Aventura | El Holandés Errante y otros extravíos

"Entramos a la península al atardecer, luego de un viaje de seis horas, haciendo estancia de una noche en La Bajada".

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La tormenta se avecina a la playa. | Imagen: Cortesía del autor

Todo parece indicar que durante el viaje al Turquino había experimentado más de lo que estaba en condiciones de procesar. Demasiada luz para muy poco receptor. Debe ser algo así como el mundo al que se enfrentan los niños, desprovistos de las herramientas adecuadas para encarar la realidad dura y pura. Estaba harto de regaños y sermones por dondequiera que pasaba. En el Gabinete de Restauración de Pintura no encajaba con los modales de sus parsimoniosos especialistas, sectaria y melindrosamente engarzados con su oficio. Catapultado a la revista Bohemia como ilustrador, parecía cumplir una cadena perpetua. La publicación salía mensualmente, pero casi no tenía contenido de trabajo, y mi tarjetón de asistencia estaba repleto de marcas rojas, que alguien, sin mucho oficio y más paciencia que la mía, se esmeraba en trazar a mano. No soportaba estar mucho tiempo bajo techo. Parecía tener luzbrillante en las venas. Entrado el nuevo milenio, mis riñones no pensaban igual. Tenía en mi haber un divorcio, un hogar abandonado, abundante consumo de cualquier tipo de psicotrópicos, y otras lindezas por el estilo. Cierta mutación operó en mí una constante zozobra, y tal vez por ello no me estaba quieto, ni física, ni mentalmente. Había lanzado una orden de búsqueda y captura de mí mismo. En cada esquina del cuerpo tenía un póster que anunciaba: “WANTED”, acompañando la foto cada vez más desleída del que había sido hace apenas un siglo.

Por aquel entonces conocí a José Luis Ponce de León, recién graduado de la Facultad de Biología en la Universidad de La Habana. La especialidad de José eran los peces de agua dulce, pero a menudo hablaba de sus viajes a Guanahacabibes para monitorear tortugas marinas. En verdad no tenía que darme mucha cuerda. Con su primer relato fue suficiente para enrolarme como voluntario de la campaña conservacionista de 2001 en aquel remoto paraje. En la Universidad me tomaron algunos datos y me concedieron fecha de viaje para el primero de junio. La campaña duraba seis meses, pero, por razones logísticas y de sobrevivencia, estaba dividida en 15 días para cada grupo. Unas horas antes de salir de La Habana nos dieron un cursillo instantáneo en el Centro de Investigaciones Marinas. Información básica para la identificación de tortugas, procedimientos para el conteo de huevos durante el desove y de neonatos al eclosionar, y marcaje con presillas para la identificación de los ejemplares, entre otros pormenores, estaban en el menú de instrucciones.

Sin excepción, no conocía a nadie del grupo con antelación a veinticuatro horas.   

Entramos a la península al atardecer, luego de un viaje de seis horas, haciendo estancia de una noche en La Bajada, un asentamiento desde donde se ramifica la carretera hacia los cabos de Corrientes, al sur, y San Antonio, al oeste. En La Bajada existe un enorme radar meteorológico de arquitectura futurista que contrasta con el humilde caserío. A pesar de estar un poco destartalado, parecía una estación espacial aterrizada en un villorrio medieval. Por esos días estaban en sus instalaciones los miembros de un equipo de filmación del Ministerio de Turismo. Aguardaban ansiosos nuestra comitiva a la caza de muchachitas con “buen cuerpo” que supieran nadar bien. Tuvieran la configuración que fuera, y más bien arrastradas por su ego, al casting se presentaron casi todas las estudiantes de la brigada. Sólo seleccionaron a cuatro.

A la mañana siguiente fui a ver un atractivo local en la costa. Se trataba de un ojo de agua que tiene la peculiaridad de aflorar bajo el mar, en una zona poco profunda, desde donde se aprecia el agujero por el que brota con fuerza la corriente freática. Cuando regresé me esperaban para seguir camino. Casi todos, en su mayoría jóvenes estudiantes, estaban a bordo de la vieja School Bus en la que partimos desde La Habana. Sin excepción, no conocía a nadie del grupo con antelación a veinticuatro horas.   

Tras pasar una barrera vehicular, donde verificaron la identificación de cada uno y el contenido de las cajas de abastecimiento, adocenadas en la barriga y los apretados pasillos de la guagua, entramos en la porción occidental de la Reserva de la Biosfera, y Parque Nacional, Península de Guanahacabibes. El terraplén recorría todo el litoral sur desde La Bajada hasta el confín de Cuba. A los pocos minutos de adentrarnos en la reserva, mientras avanzábamos por aquel disparate ecológico que transitaba una de las zonas biogeográficas más vulnerables de la península, pues muchas especies tienen sistemáticos corredores naturales entre la costa y el interior, cundió el desconcierto. Parecía que el ómnibus pasaba sobre un gran vertedero de botellas plásticas, cuando en realidad aplastaba una gigantesca migración de cangrejos que iban a desovar a la playa. Quedamos espantados por el atroz evento, mientras nos calmaban explicando que semejante éxodo puede durar varios días. ¿Era esta la misión científica en la que me había enrolado? ¡Cojones, qué horror!

Despacharon a los diferentes grupos en varias playas con potencial de desove para las tortugas, de este a oeste, hasta que llegó el turno de mi cuarteta. En la Playa del Holandés, al pie de la carretera, nos esperaban Hierro, que fungía como responsable de campamento, y sus colegas. Avanzamos los cincuenta metros que hay desde el terraplén hasta la playa. A un lado del camino había un tanque de fibrocem de 1000 litros, el único abasto de agua potable con el que contaríamos. Al ver nuestra barraca, un varentierra de horcones y pencas de palmeras a dos aguas, supe el grado de improvisación al que nos enfrentaríamos. Mientras aguardaban el retorno del transporte, los muchachos nos explicaron los pormenores de sobrevivencia sobre el terreno.

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Panorámica de El Holandés desde los acantilados. | Imagen: Cortesía del autor

Los despedimos con un candor inversamente reflejado en sus risas y muecas burlonas, asomados a la ventanilla posterior de la guagua que se alejaba dando tumbos por el maltrecho sendero. Por ese mismo terraplén no volvería a pasar otro vehículo, exceptuando el tractor que abastecía de agua, hasta cuatro días después. Mickey sería el reemplazo de Hierro como jefe de campamento. Era un muchacho bajito, menudo, y el pelo a medio crecer lo hacía ver más cabezón de lo que ya era. Carmen, una muchacha de complexión robusta, de mediana estatura, avispada y muy conversadora, enseguida estableció comunicación conmigo. No creo que lo hiciera porque tuviésemos una evidente empatía, sino como compulsión de su naturaleza extrovertida. De la otra muchacha no recuerdo el nombre, aunque pudiera ser Violeta, o Rebeca, digo yo. Taciturna, de andar pausado, figuraba como la antítesis de Carmen. Juntos convivimos quince días muy, pero muy, rigurosos.

El primer anochecer fue el infierno en la tierra. Sobre las seis o siete de la tarde, embriagados con la frescura de nuestra sangre, emergió una marea de mosquitos. El rumor sordo y persistente del enjambre se escuchaba muy fuerte en el aire. Corrimos rápido a vestirnos. Nos echamos repelente en las manos y la cara para evitar las picadas. Lejos de ahuyentarlos, parecía que el líquido actuaba como un aperitivo. Tal era la cuantía de aquel torbellino, que resoplábamos a intervalos para expulsar las decenas de intrusos que nos entraban por la nariz. Era demasiado tarde para encender la hoguera, primer requisito de seguridad que debíamos respetar. Los quelonios salen a desovar en la noche y cualquier anomalía, como la luz del fuego, los haría desistir de su propósito. Abrimos algunas conservas y las untamos sobre galletas y tostadas. La reserva de comida parecía insuficiente y pobre proteicamente para cuatro personas en las extremas condiciones que debíamos afrontar. Avanzada la noche, los mosquitos ganaron por contraste el estatus de ángeles, en comparación con la terrible pesadilla epidérmico-sensorial que representaban los jejenes. El ardor y erizamiento, la crispación y agónica desesperación, nos hacía correr a orillas de la playa, maldiciendo y dando alaridos bajo la noche.

Todo el espectro horario estaba cubierto de exasperantes molestias vivientes, sin contemplar el implacable sol y la saturación salina del ambiente.

Otro bicho contundente de la entomofauna local, de hábitos diurnos, es el tábano, el Emperador de las Dentelladas. Se trata de un moscardón de proporciones descomunales, que en la naturaleza está capacitado para penetrar los peludos y gruesos cueros de otros mamíferos. Su vuelo es torpe y se avisan con bastante facilidad, pero si logran burlar la vigilancia, la comezón que deja su picada persiste varias horas o días, pudiendo infectarse con facilidad, y nuestro botiquín no era para nada representativo. Todo el espectro horario estaba cubierto de exasperantes molestias vivientes, sin contemplar el implacable sol y la saturación salina del ambiente. Quien lograra rebasar los primeros cinco días en este círculo del infierno, tendría garantizada su permanencia durante una quincena. Entonces, para el quinto amanecer, nuestra apariencia era la de cuatro náufragos en bajo perfil, con la piel curtida por las inclemencias y unas ojeras espantosas.  

Al segundo día recibimos la visita de dos voluntarios de una playa vecina. Uno de ellos traía un imponente ejemplar de iguana doblado sobre el cuello. El reptil era un macho con la cresta dorsal bien definida, de poco más de un metro. Lo habían matado de una pedrada en la cabeza. Tuve unas palabras fuertes con ellos, pero no parecieron inmutarse demasiado. El cazador, perfectamente distinguible en el grupo desde que salimos de La Habana, tenía una apariencia neandertalense, con la frente escurridiza y estrecha, pronunciados arcos superciliares, un acentuado prognatismo del maxilar inferior, y una dentadura muy grande. Insistieron en que lo cocináramos para el almuerzo, pero lo enterramos en la arena delante de ellos. Este mundo estaba muy jodido si eran estos los aprendices de biología que venían a salvar el planeta.

No hablé mucho más en su presencia, y se largaron al rato. Al final de la tarde llegaron dos hombres acarreando un tanque de hierro tirado por un tractor. Abastecerse de agua en este contexto era la prioridad número uno. Limpiamos nuestro depósito con todo el esmero del mundo. Estaba lleno de mierda de jutías que abrevaban durante la noche por el borde roto de la tapa. El agua que nos traían salía herrumbrosa de la pipa porque ya estaba bombeando la del fondo, llenando nuestra reserva a ¼ de su capacidad, de modo que sólo había líquido suficiente para beber y cocinar. Roberto y Pedro, así se llamaban los aguadores, eran muy locuaces y pronto nos hicimos amigos. Con ellos me involucré para ir a la semana siguiente a Bolondrón, la ruina de una antigua localidad dedicada a la explotación forestal y carbonera.

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Restos del naufragio en La Barca. | Imagen: Cortesía del autor

Pendientes de agua para el aseo, e instados por los distribuidores, Mickey y yo fuimos antes que cayera la noche en busca de agua dulce acumulada en una pequeña caverna. Un buey de magnitudes mitológicas, con cuernos que parecían los brazos abiertos de un portero de futbol, se interpuso en el sendero. Hicimos toda clase de piruetas, sustraídas tal vez de nuestro acervo ibérico, pero la tauromaquia no se nos evidenció en ningún momento. Cada maniobra surtía peor efecto que la anterior. Cuando la bestia logró distraerse, casi media hora después, llegamos hasta la gruta. Allí había un charquito pestilente repleto de larvas, mosquitos, y muchas cagadas de jutías. A la mañana siguiente, recordando las instrucciones de los aguadores, dimos con otra espelunca que tenía más posibilidades de contener agua, la Cueva de la Barca, bastante grande en su salón principal.

Como hacía meses no llovía, el agua depositada se reducía a unos cuantos fangueros con abundantes huellas de puercos jíbaros. Había rastros de animales por doquier, pero eran muy escurridizos para verlos a plena luz del día. La población autóctona de mamíferos terrestres es exigua en diversidad, apenas tres especies de jutías y un tanto mayor de murciélagos. El resto, nada despreciable, son animales domésticos que se volvieron a la vida salvaje tras la colonización; además del venado americano (Odocoileus virginianus), introducido desde EE.UU. y México en el siglo XIX para el ejercicio de la caza.

Salvo esas breves incursiones de un par de kilómetros, pues nos recomendaron no dejar a las mujeres solas en aquellas playas plagadas de espíritus piráticos, Mickey y yo no volvimos a andar juntos más allá de los límites visuales de nuestra zona. A veces invitaba a una de las muchachas a mis excursiones, pero siempre se rehusaban. Yo sería unos diez años mayor que cualquiera de los tres. Hasta cierto punto me sentía responsable, pero ellos prescindían de mí sin ningún traumatismo emocional. Con la fotocopia de un mapa comencé a fraguar los itinerarios que traía en mente para los recorridos por la península. Su geografía está definida por una extensión calcárea muy llana, de 102 km de largo, con acantilados alternados por playas en la costa sur, y litorales bajos y cenagosos en la norte; lo que determina la naturaleza de su vegetación, más abundante y frondosa hacia el límite septentrional, y raquítica en el meridional. Es rica en invertebrados, reptiles y aves.

Los animales del mar rebosan de especies, y su abundancia es directamente proporcional a la poca explotación pesquera.

Los animales del mar rebosan de especies, y su abundancia es directamente proporcional a la poca explotación pesquera. La Playa del Holandés está al abrigo de la punta de igual nombre, topónimo legado de los remotos tiempos del corso y la piratería, cuando estas tierras eran zona franca para el bandolerismo mercantil. Es la playa más extensa de las muchas que existen, y se caracteriza por un largo arrecife coralino paralelo a la costa, a unos 60 metros de la orilla. La alberca natural que se crea en ese espacio intermedio es envidiable para el buceo. Lástima que las fuertísimas corrientes marinas amontonen en la playa cualquier tipo de desechos con un mínimo de flotabilidad. Los residuos sintéticos, desde calzados, peines, sogas, muebles, o lo que se le antoje a cualquiera imaginar, cubren las dunas más altas de la línea costera.

Un día, después del desayuno, enrumbé unos 6 km al este, hasta Playa la Barca. En sus márgenes quedan numerosos restos de un naufragio. Esparcidos por toda la costa, incluidos algunos fragmentos dentro del mar, las secciones del buque recordaban la enorme osamenta de un animal antediluviano. Pero lo que me puso codicioso fue encontrar una gigantesca canoa, de las que utilizan los aborígenes sudamericanos, labrada de una sola pieza en el tronco de un árbol. Pensé en el drama humano de aquel hallazgo. Cualquiera sabe en qué tempestuosas circunstancias llegó aquí, y si murieron sus tripulantes, o simplemente se zafaron las amarras que la ataban a exóticas tierras. En cualquier caso, me representé convenciendo a la brigada para subirla a cuestas del School bus y llevárnosla. Años después supe que había sido trasladada para el Museo de Historia Natural de Pinar del Río.

Canoa aborigen
Canoa aborigen en La Barca | Imagen: Cortesía del autor

A la salida de La Habana, unos minutos antes de abordar la guagua, pasé por casa de un socio para que me prestara una cámara fotográfica. Me dio una, vieja y polvorienta, que conservaba con carácter ornamental. Era una Vilia rusa de los años setenta. En los bajos del cine Riviera compré un carrete de 36 exposiciones a color y lo monté cuando viajábamos. Mientras enfocaba unas terrazas marinas en los acantilados de La Barca, apareció en el visor la imagen de un pirata náufrago. Bajé la cámara rápidamente y traté de corroborarlo con mis propios ojos. Parecía una alucinación, pues no lo vi a simple vista. Me subí sobre la estructura oxidada del barco, y allí apareció nuevamente la figura del hombre. Toda la población civil de la península había sido reconcentrada a las afueras del Cabo de San Antonio, en La Bajada u otros asentamientos, y sólo quedaban residiendo temporalmente personas que cumplían funciones específicas en esta zona estratégica. Hacía días que no veía a nadie que no fueran mis compañeros. La situación me recordó una litografía de La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. A más de doscientos años en el tiempo le hice señas al desaliñado pirata, y levantó la mano con desgano. El viejo dijo llamarse José Miguel, pero le decían Tulipio. Era camagüeyano y llevaba décadas buscando un tesoro enterrado. Él y toda su indumentaria estaban mimetizadas con los arrecifes. Parecía una escultura viviente labrada en la roca. Mis colegas no parpadearon con lo que les conté, creo que ni me miraron. Jugaban a las cartas cuando llegué al atardecer.

Caminé varios kilómetros hasta encontrar un tractor con una carreta rústica. Sus ocupantes me interceptaron.

Estando a 15, 5 km del faro de Roncali, el mismísimo extremo occidental de Cuba, era un vergonzoso desperdicio no darse un salto hasta allí. Salí una mañana al terraplén y eché a andar. El sol estaba pingúo y castigaba con ensañamiento. Caminé varios kilómetros hasta encontrar un tractor con una carreta rústica. Sus ocupantes me interceptaron. Eran miembros locales de una brigada guarda fronteras. Luego de identificarme me invitaron a almorzar. Habían cocinado allí mismo, de sus reservas asignadas para el patrullaje, unas voluminosas ruedas de barracuda, arroz y boniato. Experimenté un shock proteico después de tantos días a golpe de confituras y enlatados. Sudaba a borbotones y sentía calambre en la coronilla. Mis anfitriones se percataron del aprieto digestivo por el que pasaba y gastaron bromas a expensas de mi falta de caldero. Al rato pasó un carro cisterna que llevaba combustible a Roncali. Mi suerte no podía ser mejor. Por el camino, una familia de venados cruzó vertiginosa y elegantemente el terraplén a pocos metros del camión.

Estiré los pies como si de ello dependiera el mecanismo de frenado. Parecía que los íbamos a atropellar, pero el chofer no se inmutó, estaba acostumbrado. Casi 1 km más adelante, tuvimos que detenernos para espantar un cocodrilo acutus. Atravesado en el terraplén, del cual ocupaba casi la mitad, su vocación de alfombra parecía irreductible. El chofer se apeó y lo espantó con una vara muy larga, provocando en el reptil un giro tan veloz y liviano, que en nada acompañaba su corpulencia. El chofer echó a correr hasta el camión, pero el saurio había huido en sentido contrario hacia la selva. En Caleta del Piojo, una playa en la que había una Estación multipropósito, con planta eléctrica y otras comodidades, bajamos para saludar a los guardabosques y estudiantes voluntarios que tuvieron la fortuna de ser asignados a ese lugar. Nos brindaron café y encendí uno de los últimos tabacos que me quedaban. Ver aparecer la torre del faro me llenó de un júbilo incomprensible para el camionero. Le agradecí y bajé directo a la torre. Estaba cerrada. Un recluta me dijo que el torrero no andaba lejos y decidí esperarlo.

Llegué entonces hasta la orilla. Miré hacia el Golfo de México. Estaba en la cola de Cuba. Luego di unos pasos de reconocimiento por el pequeño asentamiento, básicamente ocupado por una unidad militar, y me acerqué a una casa equipada en su exterior con los rudimentos de una estación meteorológica. Conversé con la mujer del que atendía los cuatro tarecos que allí habían. Vivían temporalmente en ese lugar, alternando anualmente con otra familia. Después de varias vueltas infructuosas por la base del faro, el chofer había descargado la pipa y sonó el claxon para saber si quería regresar con él. Me cagué veinte veces en el tipo que encendía y apagaba la mecha del candil, pero no podía perder la oportunidad de regresar ese mismo día. Justo desde que llegamos a Roncali, había empezado una migración de mariposas hacia el este, primero unas pocas, pero después fueron miles. Desde el camino podían verse bordeando toda la costa. Era un espectáculo impresionante.

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La tormenta se avecina a la playa. | Imagen: Cortesía del autor

De regreso le comenté al camionero que mi reserva de tabacos había disminuido considerablemente. Me sugirió seguir hasta La Bajada y comprarlos en la bodega del pueblo, y, si me cogía muy tarde, podía pernoctar en la estación del radar. Estaba preocupado por mis compañeros, no quería alarmarlos, pero seguí de largo hasta allá. Cuando pagaba las brevas, los vecinos que estaban en las afueras del ranchón armaron una algarabía y me avisaron de un carro que iba para “adentro”. Todos le gritaron al chofer: “Oye, pérate ahí, que hay un estudiante que va pa´llá”. Salí a la carrera, agradeciendo a todos, y me monté en la cama del camión. Las mariposas estaban por doquier. No daba crédito a tanta fortuna. En apenas media jornada había recorrido la península de ida y vuelta como si tal cosa. Llevaba a San Cristóbal en hombros, como mismo él llevaba al niño Jesús. Por primera vez en una semana, contemplé en las caras de mis camaradas algo parecido a la preocupación. Les conté lo vivido y comimos en la penumbra del anochecer, mientras las últimas mariposas pasaban de largo.

Los aguadores cumplieron con su promesa de una semana atrás. El camino a Bolondrón fue largo y accidentado. Poco a poco, la tupida vegetación se había tragado lo que había sido una carretera. Roberto y Pedro habían desenganchado el remolque para hacer el viaje sin dificultades. Íbamos encaramados en la cabina, echándonos hacia un lado u otro cuando las ramas y lianas estaban a punto de azotarnos. Llegar al fantasma del pueblo embargaba a cualquiera de sobrecogimiento. Todavía se adivinaba el trazado de las calles, los cimientos y pisos de las casas, algunas columnas y horcones, y el pórtico de la capilla del pueblo, todo cubierto por la vegetación. Este asentamiento vivió durante siglos de la explotación forestal y carbonera. Todos fueron sacados hacia afuera cuando convirtieron la península en reserva ecológica para su presumible explotación turística. Los aguadores iban a esa Estación, constituida por dos o tres ranchones y sus dependencias, a canjear víveres por miel y carbón con dos trabajadores forestales que se alternaban mensualmente con otra pareja en el cuidado de las colmenas.

También estaba Raúl, el carbonero, un viejo que se gastaba todo el dinero de un esforzado año de trabajo en alcohol casero. Antes lo hacía para mantener a la familia, pero, durante una de sus dilatadas ausencias, la mujer lo dejó por un opulento camionero de Guane. Estaba acostado en una cama mugrienta, a cuya vera reposaba un bidón con veinticinco litros de alcohol. Desde un orificio en la tapa salía una manguera directamente hasta su boca, a guisa de pajilla. “El Zunzuncito”, lo apodaron los colmeneros por su incesante actividad libatoria. Raúl se incorporó, fue hasta la cocina, y su hospitalidad se desbordó en un “boniatillo”. El manjar no era otra cosa que trozos de boniatos sancochados con azúcar prieta esparcida encima. De las treinta y dos piezas dentales que posee la cavidad bucal humana, a Raúl le faltaban cincuenta y cuatro. Toda la estancia rezumaba un olor rancio, y la vajilla y cubertería que usaba no eran precisamente las de Versalles. Luego de ingerir penosamente aquella “delicia”, fui “premiado” con el amargo trago de una degustación etílica.

Luego de ingerir penosamente aquella “delicia”, fui “premiado” con el amargo trago de una degustación etílica.

No hubo un solo día en que despreciáramos la actividad natatoria en las someras aguas del Holandés, resguardadas de peces depredadores por el arrecife de coral. Pero siempre sentí curiosidad por una brecha en la barrera, y un día fui a husmear hasta allí. Era el único lugar desde donde se podía acceder al océano. Con snorkel y careta llegué al boquete que separaba las calmas aguas del interior de las del mar abierto. La agitación de la corriente era muy fuerte. Vi peces enormes, hermosos, hasta que me tropecé con el que no quería, una barracuda de casi dos metros de largo. En medio de la parálisis, recordé instantáneamente las lejanas palabras de José cuando me advertía no ir muy lejos de la orilla. Atraída por el reflejo de la luz en la careta, el animal se me colocó de frente con su temible colmillo de unos 15 cm. En esas circunstancias desaparece cualquier acto racional. Todo se reduce al instinto más primario del que estemos dotados. Estaba luchando con la corriente, que me vapuleaba de un lado para otro, en la difícil tarea de no hacer movimientos muy bruscos, pero nunca la perdí de vista. Logré adentrarme en la alberca con la esperanza de que los bajos fondos disuadieran al carnicero, pero eso no sucedió tan rápidamente. Ya los corales y rocas me tenían rasguñada la espalda, cuando el animal comenzó a alejarse, volviéndose de lado. Sólo entonces pude apreciar su verdadera longitud. Desde ahí hasta los veinte metros que me separaban de la orilla, nunca en mi vida había nadado con tal desesperación y pánico. La corriente me arrastró mucho hacia el oeste, fuera de los límites de la playa, de modo que tuve que regresar al campamento escalando los 11 metros de farallones donde rompían las olas, y casi mi cabeza, y caminar cincuenta más, descalzo, sobre las filosas rocas del “diente de perro” costero.  

Al día siguiente le hice el cuento a Erick, un muchacho natural de Guanahacabibes. Su familia fue de las poquísimas que permaneció residiendo dentro de la reserva, que por alguna razón sería, siempre estratégica. Años atrás, cuando comenzaron las campañas de anidación de tortugas, se sintió atraído por las actividades de investigación, y fue reclutado para estudiar Biología en la Universidad de La Habana. Había viajado esta vez como parte de la Brigada, y apoyaba a los voluntarios de diferentes campamentos con sus conocimientos de la zona. Como mis camaradas no parecían motivarse demasiado con mis historias, ese día no me cansé de hablar con él, y le relaté el aprieto que pasé con la barracuda. Me comentó que son muy curiosas, pero que rara vez atacan a los humanos. Los demás no hablaron mucho hasta ese momento, sólo le dijeron que estábamos pasando un hambre de tres pares de cojones. “Ustedes lo que están comiendo es tremenda pinga”, respondió. Señalando a una gigantesca tubería de hierro oxidado, sumergida en ángulo recto a la línea de costa, hasta unos treinta metros en el interior de la alberca, dijo: “Dentro de ese tubo está la mayor reserva de langostas de todo esto por aquí”. Se quitó la ropa, hizo un bichero de alambrón, de los que usábamos como parrilla para la cocina, y nos invitó a seguirlo.

Con un saco de nylon y una de las tantas boyas que había recalado en la orilla, Mickey y yo fuimos con él hasta donde comenzaba el extremo proximal del tubo. Se trataba de un conducto que dejaron abandonado durante unas obras de canalización. Tenía unos 70 cm de diámetro y 25 o 30 metros de largo. De tanto tiempo sumergido, varias partes de su superficie se habían corroído, dejando grandes aberturas de bordes filosos, por algunas de las cuales cabía hasta el ancho del torso. Estaba hundido a una profundidad de unos dos metros, dependiendo de la altura de la marea. Erick nos ordenó golpear en su superficie con grandes piedras, que de paso nos servían de lastre, desde la dirección de la orilla hacia la barrera de coral. Así lo hicimos, y pronto escuchamos el garrapateo de las langostas avanzando en tropel por su interior. Apostado en las aberturas, Erick las iba enganchando con el bichero. Fui a ayudarlo, cogiendo a los gigantescos crustáceos por la cola para meterlos en el saco. Era tal el volumen de la captura, que la bolla se hundió rápidamente. Nunca había visto bichos así tan grandes, salvo el que estaba taxidermiado en el Museo de Historia Natural de La Habana, pero jamás servido a la mesa. Erick le arrancaba las colas con destreza, tirando el resto del cuerpo bien lejos hacia los matorrales costeros. Buscamos agua del tanque y metimos la mayor cantidad de piezas en el caldero más grande, y las restantes en otro más pequeño. Aquello parecía un aquelarre, todos aportando leña al fuego, salivando, locos de contentos. Las servimos con mayonesa, y comimos como si el Armagedón estuviera al doblar del acantilado. El cuerpo lo agradeció.

Aquello parecía un aquelarre, todos aportando leña al fuego, salivando, locos de contentos.

En este punto del universo cualquier pendejada se convertía en un evento. No tenían que estallar una supernova ni colisionar dos galaxias: una nube con forma de rinoceronte, un cangrejo con cuatro tenazas, o un cambio de brisa, eran suficientes. En una ocasión llegó hasta el campamento un hombre en una vieja camioneta tipo jeep. Se bajó y empezó a hablar con nosotros de cualquier tontería. Autorizado debía estar para entrar hasta aquí, así que nos sentimos más tranquilos. Luego dijo que trabajaba en el radar de La Bajada. Miraba su reloj cada tres minutos, y se fumó media cajetilla de cigarro en lo que estuvo allí. Al rato apareció en la playa un pescador submarino, luego otro, y finalmente dos más. Cada uno traía una sarta de pescados que darían para llenar un acuario. El chofer suspiró relajado. Me comentó que había dejado a los hombres varios kilómetros hacia el este. Quedaron en verse aquí. Esa montaña de animales seguramente la venderían a los paladares para turistas que había en Cayuco, Guane, o incluso hasta en Pinar del Río, pero eso nunca me lo hubiese dicho. La corriente marina del Caribe traía muchos peces hasta aquí, lo que explicaba la diversidad y tamaño de los especímenes capturados. En la misma orilla limpiaron las ventrechas de los pescados, arrojándolos sobre una lona en la arena. Las vísceras arrojadas al mar atrajeron a otros peces, que saltaban fuera del agua mientras se las disputaban. Entre todos acarrearon la lona y la alzaron trabajosamente hasta el depósito de carga del jeep. Todo fue hecho con tal puntualidad, que parecía un operativo recurrente. El chofer agarró un pez perro por las agallas y nos lo ofreció. Nos negamos, pero el tipo insistió, desapareciendo tan rápido como llegó. Lo preparamos esa misma noche, cortándolo en tres partes para que cupiera en el mayor de los calderos. Hablamos bastante del incidente, de la corrupción que se adivinaba tras la pesca furtiva, del pez perro, y de la perra hambre que teníamos. Después de todo habíamos navegado con bastante buena suerte durante aquella racha alimentaria.

La única vez que llovió en quince días, se anunció con extraordinarios relámpagos la noche antes, haciendo caprichosas pasarelas en el horizonte. Parecía que habíamos salido de paseo al cine. No cabíamos de entusiasmo ante aquel espectáculo, señalando y clasificando las descargas luminosas en un rango del uno al diez. La mañana siguiente fue espléndida. Nada hacía suponer que sobre el mediodía el cielo comenzaría a nublarse. El aguacero fue torrencial. Salimos bailando y gritando por toda la playa. Pasamos trabajo para que el jabón se nos pegara y, una vez cubiertos de espuma, para que se nos quitara. Al caer la noche nos sentíamos purificados, listos para ofrecer a los mosquitos un manjar renovado. Rara vez he vuelto a ver noches tan transparentes como esas. La de la primera jornada me evocó uno de los escenarios psicodélicos narrados por Castaneda en Las enseñanzas de Don Juan. Extrañamente, todo era visible hasta el horizonte. Las estrellas emulaban con los mosquitos, en un enjambre cósmico de puntos multiplicados hasta donde la agudeza visual pudiera alcanzar. La Vía Láctea, agujereada a ratos por meteoritos, se presentaba como una sorprendente revelación, como una anomalía casual, cuando siempre ha estado ahí escamoteada por las luces de la ciudad. Toda conexión con el universo era poca en aquellas circunstancias. Es de las contadas veces en que tomas conciencia absoluta de estar trepado en un cuerpo celeste, galopando a más de 100 000 km/h en los pastizales de la galaxia. Las cosas alcanzaron “nivel Dios” con la llegada de la luna. En su plenitud, la sombra que proyectaban los cuerpos era muy intensa. Cuando estaba en el cenit, parecía que estábamos tomando un baño de sol en algún satélite de Saturno. Así debería ser la intensidad de la luz solar por aquellos lares transjovianos durante un mediodía cualquiera. Nada de lo que allí se experimentaba tenía que ver con la distopía de 2001 Space Odyssey. Sí, era 2001, pero ningún mortal había ido más allá de nuestro satélite natural aferrado a una lata, aunque HAL 9000 ya comenzaba a hacer de las suyas.

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Faro de Roncali y estación meteorológica. | Imagen: Cortesía del autor

La noche, el nicho, era el escenario de operaciones por el que habíamos viajado hasta la península. Sólo durante ese horario salen las tortugas a desovar, de modo que cualquier actividad en la que ocupáramos el día, era mero pretexto para esperar la oscuridad. De más está decir que la extenuación campeaba por su respeto a las doce de la noche. Aunque nos organizamos de varias maneras, en ninguna encontramos acomodo. Para patrullar la playa, a lo que habitualmente llamaban “playeo”, primero hicimos una noche entera por pareja, Carmen y yo, y Violeta y Mickey. Días después, dispusimos intervalos de vigilancia cada dos horas por pareja durante cada noche, volviendo a los pocos días a la planificación anterior; y así, hasta quedarnos en el cronograma de dos horas por cada dupla. Con Carmen hablaba de cualquier asunto, de algún cuento venido a menos, pero casi siempre nos manteníamos en silencio, luchando contra un sueño atroz, alternándonos para dormitar un poco. Recuerdo la noche que me fui completamente de lado como caería un árbol talado. Soñaba que me había caído de una cama formidable, y desperté escupiendo arena con los espejuelos encajados en la cara. Creo que Carmen también se había dormido, pero reía entresueños. En silencio, traumado por aquella insoportable duermevela, la energía que mi compañera transmitía resultaba muy confortante. A los pocos meses la vi en la parada de Línea y 18, y nos saludamos con mucho cariño. Después de aquel encuentro nunca más supe de ella.

El día que Erick pasó por el campamento nos había contado que ese año no sería propicio para el desove masivo de tortugas, algo que sucedía bienalmente. Con todo y eso, nuestros antecesores habían dejado marcados con banderillas varios nidos en la playa. El ciclo de incubación y eclosión no coincidiría con nuestra estancia, de modo que no tendríamos mucha acción. Mickey cruzaba con intervalos de dos o tres días a una caleta que había del otro lado del acantilado oeste. Allí había muchas huellas de tortugas, que evidentemente estaban saliendo alguna que otra vez, pero llegar hasta allí, en la oscuridad, era muy arriesgado como para convertirlo en un hábito. Una noche tuvo una intuición y fue hasta allá con mucho cuidado. Al rato empezó a silbar y hacer señales con su linterna. Salimos corriendo, sorteamos como pudimos el farallón, y vimos una enorme tortuga verde excavando un foso para desovar. Esperamos el tiempo reglamentario para que comenzara a poner, pero, con el mismo ritmo que estuvo abriendo el agujero, enrumbó súbitamente hacia la orilla.

mapa
Mapa del recorrido. | Imagen: Cortesía del autor

“A ella”, grito Mickey, y salimos corriendo para atraparla. Nos lanzamos sobre su carapacho, de un metro y medio de largo, y la tortuga continuó con nosotros encima como si fuésemos costras de escaramujos. “Vamos a virarla. Rápido”, sugirió Mickey. Nos pusimos todos del lado derecho e intentamos alzarla. Era muy pesada. Su fuerza era descomunal, y la presión con la que golpeaban sus aletas eran como tablazos. Ya casi estaba en la orilla cuando logramos inclinarla un poco. La arena nos hacía resbalar, y, en un giro inesperado, el reptil consiguió impulsarse con el flanco izquierdo, tirándonos hacia un lado. Enseguida se hizo al agua, ganando en velocidad mientras veíamos su oscura sombra desaparecer en el mar. No estaba marcada, hubiera sido una buena oportunidad para hacerlo. Recogimos la tenaza y las presillas dispersas en la arena. Habíamos hecho todo a nuestro alcance. Erick nos hizo un comentario con el que quedamos un poco consternados, y que me había decepcionado particularmente. Dijo que el objetivo de toda esta cruzada conservacionista, era determinar bajo qué jurisdicción territorial desovaban los quelonios. Si lo hacían en playas de Cuba, México, o Belice, el país que lograra la verificación se adjudicaba el derecho absoluto sobre su explotación comercial. Por eso había que presillar a cuanto bicho saliera del agua. En el fondo sentimos un gran alivio por nuestro fracaso.

Nunca he comido carne de ningún reptil. Dicen que es deliciosa. Tampoco he hecho mucho por probarla, ni creo que sea algo pecaminoso, pero las manchas oscuras de este manejo medioambiental no me ofrecían la menor garantía de preservación. Luego de siglos de abandono, literalmente en el culo de Cuba, la poca gente que vivía en este saliente de tierra fue reconcentrada por la Revolución en comunidades presumiblemente más confortables, con acceso a agua potable, energía eléctrica, educación y salud pública, encaramados en inmuebles de hormigón de varias plantas. El desarraigo que esto generó se hacía visible en el subempleo de toda esa población en sus nuevos emplazamientos, en la criminalización de sus tendencias a recuperar seculares hábitos de vida, y en el alto índice de alcoholismo. Históricamente dedicados a la explotación artesanal de recursos forestales, a la caza y la pesca de sobrevivencia, su condición actual dejaba mucho que desear.

El desarraigo que esto generó se hacía visible en el subempleo de toda esa población en sus nuevos emplazamientos.

Aquellas ventajas de civilidad que le fueran ofrecidas en los años setenta y ochenta han caído en total desahucio. La gente sigue cocinando con carbón, pero en un quinto piso, y la migración de los jóvenes hacia las ciudades ha propiciado el envejecimiento artificial de las comunidades. La educación y la salud son en extremo deficientes, y los empleos infravalorados. Al final quedó en evidencia el plan revolucionario: apropiarse de la península como coto de caza y pesca, crear un “santuario” para el turismo extranjero, y construir una Marina Internacional sin restricciones migratorias ni aduanales para yates y cruceros de poco calado. Al frente de aquella lucrativa empresa estaba el Comandante Camacho. Un día pasó por nuestro campamento con un séquito muy extravagante. Llegaron en varios todoterrenos descapotables, tipo safaris, decorados con rayas y manchas trazadas burdamente por algún pintor naif. Todos se apearon y permanecieron en la parte alta del acantilado. El Comandante apenas miró en la dirección que estábamos, señalando y balbuceando hacia diferentes lugares que indicaba con el dedo. Hasta nosotros se arrimaron dos hombres, suerte de guardaespaldas-gigolós, que se ocuparon de distraernos y facilitarnos el mínimo de información.

El Comandante llevaba un tupé siena tostada, ropa deportiva Adidas y unas botas militares. Lo seguía una corte bien variopinta: dos tipos con el cuerpo afeitado, sostenes ajustados en el pecho, collares de bolas, y paños atados a la cintura. Uno de ellos llevaba un mono en el regazo, un capuchino de cara blanca atado con una cadenita brillante. Tres muchachas voluptuosas, frisando la obesidad, con pelucas rubias y pequeños slips cubriendo fracciones ínfimas de sus sobrealimentados cuerpos, se recostaron unas a otras para escuchar lo que decía el Comandante. Una de ellas hacía top less, ostentando las tetas a cielo abierto más grandes que haya visto en mi vida. El resto de la comitiva tocaba pamelas, gafas, estolas, y algún que otro individuo llevaba prendas salteadas de camuflaje militar. Aquello recordaba el plató de una película de Fellini. Creo que nuestro asombro superó a la curiosidad. No había mucho que especular, que no fuera gastar bromas con aquella sorpresiva actividad circense. A un chasquido de dedos, los hombres de la seguridad cortesana se retiraron sin darnos la espalda. Todos subieron a bordo. Los carros se largaron con gran aspaviento, levantando arena y polvo.

personas en la playa
De izquierda a derecha, Violeta, Mickey, Amilkar y Carmen. | Imagen: Cortesía del autor

Habíamos vivido en aquella playa con el mayor descuido. Nuestras pertenencias menos vulnerables a la intemperie estaban dispersas por dondequiera. La barraca era apenas un simulacro de habitabilidad. El día anterior a nuestra partida recogimos todos los desperdicios y los echamos a la hoguera de la improvisada cocina. Guardamos los dos o tres trapos que llevábamos, y esa noche hablamos casi hasta el amanecer tendidos en mantas sobre la arena. Eventualmente dábamos una vuelta para ver si, con suerte, nos tropezábamos a última hora con alguno de esos acorazados de ojos tristes. No nos quedamos con nuestros contactos, algo que en la actualidad no haría ni muerto.

Pasado el tiempo, mientras reviso las fotos, me percato que en apenas una de ellas aparecemos todos juntos. Las restantes son de paisajes y detalles insignificantes de nuestra actividad. En esas vistas, tan hermosas como inclementes, estaba reflejado el vacío al que no me acostumbraba, un vacío que, por suerte, no volvería a llenar nunca más. La foto grupal la tomó un fotorreportero de la Editorial Abril, el mismo lugar en el que yo había comenzado a trabajar hacía unas pocas semanas. Por la naturaleza flexible del empleo, ahí trabajé hasta el 2004, un record de permanencia para aquel entonces. El fotógrafo, que era parte de nuestro relevo, parecía poseído: se tiraba en la arena, enfocaba, se escabullía detrás de unos arbustos, se desplazaba a la izquierda, luego a la derecha, y estuvimos posando tanto tiempo como para un daguerrotipo. Una vez impresas las fotos, di gracias a Dios que hubiésemos salido dentro del cuadro de la imagen, todos arracimados y desenfocados hacia el extremo izquierdo.

Amílkar Flores
Amilkar Feria Flores

La Habana (1967). Escritor y artista visual. Licenciado en Pedagogía en Artes; Diplomado en Antropología Cultural y en Producción Simbólica. Ha ejercido como ilustrador gráfico, analista de prensa, periodista y profesor universitario. Ha publicado, entre otros, los títulos: Las dulces horas (Premio Pinos Nuevos 2007 (Poesía, Unión, 2008)); Algunas animalezas y otras bestialidades (Narrativa, Ediciones Extramuros, 2010 y Crónicas diluvianas (Narrativa, 2010). Cuenta con numerosas exposiciones personales y colectivas en Cuba y el extranjero. Actualmente desarrolla el proyecto de experimentación artística Observatorio Entrópico de Palatino.

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