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Escritores | Emilio Ballagas: visión de la poesía

"Ballagas dejó sentada, además de una concepción del quehacer poético, la absoluta necesidad de una meditación sobre el sentido ético y estético del verso, concepción que defendió a lo largo de su corta vida", afirma Luis Álvarez.

Libro "Mapa de la poesía negra americana", de Emilio Ballagas
Libro "Mapa de la poesía negra americana", de Emilio Ballagas.

En el 2024 se cumplirán setenta años de la muerte de Emilio Ballagas, y hay que convenir en que todavía queda mucho para alcanzar una valoración cabal de una obra lírica que puede ser considerada como una de las más complejas, en fondo y forma, de toda la historia de la poesía en español.

Uno de esas zonas pendientes de estudio es la de su visión explícita de la poesía, dado que no solo escribió diversos ensayos y críticas sobre la expresión lírica, sino también un texto revelador, La poesía en mí, en el cual expuso sin ambages los perfiles esenciales de su propia poética.

Un momento interesante —y temprano— en las reflexiones del poeta camagüeyano sobre el actor lírico ocurre en Poesía negra, de 1935, escrito en un momento de importancia meridiana para la renovación de la poesía cubana, la cual, en las tres primeras décadas del siglo, se había desarrollado de una manera centrípeta, como Poveda evidenciaba con nitidez en Palabras de anunciación.

Es una afirmación de gran lucidez: él percibía modos líricos, no escuelas o tendencias.

Pero en 1935 la lírica cubana estaba enrumbándose ya por caminos de renovación. Ballagas hace un balance del contexto epocal de esa renovación, y distingue como corrientes fundamentales las que denomina poesía pura, poesía folklórica y  poesía social,[1] para luego añadir una cuestión fundamental: “Esos tres modos de poesía diferentes no están, sin embargo, tan distantes —imperativo de la coetaneidad— que no se presten muchos elementos con que enriquecer sus creaciones. Y es que se hace difícil encontrar un poeta de hoy verdaderamente ingenuo, virgen de la malicia intelectual”.[2]

Es una afirmación de gran lucidez: él percibía modos líricos, no escuelas o tendencias —como a veces se formula esquemáticamente, pretendiendo catalogar poetas “exclusivos” de una de estas tendencias—, que ciertamente se inter-penetraban. Por ejemplo, el mismo Ballagas se movió en los tres modos.

Poeta cubano Emilio Ballagas
Poeta cubano Emilio Ballagas.

Algo más importante apuntaba en ese texto: la índole de la percepción de los contemporáneos sobre el verso. Por eso afirma:  “El poeta actual es hombre que «sabe», y solo salva el artificio de su arte por la dosis —por la calidad— de temblor poético que logra trasfusionar a lo que hay de técnica, de intención, en su obra”.[3] Esa declaración de poética explícita se revierte en un elemento de poética implícita: su artículo “Sobre Nocturno y elegía” es una auto-reflexión[4] sobre su famoso poema.

En 1937 escribe “La poesía en mí”, su más importante introspección. Ante todo, expresa una cuestión que lo distancia de la estética romántica —obsesionada con la expresión del poeta en sí—, y lo revela como un artista volcado hacia el universo sensible desde una perspectiva que es, en su esencia, cósmica:

Como poeta tengo el deber, y el destino de ignorarme. Soy un instrumento, soy caña hueca, que apenas dispone de unos cuantos agujeros para graduar el hálito universal […] Mi condición de instrumento y mi destino de ignorarme no excluyen la posibilidad de que el espíritu que me rige —para asumir una responsabilidad ante el Cosmos— procure afinar este instrumento hasta lograr darle las más variadas y ricas posibilidades de manifestar en sentido actual la eternidad de la poesía.[5]

La responsabilidad del poeta

La poesía, como la literatura toda, va cambiando sus formas con el tiempo, pero tengo que decir que esta declaración mantiene su vigencia: el poeta tiene una responsabilidad cósmica —como ser cognoscente, existencial, social, cultural—, y ello implica una determinada conciencia de sí mismo. Ballagas declara seguidamente una cuestión también de gran envergadura estética y ética:

La poesía en mí no es un oficio ni un beneficio. Es una disciplina humilde, un hecho humano al que no puedo negarme, porque me llama con la más tierna de las voces, con una inconfundible voz suplicante e imperativa a la vez. Como poeta no me siento en modo alguno un ser excepcional y privilegiado […]. Eso quiere decir que ser poeta es vivir en el mundo y en el universo, en el tiempo y en la eternidad. Y así el poeta no se queda en esa cosa estrecha y enfática que ha dado hoy en llamarse “ser humano”, sino que es además de humano otras muchas cosas que andan por sobre lo humano. O que es humano por añadidura.[6]

Es una declaración de actitud ético-poética de la más diáfana nitidez, que él decidió subrayar un instante después:

“Más claro aún: el que es capaz de impresionarse ante la fina arquitectura de la rosa ha de serlo de sufrir con más intensidad que otro hombre alguno la injusticia humana […] Yo voy a lo mismo que proclaman los hombres del énfasis y de la prioridad política, pero por un camino diferente: el camino que me traza mi condición de hombre cristiano y poeta con ansia totalitaria”.[7]

Véase en ese último calificativo que se aplica la insistencia en su voluntad de una poesía de aspiración universal, de afán cósmico. Ello implica también una postura cognitiva, que el propio poeta declara: “Ser poeta comporta una actitud ante las cosas, una responsabilidad en todos los órdenes del vivir y del saber. Ser poeta es tomar antes de escribir una actitud vital”.[8]

"El poeta, como el filósofo y como el investigador científico no crea, descubre”.

Y esa actitud meditativa le permite, dos años después, en 1937, al sopesar su Nocturno y elegía, escribir sobre este poema suyo: “Encerrado en las doce estrofas, desprendido de mi corazón, ya el poema no es mío. Existe ajeno de mí como una cosa que puedo amar, que puedo juzgar”.[9] Esa idea lo acompaña de tal modo, que en 1940 afirma: “La Poesía existe independiente del poeta; muérese de llanto en la lluvia, se desnuda en una rosa o asciende libre desde la mar en el júbilo blanco de una gaviota […]. El poeta, como el filósofo y como el investigador científico no crea, descubre”.[10]

En ese mismo texto, Ballagas se extiende sobre el tópico de que el poeta se ve obligado a resolver una ecuación que él percibe y vive como una experiencia (negada u otorgada a medias a otros), y la manera de decir, de comunicar su visión de modo que le crean aun prescindiendo —o prescindiendo ante todo— de las razones; hacer de la palabra un cristal tan sumiso, que dé paso a la luz, a la porción de luz que el poeta ha tomado de la luz eterna e increada.[11]

Esa concepción cognitiva de la poesía es particularmente tangible en Júbilo y fuga y en Sabor eterno, cuyo sujeto lírico tiene como emoción fundamental el gozo sorprendido ante la multiplicidad sensorial del universo. Ballagas asume que el descubrimiento de aquel se produce a partir de una actitud de esencial sorpresa, y a ello se asocia el acto de creación por la palabra. Hay aquí señales muy claras del paso de García Lorca por La Habana, invitado por Fernando Ortiz, donde el poeta granadino desarrolló en sus conferencias, entre otros, el tema del duende en la cultura hispánica. Ballagas escribe en su texto de homenaje al poeta ya para entonces asesinado:

Cada palabra, en el más sencillo de sus poemas, tiene ese matiz de sortilegio, de conjuro mágico, de trampa puesta para cazar las cosas en pleno vuelo y dejarlas plasmadas en el verso con ese gesto sorprendido que tenían en el instante mismo de ser apresadas. Sin asombro no hay poesía posible y el hecho lírico brota cuando al decir «el mar» surge enseguida otra cosa que no es «el mar».[12]

En su propia concepción de la poesía se orientaba a una actitud de perpetuo re-descubrimiento del mundo, y a una palabra con denso poder connotativo. Es una declaración de poética explícita que concuerda a plenitud con la textura de Blancolvido, de Sabor eterno o de Cielo en rehenes. En 1948 insiste en la idea —tan importante es para él—, y la expresa con tintes claramente filosóficos:

Decía Juan Ramón Jiménez cierta vez en la Revista Universidad de La Habana, que el mar no es más débil ni más viril sino el mejor mar, el eterno y el total. Todo depende, en efecto, de la mirada y el oído líricos que, al destilar la esencia de las cosas, las transfiguran de tal modo que nos parecen desconocidas, aunque precisamente desde ese instante empiezan a despojarse velo a velo. Hay un modo de “conocer” por la poesía que quizás no sea el único, pero sí un modo imprescindible para nuestra relación con lo existente.[13]

En “La poesía nueva”, en efecto, había afirmado ese matiz filosófico de su poética explícita: “Si la poesía vive por las palabras y de ellas se hace, el poeta queda convertido en el más vigilante obrero de estas, en un «fundador por la palabra de la boca», como quería Heidegger”.[14]

La poética explícita de Ballagas encara el problema de la tradición literaria como selección imprescindible.

Ballagas expresó con énfasis la importancia de la asociación secular entre poesía y canto, como una manifestación más del equilibrio necesario, cualidad principal en su concepción poética. Por ello, no sólo se la identifica en páginas que escribiera en la década del treinta, sino que también insiste en ese tópico todavía en 1949, en su ensayo “La poesía nueva”:

En esto estriba todo el secreto de la poética y del poeta con respecto a la poesía, en conseguir que el carbón de la palabra se transmute en la brasa del canto de modo que la luz de su sabiduría presida el fuego de su emoción y se equilibre con ella sin que el lujo de chispas ingeniosas o humos que empañen su transparencia turben el sencillo ritual de atrapar el ave escarlata de la llama en la trampa tiznada de la hornilla.[15]

Se aprecia aquí una postura poética fundamental, que lo aleja de la ingenuidad de elaborar una “poesía nueva”. La poética explícita de Ballagas encara el problema de la tradición literaria como selección imprescindible realizada a partir del acervo poético, de la riqueza y variedad de la herencia cultural. Por eso se atreve a una broma paradójica y, sin embargo, verdadera: “Yo he inventado la poesía”, para añadir al instante: “Otros han venido inventándola antes de que yo naciera”.[16]

Las temáticas afrocubanas en Ballagas

En 1937 Ballagas reflexionaba sobre la poesía de temas afrocubanos —hay que decirlo así, dado que él estimó inadecuada la expresión en singular, por la variedad de tópicos que ha abarcado[17]—. Con una perspectiva cognitiva semejante, se enfrentaba al problema desde una posición esencial y, por lo mismo, perdurable:

No existe propiamente hablando, y para la filosofía del arte, una poesía negra, como no hay poesía blanca; por lo mismo que no existe como hecho profundo una poesía para dueños de hotel, ni para fabricantes de jabón o para aviadores. No hay poesía aviatriz, ni poesía marina, ni poesía terrestre, sino encuentro de la poesía con el aire, con el mar y con la tierra. Poesía blanca y poesía negra son términos correlativos limitadores.[18]

Como evidencia un prolijo ensayo suyo de 1946, Ballagas estudió con énfasis absorto el fenómeno de la poesía de temas afroamericanos, y supo advertir que la moda relacionada con ella —de raíz vanguardista— había contribuido a valorarla de manera inadecuada:

Cuando la poesía negra hace su irrupción en el campo de la lírica americana con el ruido que suponen las adjetividades de una escuela literaria —aun cuando se trate de un movimiento de importancia menor— prodúcese en la crítica un fenómeno de sobrestimación, porque en el sentido de lo poético, de la “cosa poética” en sí, interferían conceptos etnográficos, históricos, políticos o sencillamente de contagio colectivo.[19]

Esta valoración suya emana directamente de un punto de vista de Ballagas, enunciado algunos años antes y vinculado directamente con su concepción de que la poesía constituye un proceso de búsqueda de renovación continua y —por paradójico que pudiera resultar— resulta esencialmente estable, es decir, una peculiaridad que la Antigüedad romana calificó con la frase nova et vetera. 

Ballagas dejó sentada, además de una concepción del quehacer poético, la absoluta necesidad de una meditación sobre el sentido ético y estético del verso.

Tiene interés particular su manera —perspicaz y aguda— de encarar el proceso de renovaciones de la poesía, eso que ha fascinado tanto a ciertos críticos, pródigos del adjetivo “nuevo” en todas sus variantes y grados de significación. En 1943, un texto suyo lo muestra muy lejos de esos superficiales entusiasmos de ocasión:

Actual es todo lo que tiene vigencia, aquello que perteneciendo a una época cualquiera guarda sin embargo valores que siguen cotizándose en la vida de la materia o del espíritu […]. Dando una ojeada retrospectiva a las revistas, libros de creación y libros de exégesis que pueden colocarse bajo el epígrafe vanguardista, podemos observar, sin prejuicio alguno, que el llamado “arte nuevo” es hoy viejísimo en muchas de sus afirmaciones, como que ha sido en ciertos aspectos la expresión de la senectud del mundo moderno, la vuelta a la niñez de los viejos, la aturdida reacción contra el desengaño racionalista  […] la denominación “arte nuevo”, “nueva literatura” no dice ni más ni menos sobre la calidad de la obra a juzgar; es solo un modo de rotular, un práctico encasillaje histórico. Es nuevo y original lo que ha nacido con el arte y está naciendo con él cada día.[20] 

Ballagas trazó perfiles suficientes de su poética explícita —y de su concordancia con ciertas ideas de otros poetas, como Gerard Manley Hopkins—, como para considerarlo un hombre ensimismado en lo que consideró esencias de la palabra lírica.

A sesenta años de su muerte, hay que decir que su legado no radica solamente en una de las más espléndidas expresiones de la cultura cubana, y aun del verso en castellano, sino que también dejó sentada, además de una concepción del quehacer poético, la absoluta necesidad de una meditación sobre el sentido ético y estético del verso, concepción que defendió a lo largo de su corta vida y que parece invitarnos a meditar sobre el presente de la poesía insular.


[1] Cfr. Emilio Ballagas: “Poesía negra”, en su Prosa. Selección, prólogo y notas de Cira Romero, Ed. Letras, La Habana, 2008, p. 117.

[2] Ibídem.

[3] Ibíd.

[4] Cfr. ibíd.., pp.  392-397.

[5] “La poesía en mí”, ibíd.., p. 27.

[6] Ibíd., pp. 27-28.

[7] Ibíd., p. 28.

[8] Ibíd.

[9] “Sobre Nocturno y elegía”, ibíd., p. 398.

[10] “A un doble destino lírico”, ibíd.., p. 322.

[11] Ibíd., p. 323.

[12] “Recuerdo de García Lorca”, ibíd.., p. 386.

[13] “Sobre Juegos de agua, de Dulce María Loynaz”, ibíd., p. 136.

[14] “La poesía nueva”, ibíd., p. 106.

[15] “La poesía nueva”, ibíd.., p. 105.

[16] Ibíd.

[17] Cfr. “Situación de la poesía afroamericana”, ibíd., pp. 132-174.

[18] “Poesía negra liberada”, en ibíd., p. 125.

[19] “Situación de la poesía negra afroamericana”, ibíd.., p. 133.

[20] “Castillo interior de poesía”, ibíd.., p. 69.

Luis Álvarez

Luis Álvarez Álvarez

(Camagüey, 1951). Poeta, crítico literario e investigador cubano. Es Doctor en Ciencias (2001) y Doctor en Ciencias Filológicas (1989), ambos por la Universidad de La Habana, donde trabajó durante varios años. Distinguido con el Premio Nacional de Literatura (2017) y miembro de honor de la Fundación Nicolás Guillén (2019).

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