa atrás" —masculló imperiosamente, amarrando de nuevo la lona.
Por un momento creyeron haber perdido el rumbo en la negrura de la noche ya cerrada. Pero el faro les envió desde allá abajo un guiño protector. Tomaron el viento a un largo entre terribles bordadas que arrancaban gritos a la negra y a los negritos.
—¡A remo! ¡Vamos a remo!
La negra, hecha a tostarse en las solanas de la pesca, comenzó a temer a las sacudidas recientes. Pero Gaspar se obstinaba en aferrar la vela. Y he aquí que en uno de los golpes de viento un quejido agrio recorrió el palo y, doblándose por su base, se recostó sobre el agua con todo el peso de la vela. Y fue la decisiva. Una ola enorme favoreció la vuelta, y a poco, lentamente, en golpes compulsivos como las náuseas de un enfermo, fue girando el casco hasta poner al aire la quilla mojada, llena de mataduras. Braceando desesperados cinco cuerpos floraron en su torno hasta coronar la quilla, como inundados que esperan la muerte sobre el caballete de sus casas.
Y comenzó el capítulo dantesco. Al ruido del agua, al olor de la carne humana que se prodiga, un remolino pequeño se produjo allí cerca y, rasgando el moaré negro, asomó visible, siniestra, terrorífica, una espoleta cartilaginosa. Nadie chistó, pero por todos los poros brotó un sudor frío. El tiburón, más temible que los huracanes y los incendios, estaba allí, esperando… Y al primer remolino siguió otro, y otros, y en breve hubo un radio pequeño en que una tribu de monstruos, mantas, tiburones, rayas, se disputaba a dentelladas la presa futura, siguiendo las oscilaciones de una caja rota en medio del mar, adornada con cinco espectros a manera de cresta.
Sobre el bote volcado, todo era un mundo de temblores. El faro, inmutable e irónico, les saludaba mostrándoles todavía la energía del hombre, dominadora del mundo. Pero la familia de monstruos se impacientaba y sus feroces tumultos súbitos esparcían sobre las espumas un hedor acre. Acaso el hambre les dio ánimo y uno de los escualos, sacando su masa blancuzca sobre el agua, acometió un costado de la barca. Del grupo salió un aullido múltiple, y uno de los muchachos, desmadejado, se deslizó sin ruido de junto a su madre.
—¡José!… Condenao, ¿dónde estás? —gritó la negra.
Un ruido brusco de huida, y después un barboteo de agua, al otro lado, les contestó. Gaspar se incorporó convulso: una tintorera ágil como una anguila, saltaba sobre el muchacho: fue un clamor agudo como el de un cuerpo apuñalado… Las fauces chapotearon, las aletas chocaron…
Gaspar el negro perdió la razón en aquel minuto: salvaje, vuelto a su gallardo abolengo africano, se lanzó al agua puñal en mano, abrazando frenético un lomo pizarroso que le huía. Seis, ocho, diez tiburones engodados, codiciosos, se repartieron sus pedazos, poniendo un charco tibio y rojo en la gran masa de agua fría.
Los tres que quedaban eran tres idiotas. Habían asistido a la escena como en sueños, hipnotizados, sólo conscientes para prenderse a la quilla carcomida, enterrando las uñas en la madera. La noche siguió reinando sobre sus cabezas, y el viento, harto tal vez, empezó a amainar aquietando poco a poco el crepitar fúnebre de las olas.
Pasaron los minutos; tal vez fueron horas. Los tiburones, después de rozar muchas veces el casco hueco con tenaz avidez, fueron abandonando el ojeo. De pronto un ligero estremecimiento de la barca los sacó de su estupor; el muñón del mástil tocaba a fondo seguramente, una lucecita débil se encendió de cerca, tal vez a pocas brazas. ¡Salvados! Un egoísmo feroz, ese egoísmo desenfrenado de los náufragos, les hizo olvidar a los muertos.
—¡Auxilio! —demandaron a las sombras circundantes.
El negrito, con la bella inocencia de sus doce años, no dio tiempo a que lo pensaran, y probando primero con un leve manotazo en el agua si en verdad habían desaparecido los tiburones, se lanzó al agua hasta tocar la arena del fondo. Era la playa, sin duda: la vela subía hasta la superficie y el chico podía tenerse en pie y caminar hacia adelante. La negra trató de retenerlo en vano…
Pero pasaron los minutos y el chico, fundido entre las sombras, no contestó a los gritos de su madre.
—¡Yeyo… Yeyooo! —gemía llorosa.
—Espera —murmuró Pío—; él vuelve.
Los ojos de la negra no veían nada: sólo aquella luz, agujereando la noche como para abrir una salida a su desesperación, la fascinaba. Torpe y lenta, dejó ir, balbuceando lamentaciones como un niño, su grasa hacia el agua, irguiendo en balance súbito la proa donde Pío se acurrucaba; el agua dormida le abrió paso… Y debió recibirla con amor, porque a poco sus respuestas fueron débiles; y luego nada; luego sólo la noche callada y el quejido doliente de la barca vieja.
Pío, el carbonero, pudo ver crudamente toda su situación de abandono. A corta distancia tal vez había una tierra donde todos dormían sosegados, seguros de su suelo y de su techo; no muy lejos tampoco surcaban el mar enormes trasatlánticos punteados de luces, atestados de gente feliz, de marinos que formaban su porvenir y ricachones que se hacían el amor sobre los mimbres de popa. Los talleres hervirían aún palpitando de fuerza, y en los lupanares correría sin freno la orgía. Sólo él, en medio de la humana cadena que se deseaba y se apoyaba, en mutuo esfuerzo, era el eslabón perdido que a nadie hacía falta. Y de ningún puerto saldría a buscarlo una barca de salvamento. Levantando el puño en alto lanzó una imprecación a las estrellas, testigos irónicos de su agonía, y en el cerebro le iba penetrando algo negro como tinta.
—¡Acabemos! —se dijo, arrojándose al mar de frente a aquella luz que parecía alumbrar la ruta de la muerte. De repente le faltó el terreno.
—¡Aquí es! —murmuró—. ¡Mi madre!…
Pero pudo rehacerse y ganar su posición anterior. Un corte de la roca submarina, a ángulo recto, cerraba allí la tierra alfombrada de arena en que habían varado. Junto al cantil resbalaba violenta y terrible una corriente profunda, que no habían podido vencer seguramente la negra y su hijo.
De pie en el borde escarpado, sin avanzar ni retroceder, sin vestigios de casco destrozado, se estuvo allí el náufrago hasta el alba, sonriente como una querida largamente esperada. La marea, subiendo poco a poco, le hizo muchas veces cerrar los ojos y rezar un Padrenuestro para morir. Y hubo unos minutos en que ahogándose tuvo que levantar la barca para que sobrenadase la cara como una medusa flotadora…
A la madrugada lo recogieron los obreros de una draga que trabajaba frente a la bahía, a muchas millas de la ciudad. Después apagaron tranquilamente la luz de una lámpara de señales, de una lámpara que tuvo aquella noche un gran papel y fue homicida sin saberlo.
Cuando pudo hablar Pío y contar este relato, se vio que lo mezclaba con palabras incoherentes. A los pocos días hubo que ponerlo en observación.
Claves de lectura
Jesús Castellanos Villageliú (1879-1912), abogado, escritor y artista visual, vivió solo 33 años, pero legó a la literatura cubana y universal una vasta obra ensayística y narrativa, entre la que destaca "La agonía de 'La Garza'", relato que inauguró los caminos que recorrieron en el siglo XX las letras de la isla. En su artículo El caso Jesús Castellanos (2023), el ensayista cubano Enrique del Risco considera considera que este autor:
"Más que un escritor es un caso. O varios juntos: a) el del escritor brillante que muere justo cuando más se esperaba de él, a la desconsoladora edad de 33 años; b) el de ser, pese a su brillantez, el más desconocido de sus contemporáneos cubanos; c) el de aparecer asociado a un grupo de escritores –la llamada 'primera generación republicana' a la que pertenecen Carlos Loveira (1882-1928), Miguel de Carrión (1875-1929) y, estirando un poco la denominación, José Antonio Ramos (1885-1946)– tan distante en apariencia de nuestras preocupaciones e intereses y, sin embargo, tan tremendamente vigente."
En el libro Historia de la literatura cubana (Editorial Minerva, La Habana, 1954) el ensayista y profesor Salvador Bueno subraya la trascendencia de Castellanos para la literatura cubana:
"Leyendo sus cuentos notamos sus vinculaciones con Maupassant, Anatole France y Eça de Queiroz. Jesús Castellanos es el primer narrador cubano que se libra del realismo español decimonónico".
En el libro Bosquejo histórico de las letras cubanas (Ministerio de Relaciones Exteriores, Departamento de Asuntos Culturales, La Habana, 1960) el catedrático José Antonio Portuondo insistió en que Castellanos:
"Fue el primero en advertir la rica cantera de motivos literarios que ofrece el vivir de los humildes, iniciando con ello, en su temática, el desarrollo de los períodos siguientes del proceso del cuento en Cuba".
A propósito de esta argumentación, el investigador Jorge Fornet señala en el prólogo de la antología Cuento cubano del siglo XX (Fondo de Cultura Económica, México, 2002), que "La agonía de 'La Garza'":
"Convierte en metáfora la frustración, la depauperación y la pérdida del rumbo que alegorizaba su predecesor ['El ciervo encantado']. Más allá de la anécdota, el cuento inicia o explora caminos claves en la literatura posterior. Con él se abre toda una vertiente de narraciones que desde entonces hasta los cuentos de balseros de los noventa, pasando por 'Aletas de tiburón', de Enrique Serpa, 'El caso de William Smith', de Carlos Montenegro y las novelas 'cubanas' de Hemingway, convirtieron al mar en un personaje más. El relato se inscribe en una línea que haría fortuna en la cuentística nacional: el cuento de tema social que, con mayor o menor éxito, seguirían autores como Luis Felipe Rodríguez, Serpa y el maestro de esa tendencia, Onelio Jorge Cardoso. Aquellos dos primeros cuentos, 'El ciervo encantado' y 'La agonía de La Garza', resultan pioneros, por consiguiente, de los dos senderos más definidos del cuento cubano durante décadas: el fantástico, anunciado por el primero, y el de tema social del segundo."
En su artículo "Jesús Castellanos y sus alegorías narrativas", publicado en 2009 en la revista Rinconete, alojada en el portal académico Centro Virtual Cervantes, el crítico cubano Luis Rafael apunta que:
"Castellanos aprovecha sus conocimientos pictóricos y vocación plástica para aportar a sus obras descripciones de gran precisión y frescura, valiosas para la elaboración de atmósferas y situaciones que enriquecen su prosa y aportan realismo a sus escenas. Si bien se ocupó de temáticas costumbristas, logra trascender el marco nacional con historias de fuerte dramatismo y valores imperecederos. Su antológico relato 'La agonía de La Garza', a pesar de presentar una estructura sencilla, es considerado con razón como el mejor de sus cuentos por el acertado desarrollo del conflicto, la intensidad del argumento y su trascendencia."
Desde la perspectiva de los estudios de racialidad cubana, los investigadores Jorge Castellanos & Isabel Castellanos, apuntan en "El negro en el cuento cubano", capítulo 2 del tomo cuatro del volumen Cultura Afrocubana (Ediciones Universal, Miami, 1994):
Regresar al inicio"No faltan entre los cuentos cubanos aquellos que parecen tener como único propósito el relatar una aventura real, pero que por su tono y estructura, cobran también dimensión simbólica. Un ejemplo: 'La agonía de La Garza' de Jesús Castellanos. Su argumento se refiere al desastre que sufren los miembros de una familia negra al transportar al puerto de Cárdenas el carbón vegetal que habían fabricado en un cayo adyacente a la costa norte de la Isla. 'La Garza', la vieja balandra que hacía el viaje, es abatida por los vientos y las olas. Zozobra. Todos los pasajeros, menos uno llamado Pío, son devorados por feroces tiburones. La propia fuerza del suceso, aislado por la atención del autor y concentrado en la forma resumida del cuento, permite considerarlo como una referencia simbólica a la situación del negro cubano, que por la época en que se escribió 'La Garza' (en la primera década de la República) sufría, en verdadera agonía, un vendaval de persecuciones, que iban a conducir a la Guerra Racial de 1912."