EL CIERVO ENCANTADO
“El ciervo encantado” se publicó por primera vez en 1905 como libro, bajo el título El ciervo encantado. Cuento prehistórico (Imprenta Avisador Comercial, La Habana), y el 10 de diciembre de ese mismo año fue reproducido por la revista ilustrada El Fígaro. Considerado uno de los relatos precursores de la literatura cubana del siglo XX, inaugura “un ‘estado de ánimo’ en la cuentística nacional”, según el investigador y ensayista Jorge Fornet.
Hace de esto más de veinte mil años; y el hecho puede interesar sólo a los que rastrean en el pasado del hombre y, guiados de la ciencia antropológica, los primeros asomos de nuestra vida moral, que, a pesar de la leyenda del paraíso, puede muy bien no haber sido desde los principios de nuestra existencia histórica tan perfecta como es hoy; después, sobre todo de las grandes enseñanzas que en el campo de esa vida nos dieron en su día los epicúreos, y de las que, más cerca de nosotros y en el mismo sentido, nos proporcionó amablemente el gran Hobbes.
Sea de esto último lo que quiera, lo cierto es que los sucesos a que me refiero han sido puestos recientemente en claro por uno de esos grandes investigadores que, en busca de la verdad, escudriñan no ya los secretos que encierran los viejos ladrillos caldeos, los papiros y pirámides egipcios y los amarillentos pergaminos, sino los que esconde y solapa el gran libro geológico en sus capas, estratos y yacimientos, que son, a los ojos del sabio, como otras tantas hojas impresas llenas de noticias curiosas, escritas allí con caracteres muy legibles en el gran infolio de la tierra. Labor que está muy por encima de la que, ayer, como quien dice, realizaron los logógrafos y mitógrafos de la Grecia y deja a cien leguas por detrás la obra de los Herodotos y Teopompos, y aun la del mismo Tácito.
Es, pues, el caso (y no es posible que, para declararlo en su evolución cósmica, étnica, religiosa, política y sociológica, entremos en pormenores enojosos como aquellos que descubrió y describió Gulliverio en la persona de las damas de honor de Brobdignac a las cuales les veía hasta los poros de la piel y los capilares de los ojos), es el caso, decimos, que se sabe de ciencia cierta que en aquellos tiempos que he dicho y cuando todavía era el Mediterráneo un gran lago, existía en el confín oriental más remoto de ese mar, que fue muchos miles de años después teatro del movimiento comercial de los fenicios y cartagineses, una isla de regular tamaño fértil y bien proporcionada, que parecería hecha a pincel por las manos del mismo Platón, que, como se sabe, fue gran maestro en el arte de hacerlas y pintarlas y un gran soñador por añadidura, como dijo tan bien Voltaire, que tuvo tanto talento, que supo tantas cosas y no llegó nunca a entender la Historia.
Esta isla que decimos no fue Taso, ni Samotraki, ni Imbro, ni Estalimcue, ni Negroponto, ni Naxos, ni Lemnos, ni Escalepo, ni Esquiro, ni Esquiatos, ni ninguna de las Cícladas; ni Coluri, ni Egina, ni Hidra, ni Psara, ni Chio, ni cualquiera, tampoco, de las Espóradas; ni Rodas, ni Escarpanto, en el gran mar Egeo, ni se cuenta entre las Jónicas, porque no fue Zefalonia, ni Corfú, ni Zante; ni Ogigia (en donde habitó, como es sabido, Calipso), ninguna de las cuales islas pudo haber existido entonces porque aún estaba unida por una cadena de montañas la Europa al Asia y las más altas cimas de esa gran cordillera más tarde sumergida, no representaban el papel geográfico que centurias después habían de representar y aún representan.
Conjetúrase que la ínsula de que hablamos tuvo el mismo geológico origen que tuvieron las Afortunadas y las de Pancaya, que siglos de siglos más tarde habían de descubrir aquellos grandes navegantes del Océano de la Imaginación que se llamaron Iambulo y Evémero. Es cierto, además de todo caso, que no fue la de los Hiperbóreos, porque esta isla había de caer, como cayó más tarde, bajo la constelación de la Osa, un poco más allá del punto en que sopla el viento que le da su nombre.
La isla, que figura con el nombre de Nauja en los mapas de los Toscanelli y otros cosmógrafos de aquellos remotos días, estaba poblada y había alcanzado un grado de civilización muy considerable para los tiempos que corrían; y se supone que su gente procedía de la raza cheleenne (cheleana, diremos) que ocupaba por aquel entonces el occidente meridional de Europa, la cual raza dio de sí el gran dolicocéfalo inteligente, alto y fornido que se pintaba de minio la cara y estaba dotado de una gran combatividad además, como convenía a quien había de disputar la vida al gran Félix Spela, al león, que era un niño de pecho al lado de éste, al gran oso de las cavernas y a otras bestezuelas por el estilo. Era un poco nocturno y tenía sus toques felinos entonces el homo sapiens y andaba armado de una macana, a cuyo lado la de Hércules hubiera parecido un mondadientes; y portaba, a todo evento, además, una azagaya capaz de pasar de claro en claro, lanzada por su hercúleo brazo, un unicornio y hasta dos, como los cogiese apareados. Un animal, como si dijéramos, doméstico, de entonces, era el gran Cervus Elaphus, cuya presencia impondía hoy a la más brava domadora de leones de cualquier Barnum.
Este animal, más ligero de suyo que el viento, más grande que un alce moderno, temible, porque estaba armado de formidable cornamenta y no tenía el corazón de un corderillo, era presa fácil del hombre, su contemporáneo, que tenía en la carne de la gran bestia el mejor bocado de su mesa; como tenía en el aurochs (un toro grandísimo y endiablado de entonces), su proveedor de paño para vestido y abrigo, que de él los sacaba, arrancándole la piel, después de haberlo muerto en la caza, por supuesto; que el desollar a los animales y a los hombres vivos empezó en el mundo más tarde, con los amigos de San Bartolomé.
¿Y quién les dice a ustedes que un ciervo de aquéllos fue causa de que la existencia hasta cierta hora plácida y tranquila de aquellos isleños se perturbase, accidentada y dramatizase hasta no poder más, y acabase en el mayor desconcierto social entonces entre hordas humanas conocido? ¿Quién les dice a ustedes que un ciervo de aquéllos?... Pero no adelantemos los sucesos…
La narración anticipada de ellos pudiera no ser todo lo puntual que la Historia exige; y es bien que no esté, para su inteligencia, en antecedentes de cierto orden, al origen, carácter y vicisitudes de aquel pueblo concernientes; y, sin las cuales, en cualquier caso, no se sabría nunca nada de cierto. El hombre está, como sabe hace siglos de siglos, en plena posesión de la verdad histórica; y el que hace este cuento no puede pasar sin ella ni sabrá defraudar, ocultándola, los intereses, a este respecto sagrados, de la inteligencia humana.
¡Paciencia, y barajemos!
La primera carta que en este barajar tenemos nos dirá, y esto es esencial, que aquellos hombres no habían nacido en aquel lugar como hongos, ni cayeron del espacio, ni de una isla aérea como alguno pudiera sospechar. Primero, porque la generación espontánea no había sido todavía descubierta por los Holbach, ni las islas flotantes habían sido aún inventadas por los Swift. Aquellos hombres procedían del Continente, y habían arribado a la isla (nadie sabe si a nado o embarcados en grandes canoas) en una época que los más antiguos de ellos fijaban cuatro siglos atrás, y con intención de colonizarla.
Si alguna cosa se sabe en Historia es que pueblos y razas diversas inmigrantes se sucedieron en la Europa Occidental y en la Central, extendiendo la civilización, que de Oriente traían, a los extremos del Continente y a las islas que la rodeaban y rodean. Los pueblos que son como colmenas (no hay que darle vueltas) han enjambado desde el principio del mundo, como enjambaron desde entonces las abejas. Eso es cosa sabida también, y aquí está el quid de tanto trasiego de gente sobre la tierra. Demos, pues, por cosa averiguada, que nuestros robinsones se habían desprendido de un grupo continental más numeroso y más fuerte también.
Ni memoria tenían aquellos contemporáneos del Mammouth de vida mejor que la que allí, señores de la tierra, hacían, ni aspiraban a más de vivir hartos. Un instinto, sí, les dominaba: el cinegético, que en el género de vida que llevaban se les había hipertrofiado en el alma y se le llenaba a todos ellos; y por aquí se verá cómo nacían desde entonces en lo humano las propias virtudes los defectos. Pieza ojeada, pieza muerta, era allí como el evangelio de la vida moral estrecha, pero intensa, que hacían; y así lo atestiguan, primero, la existencia de aquella sociedad, y, luego, los osamentas de toda clase de animales feroces que como columnas de triunfo se alzaban por todas partes en la Isla, así en el llano, como en los claros de las selvas, en lo más espeso de los bosques y en lo más lóbrego de las cavernas, en donde aún pueden hallárselas.
Pero, he aquí que un día el más acreditado cazador de aquella subraza llega, jadeando, anochecido ya, a su caverna y cuenta a los viejos y a los jóvenes que en ella le aguardaban, el hecho por todo extremo insólito de habérsele escapado un ciervo tras el cual corrió desde antes del alba. Si faltaba con ello en el hogar la carne, faltaba también lo que ya desde entonces era más caro que todo a nuestra especie: el honor.
Oír el cuento y armarse todos fue uno y, juntos, por tácito acuerdo, salieron a perseguir, apasionados y con salvaje energía, la fugitiva res. ¡Ni por ésas! Con el alba entraron en su cavernoso asilo todos al siguiente día, desesperados, sudorosos, sombríos, mudos de sordo rencor los cazadores. Todos habían visto el ciervo, todos habían creído tenerlo acorralado, todos habían disparado sobre él a tiro y sobre seguro sus vibrantes azagayas; y el animal no parecía ni muerto ni vivo, cuando, contando con la presa ya en la mano, se abalanzaban a cogerla. ¡Nada! El ciervo se les desvanecía en el aire, para reaparecer un instante después triunfador, burlón, como desafiándolos, a cien toesas del lugar que había hollado primero; y allí, vuelta al acecho, a la persecución y al acorralamiento, al ataque frustrado y a la fuga de la bestia y al fracaso del hombre. Aquella gente, como toda gente ruda, hablaba poco; pero la gran taciturnidad en que estaba sumida en los momentos en que los vemos juntos, tenía la taciturnidad poblada de amenazantes rumores que precede en la naturaleza al huracán.
Bebieron agua en el hueco de la mano, tomándola de un manantial que en la vera misma de la gruta tenía su nacimiento, y se dispararon juntos como una tromba a través del intrincado bosque en un claro del cual hacían su guarida; y fueron caverna por caverna, por todos los ámbitos de la ínsula, comunicando la humillante nueva a todo dolicocéfalo capaz de manejar una maza; y, casi sin palabras, se entendieron. Eso tiene lo trágico, su mutismo expresivo es más elocuente que el discurso más acabado. Además, y sin que supieran darse cuenta de ello, aunque lo sentían, flotaba, por decirlo así, en la atmósfera con inconsciencia penetrante el espíritu sombrío de los días calamitosos de los pueblos. Y arrolló aquel huracán de bípedos, injertos de Argos y de Hércules, rabiosamente activos, cuanto se opuso a su paso en la pesquisa feroz que emprendían; y el ciervo, cien veces visto, con proporciones gigantescas ya (apocalípticas, diríamos, si no fuese allí anacrónico el adjetivo), les burló otras cien. Panteras, osos, leones a quienes despreciativamente esquivaban, se paraban con asombro feroz e imbécil, y los veían pasar sin comprender nada, sin explicarse aquella vertiginosa batida.
Días y días pasaron así, presa del vértigo cinegético, trasponiendo sierras, vadeando ríos, saltando torrentes, recorriendo llanuras, explorando valles, sondeando quebradas, cañadas, precipicios y simas; y todas partes veían o columbraban al fantástico animal, sin que asirlo pudieran, hasta que, agotadas sus energías, cayeron rendidos en un grandísimo llano que en medio de la Isla se hacía y en donde tenían sus asambleas y fiestas en épocas normales de la vida.
Allí mismo, pocas horas después y un tanto convalecidos de la fatiga, celebraron consejo. Agotados los recursos de la fuerza brutal, casi mecánica, de que el hombre como las fieras dispone, desde entonces, resolvieron, por lo que se echa de ver, apelar a los de la inteligencia.
Después de muchos ¡Lloí!, ¡Lloí!, que era entre ellos una interjección muy significativa, y tras mucho hablar, el Néstor de la asamblea propuso que para coger el ciervo pidiesen auxilios y recursos a la Metrópoli que, como se sabe, estaba situada en el continente vecino. Ahuecaron seguidamente el tronco de un baobab diez veces centenario que de allí a pocos pasos crecía, y que en un decir Jesús habían derribado; y ya tienen ustedes embarcados en la canoa que hicieron al Jasón y al Ulises de aquella gente. Uno iba como piloto, gobernando el barco; el otro, como diplomático, para conducir y manejar aquel asunto en la Corte; y,
Ibi robur et oex triplex
circa pectus erat qui fugiens trucis
commisit pelago ratem
Crimus…
allí los tienen ustedes navegando bravamente, rumbo al nordeste.
Perdidos iban ya entre la bruma, y aún creían percibir los vales de sus amigos, aquellos ¡ay! que en aras de una gran pasión cinegética arriesgaban la vida emprendiendo el primer periplo que realizaron los hombres.
No todavía el áureo vellón de la piel de una oveja, sino el cuero de un ciervo iban buscando. Mas, ¡por algo se empieza! Volvieron al cabo de dos años con las manos vacías aquellos agrícolas de mares, como el Góngora de entonces los llamaba, y dijeron que en la Metrópoli habían puesto, con el recado que llevaron, el grito en el cielo: que hasta se habían arriado, y que contestaron que harto habían del lado de allá con perseguir su ciervo; que también tenían uno que coger; y, además (y en son de paternal aviso), que la carne de ciervo era manjar indigesto y que se guardasen, no digo de comerla, que eso nunca!, sino de apetecerla siquiera.
Así las cosas, y flacos y desmedrados los isleños, minada su moral cinegética, además, por la desesperanza y por las inútiles correrías que, en pos de la bestia en que cambió Diana a Acteón, de cuando en cuando emprendían siempre, se dividieron en dos bandos. Unos, los cansados y más flojos, decían que a aquel animal había que cogerlo por las buenas; y otros, los más radicales, que carne de bestia tan montaraz y arriscada no sabía bien sino comiéndola a la fuerza y adobada por los propios jugos, auras, emanaciones, efluvios y acres vahos de la libertad en que había nacido y vivía. Digo, y que el animal, con la gimnasia a que lo habían sometido, y con la edad, porque era todo un macho adulto, estaba entonces más grande y vigoroso que un megaterio y más salvaje e intangible que nunca. Aquí hubiéramos querido ver nosotros a San Huberto, a Pavia, a Jules Gérad, al Caballero de los Leones y al mismo Tartarin en persona. Pero, ¿qué quieren ustedes? Ninguno de esos personajes de la Historia y de la novela habían nacido todavía.
Otra fue la industria de que en aquella extremidad se valieron: pidieron entonces auxilio a una gran nación vecina de quien era fama que había cogido hacía años su ciervo, y la invitaron a que los ayudase, por el amor al arte cinegético, a coger el que por espacio de casi media centuria habían vanamente perseguido, y sin el cual, así lo declaraban a gritos, no podían vivir. No se prestaron de momento los poderosos vecinos a tal propósito; pero desazonados al cabo por la gran agitación que en la Isla, muy próxima a ellos, reinaba, y por el ruido de las correrías de los isleños que no les dejaba dormir en paz su siesta, resolvieron acceder, buscándole un soslayo, a la histórica súplica, y helos allí en campaña, trasladados en son de caza a la Isla convulsiva, y en pos del asendereado y codiciado ciervo, que cayó, a la postre, de puro cansado ya, en sus manos.
¡Qué alegría, qué regocijo, qué embriaguez la de aquellos insulares en aquel instante! Ni cuando vinieron al suelo los muros de Jericó, ni cuando Godofredo tomó la Ciudad Santa, ni cuando tomaron e hicieron polvo los franceses la Bastilla, ni cuando arrojaron antes de estos los españoles al último moro, con Abu Abdila, tras ocho siglos bélicos, de la península, ni cuando (por no olvidar a los griegos) cayó Troya o remató Hércules el último de sus doce trabajos, quedaron los hombres y héroes que tales empresas persiguieron tan contentos y satisfechos y gloriosos como nuestros cazadores isleños en aquel punto.
Pegaron carreras, cantaron himnos, postráronse, y dieron gracias al cielo y se inundaron, cuerpo y alma, en la divina al par que viril beatitud del éxito, tal como culmina en lo cívico, militar y cinegético dentro de esta alma humana que da de sí tela para cortar un Nemrod, un Espartaco y un Mazzini, como la da también para cortar un Sancho; no el Bravo, sino su paisano, el de las Zancas.
Pero, he aquí que, pasado el primer momento casi siempre estuporoso del triunfo, divídense en cinco o seis grandes grupos los isleños, y sin haberle visto todavía un pelo al ciervo, empiezan a disputar sobre la mejor manera de guisarlo para comérselo; y dando cada grupo exclusiva preferencia a su cocina, enconánse los ánimos y tiran todos a acabar, no sólo con la cocina, sino con la existencia del grupo contrario.
Ese ciervo ha de comerse en salsa de ajos con limón, y asado en barbacoa, en una pieza, decían unos. ¡Qué asado?, ¡cocido!, decían otros. Ni asado ni cocido, sino hecho cecina a modo del jamón de Westfalia, y seca a lasca, vociferaban muchos. Vosotros no sabéis de cocina, argüían éstos. Ni tenéis gusto vosotros, replicaban aquéllos. Mi salsa es la buena, mi procedimiento el mejor, gritaban en la nueva algarabía todos; y cada uno juntaba candela por su lado y llevaba leña, como podía, a su fogón, quemándole de paso la ropa o la piel al contrario con quien topaba.
A ésos, ni el agua ni la sal, proferían despreciativamente unos. A aquéllos, ni la luz del sol, vociferaban coléricos los otros. Los vecinos, auxiliares de los isleños que, so pretexto de desbravar la bestia y de enseñarla a cabestrear, se habían quedado con beneplácito de todos en la Isla, viendo esto, dieron en cifras al gobierno de su tierra: "Esta gente no quiere coger ya el animal, ni saben de eso; y hasta es probable que nosotros, hartos como estamos, tengamos que comérnoslo, porque no se huya y vuelva a provocar con su persecución nuevos escándalos. Lo mejor para nosotros hubiera sido dejar a esos isleños agotar en la persecución del ciervo sus energías; capaces como son, por lo que se ve, de la persecución, pero no de la posesión de la pieza. Aquí están dejándola en nuestras manos, dispuestos a matarse antes que a ir juntos, como debieran, a adueñarse todos de ella."
Tal pudiera una manada de hambrientos lobos, que persiguiese en los bosques a un jabalí, abandonar la caza al percibirlo; y, rabiosos del anticipado celo de la posesión, caer unos sobre otros y devorarse, sin acordarse ya en su ciega gula de la soñada presa, que huye libre al cabo, gruñendo de salvaje goce. Pero no hay memoria de que los lobos sean tan torpes.
A cara descubierta, pues, ante esa orgía de insanos apetitos isleños, los vecinos llegaron a señalar en la res los pedazos que de ella se atrevieron a aprender, y aun dijeron que harían de ellos un buen roastbeef, en lo cual estuvieron todos de acuerdo. Mandaron los matarifes para cuando llegara el caso, y dieron instrucciones a sus cocineros; temerosos en el fondo de que los isleños se resistiesen a ello, y alguno creyó que, despiertos ante la amenaza de mayor ultraje, acudiesen unidos a apoderarse del ciervo aún en pie; y vio los que tanto lo persiguieron.
¡Temor y creencia vanos! Allá, más enconados que nunca los unos contra otros, permanecieron perfeccionando las recetas de sus respectivos platos los diversos grupos que se disputaron el derecho de cocinar el ciervo a su modo; asegurando que, en triunfando cualquiera, no dejaría sentarse a la mesa del festín a isleño alguno que no perteneciese a aquella escuela gastronómica; y, aún así, ¡quién sabe!, al freír, decían, será el reír. Alguno se dolía ferozmente de no estar él solo para devorar solo toda la res y roerle después hasta el último hueso y chuparle los tuétanos. ¡Vano sueño de salvaje glotonería! Ebrios todos en su furor, aquellos hombres no sintieron (¡qué habían de sentir!) el ruido que hacía con sus ásperas escamas al arrastrarse por el país un terrible boa constrictor, el voraz Python Aureus de los naturalistas cheleanos, que habían traído consigo y soltado los extranjeros, y que ahogaba a los empobrecidos y desmoralizados propietarios de los pastos en que pudo vivir el ciervo.
Pero digo que alguno de aquellos isleños llegó a vender sus predios a vil precio para comprar leña que ofrecer a los gloriosos ídolos de Nauja. Uno a uno los poseedores de la tierra se ofrecían como fascinados a la sierpe, que lanzándose sobre ellos como sobre la mísera prole de Laocoon,
dans un cercle d’écaille saisit sa faible proie,
l’enveloppe, l’étoffe; arrache de ses flancs;
d’affreux lambeaux, suivis, de longs ruisseaux de sang;
y aquí no hubo brazo solícito que acudiese en defensa de los hijos en peligro y que supiese morir con ellos. Todos fueron ahogados; y el mejor día se vieron los supervivientes sin pastos para el ciervo y sin ínsula y sin ciervo también.
Enrojecidos de la sangre de sus insanos apetitos los ojos, buenos así sólo para contemplar al ser odiado; ni vieron ni previeron, y hay quien dice que en su torpe coraje intestino ni siquiera se dieron cuenta de su mengua, o que dieron por bien empleado que el ciervo pasase al corral de los avisados vecinos extranjeros.
—Mejor —decían—: con eso no lo probará ninguno de mis contrarios. Dueños ya así del territorio los cuerdos y sagaces aliados de un día, impusieron, naturalmente, en la Isla su gobierno, industria, costumbres y habla, y no hay para qué decir que los aborígenes quedaron de por sí recluidos de la vida social que allí se impuso y que fue próspera y feliz para los señores de la tierra. Los hijos del país formaron una casta inferior, apta sólo para los oficios más bastardos. Unos servían de mozos de labor, para lo más menudo e insignificante en los predios rústicos que un tiempo fueron propiedad suya. Otros se agregaban, como lacayos, a las familias dominantes que los toleraban con despectiva lástima y les arrojaban, para que se sustentasen, los relieves de las mesas.
Ninguno tenía, al parecer, conciencia del rebajamiento en que habían caído: habían perdido con la razón la memoria. Pero lo que más despertaba la curiosidad de los ocupantes, y les sirvió por largo tiempo de cómica diversión, fue el espectáculo que dieron los jefes de cocina isleños que, sin percatarse del cambio operado en la ínsula, permanecían tenaces al pie de sus viejos fogones, en cuclillas, soplando febrilmente las cenizas ya frías y espiando dementes el brote de una chispa que no surgió nunca. Inútil fue cuanto se hizo por apartarlos de aquellos lugares. Allí se disecaron, y cayeron al cabo muertos de extenuación entre los negros tizones apagados. ¡Oh, la cocina!
Todavía hay quien dice que los habitantes autóctonos de aquella Isla no pertenecían a nuestra especie, sino que eran, sencillamente, yahous, extraños seres antropoides de que habla en la narración de sus viajes Gulliver, y a quienes vio en el país de los Houyhnhnms, sirviendo a éstos como esclavos; pero esa circunstancia, por ser tan vieja esta historia, no ha podido puntualizarse como alguno quisiera. Y, mejor es así, decimos nosotros: ¡siempre es consolador pensar que pudieran no haber sido hombres como nosotros los cubanos, por ejemplo, los cuasi fabulosos habitantes de Nauja, desatentados perseguidores del Ciervo Encantado!
20 de mayo de 1905.
Claves de lectura
Esteban Borrero Echeverría (1849-1906), escritor y pensador independentista, es uno de los grandes intelectuales del siglo XIX y principio del XX en Cuba. Padre de la importante poeta y pintora cubana Juana Borrero (1877-1896), y de las también escritoras Ana María y Dulce María Borrero, es responsable de la primera concepción moderna del libro de cuentos en Cuba por su obra Lectura de Pascuas (Imprenta El Fígaro, La Habana, 1899), y del relato que inaugura la literatura cubana del XX: "El ciervo encantado".
Jorge Fornet apunta en el prólogo a la antología Cuento cubano del siglo XX (Fondo de Cultura Económica, México, 2002):
"Si bien las historias literarias y las antologías coinciden en señalar a Jesús Castellanos como el primer cuentista cubano moderno, el siglo lo inaugura, en rigor, el último narrador del XIX: Esteban Borrero Echeverría, a quien debemos, además, el primer libro de cuentos publicado por un autor cubano: Lectura de Pascuas (1899)."
En su disertación El pensamiento extranjero y el exilio de la literatura cubana: el universo literario cubano lleva una fuerte dimensión foránea (Universidad de Oklahoma, Estados Unidos, 2021), el investigador Ángel L. Hidalgo apunta:
"Borrero escribe buscando una literatura superlativa y lo realiza con un lenguaje culto y de estilo modernista. Mediante el conocimiento de otros idiomas, historias y literaturas establece su propia historia y así crea en sentido figurado un cuento cubano."
Fornet señala en el prólogo citado que:
"Pese a su estilo ciertamente decimonónico, 'El ciervo encantado' inauguró un 'estado de ánimo' en la cuentística nacional. Narrado en clave alegórica, resulta difícil no identificar a la isla de Nauja con Cuba, al ciervo que sus pobladores persiguen afanosa e infructuosamente con la Libertad, a la Metrópoli con España, a la gran nación vecina con los Estados Unidos... El relato resumió el sentimiento de impotencia de una generación que vio esfumarse el sueño independentista. Es ahí, más que en aspectos formales —si bien se ha dicho que en los cuentos de Borrero se advierten 'notas de rara fantasía, contenidos un tanto extraños en el ritmo de nuestras letras'—, donde radica el carácter inaugural del texto. Borrero abrió el siglo con el mismo sentimiento de desencanto, aunque de signo diferente, con que se cerraría nueve décadas más tarde."
Hidalgo también señala en su disertación que en "El ciervo encantado", y en otros textos previos de Esteban Borrero como el cuento "Calófilo" (1879):
"Vemos el patriotismo y la pena del autor. Con ese dolor se forja la literatura cubana y la sociedad, al vivir por siempre bajo el dominio de una potencia extranjera. Su obra se nutre constantemente de esas figuras retoricas de la literatura universal (Ilíada y Fidias). Para seguir viendo aspectos modernistas; en plena República publicó 'El ciervo encantado', otra de sus narraciones satíricas en la cual retrata a Cuba con el seudónimo de 'Nauja'. Este cuento narra con un lenguaje figurado lo que es Cuba. Al mencionar los viajeros que arribaron y crearon la cultura, deja constancia de la mezcla étnica; y la desgracia de no contar con una propia identidad."
La relevancia del relato de Borrero ha trascendido los predios literarios, marcando zonas importantes de las artes escénicas cubanas de finales del siglo XX y el XXI. La actriz, profesora y directora Nelda Castillo bautizó a su grupo teatral El Ciervo Encantado a propósito del cuento. La adaptación escénica del texto fue la primera obra montada por el colectivo, entonces integrado por estudiantes de actuación. En una entrevista concedida en 2020, apunta:
Regresar al inicio“Se fundó en el 96 con la graduación de mis alumnos de ese año. Hicimos una obra que se llamaba así, El ciervo encantado, de Borrero Echeverría. Era una obra de la memoria cubana, de la Guerra de Independencia… El ciervo encantado simbolizaba la libertad, la necesidad de cazar a un ciervo que no se dejaba cazar.”