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Opinión | Charlie Kirk, a un año de su asesinato

"Cuando supe que habían asesinado a Charlie, me estremecí. Porque era un gran símbolo, sin duda. A Charlie lo mataron por sus ideas políticas y su fe, compartidas por millones de estadounidenses y por cubanos en el exilio y en la resistencia."

Charlie Kirk. Foto: Foto: Gage Skidmore/Flickr.
Charlie Kirk. Foto: Foto: Gage Skidmore/Flickr.

Tenía 18 años cuando se involucró en la política. Con 10.000 dólares, fundó lo que llegaría a ser una de las organizaciones conservadoras más importantes de Estados Unidos: Turning Point USA, clave para la histórica victoria de Trump en 2024.

Sin embargo, en el camino supo construir lo más importante: un matrimonio y una familia. Cuando me enteré de su asesinato, lo único en lo que podía pensar era en todas las noches en que sus hijos se quedarían sin el beso de buenas noches, y en cómo su esposa tendría que decirles que su papá ya no estaba porque alguien odiaba tanto su inteligencia que le disparó al cuello.

Charlie Kirk y su familia. Foto: Instagram.
Charlie Kirk y su familia. Foto: Instagram.

El video de ese último segundo es estremecedor. Charlie habla, se retira el micrófono de los labios y su cuerpo se sacude violentamente, como por el impacto de un rayo. Hay sangre. Y la vida se le escapa a los 31 años.

Un referente para una generación

A esa edad, algunos analistas lo señalaban como el próximo líder del Comité Nacional Republicano, o incluso como un futuro presidente.

Lo que está fuera de toda duda es su liderazgo decisivo entre la juventud republicana actual, esa gran coalición que abarca desde el movimiento Make America Healthy Again hasta los libertarios y los tradicionalistas.

Conocí sus videos en Cuba, antes de exiliarme en 2022. Admiraba su defensa del derecho a la vida y de la libertad de expresión en una época en la que parecía terminar la Era del Hombre y comenzar la Era de los Orcos.

Muchos cubanos —sin acceso en la isla a materiales que no fueran socialistas— consumíamos su contenido y el de plataformas como The Daily Wire y PragerU para conocer un debate político que nos estaba vedado bajo el totalitarismo. En el proceso, mejorábamos nuestro inglés y conectábamos con una vertiente del pensamiento occidental que ama la verdad y la libertad.

Charlie abrió camino entre la espesura de la selva política, en tiempos en que resultaba políticamente incorrecto afirmar que Trump era un candidato a seguir, que no todas las culturas comparten los mismos valores o que mutilar a las minorías en nombre de la ideología de género era un acto de maldad.

Fue un líder, un referente para su generación. Lo insultaron con ataques personales, acosaron a su familia y le colgaron etiquetas ya desgastadas como "fundamentalista", "nazi" o "fascista"; pero no le arrebató el micrófono a nadie; respondió con calma y argumentos. Su serenidad lo convirtió en un modelo a seguir.

Era un hombre auténtico. Recuerdo cómo, en una de sus últimas presentaciones, animaba a los jóvenes a aprender oficios con aplicaciones prácticas, a leer por su cuenta, a pensar de forma crítica y a romper con el embudo ideológico en el que se habían convertido los campus universitarios de tendencia izquierdista. Recuerdo que mencionó haber luchado contra la pornografía una década atrás. Esa sinceridad, esa franqueza al hablar como un hermano, le granjeó la confianza de gran parte de la Generación Z.

De las redes sociales a los campus

A principios de 2025, mientras trabajaba en la Universidad Internacional de Florida, fui testigo de la organización y la pasión de la filial de Turning Point USA, que promovía un evento sobre los peligros de la ideología de género en el deporte femenino.

En sus inicios, Turning Point USA atraía a suficiente público para llenar una sala pequeña; para 2025, cuando Charlie fue asesinado, contaba con más de 1.300 filiales en campus universitarios de los 50 estados. 

En su última aparición con la organización, Charlie llenó con miles de personas un anfiteatro en la Universidad de Utah Valley (un espacio que comprometía su seguridad, dejándolo en una posición baja y expuesta). Algunas de sus últimas palabras allí fueron en defensa de la verdad histórica de la figura de Jesús.

Charlie se suma a la larga lista de mártires que, por promover los valores y la ética cristianos en la esfera pública, caen a manos de radicales.

También se une a la creciente lista de víctimas de violencia contra líderes destacados del espectro político de derecha en lo que va de siglo, desde Jair Bolsonaro (Brasil), Fernando Villavicencio (Ecuador) y Shinzo Abe (Japón) hasta Donald Trump y Miguel Uribe (Colombia), entre otros.

Donald Trump y Charlie Kirk durante AmericaFest 2024, en Phoenix, Arizona (diciembre de 2024). Foto: Europa Press.
Donald Trump y Charlie Kirk durante AmericaFest 2024, en Phoenix, Arizona (diciembre de 2024). Foto: Europa Press.

¿Volverán las prácticas de asesinato político que ensangrentaron a Estados Unidos entre las décadas de 1960 y 1970? Esperemos que no. Esperemos que las autoridades no teman castigar a quienes juegan a ser asesinos.

Charlie murió defendiendo lo que amaba: esos fundamentos de Occidente que hacen de esta la civilización más próspera y libre que el planeta haya conocido jamás: la libertad de expresión y la fe en el Dios bíblico. Con gracia, fortaleza e inteligencia, rompió el patrón de censura impuesto por el wokismo en las universidades, abriendo los micrófonos en campus de todo el país.

Los medios convencionales lo detestaban. La CNN, apenas unos días antes de su asesinato, prácticamente lo tachó de racista por exigir justicia para la refugiada ucraniana Iryna Zarutska.

Se trata de la misma vorágine mediática que encendió a la opinión pública y sirvió de marco lógico para justificar los intentos de acabar con la vida de Trump en varias ocasiones durante las elecciones presidenciales.

Lo ocurrido el 10 de septiembre de 2025 me hizo pensar que se alteraba peligrosamente nuestra forma de entender el uso del espacio público en una sociedad democrática.  

Entonces, me pregunté cuántas personas que, como Charlie, debaten al aire libre, se plantearían organizar actos más reducidos y a puerta cerrada. ¿Cuántas preferirán —por un temor nada infundado— guardar silencio?¿Cuántos miles de dólares más costará organizar, recurriendo a empresas de seguridad privada, un evento en el que los ciudadanos puedan ejercer sus derechos amparados por la Primera Enmienda?

Los violentos no pueden ganar, pues ello supondría retroceder a una época anterior a la civilización.

Charlie Kirk, el símbolo

Cuando supe que habían asesinado a Charlie, me estremecí. Porque Charlie era un símbolo; un gran símbolo, sin duda. A Charlie lo mataron por sus ideas políticas y su fe, compartidas por millones de estadounidenses, por cubanos en el exilio y en la resistencia, y por personas de todo el mundo.

La bala que atravesó el cuerpo espigado de Charlie iba dirigida a los jóvenes que le sonreían y le aplaudían en la Universidad de Utah Valley, a mí y, tal vez, a usted que lee esto. Hoy se regocijan en su muerte figuras clave del Partido Demócrata, como el socialista Hasan Piker; otros la trivializaron en su momento.

No hay justificación para que una dictadura minoritaria convierta a este país en un lugar donde los ciudadanos vivan con miedo a hablar y debatir; no hay razón para que una dictadura minoritaria silencie las voces de quienes aman la libertad.

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Yoe Suárez

Yoe Suárez

(La Habana, 1990) Autor de los libros de no ficción La otra isla (Finalista Beca Michael Jacobs 2016 e International Book Latino Award 2019), En esta ribera mi cuerpo (Mención Premio Casa de las Américas 2018), El soplo del demonio. Violencia y pandillerismo en La Habana (2018), llevado al mediometraje documental Punkie. Coordinó Espectros (2016), primera antología de periodismo narrativo cubano. Traducido al inglés y al italiano. Premio de Reportajes Editorial Hypermedia 2017 y  2018. Publicó en Newsweek, Univisión, Vice, El Español. Fue corresponsal del canal estadounidense CBN News. Documentalista. Cuentos suyos fueron llevados al audiovisual, y varios reportajes al cómic en el libro Quiebre de espíritu. Aparece en antologías de poesía y ensayo dentro y fuera de Cuba.

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