En el mundo hispano hay un dicho que se aplica a la perfección al tema que tratamos hoy: "de tal palo, tal astilla". La astilla de la violencia izquierdista en Latinoamérica y el empuje que el castrismo ha brindado a guerrillas y terroristas en la región han acarreado consecuencias hasta el día de hoy, como menciona un reciente informe del Departamento de Estado de Estados Unidos.
1979: una dictadura sustituye a otra en Nicaragua
En 1979, el movimiento izquierdista nicaragüense llamado Sandinismo tomó el poder en la ciudad de Managua con el comandante Daniel Ortega al frente. Iba contra un régimen dictatorial, el de la familia Somoza, pero no para acabar con el derramamiento de sangre, sino para imponer otra dictadura, bajo la tutela personal de Fidel Castro.
En un libro llamado Operación Calipso (Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2006), el general castrista Fabián Escalante cuenta cómo Cuba "parió" la nueva policía política nicaragüense, enseñándole tácticas y compartiendo información. La Habana mandó asesores militares para que el ejército sandinista aniquilara a la resistencia, llamada "la contra", y también apoyó propagandísticamente los desmanes de Ortega con el envío de periodistas que reportaban para medios de alcance internacional como Prensa Latina.
Daniel Ortega sepulta la democracia en Nicaragua
Después de la guerra civil, Ortega salió del poder, hasta que en 2007, bajo el ala del llamado Socialismo del siglo XXI y el Foro de São Paulo, regresó al poder no por las balas, sino por las urnas.
Desde entonces, además de abrir las puertas del país centroamericano a la influencia china, el exguerrillero se ha atrincherado en el poder, hasta llegar a la declaración del domingo 19 de julio de 2026 que da título a este artículo. Durante el acto de masas en conmemoración del 47º aniversario de la Revolución Sandinista, celebrado en Managua, declaró:
"Aquí [en Nicaragua] no volverá a haber elecciones para que por allí intenten ellos [oposición] a atrapar el Gobierno."
O sea, el líder del Partido Frente Sandinista de Liberación Nacional enterró explícitamente cualquier posibilidad de alternancia democrática en el país. El control del oficialismo debe estar por encima de la voluntad popular cuando esta contradiga los intereses del octogenario Ortega.
No es esta la primera de sus "extravagancias" antidemocráticas, que incluyen masacres y arreglos constitucionales bizarros.
Por ejemplo, su esposa, la conocida bruja Rosario Murillo, fue vicepresidenta de Nicaragua desde 2017, pero fue designada "copresidenta" en febrero de 2025 por medio de una reforma constitucional.
Otro ejemplo: Nicaragua debería celebrar elecciones generales en noviembre de 2026, pero las enmiendas constitucionales ampliaron el "período presidencial", de modo que en teoría se celebrarían en noviembre de 2027.
2018: el pueblo intenta derrocar a Daniel Ortega
En 2018 ocurrieron grandes protestas en el país en respuesta a las reformas a la Ley de Seguridad Social propuestas por el sandinismo. La respuesta de Ortega fue brutal. Hubo alrededor de 355 muertos, más de dos mil heridos y más de dos mil nicaragüenses detenidos arbitrariamente.
De acuerdo con las conclusiones del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI-Nicaragua), en ese contexto, Managua incurrió en conductas que pueden configurar crímenes de lesa humanidad, tales como asesinato, privación de la libertad, persecución, violación, tortura y desaparición forzada.
Daniel Ortega está acorralado
Ahora, la dictadura nicaragüense está acorralada, en un contexto en el que la Casa Blanca decapitó al chavismo con la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 y redobló la presión sobre La Habana. Con sus aliados debilitados, Ortega comenzó a ladrar en dirección a Washington en su discurso del 19 de julio.
Desde el podio, Ortega expresó su solidaridad y afecto con el exdictador venezolano, quien, según dijo, fue víctima de una "monstruosidad", y se refirió a la administración del presidente Donald Trump como "fieras diabólicas" que buscan "dominar los pueblos para robarles sus riquezas".
El discurso antiimperialista y tercermundista no resuena como antes. Incluso medios de la izquierda global como El País, se distancian del nuevo arranque de autoritarismo de Ortega. Y, para su desgracia, el actual Departamento de Estado de Estados Unidos ha demostrado no ser tan paciente con los dictadores socialistas como sus predecesores.
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