La organización Code Pink lanzó el 3 de febrero de 2026 una petición instando a World Central Kitchen a "intervenir y proporcionar alimentos al pueblo cubano, que está siendo injustamente afectado" por una crisis "causada por la mano del hombre".
¿Se refieren a los ataques injustos contra los agricultores cubanos, a quienes se les impide comercializar libremente los alimentos que producen fuera del sistema centralizado de adquisición estatal? ¿O quizás a cómo el régimen castrista prohíbe a cientos de cubanos pescar o los criminaliza cuando venden su pesca?
No. Según la ONG feminista, la culpa recae en el embargo estadounidense, la presión económica y diplomática de la administración Trump. No en el modelo socialista, cuya naturaleza fallida reproduce ejemplos de empobrecimiento y represión de la libertad en regiones tan diversas como Europa del Este, Asia Central y Sudamérica. Afirma la petición de Code Pink:
"Al prohibir que terceros países envíen petróleo a Cuba, el gobierno estadounidense está provocando un desastre humanitario totalmente evitable."
Pero la crisis ya existía antes. En 2026, casi el 90 por ciento de los cubanos viven en la pobreza. Cientos de familias sufren la ausencia de sus hijos, entre los más de 1.000 presos políticos en la isla.
¿Esta crisis humanitaria también preocupa a Code Pink? ¿O solo la que les resulta políticamente conveniente? Ya lo he dicho antes: Cuba se ha convertido en una especie de parque temático para la izquierda global: un lugar para tomarse fotos con personas harapientas y entre las ruinas de la que alguna vez fue una de las grandes ciudades de América.
¿Qué ha hecho Code Pink a inicios de 2026?
"Hands off Cuba!" fue el último grito audible de Leonardo Flores en el salón donde Marco Rubio atendía una audiencia sobre política exterior en enero de 2026. Flores, un activista venezolano-americano de mediana edad, con una kufiya enroscada en el cuello, que alzaba un cartel con el mensaje "Hands off Venezuela!".
El cartel iba firmado por Code Pink, que ofrece paquetes de turismo ideológico para ese parque temático para adultos resentidos sociales que es la Cuba socialista.
Ese grupo feminista, que ama a los patriarcas de dictaduras socialistas, reivindicó el ataque con orgullo. "¡Marco Rubio, tú y Trump son unos matones!", gritó Flores, coordinador de la campaña para América Latina de Code Pink. "Las sanciones contra Venezuela son un castigo colectivo", continuó antes de que la policía del Capitolio lo arrestara:
"Eso es un crimen de guerra."
Code Pink está preocupado por que las sanciones hayan provocado:
"Decenas de miles de muertes al restringir el acceso a medicamentos, alimentos e importaciones esenciales, paralizando la economía y exacerbando una crisis humanitaria."
Sin embargo, ni las feministas estadounidenses ni Flores tenían nada qué decir ante los 8 millones de venezolanos que han huido del país, las más de 18.000 detenciones políticas y los más de 800 presos políticos encarcelados hasta finales de 2025.
Flores ha dedicado su vida profesional al "análisis político de las relaciones entre EE.UU. y Venezuela", según el diario LA Progressive. Y para ello no ha escatimado en clamar por la libertad de un exconvicto por cargos de lavado de dinero como el ahora políticamente desechado Alex Saab, testaferro del exdictador Nicolás Maduro.
Durante la audiencia del Comité de Relaciones Exteriores del Senado interrumpida por Flores, Rubio se negó a descartar la posibilidad de nuevos ataques en territorio venezolano.
La izquierda estadounidense grita, pero ¿qué está pasando en Venezuela?
Mientras, el Gobierno interino de Venezuela empieza a bajar la cabeza con sus acciones: aceptó presentar un presupuesto mensual a la administración Trump, que le suministrará fondos al país suramericano por medio de una cuenta en Catar, donde EE.UU. depositará los fondos derivados de la venta del petróleo.
Definitivamente, como dijo Stephen Miller a inicios de enero, la Venezuela chavista post-Maduro hará lo que ordene Washington. Los movimientos de Delcy Rodríguez lo confirman: cambió un número considerable de comandantes militares en algunas regiones del país, todos presuntamente con previa aprobación de la Drug Enforcement Administration (DEA).
Después de años sin espacio en la televisión, María Corina Machado reapareció en la estatal Venevisión. La emisión se produjo en el marco de la agenda de la Premio Nobel de la Paz en Washington, y dejó ver más cambios sobre la férrea censura informativa y el control del espacio mediático en Venezuela.
El pragmatismo del liderazgo chavista es claro. El amor de Delcy Rodríguez por su cabeza es igual a la desilusión y el frenesí de los activistas izquierdistas de a pie. Como si se tratara de un amor lejano e incompatible, la base radical quiere más socialismo y más antimperialismo, mientras que la cúpula va soltando amarras de aquella retórica, ese muelle desvencijado. Es doloroso de ver. ¡Snif!
Con las mismas manos que Flores tecleó en el verano de 2024 encendidas defensas del fraudulento proceso electoral que dio por vencedor a Maduro en las presidenciales, en 2026 se queja de los ataques aéreos del Comando Sur contra narcolanchas y el "secuestro del presidente" Maduro.
Ya desde la Red de Solidaridad con Venezuela, que opera como un proxy de la política chavista en Estados Unidos, habían condenado la "escalada de agresión del gobierno de Trump contra Venezuela" que era poner una recompensa de 50 millones de dólares por información que condujera al arresto del "presidente electo de Venezuela", en referencia al sucesor de Hugo Chávez.
Las pataletas fuera de lugar y las falsedades del activismo de izquierda no son nuevas. Pero en este nuevo contexto para los Estados Unidos pueden ser contrarrestadas con la gentileza pedagógica de la ley.
A Flores, mientras protestaba en un lugar donde está prohibido (como por ejemplo, dentro de los edificios del Congreso), un guarda lo iba sacando del salón. A su vez, el senador Jim Risch, republicano por Idaho, le recordaba:
"Muy bien, allá vamos... ya saben cómo funciona, directo a la cárcel."
Si la cúpula chavista en Caracas puede entender que hay consecuencias para quienes juegan sucio (traficando drogas, auspiciando a enemigos de Occidente o desestabilizando el hemisferio), los zombis políticos en que se han convertido quienes piden la libertad de Maduro deben saber que protestar les es lícito, pero sin sabotear procedimientos democráticos como una audiencia —o peor, vandalizando edificios o atacando a agentes del orden.
Por el momento, sin embargo, queda claro que Code Pink y quienes con esa ONG militan no desean las manos de Estados Unidos sobre Venezuela o Cuba. "Hands off Venezuela!" Prefieren, eso sí, el áspero puñetazo del tirano contra el pueblo.
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