Mónica

La periodista cubana Monica Baró
La periodista cubana Monica Baró
La periodista cubana Monica Baró

Breve semblanza de la jóven periodista Mónica Baró

A las 10:16 de la mañana del lunes 13 de abril una persona que se identificó como Jorge, agente del Ministerio del Interior cubano, llamó desde un número desconocido a la periodista Mónica Baró. El agente dijo que quería verla al día siguiente. Ella contestó que no se reunirían si no era a partir de una citación oficial correctamente emitida, a lo que él respondió que la haría llegar pronto.

Mónica sabía que en algún momento la policía política iba a contactarla porque durante el mes anterior habían pasado dos veces buscándola por su apartamento, del cual tomaron varias fotografías desde la calle. También otros periodistas que ejercen la profesión fuera de los medios controlados por el estado como Carlos Manuel Álvarez, Yoe Suarez y Camila Acosta habían sido interrogados en los últimos días. 

Mónica, para quienes no la conocen, es una de las periodistas más reconocidas de Cuba actualmente. En 2016 fue finalista del premio Gabo, otorgado por la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano, y en 2019 resultó ganadora. Ese mismo año el diario español El País la incluyó en el listado de las 10 personas más destacadas de América Latina.

Tres días después de la llamada de Jorge, en la tarde del 16 de abril, una oficial de la policía le llevó personalmente la citación, la cual aceptó a pesar de que no cumplía estrictamente con lo que establece la Ley de Procedimiento Penal, pues estaba firmada por el primer teniente William, quien no tiene facultad para expedir este tipo de documentos. De cualquier forma, ella prefirió no aplazar más el encuentro, estipulado para el día siguiente.

En ese momento Cuba contaba con 923 casos positivos por el nuevo coronavirus, se había ordenado el cierre de las fronteras y suspendido el transporte público. Las autoridades repetían constantemente la necesidad de que los ciudadanos solo salieran de sus casas a lo imprescindible. Mientras, Mónica tenía que suspender su aislamiento para ser “entrevistada” por lo que conocemos como seguridad del estado.

Finalmente no fue ni el agente Jorge ni el teniente William quien la recibió, sino el mayor Ernesto. Luego de una charla en que expusieron sus mutuos desacuerdos, el mayor mandó a buscar a unos funcionarios del Ministerio de la Informática y las Comunicaciones, quienes le impusieron una multa de 3000 pesos por violar supuestamente el inciso i del articulo 68 del Decreto-Ley 370, que considera una contravención “difundir, a través de las redes públicas de transmisión de datos, información contraria al interés social, la moral, las buenas costumbres y la integridad de las personas”.

Mónica se negó a firmar la multa. 

 

Es difícil decir algo de Mónica que no se sepa ya, porque Mónica lo cuenta todo. Seguramente es por eso que la policía política cubana ha decidido castigarla, porque todo lo cuenta. Desde las condiciones en que han vivido por décadas los habitantes de una comunidad envenenada por plomo, hasta la historia de la loba marina más popular del Acuario Nacional de Cuba.

Mónica no solo lo cuenta todo, sino que lo cuenta muy bien. Recuerdo especialmente La mudanza, ese reportaje donde narró como un grupo de familias eran desplazadas del barrio de San Pedrito en Santiago de Cuba porque allí se construiría un pedazo de la Avenida Patria, la carretera por la que pasaría el féretro de Fidel Castro rumbo al cementerio de Santa Ifigenia. El trabajo fue publicado en febrero de 2016 y en diciembre el cadáver del Comandante en Jefe atravesó esa avenida, disciplinadamente, cumpliendo con lo que Mónica nos había soplado. 

La primera vez que compartimos una cobertura ella tenía una rodilla lastimada. Fueron los días en que un tornado destrozó algunos barrios de La Habana y pretendíamos trabajar en un reportaje sobre aquello. Pasamos jornadas caminando por Regla a pesar del dolor de su pierna, del sol, de que apenas comíamos ni reposábamos. Con el paso de los días además de las entrevistas y las fotografías Mónica iba anotando en una agenda las necesidades más inmediatas de los afectados para luego compartirlas con los grupos de voluntarios que desde otros sitios enviaban ayuda. 

Para ella el ejercicio del periodismo no es una fiesta, sino un desgarro, una suma de experiencias difíciles. Recientemente contó como en octubre de 2016, cuando viajó a Guantánamo junto al equipo de Periodismo de Barrio, fueron detenidos e interrogados por la policía. Agáchate, puja y tose, le dijo una oficial luego de obligarla a desnudarse, pues temía que guardara algún dispositivo con información en su intimidad. Mónica había recorrido la isla entera con el propósito de visibilizar los estragos del Huracán Matthew, pero esa vez el poder, amenazante, se interpuso.

En otra ocasión la acompañé a investigar sobre un cruel asesinato que había ocurrido en otra provincia del país. Ahí tuvimos miedo, dos veces exactamente. Cuando nos presentamos en casa del asesino, y cuando nos presentamos en la sede del PCC.

De los periodistas con los que he trabajado habitualmente es la que más sabe de investigaciones, a veces parece que se leyó todos los manuales del oficio. Fui testigo de cómo regresó tras una fuente que dos años atrás la había expulsado de su casa. Fui testigo de cómo convenció a esa fuente para que recapacitara y le contara hasta lo que no preguntó. 

Los periodistas Mónica Baró y Mario Luis Reyes, La Habana, 2019
Los periodistas Mónica Baró y Mario Luis Reyes, La Habana, 2019 | Imagen: Alejandro Taquechel

Pero el que crea que solo tiene tiempo para el periodismo está muy equivocado. Sus seguidores en las redes sociales saben que también es bailarina, cocinera, peluquera y psicóloga. Los que visitamos su casa sabemos además que es obsesiva con el orden y la limpieza, fanática a las novelas de Cormac McCarty y los carteles de su amigo Miguel Monk, a los atardeceres en la costa, los tatuajes, las plantas y los girasoles.

Hace poco contó que antes de estudiar periodismo hizo un técnico medio en Contabilidad, que vendió papas rellenas temporalmente para ganar dinero mientras estudiaba en la universidad, que además de reportera ha sido profesora de Historia en un preuniversitario, educadora popular, guía turística, traductora de español a inglés, alisadora de pelo, trabajadora doméstica.

Mónica también escribe poesía, no sé si esto lo habrá contado. Y le gusta escuchar la voz de los personajes de sus historias, una y otra vez, antes de transformar esa voz en texto. Escribe muy despacio, mide cada palabra. Ojalá se anime y termine esa novela.

Es miope y despistada. No creo que vaya a ganar un premio por su capacidad para orientarse ni por su puntualidad. Le tuve que dar terapia un día que borró sin querer el audio de una entrevista para la que habíamos recorrido más de 120 kilómetros. También recuerdo la mañana en que llevamos donaciones a damnificados del tornado en 10 de Octubre y entregó sin darse cuenta su celular dentro de una de las bolsas. 

Supe que hace unos días cuando el mayor Ernesto tuvo el placer de conocerla le dijo que ella no estaba ahí por ser periodista, sino por cobrar por ello y ella le contestó que si tuviese otra profesión seguramente podría cobrar por ella sin ningún problema. Él dijo que ella estaba ahí por violar las leyes, ella contestó que estaba ahí porque en su país no existe libertad de prensa ni de expresión. Él dijo que el que paga manda, ella le enumeró las organizaciones estatales que reciben fondos de organizaciones semejantes a los que han podido acceder los medios en que ha trabajado. 

El zafio de Ernesto quería que ella dijera que se había equivocado y terminó preso de un ataque de furia, entonces llamó a unos grises funcionarios del Ministerio de Comunicación que mostraron una carpeta llena de textos suyos impresos. Llevaban mucho tiempo vigilándola. Esos oficiales no fueron capaces de mirarla a los ojos ni una vez. Mónica sintió pena por ellos. 

En realidad sus textos merecen formar parte de un libro, no de una húmeda carpeta de la policía política, pero eso es utópico en un país cuyo gobierno provoca temor hasta a sus seguidores más fieles y donde una mujer que debería despertar orgullo por su coherencia lo que recibe son amenazas y multas.

Periodista Mario Luis Reyes.

(La Habana, 1994). Graduado de Periodismo en la Universidad de la Habana (2018). Reportero de la revista El Estornudo. Ha colaborado con medios cubanos como Periodismo de Barrio, AM-PM Magazine, OnCuba News, Cachivache Media, entre otros. Textos suyos han aparecido en medios internacionales como CTXT (España), Univisión Noticias (EEUU) HuffPost (Mexico), The Clinic (Chile) y Universo Centro (Colombia).

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