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Opinión | Las obras de Luis Manuel Otero Alcántara no nacieron en un estudio, nacieron en una celda

"En esos trazos hay memoria muscular, encierro, hambre, insomnio, humillación y resistencia. Hay cosas que un artista inventa y otras que necesita arrancarse del cuerpo para no morir envenenado por ellas. Estas obras no decoran una pared. La acusan."

Luis Manuel Otero Alcántara mostrando una obra creada en la prisión política en Cuba, en el Espacio 23, Miami (11 de agosto de 2026). Foto: Luis Eligio D'Omni.
Luis Manuel Otero Alcántara mostrando una obra creada en la prisión política en Cuba, en el Espacio 23, Miami (11 de agosto de 2026). Foto: Luis Eligio D'Omni.

Tras contemplar varias de las obras creadas por Luis Manuel Otero Alcántara durante sus años de cárcel en Cuba, el activista y expreso político cubano Carlos Ernesto Díaz González (Ktivo Disidente) publicó en Facebook sus apreciaciones sobre las piezas y los símbolos carcelarios que reconoce en ellas, a partir de su propia experiencia.

Vi estas obras de Luis Manuel Otero Alcántara y me entristecí profundamente.

No soy crítico de arte. No conozco las palabras sofisticadas con las que algunos explican una línea, un color o una composición. No sé hablar desde el púlpito académico de una galería. Pero conozco una prisión castrista. Conozco sus objetos, sus códigos, sus olores, sus paredes, sus silencios y la manera en que el presidio se queda viviendo dentro de uno mucho después de haber cruzado la reja de salida.

Por eso no vi simples dibujos. Vi regresar una prisión entera.

Me acordé de Duvier, de Yasmani, de Danisvel, de Félix Navarro y de su hija Saylí; de Lisandra, Yunaiky, Kamil, Ernesto, Loreto, Donaida y de tantos presos políticos cubanos que llevan dentro un mapa del mundo donde solamente viven los buenos, porque hasta en el infierno castrista han decidido no parecerse a sus verdugos.

La prisión que vuelve en los dibujos

En una de las obras aparece su personaje, ese payasito triste sosteniendo una cuerda con un pomo plástico en uno de sus extremos.

Para quien nunca ha estado preso, quizás sea apenas una soga absurda. Para nosotros tiene nombre: tilín, ratón. Es una de las arterias clandestinas de la prisión.

Con ella se trasladan de una celda a otra mensajes, denuncias, cigarros, drogas y barbitúricos, medicinas, algún pedazo de pan y, muchas veces, la prueba de un crimen. 

Se fabrica con los hilos de los sacos blancos de plástico. El tilín atraviesa pasillos y barrotes; recoge un papel diminuto y lo arrastra por el suelo hasta ponerlo a salvo.

Así comienza, en ocasiones, el largo viaje de una denuncia: de una mano encarcelada a otra; de una galera a una visita; de una prisión cubana al exterior.

Ese pomo plástico puede parecer basura para el hombre libre. Dentro de una cárcel castrista puede convertirse en correo, auxilio, periódico, puente y testigo.

La policía los persigue; siempre anda tras los tilines o ratones. Puede ser la única boca que el carcelero no consigue clausurar.

En otra obra aparece la típica celda de castigo. Yo conozco ese diseño. Lo conocen miles de cubanos.

Casi todas se parecen porque la crueldad castrista también fue fabricada en serie: la reja, el camastro de cemento frío, la oscuridad, la humedad y aquella lechada granulosa con la que blanquean las paredes como si una capa de cal pudiera borrar los gritos. Ni siquiera entregan brochas.

Son los propios presos quienes esparcen la mezcla utilizando un pedazo de colchoneta de esponja. Recuerdo al Niño Majata pasando con aquella cubeta y las puntas de los dedos cubiertas de blanco, contrastando brutalmente con su piel muy negra.

Esa imagen se me quedó clavada en la memoria: un hombre consciente en ser obligado a maquillar con sus propias manos la pared destinada a tragarse a otros hombres.

El castrismo pinta de blanco sus calabozos para que la oscuridad parezca limpia. Pero no hay lechada capaz de blanquear un crimen.

En la celda aparece también el teléfono. Generalmente está situado en una de las primeras celdas, frente a esas literas de canillas o tubos de los destacamentos colectivos, donde amontonan a dos, cuatro, seis, doce, hasta dieciocho seres humanos.

"Los Castro uniforman a los vivos con tela de difuntos."

Los cubículos. En las celdas de castigo los teléfonos también están en una de las primeras celdas. Y hasta el lenguaje del presidio contiene sus propias sentencias: "Fulano está en celda".

No significa simplemente que está encerrado. Significa que fue separado, castigado, incomunicado, arrojado a ese pequeño territorio donde el régimen intenta quebrar lo que no pudo comprar ni domesticar. 

Después está la camisa sin mangas. Ese uniforme miserable confeccionado con una tela que parece arrancada de los ataúdes socialistas. Y la coincidencia es todavía más macabra: el mismo tejido áspero y fúnebre, ese gris utilizado por [Servicios] Comunales para revestir las cajas de muertos, es el que la dictadura entrega para vestir a los presos.

Los Castro uniforman a los vivos con tela de difuntos. Ese es el mensaje.

Quieren que el preso se sienta enterrado antes de morir. Quieren convertir la condena en funeral, la celda en sepultura y el uniforme en sudario. Con esa tela están vestidos hoy muchos de los mejores hijos de Cuba: enterrados en vida, pero respirando todavía; sepultados por el Estado, pero caminando con una dignidad que sus carceleros jamás conocerán.

Y entonces aparece la piscina. No necesito ser crítico de arte para comprender la violencia de una piscina dibujada dentro de una celda castrista.

Luis Manuel Otero Alcántara mostrando una obra creada en la prisión política en Cuba (agosto de 2026). Foto: Carlos Ernesto Díaz González (Ktivo Disidente)
Luis Manuel Otero Alcántara mostrando una obra creada en la prisión política en Cuba (agosto de 2026). Foto: Carlos Ernesto Díaz González (Ktivo Disidente)

Luis Manuel realizó esa obra cuando todavía estaba en prisión. Allí, en medio de las rejas, las literas y las paredes que parecen cerrarse sobre el cuerpo, dibujó una piscina. Un espacio imposible dentro del encierro. Agua en medio del cemento. Profundidad en un lugar donde el régimen pretende reducir el mundo a cuatro paredes.

No intentaré dictar desde afuera lo que Luis quiso decir. Esa explicación le pertenece a él. Pero sí puedo decir lo que esa imagen provoca en un hombre que conoce la prisión: parece una ventana abierta en el suelo del calabozo, una fuga imaginaria, un pedazo de libertad colocado donde la libertad ha sido prohibida.

La Seguridad del Estado fabrica la sospecha

Y después ocurrió algo que vuelve esa imagen todavía más perturbadora.

Antes de que Luis Manuel saliera hacia Estados Unidos, según él mismo relató públicamente con una sinceridad que debe reconocérsele, la policía política lo llevó a una casa de protocolo con piscina.

Allí le ofrecieron whisky chino y cerveza. No era una visita inocente. No era hospitalidad. No era un gesto de reconciliación de sus verdugos.

Luis Manuel sabía que estaba siendo sometido a una operación psicológica de la inteligencia. Lo comprendió y después lo contó. Fue sincero. Lo que posiblemente no alcanzó a calcular en toda su dimensión fue el costo futuro de aquella escenografía, porque precisamente para eso había sido diseñada.

La policía política había colocado a un artista recién salido de sus mazmorras dentro de una casa con piscina, bebidas y comodidades perfectamente fotografiables y fáciles de tergiversar.

Primero construyeron el escenario. Después esperaron a que otros escribieran la acusación.

La Seguridad del Estado no siempre fabrica documentos. A veces fabrica circunstancias. Coloca a la víctima dentro de una escena y luego utiliza la escena como evidencia contra ella. Te lleva por una puerta y más tarde muestra la fotografía de tu entrada para preguntar maliciosamente por qué estabas allí.

Luis Manuel Otero Alcántara llega a Miami (18 de julio de 2026).

Le ofrecieron whisky chino y cerveza, pero el verdadero producto que se estaba fabricando en aquella casa era otro: sospecha.

Querían producir imágenes, contradicciones aparentes, conversaciones ambiguas y material que pudiera utilizarse para desacreditarlo en el exilio. Querían que la piscina de la casa de protocolo ahogara al hombre que había dibujado una piscina desde una celda.

"No hace falta pertenecer a la Seguridad del Estado para hacerle un favor."

Y lo verdaderamente miserable es que la Seguridad del Estado ni siquiera necesita terminar sola sus operaciones. Siempre aparecen voluntarios.

Aparecen detectives de piscina, inspectores de vasos, fiscales de cerveza y arqueólogos del whisky para continuar exactamente donde la policía política lo dejó. Examinan la casa, la bebida y cada gesto de Luis Manuel con una severidad que pocas veces reservan para quienes lo encarcelaron.

Miran la piscina, pero olvidan la celda. Cuentan las cervezas, pero no los días de prisión. Interrogan a la víctima, pero conceden al victimario el lujo de desaparecer del relato. ¡Qué operación tan económica para la tiranía!

Ella pone la casa, la piscina y el whisky chino; después algunos cubanos, convencidos de que están descubriendo una conspiración, aportan gratuitamente el linchamiento.

La tiranía prepara la trampa y los presuntos sagaces corren a cerrarla.

No afirmo que todos los que han criticado a Luis Manuel sean agentes ni traidores. Sé perfectamente que muchos no lo son. Precisamente por eso me enfurece más su irresponsabilidad. Porque una persona decente también puede convertirse, por soberbia, resentimiento o estupidez, en instrumento momentáneo de una operación diseñada por la policía política.

No hace falta pertenecer a la Seguridad del Estado para hacerle un favor. A veces basta con repetir su insinuación.

El arte nacido en el encierro

Luis Manuel dibujó estas cosas desde adentro. No desde una teoría. No desde la imaginación cómoda de quien hojea un catálogo.

En esos trazos hay memoria muscular, encierro, hambre, insomnio, humillación y resistencia. Hay cosas que un artista inventa y otras que necesita arrancarse del cuerpo para no morir envenenado por ellas.

Estas obras no decoran una pared. La acusan.

Son fragmentos de una prisión arrancados de la oscuridad y colocados frente a nuestros ojos. Son barrotes que aprendieron a hablar. Son la celda negándose a permanecer escondida. Son un hombre regresando al lugar donde intentaron destruirlo para sacar de allí una prueba, una imagen, un pedazo de verdad.

Por eso, al contemplarlas, pude asomarme un poco al interior de Luis Manuel. Y vi tanto dolor que terminé todavía más indignado con quienes lo han atacado con una saña irresponsable y estúpida.

"¿En qué momento algunos olvidaron quién construyó la celda?"

No hablo de quienes critican una obra, una conducta o una posición política con argumentos. Nadie está por encima del debate.

Hablo de quienes han convertido el linchamiento en entretenimiento; de quienes despedazan reputaciones desde la comodidad de una pantalla; de quienes buscan imperfecciones en el preso político mientras apenas reservan una fracción de esa ferocidad para sus carceleros.

¿Qué tiene que suceder para que comprendan el crimen moral que están cometiendo?

¿Cuánta cárcel debe sufrir un hombre para que se le conceda, al menos, el derecho a no ser humillado por aquellos en cuyo nombre también padeció?

¿En qué momento algunos olvidaron quién construyó la celda, quién puso los barrotes y quién dictó la condena?

Hay gente tan ocupada examinando las manchas de los prisioneros que ya no distingue la sangre en las manos de los verdugos.

Le hacen gratuitamente a la tiranía el trabajo que ella paga, organiza y celebra: fragmentar, desmoralizar, desacreditar y convertir a las víctimas en acusados. Después se justifican diciendo que ejercen su derecho a criticar. No.

Cuando la crítica pierde toda proporción, borra al victimario y concentra su furia en la víctima, deja de ser lucidez y se convierte en servidumbre del daño.

Pueden repetir que son muy anticastristas. Pueden envolver su crueldad en discursos de pureza. Pero si el resultado de su conducta alegra a la Seguridad del Estado, alimenta sus campañas y deja más solo al preso político, deberían tener la honestidad de mirarse al espejo.

Luis Manuel Otero Alcántara mostrando una obra creada en la prisión política en Cuba (agosto de 2026). Foto: Carlos Ernesto Díaz González (Ktivo Disidente)
Luis Manuel Otero Alcántara mostrando una obra creada en la prisión política en Cuba (agosto de 2026). Foto: Carlos Ernesto Díaz González (Ktivo Disidente)

Recordar quién fue el carcelero

Yo he tomado una decisión. Seguiré apoyando a los auténticos presos y expresos políticos cubanos. No los dejaré solos bajo ninguna circunstancia. Defenderé su dignidad aunque no comparta cada palabra, cada obra, cada gesto o cada decisión.

Porque el respeto al sacrificio no exige unanimidad. Exige memoria, decencia y sentido de justicia. Y lo haré con una rabia que a veces linda con la locura. Dios me perdone, pero seré insoportable.

Me batiré moralmente con el mundo entero si fuera necesario. Porque cuando intentan humillar a un cubano que sacrificó siquiera un día de su vida en una cárcel castrista por defender la libertad de otros cubanos, siento que también intentan humillarme a mí.

Podremos discutir entre nosotros. Podremos señalar errores. Pero no permitiré que la divergencia se convierta en profanación ni que la vanidad de algunos termine pisoteando las cicatrices de quienes cargaron sobre el cuerpo el peso de nuestra tragedia nacional.

Una celda castrista no convierte automáticamente a nadie en santo. Pero obliga a todo hombre decente a recordar quién fue el carcelero. 

Estas obras de Luis Manuel no piden lástima. Exigen memoria.

Y frente a ellas solo caben dos posiciones: escuchar lo que cuentan o ayudar a quienes necesitan que ese dolor sea olvidado.

Yo elijo escuchar.

Yo elijo recordar.

Yo elijo permanecer al lado de quienes fueron vestidos con tela de ataúd y, aun así, se negaron a morir por dentro.

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Carlos Ernesto Díaz González (Ktivo Disidente)

Carlos Ernesto Díaz González (Ktivo Disidente)

(Cienfuegos, 1982) Activista opositor cubano y artista vinculado a la música urbana, originario de Cienfuegos. Protagonizó el 28 de abril de 2022 una protesta pacífica en el bulevar de San Rafael, en La Habana, donde exigió la libertad de los presos políticos y el derecho de los cubanos a participar libremente en la vida política. Fue detenido y condenado en noviembre de ese año a dos años y seis meses de prisión por los delitos de "desobediencia" y "desacato". Permaneció encarcelado durante más de un año en las prisiones de Valle Grande, Combinado del Este y Ariza, y realizó varias huelgas de hambre mientras denunciaba golpizas y otros malos tratos. Recibió la libertad condicional el 1 de junio de 2023 y meses después se exilió en Estados Unidos, desde donde ha continuado vinculado al activismo por los derechos humanos, la libertad de Cuba y los presos políticos.

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