La venganza… ¿Qué es realmente la venganza? La respuesta corta es que es una reacción primaria: creo que nadie negará que atacamos a quien nos agrede y maltratamos sin piedad a quien nos lastima si se nos da la oportunidad. Aunque después asome el arrepentimiento, la sensación de placer y de alivio que deja la revancha es innegable.
¿Es la venganza una forma de deshumanizarse para volver a sentirse humano? ¿Debemos aplicar la ley del talión cuando las cosas, nuestras cosas, se rompen por dentro? Bien se debería agregar al Padrenuestro una nueva estrofa, una inserción clandestina: "la venganza nuestra de cada día dánosla hoy". Porque si algo está claro es que, darle a nuestro enemigo de su propia medicina forma parte de nuestra naturaleza… ¿O tal vez no?
Esta pulsión se vuelve apremiante ante la rampante impunidad. Apenas el 5 % de los criminales de guerra, torturadores y líderes mesiánicos termina pagando por lo que hizo; la mayoría muere en sus camas o vive amparada por gobiernos "democráticos".
Ante esa apabullante falta de justicia, ¿cómo encarar el dilema desde la ética y la moral? Sobre esta encrucijada trata La petición del tío (The Uncle’s Request, 2026), largometraje de ficción del cineasta cubano Ricardo Bacallao estrenada mundialmente el 16 de junio de 2026 en el Manhattan Film Festival, Nueva York, donde obtuvo el premio al Mejor Guion.
Una película rescatada del naufragio
La trayectoria de esta obra es tan interesante como la carrera de su realizador. Nacida como tesis de maestría en el Programa de Cine Tisch Asia de la Universidad de Nueva York (NYU), tuvo una primera versión lista en 2012. Pero las circunstancias no fueron siempre favorables para la obra. Una de las contrariedades por los que pasó fue el robo de su laptop con el metraje original.
No fue hasta diciembre de 2021 cuando, mostrándole a su pareja algunos fragmentos de la película que todavía le quedaban, recibió el impulso definitivo para retomar el material disperso en diferentes formatos y decidió armarlo como un puzle, consiguiendo lo que parecía imposible: salvar su tesis de grado.
Se trata de un one-man work que difícilmente habría visto la luz sin su tenacidad y la complicidad de un reducido grupo de amigos y patrocinadores. Vi un corte preliminar hace años en el Taller de Luis, en Kreuzberg, y recientemente su versión final: en ambas ocasiones, lo que me atrapó fue el poder del guion y la capacidad de Bacallao para manejar el suspense sin hacer un thriller al uso.
Su gran acierto estructural es intercalar en la trama testimonios de personajes reales que padecieron el presidio político cubano. Las voces de quienes sufrieron tortura, y cuyos verdugos se pasean hoy impunes por Europa y Estados Unidos, no fracturan el relato; al contrario, le otorgan una indiscutible veracidad a la ficción. Esa crudeza argumental encuentra su reflejo exacto en la Nueva York de la película: no es la urbe de postal ni de cafés sofisticados, sino una ciudad decrépita, de puentes roñosos, paredes desconchadas y parques oscuros por donde transcurre esta guerra silenciosa.
La venganza como herencia
Aquí no hay héroes, solo seres moralmente ambiguos. El tío es un hombre consumido por una misión autoimpuesta: hacer pagar a los verdugos del régimen por la sangre inocente derramada. Pero su entrega no le basta; cree que su deber es legarle la obsesión a su sobrino, convirtiendo la venganza en un asunto generacional.
Bacallao no ofrece respuestas fáciles; planta preguntas incómodas sobre la historia reciente de Cuba: ¿Vale la pena mantener enquistada la rabia acumulada durante casi siete décadas? ¿Merecen el perdón los ejecutores del daño y quienes participaron en la represión activa? ¿Se volverá a gritar "paredón" en las calles de la isla cuando llegue el día del juicio? Una frase pronunciada por el familiar de un preso político sintetiza el conflicto:
"Cuba está condenada a la tristeza eterna."
Somos un pueblo concentrado en hiperbolizar sus virtudes, pero incapaz de mirar de frente sus defectos para exorcizarlos. El subtítulo del film, "Un asunto cubano no terminado" (A Cuban Unfinished Business), cobra especial fuerza al mirar nuestra realidad: revela la incapacidad de superar la miseria y el odio, y deja flotando la duda de si nos importa más el impulso primario de la revancha o el acto adulto de administrar verdadera justicia.
Mientras nos respondemos estas interrogantes, vale la pena dejar la mía en el aire: ¿cuántos de nosotros querremos disfrutar de la venganza, ese plato dulce que se sirve frío?
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