Columna de Rafael Almanza

La forma del espacio en Cuba

Balcones en La Habana.
Balcones en La Habana.
Balcones en La Habana.

"Nada dice más del fracaso del sistema que su incapacidad para construir".

De pie en el pórtico de la Universidad de La Habana, una calidad del espacio me sorprende.

Estoy en la cumbre de la Colina. Por delante la escalinata que desciende hasta la calle, como un hueco imprevisto: una invitación a caer, aunque ordenadamente. Por detrás una plaza arbolada, un área horizontal, dulce, en contraste con la autoridad de la escalinata. El ancho del pórtico y la altura de las columnas guardan una relación enigmática con esos espacios. Se puede circular por la plaza y las calles, recorrer los edificios, subir a la Biblioteca y mirar por las ventanas. Obra despaciosa y conjunta del francés Forrestier, y los cubanos Pedro Martínez Inclán y Benjamín de la Vega, entre otros. Un aire de proporción clásica que rima intensamente con la luz marítima de la capital. Una majestad acogedora. El espacio cubano está ahí modulado.

Ahora camino por la avenida del sector de Artes Plásticas de la Universidad de las Artes, diseñado por Ricardo Porro. Una calle curva, que conduce a una vulva-fuente. Cúpulas. En contraste con la colina universitaria, ortogonal, aquí todo es plano y se curva. Vas siendo conducido con dulzura y ritmo, como de la mano de una mujer. Pedestales que suben como para que te encarames, no columnas. Mármol no, ladrillo. Grecia desaparece, supuestas insinuaciones africanas. La década del veinte ha pasado, la segunda mitad del siglo quiere realidad propia, para un ciudadano sensual. El espacio ha sido modulado para el goce terrenal, despreocupado, sin pecado.

No sé cómo estoy en el Patio de las Comedias de la Casa de la Cultura de Velasco. Un área justa para ese fin. Sonríe el espacio, pequeño. Lejos la capital o la luz del mar. Interior del Oriente. La Casa está en ruinas, apenas veinte años después de haber sido terminada. La deseó un lugareño ilusionado, Félix Varona Sicilia, y la diseñó un norteamericano cubano loco, Walter Betancourt. Ambos creían que Velasco, un hermoso pueblito, debía tener un palacio cultural. Y yo lo creo también. Esa privacidad del pueblito se repite en este palacio múltiple, con una sala isabelina para el teatro, en donde me prohíben entrar. Otra vez el barato ladrillo, como en Porro, haciendo excelencias. Sí, recuerda aquellas primeras casas de Whright, Betancourt era yanqui. Pero nada de la espectacularidad del yanqui. Caminas por dentro de un espacio modulado con una discreción adorable. Intenso, asentado en la realidad, brillante. Pero sin desmesura. Ni Grecia, ni África, ni Virginia. Ni ortogonalidad mayestática ni curvas seductoras. Ángulos. Agudos, obtusos, invitadores. El espacio ha sido modulado para que vivamos felices.

Martínez Inclán, Porro, Betancourt. La historia, los dictadores, incluso los pueblos pasan. Queda el locus, y su espíritu. Tanta arquitectura actual para admirar en pantalla, insípida o inhumana al ser recorrida. El Focsa fue una obra ingeniera señera, pero también un edificio un poco tosco y oprimente. El Habana Hilton goza de una base creativa, adaptada al desnivel del suelo, con un vestíbulo como aireado, cubano; pero el cuerpo carece de mérito. Excepto por el ventanal del vestíbulo que da a la gloria del malecón, el Hotel Riviera se queda en una cosita de playa. Peor: en este momento la Habana va llenándose de hoteles de plomo, obesos, ostentosos y feos. Sobre todo extraños, impropios. Por otro lado, unos ciudadanos condenados a la sobrevivencia han construido sus casas, cajones inhabitables en cualquier futuro que escape de la miseria. Y aún nos quedan las mansiones de nuevos ricos, delirantes de mal gusto, grotescas, risibles. Mire el entorno de los siglos anteriores, la edilicia estatal o popular: casas y templos eclécticos, ecos del art nouveau o del decó, o estilo moderno sin categoría: pero nunca monstruos demolibles de inmediato: seguimos habitando con decoro bajo esos techos. Y esa edilicia estaba ajustada al clima y a la sensibilidad nacional. Ahora está siendo destruida también con las fragmentaciones y desarreglos propios de gente desesperada, embrutecida y ciega, que no tiene dónde vivir, que no sabe vivir y que por lo tanto no va a vivir con decencia. Barrios y barrios de espacios de cárcel, con rejas por dondequiera contra la amenaza de perder en un robo lo poco que se tiene. En el barrio de La Guernica, en Camagüey, las señoras se sientan en sus sillones a las cinco de la tarde en la terraza que da a la calle, con rejas pintadas de blanco por delante, por los lados y por el techo. Seguridad en la jaula.

Ruina del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara, Cuba.
Ruina del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara, Cuba.

Cuba se hizo un país de arquitectos en la República. En las décadas del cuarenta y el cincuenta, la arquitectura cubana generó un número nada despreciable de monumentos, actualizados con respecto al mundo y con una búsqueda de lo nacional y autóctono. Una persiana, un patio, una escalera alígera de Mario Romañach, genio de esa escuela, nos recuerdan a Eliseo, a Fina. El interior de la casa de Eloísa Lezama Lima evocaba la exuberancia del poeta. Esa pléyade de creadores fue obligada a exiliarse y sus obras están secuestradas en los barrios residenciales habaneros por y para la aristocracia comunista. Y las que, por demagogia, entregaron a la plebe, fueron vandalizadas y desvirtuadas. El socialismo acabó con la arquitectura cubana hasta hoy, y nada dice más del fracaso de este sistema que su incapacidad para construir aunque sea una imitación del progreso ajeno. Walter Betancourt creyó en Cuba y en lo que pasaba aquí, se sumó a una idea de civilización popular, que era y es verdadera porque es democrática, y nunca pudo ver concluida su Casa de la Cultura, que duró poco y carece de porvenir. Tal vez esta obra imprescindible pueda ser recuperada incluyéndola en una ruta turística que asegure además la calidad de los espectáculos. Yo rechazo salvarla solo con una inyección de millones ajenos, o arrancarla y trasplantarla a una ciudad donde pueda ejercer brillante y sustentablemente sus funciones. Yo quiero que vivamos, metro a metro, la ubicación de su locura, la de la suave patria cubana, capaz de modular el espacio para una idea preciosa de la humana existencia, en la que coinciden Martínez Inclán y Porro y Betancourt y el salsero y el obrero y el demócrata martiano: tranquila y fuerte, brillante como la luz nacional, elevada como la palma real, alegre como una profecía, donde el espacio sea modulado por el arte para la gloria de la vida bendecida por Dios sobre la tierra.

(Aquí, en las ruinas, escúchame).

Rafael Almanza

(Camagüey, Cuba, 1957). Poeta, narrador, ensayista y crítico de arte y literatura. Licenciado en Economía por la Universidad de Camagüey. Gran Premio de ensayo “Vitral 2004” con su libro Los hechos del Apóstol (Ed. Vitral, Pinar del Río, 2005). Autor, entre otros títulos, de En torno al pensamiento económico de José Martí (Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1990), El octavo día (Cuentos. Ed. Oriente, Santiago de Cuba, 1998), Hombre y tecnología en José Martí (Ed.  Oriente, Santiago de Cuba, 2001), Vida del padre Olallo (Barcelona, 2005), y los poemarios Libro de Jóveno (Ed. Homagno, Miami, 2003) y El gran camino de la vida (Ed. Homagno,Miami, 2005), además del monumental ensayo Eliseo DiEgo: el juEgo de diEs? (Ed. Letras Cubanas, 2008). Colaborador permanente de la revista digital La Hora de Cuba, además de otras publicaciones cubanas y extranjeras. Decidió no publicar más por editoriales y medios estatales y vive retirado en su casa, ajeno a instituciones del gobierno, aunque admirado y querido por quienes lo aprecian como uno de los intelectuales cubanos más auténticos.

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