El proceso de encender la hornilla de carbón llegó para quedarse. Lo que antes era una rareza, ahora es parte de la cotidianidad en los hogares cubanos. Lo que antes era sinónimo de celebración familiar alrededor de una parrilla, algunas carnes y embutidos y el olor agradable de una jornada intensa y feliz, hoy es una columna de humo que se apodera de nuestro tiempo.
El tizne es la marca simbólica de una caída cada vez más vertiginosa. Desde que todo comenzó a retroceder y la vida se convirtió en una carrera hacia lo desconocido, el humo campea como una metáfora del país cuya desintegración muestra sin pudor su fea cara. Hay un camino con demasiados personajes, la mayoría conocidos, el resto operando tras el telón que una vez fue rojo, mas con el tiempo cambió a rosa pálido. En dicha trayectoria se encuentran ocultos parte de los que jamás han sentido ni un ápice de hambre, ni oposición dentro de la estructura piramidal.
El humo de un país que retrocede
Vivir o malvivir es el desafío. No es un asunto fácil de procesar. Hay una diferencia que rara vez se nombra con todas sus letras. Lo veo más con el corazón que con los ojos. Es desesperante no ser impactado por la fiereza de semejante rayo. Es la visión del vencido, obligado por las circunstancias a tomar tal vez la decisión más peligrosa de todas: pertenecer o no pertenecer a esta farsa llamada república.
Por eso, al amanecer, cuando me dispongo a encender la hornilla, a tomar en mis manos los pedazos de carbón, el papel y las bolsas de nylon que uso como combustible, siento un pinchazo en lo más interno, en el lugar donde emergen los proyectos, donde alguna vez nació y creció la alegría, y pienso en los que quizás prefieran siquiera abrir los ojos y levantarse para dar su última batalla.
Mi carácter y mi forma de salir adelante me dotaron de un espíritu de resistencia que agradezco. Sin embargo, cerca de mí una nube inmensa y oscura se apodera y llega hasta todos los rincones de mi barrio: hogueras de leña seca y a veces húmeda, el olor desagradable moviéndose y quemando hasta los pensamientos de quien se encuentre cerca. Arde la leña y el aire se torna denso e irrespirable. Dios mío, cómo hemos retrocedido en el tiempo. Este país es una aldea primitiva por más que nos resistamos a aceptarlo. Negar lo que se ve y se palpa es un acto de cobardía e irresponsabilidad intelectual y moral.
Observo mis manos y en ellas está la sentencia: eres parte de los desechados, de la parte más amarga de una generación irreverente, pero vapuleada y conducida a un callejón sin salida. El color de las manos es la metáfora resplandeciente de un tiempo que nos quema.
La dictadura conoce cada detalle, cada motivo de tristeza en el interior de las familias. Lo sabe, pero sus preocupaciones son otras, sus proyectos no tienen nada que ver con el humo tóxico en los pulmones de niños, ancianos, mujeres y hombres, a los que les pide fidelidad en sus escuelas y centros laborales. ¿Qué no sabe la dictadura si andan de un lado para otro en un sondeo constante, en el acoso y en el asesinato permanente de la reputación de quien reclame hasta lo más elemental: el agua.
Pese a la creciente ola de inseguridad, la gente camina, saca fuerzas para encontrar retazos de madera, cartón y plástico. Pasan con el ánimo de quien procura hallar, entre los basureros, algo que sirva para encender y cocinar los magros alimentos de septiembre de 2026 a precios de escándalo y con el peligro de ser estafados.
La decrepitud es hermana del abandono. Una casa donde no se cocina es un campo fértil para la muerte. No es una exageración. El régimen poco a poco se deshace de sus responsabilidades y deja a las familias vulnerables desorientadas, prestas a desaparecer. Persiguen a ciudadanos e iglesias que realizan labores humanitarias, quienes comparten no solo alimentos, sino, en un gesto hermoso de misericordia, los escuchan y luego le dan seguimiento.
El abandono de un país sin empatía
Hay que tener un alma gris para lanzarse como perros de caza sobre quienes dedican tiempo y salud a compartir algo que aquí se perdió hace rato: la empatía, el amor y la esperanza.
"Ay, país de humo, país tan ciego que se desvanece como una yerba seca", dirían los poetas. Pero la realidad de Cuba no cabe en el hermético cuerpo de un poema. Esa realidad es demasiado grande para no verla y sufrirla. No bastan las palabras para reconocer el deterioro, irrespirable como el aire de este lugar donde los días pesan demasiado.
El saco de carbón se integró como un elemento escenográfico casa por casa. Es la confirmación de una derrota tantas veces "convertida en victoria" por los dirigentes. En pleno siglo XXI, la propaganda comunista continúa empantanada en fallidos intentos de maquillar la crisis actual. La venta de cilindros de gas licuado, que se presentó como una victoria, hoy es asunto del pasado, un globo que se elevó hasta desaparecer. Entonces llegó la solución provisional del carbón y la leña.
Lo más risible y preocupante resulta la manera con la que lo presentan. Desde hace mucho comprendí que cuando desde el poder se anuncie una solución provisional se le debe añadir sin dudas: provisional para siempre. La historia no perdona y se encarga de desmontar el montaje lanzado como una bomba de racimo sobre esta encarcelada población. Lo más sorprendente del experimento es la confluencia de imposición desde un sálvese quien pueda con una ley diseñada para reducir al máximo cualquier intento de resistencia.
De consignas no se vive. El desafío es extenso como una autopista infinita por donde debemos avanzar no sin antes permanecer alertas ante el peligro que pudiera aparecer de imprevisto. Los únicos que viven de consignas olvidaron hace mucho el pinchazo del humo dentro de las fosas nasales, la irritación lacerante en la mente al chocar con las ollas y su masa innombrable.
En el país de los experimentos, los de arriba trazan con desdén la trayectoria de los moribundos. Es un discurso unidireccional, creado para desvirtuar arropado con la más absoluta manipulación. El comunismo esconde su faz, pero no la intención de someter y robar lo que jamás produjo. Bajo el manto del progresismo se esconde el verdadero objetivo de su doctrina: exterminar sin titubeo la dignidad del individuo.
Mientras el régimen establece su narrativa de guerra con su histórico enemigo, hay otra conflagración más nociva dentro de las derruidas paredes de cada familia, una que el castrismo se encargó de ocultar, pero a ratos asoma: la muerte física y espiritual.
La verdad inevitable de la justicia
Hay una verdad que no puede negarse: ni la amenaza a través de los canales "legales", ni el empleo del chantaje, ni la utilización de presos comunes para aterrorizar, detendrá el sentimiento de justicia que tanto necesitamos.
Los vendedores de humo no soportan el empuje de una verdad que abiertamente los desafía. Quieren continuar con la tradición de renombrar a su antojo las dimensiones de un dolor que jamás han padecido. El baño de sangre es parte inseparable de las declaraciones del canciller Bruno Rodríguez Parrilla en cuanta tribuna se para y ante los medios de comunicación.
Sin embargo, cada vez que se le preguntan por los presos políticos, intenta silenciar desde la permanente diatriba de una negación que es parte de la retórica castrista: no reconocer lo evidente. El baño de sangre, ese que tanto mencionan ministros de relaciones exteriores, está en la mente de los padres, condenados a la infructuosa tarea de alimentar a sus hijos.
El curso escolar comenzó el 2 de septiembre de 2026 y muchos se preguntan cómo es posible que intenten demostrar que es posible seguir en medio de semejante caos. Aquí, donde nada funciona, excepto la represión, la dictadura continúa su teatro de nación rebelde y solidaria. Pero si hay algo claro que los excede es el ir y venir de un país convertido esclavo del carbón. Sí, la gente comprendió la impureza de aquellos que una vez los convidaron a soñar.
Cada mañana, mientras junto el carbón en la improvisada hornilla, cientos de palabras vienen a mí. Las reconozco cuando las tomo tal vez con la intención de darle un orden menos doloroso. Lo intento. De veras que sí. ¿Quién puede sonreír con esta asfixia tan cerca e irreverente con rostro de país?
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