Las Parrandas de Chambas, fiesta emblemática del municipio del mismo nombre, en la provincia de Ciego de Ávila, convierten cada agosto a este pueblo del centro de Cuba en un hervidero de música, pólvora y creatividad. Durante tres días, los chamberos se entregan a una celebración que no solo ilumina las noches con carrozas monumentales y fuegos artificiales, sino que reafirma la identidad de toda una comunidad.
Orígenes, rivalidad y significado social
El origen de estas parrandas se remonta a 1935, cuando jóvenes de Chambas decidieron inspirarse en las fiestas de San Juan de los Remedios, en la vecina provincia de Villa Clara, para organizar una versión propia. En un principio, se celebraban en febrero, en conmemoración del reinicio de la guerra de independencia de Cuba, pero con el tiempo pasaron a agosto, coincidiendo con las vacaciones escolares y el regreso de muchos emigrados.
La celebración está marcada por la rivalidad entre dos barrios: La Norte, identificado con el gallo y el color rojo, y La Narcisa, que se reconoce en el gavilán y el azul. Esta división simbólica ha dado forma a casi nueve décadas de competencia festiva. Los vecinos de cada bando trabajan durante semanas para superarse en creatividad, esplendor y espectacularidad. La rivalidad, aunque intensa, nunca trasciende al conflicto real, y se convierte en un lazo de unión que reafirma la pertenencia a un mismo pueblo.
Más allá de lo festivo, las Parrandas de Chambas son también un acto de resistencia cultural. En un país donde la crisis económica golpea con fuerza, la fiesta se mantiene en pie gracias al ingenio colectivo. Emigrados chamberos aportan recursos desde el exterior, los vecinos reciclan materiales para sus carrozas y, en los momentos más difíciles, incluso se llegaron a pintar bombillas fundidas para usarlas como parte de la decoración.
En 2018, la UNESCO reconoció a las parrandas del centro de Cuba, incluidas las de Chambas, como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
De carrozas y noches encendidas
El corazón de la fiesta late en sus carrozas, verdaderas catedrales de madera y cartón que pueden alcanzar los doce metros de altura. Lo más curioso es que se levantan sin grúas ni equipos especializados: son los propios vecinos quienes, con su fuerza y empeño, las construyen y las mueven por las calles. Cada carroza representa escenas históricas, pasajes fantásticos o imágenes inspiradas en la vida cotidiana, y se convierte en un símbolo del barrio que la presenta.
La música aporta otra dimensión a la celebración. Junto a tambores y tumbadoras, es frecuente escuchar el repiqueteo de tubos metálicos y piezas de arado convertidos en improvisados instrumentos de percusión. Ese ingenio popular otorga un sonido inconfundible a las congas que arrastran multitudes por las calles. En medio del bullicio, se escuchan también frases burlonas con las que un barrio intenta descalificar al otro: “¡Se rompió el gallo!” o “¡Se cayó el gavilán!”, gritos que hacen estallar la risa del público y avivan la competencia.
El cierre de cada noche lo marcan los fuegos artificiales. Preparados con antelación por equipos locales, los estallidos de pólvora iluminan el cielo con tal magnitud que, según cuentan los vecinos, sus destellos pueden observarse desde pueblos cercanos. La pirotecnia no es un simple adorno, sino parte de la rivalidad: cada barrio intenta superar al otro con coreografías de luces que despiertan ovaciones y discusiones apasionadas.
Orgullo popular
Para los habitantes de Chambas, las parrandas son mucho más que un evento cultural. Representan la memoria de varias generaciones, un espacio de reencuentro para quienes regresan al pueblo cada agosto y un ritual que fortalece los lazos de identidad. En medio de carencias materiales y dificultades, la fiesta se sostiene gracias al esfuerzo colectivo y a la inventiva de sus vecinos.
Hoy, casi noventa años después de su primera edición, las Parrandas de Chambas mantienen intacta su capacidad de convocar y emocionar. Cada carroza, cada tambor y cada chispa de pólvora son una afirmación de que lo local puede adquirir dimensión universal.
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