Hace unos meses hice algo que hasta entonces me había resistido a hacer: entregué un párrafo mío a una inteligencia artificial y le pedí que lo continuara.
No era un experimento. Ni siquiera tenía una hipótesis clara. Fue, más bien, una de esas imprudencias que luego terminan persiguiéndonos.
La máquina, el ordenador, la computadora… escribió.
Lo hizo bien.
Ese fue el problema.
Lo cierto es que no produjo una prosa torpe ni un amasijo de lugares comunes. Había ritmo, imágenes, una cierta elegancia. Incluso reconocí algo de mi respiración en aquellas frases.
Durante unos segundos sentí una vanidad absurda: la máquina había aprendido de mí. Después llegó la sospecha contraria: quizá yo llevaba tiempo escribiendo como ella.
La inteligencia artificial: un nuevo interlocutor
Soy científico y escritor. He pasado buena parte de mi vida tratando de distinguir una señal de un ruido, una causa de una correlación, una intuición de una evidencia. Mas la literatura no se deja encerrar con tanta docilidad.
Uno puede medir la longitud de una frase, la riqueza del vocabulario o la sorpresa de un giro. Lo difícil es cuantificar por qué una página se nos queda dentro.
Los estudios recientes obligan, sin embargo, a renunciar a ciertas comodidades. En uno de ellos, publicado en la revista Science Advances, casi trescientas personas escribieron relatos breves. Algunas recibieron ideas generadas por inteligencia artificial. Otras trabajaron solas.
Luego, seiscientos lectores valoraron los textos. Las historias asistidas por la máquina fueron consideradas más creativas, mejor escritas y más entretenidas, sobre todo cuando sus autores no destacaban inicialmente por su imaginación.
No hay que disfrazarlo: la inteligencia artificial ayudó. Y no me parece una tragedia.
También utilizamos correctores, diccionarios, editores y amigos que nos dicen que un capítulo no funciona. La literatura nunca ha sido ese acto puro y solitario que a veces imaginamos.
Todo escritor conversa con los muertos, roba ritmos, corrige obsesiones y recibe empujones. La máquina podría ser otro de esos interlocutores.
Hay algo más: el mismo estudio encontró que los relatos mejoraban por separado mientras comenzaban a parecerse entre sí. La herramienta elevaba la calidad de cada texto, pero estrechaba el paisaje. Todos ascendían un peldaño y, sin darse cuenta, se acercaban al mismo rellano.
Esa imagen me preocupa incluso más que la sustitución del escritor.
No temo que una máquina escriba una buena novela. Me aterra que millones de novelas comiencen a parecer la misma. Aunque, siendo sinceros, ya eso ha ocurrido sin que medie la cacareada IA. Ahí están las tropecientas novelas "históricas" paridas por "novelistas" de pacotilla.
Poesía e inteligencia artificial
Si nos vamos a la poesía, los resultados son reveladores.
En otro experimento, alrededor de mil seiscientas personas leyeron poemas escritos por autores reconocidos junto a otros generados por ChatGPT. Cuando intentaron distinguirlos, acertaron menos de la mitad.
Debo decir que no fue porque los poemas artificiales fueran deliberadamente malos. Ocurrió algo muy curioso: la mayoría de los lectores los prefirieron. Eran más claros. Más accesibles. Decían mejor lo que parecían querer decir.
Después, cuando a los participantes se les revelaba que el poema había sido escrito por una máquina, su entusiasmo disminuía. Es decir, la obra gustaba mientras ignorábamos su origen. Al conocerlo, cambiaba nuestra mirada.
Somos así de contradictorios. Queremos emoción, pero también queremos biografía. Pedimos una historia y, al mismo tiempo, deseamos creer que alguien se jugó algo al escribirla.
Otro estudio mostró que esa preferencia por lo humano tampoco se traduce siempre en dinero o atención. Las personas declaraban valorar menos un relato cuando se les decía que era artificial, pero no dedicaban menos tiempo a leerlo ni estaban menos dispuestas a pagar por él.
Ergo, podemos defender la autenticidad en público y consumir eficacia en privado. Eso también somos nosotros.
La mirada humana vs. la mirada "artificial"
Quizá el futuro no enfrente a escritores y máquinas, sino a dos maneras de leer. Una buscará rapidez, claridad, consuelo y argumentos bien cerrados. La otra seguirá pidiendo aquello que no se entrega con facilidad: contradicción, demora, zonas de sombra, personajes que no sepan explicarse.
No creo que la novela humana sobreviva por ser más difícil. La dificultad, por sí sola, puede ser otra impostura. Tampoco bastará con imprimir en la cubierta: "escrito sin inteligencia artificial". Un mal libro artesanal seguirá siendo un mal libro.
La diferencia radicará en otra parte. Estará en la procedencia de la mirada.
Una máquina puede escribir sobre el exilio. Lo hace reuniendo todas las despedidas, todos los aeropuertos, todas las madres que se quedan en una isla mirando una puerta.
Puede incluso conmovernos.
Mas no ha sentido cómo el acento cambia lentamente hasta convertirse en una casa portátil. No sabe lo que significa regresar a un país y descubrir que uno ya no pertenece del todo ni al lugar que dejó ni al lugar que lo recibió.
Puede escribir sobre el envejecimiento. Aunque notaremos que no ha mirado sus manos buscando las de su madre.
Puede escribir sobre el deseo. Pero no sabe lo que ocurre cuando ha debido callarlo.
Puede escribir sobre la pérdida. Sin embargo, se deslizará el detalle que no ha tenido que levantarse al día siguiente.
Sospecho que la literatura que importará no será necesariamente la que denuncie a las máquinas, sino la que conserve una vida dentro. Una ciudad que no pueda sustituirse por otra. Una familia con silencios propios. Una culpa sin enseñanza. Un personaje que no mejore. Una herida que no se convierta en argumento.
Hace unos días volví a aquel párrafo que la inteligencia artificial había continuado. Quité la frase más hermosa. ¡La muy cabrona era perfecta y no me pertenecía! En su lugar escribí una torpe, ligeramente quebrada, donde afloraba un recuerdo de mi infancia: yo frente a un espejo, ensayando en silencio la persona que algún día quería ser.
La frase era sonadamente peor.
El texto, por fin, era mío.
Regresar al inicio