La expulsión de Roberto Viña Martínez a finales de enero de 2026 del claustro de profesores del ISA ha llenado de comentarios los mentideros de Facebook, la red social más popular en Cuba. Colegas de profesión, amigos y exalumnos han salido sin demora a defender a “Bobby”, como suelen llamarlo sus allegados, ante los ataques de aquellos que no necesitan conocer la obra de un intelectual para lanzarse a destruir su reputación.
Yo conocí un poco a Viña gracias al Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso por cuyas aulas ambos pasamos. Años después, cuando tuve la idea de buscar gente de la familia del teatro cubano y entrevistarlas tratando de que sus criterios conformaran un mapa de la profesión, pensé de nuevo en Bobby y, a golpe de emails, surgió esta entrevista que, espero y deseo, sirva a los lectores para conocer al dramaturgo y teatrólogo, al intelectual al que hoy se cuestiona y excluye desde los asientos de quienes detentan (o creen detentar) suficiente poder para acallar las voces que muestran los costados grises de la realidad cubana.
Cuando se menciona el nombre de Roberto Viña, enseguida pensamos en tu padre, así que no veo otro modo de comenzar esta entrevista que hablando de él y cuánto influyó en tu vocación por el universo de las artes escénicas.
La influencia de mi padre no se limita al teatro. De hecho, creo que ha sido en lo que menos influyó. Pero, sin duda alguna, es un referente obligatorio para muchas cosas determinantes en mi vida. La pérdida también hace eso, te ofrece una perspectiva en la que puedes incluso llegar a magnificar a la persona. Pero, en su caso, creo que no exagero. Era un hombre decente, jovial y trabajador, que nunca se creyó más de la cuenta. Lo admiro y me halaga mucho que se piense en él cuando mencionan mi nombre. Pero eso es vanidad de hijo que ha debutado en la orfandad.
¿Tenías un plan B por si no lograbas estudiar Teatrología en el ISA?
Quería escribir. Teatro o lo que fuera. Quería que me dieran un título universitario por escribir. Y en esa búsqueda, aparecieron la Dramaturgia y la Teatrología. Cursé esta última por año y medio; y aunque suelo bromear con colegas acerca de su "ineficacia", la verdad es que me sirvió de mucho, porque me ayudó a implementar un orden en el caos de la escritura. Me organizó el pensamiento analítico y la investigación, que me fascina. Hoy en día, puedo realizar otras labores, aparte de la escritura de obras, gracias a esa especialidad. Y, en buena medida, creo que es necesario para todos los dramaturgos apreciar un poco al teatrólogo que podían haber sido. Y viceversa.
¿Qué armas te ofreció el ISA como dramaturgo?
Me hablas de armas para ser dramaturgo, y pienso de inmediato en que Eberto García Abreu hubiese dicho que en el ISA no preparamos a nadie para la guerra. Pero, bromas aparte, es cierto que la carrera y la propia especialidad brindan un conocimiento y una experiencia que se vuelve casi tutorial. El trabajo creativo a modo de taller de escritura funciona de esta manera y tiene un enfoque académico, al tiempo que fomenta una escritura propia que deberá, incluso, evolucionar fuera de este ámbito. Pero quiero pensar que es un sitio de comunión creativa, donde nos hacemos mejores escritores y dramaturgos. El ISA me ofreció una comunidad que ahora, siendo profesor, se expande con los estudiantes a los que les imparto el seminario.
Aprovecho esta última referencia para mi siguiente pregunta. Como profesor, ¿qué buscas inculcar en tus alumnos, más allá de métodos, estéticas y modos de hacer el teatro?
Me interesa que más allá del talento que poseen y la disciplina que el oficio debe generar en un trabajo al que ellos mismos han escogido dedicarse, sea igual de necesario tener una ética como persona y artista. Y inculcarles esa ética es una labor consuetudinaria. Quizás, una de las mejores lecciones que aprendí en mi etapa universitaria fue que mis profesores, de la generación que fueran, eran creadores también; y esa admiración que tenía por la obra de ellos debía convertirse en un respeto por mi propia obra.
En estos momentos, algunos de mis alumnos se han convertido en colegas de profesión y esa impronta que pude dejar en ellos, por muy pequeña que haya sido, resarce cualquier déficit. Para alguien que no cuenta con una formación pedagógica estándar y que jamás se creyó capaz de ejercerla con tino, me sorprendo cada semana volviendo al ISA a dar clases. Pero soy del criterio de que una manera efectiva de apreciar esa contaminación se expresa en la obra creativa. Y mi obra, de manera voluntaria e involuntaria, se encuentra atravesada por la experiencia académica.
¿Cuánto ayudan los premios al conocimiento de tu obra entre la gente de teatro? ¿Te ha pasado que algún director, tras leer tu texto, te proponga llevarlo a las tablas?
Los premios visibilizan la obra de un joven autor. No creo que la legitimen del todo, pero son decisivos. Con el tiempo, he aprendido que, si bien no son definitivos, sí resultan definitorios. En mi caso, tanto los premios como los libros subsecuentes han permitido apreciar una obra que de otro modo me hubiese resultado muy complejo diseminar o difundir. De hecho, llego a la publicación literaria por mediación del teatro y no por la narrativa o poesía, géneros en los que incursionaba antes de la dramaturgia. Por lo cual, sería falso de mi parte decir que no ayudaron. Han ayudado, y mucho. Y es por ello que siempre exhorto a mis alumnos y colegas a que participen en premios literarios dedicados a la dramaturgia, que bien son pocos y exiguos con respecto a otros géneros de mayor demanda.
La trilogía de la castración y La trilogía simia de la sabiduría. Tus primeras seis obras se agrupan en estas dos trilogías. ¿Influencia de los clásicos griegos, de tu contemporáneo Abel González Melo con su Fugas de invierno compuesta por "Chamaco", "Talco" y "Nevada"? ¿Sabes desde un principio la concatenación que habrá entre estos textos?
Lo cierto es que estas dos trilogías representan una parte importante de mi creación, pero todas mis obras publicadas no se agrupan en estas dos tríadas. La primera que mencionas sí se encuentra ultimada. Las tres obras han aparecido por separado en diferentes editoriales y ahora espero agruparlas en un solo volumen. La segunda, se encuentra aún en proceso de escritura, aunque como bien anuncias, el título de la misma ya es definitivo. De ese nuevo tríptico, solo una se encuentra publicada, "No Mirarás", que obtuviera el Premio Milanés de Teatro 2017. Las restantes permanecen aún inéditas.
Lo que infieres de las trilogías y sus derivaciones, es algo curioso y que he pensado con profusión. Pero también he aprendido a no darle mucha importancia. Por supuesto que los ejemplos que mencionas han servido para la determinación de mis obras, pero no pienso de antemano en querer escribir una trilogía. De hecho, no me lo propongo de forma consciente. Va saliendo, de a poco, sin pretenderlo o preverlo. Y luego, le das cuerpo a la idea. Pero lo significativo, para mí, es que estas obras pueden leerse por separado o juntas, porque expresan un tema común, una unidad metafórica, pero independientes una de otra. No existe consecución como en la tragedia clásica y no tributan a la misma situación anecdótica, son universos en paralelo. Ahora bien, de que me complace mucho esta prolongación creativa de un texto al siguiente, eso no puedo negarlo. El tres es un número sagrado.
En tu teatro suele encontrarse el homoerotismo y lo marginal, temas recurrentes para los jóvenes dramaturgos cubanos. ¿No temes que tu obra replique la de otros teatristas de tu generación? ¿Qué le dirías a los que hablan de pérdida de identidad e imitación de modelos extranjeros (europeos y norteamericanos) en estos creadores?
Nunca he temido a no resultar original, pero temo mucho ser anodino, complaciente, inconsecuente conmigo mismo, eso trato de no permitírmelo. Desde el siglo V a.C., hay un poeta casi desconocido de la lírica griega, Baquílides de Ceos, que, en uno de sus epinicios aseguraba de que “no había nada nuevo bajo el sol”. Si esto ya era expresado en aquel tiempo, qué puedo objetar yo en pleno siglo XXI. Sin embargo, y de manera paradójica, el propio tiempo ha desmentido la noción del poeta.
Los temas me son sugerentes, seductores acaso, pero no reparo en ellos de antemano, apenas pienso en esa categoría. La historia, en cambio; esa fábula que subyace tras los diálogos y escenas, me seduce todavía más. En eso, radica también mi devoción por el cine y la literatura, disciplinas artísticas que me fascinan desde la niñez y a las cuales me acerco por mediación de mi padre. Pues en ello, radica mi obsesión, contar la historia que deseo. En ese acto hay una legitimidad personal que no puede replicarse en la obra de otros, sean o no de mi generación.
Acerca de los modelos y a la imitación, no suelo desvelarme al respecto. De hecho, el teatro desde sus orígenes, es mímesis; por tanto, imita desde el comienzo, pero imita para crear algo nuevo, diferente acaso. Esa imitación foránea a la que aludes, no deja de pasar por un filtro personal, lleno de referentes que tributan a otra cultura e idiosincrasia. Por ende, puede imitarse en el ejercicio creativo, pero debe aspirarse siempre a crear algo distinto. Los artistas roban a la vida, a la realidad; de manera constante se apropian de aquello que les llama la atención y lo modifican. No es diferente en el teatro.
Hoy en día puede que esté de moda utilizar de modo peyorativo el término de “apropiación cultural”, lo cual me resulta contraproducente en una aldea que se precia de estar globalizada. La parcelación y exclusividad cultural no existe, por ende, no es algo por lo que debiera denigrarse al otro si se “apropia” de ella. Creo que resulta muy limitado pensar que nuestra identidad se encuentra en peligro o en crisis porque los creadores asuman “modelos extranjeros” (lo que sea que eso signifique) en detrimento de “modelos autóctonos”. De ese modo nuestra cultura no fuera diversa y enriquecida, sino monolítica y unidireccional. En mi criterio, esto sí sería lamentable.
Shakespeare es considerado una de las grandes figuras de la literatura por su teatro. Hoy, con los muchos cambios que los diversos movimientos estéticos y las nuevas tecnologías han introducido, muchos consideran que el teatro moderno depende cada vez menos del referente literario textual, que se ha independizado. Tú, que has cultivado el cuento y la poesía a la par que el teatro, ¿qué opinas? ¿Sigue siendo literario el oficio del dramaturgo? ¿Sigue siendo el teatro un género literario?
Creo que el teatro se lee. Creo que el teatro se representa. Creo que el teatro existe, incluso fuera del teatro. No tengo objeciones con respecto a los modos en que pueda ser asumida la praxis teatral, pero siempre teniendo en cuenta que se está haciendo teatro. Lo que sucede es que muchas veces tendemos a confundirnos en teorías y retruécanos epistemológicos y acabamos por confundir al resto. Admiro a Shakespeare y al teatro posdramático según Lehmann. Y aunque debo confesar que en mi praxis estoy más cercano en espíritu al genio isabelino, no puedo tampoco dejar de apreciar que existo en una era que se caracteriza por la nomenclatura del “post”. Ya se pretende estar más allá del drama, y eso, en esencia y por negación, nos devolverá al drama de manera inequívoca.
Disfruto mucho leyendo teatro. Tal vez es una de las cosas que haga hoy en día con más entusiasmo y denuedo. Lo leo y también me fascino con lo diversa e híbrida que puede ser la literatura dramática. Por supuesto que debo creer que el teatro es también literatura. Pero debe entenderse, que es algo más que una fuente literaria. Sin el texto no hubiesen llegado a nuestro tiempo las obras de Shakespeare y los clásicos griegos. Pero esas obras eran escritas para ser representadas. Por ende, el carácter escénico no puede excluirse de la ecuación. El atractivo mayor que tiene el género, a mi juicio, es ese. No se conforma con ser lo uno ni lo otro. En puridad, no se conforma. Porque es ambos en un estado efímero y de perpetuidad. Acaso, pueda entenderse lo anterior como una paradoja. Pero en parte, ese aspecto paradójico es lo que permite que nos sobreviva.
Para muchos dramaturgos es complicado que los directores se arriesguen con sus textos (aunque traigan el respaldo de importantes premios). ¿Cómo te ha ido a ti? ¿Qué le pedirías como requisito indispensable a cualquier director interesado en trabajar con tu obra? ¿Que no estarías dispuesto a aceptar?
Al director que se interese por mi obra, le pediría que respete su esencia. Pero en esto creo que el solo hecho de que le interese, parte de una seducción, así como de un respeto por la esencia de esa obra. No obstante, entiendo perfectamente que una vez que un director asuma la obra de un dramaturgo para montarla, esa pieza deja de pertenecerle a ese autor. Incluso, siendo un poco más estricto, luego de publicar un texto, ya esa obra deja de pertenecerme. Con esto quiero decir que no la reescribo, no la edito, ni la cambio.
En los montajes hay adecuaciones necesarias; omisiones, adiciones, supresión de escenas, cambios en la estructura; siempre en función de la puesta. Solo me interesaría que la esencia de ese texto se mantenga hasta el resultado final. Pero sé que la creación es algo veleidoso y no podré tener control sobre lo que se represente, a no ser que la dirija yo.
Sentado en primera fila. Imaginemos una salita pequeña, íntima. Se estrena una de tus obras y estrujas nervioso el programa de mano. ¿Cuál sería el final perfecto para esa función, esta entrevista?
No he pensado al respecto. Pero las obras que más me impactaron tuvieron siempre el mismo final: los aplausos consabidos, el silencio de la partida, y el deseo inmediato e irrefrenable de ponerme a escribir. Podrá sonar como algo trillado y casi cliché, pero mi final deseado es que la obra perturbe y provoque de tal modo que permanezca en la mente del espectador aun después de haber acabado la función. No sé si esta entrevista lo logre. No sé si alguna vez, una de mis obras pueda generar esa gracia. Pero estamos soñando, y no cuesta nada. Y por eso, el final perfecto sería que aun después de ver el montaje de una de mis obras, me resulte tan extraña y ajena, tan insólita y fascinante, que no me quede otra opción que ponerme a escribir.