La primera vez que desconfié de verdad no fue en un laboratorio alemán, ni en una universidad estadounidense, ni ante una gráfica estadística empeñada en humillar mi hipótesis.
Fue en La Habana.
Yo era joven, demasiado joven para sospechar con método, mas lo bastante cubano para saber que algunas frases venían con escolta.
Había máximas que no se discutían. Bajaban desde algún sitio indeterminado, como esos ventiladores viejos que cuelgan del techo y amenazan con desprenderse, y uno debía aceptarlas con una mezcla de fe, miedo y orgullo nacional.
La ciencia, en cambio, empezaba justo donde aquella liturgia terminaba.
Ciencia vs supervivencia
En la universidad nos enseñaban fórmulas, leyes físicas, procedimientos. También nos enseñaban, aunque nadie lo escribiera en el programa, a convivir con una gran contradicción: para hacer ciencia había que preguntar; para sobrevivir en Cuba había que aprender cuándo callarse.
Esa fue mi primera clase seria de epistemología.
Ocurrió en la vida diaria, en los pasillos, en las reuniones, en esa gimnasia discreta de medir cada palabra antes de soltarla. Uno podía preguntar por la masa del electrón, por la velocidad de una reacción, por la estructura de una proteína. Preguntar por el país era otra rama del saber, mucho más peligrosa y sin financiación.
El poder cubano siempre tuvo una relación sospechosa con las preguntas. Las toleraba cuando eran ornamentales, cuando podían resolverse con una consigna, cuando servían para que el interrogado terminara aplaudiendo al interrogador.
La pregunta verdadera, esa que genera una gotera, resultaba obscena. Era como presentarse en una boda con el certificado de defunción de los novios.
La ciencia vive de esa obscenidad.
Un experimento no es una ceremonia para confirmar lo que ya sabe el jefe. Un experimento es una traición organizada contra nuestras certezas. Uno prepara los controles, ajusta las condiciones, espera el resultado y, con frecuencia, la realidad se ríe. Se ríe bajito, con crueldad pedagógica.
Entonces toca repetir, corregir, aceptar que la hermosa idea que uno tenía la noche anterior era un disparate.
Ciencia y desconfianza
La ciencia no avanza porque los científicos sean seres puros, iluminados y moralmente superiores. Progresa porque inventó un sistema para desconfiar de ellos. El artículo se revisa. El dato se contrasta. El método se expone. El error se busca con una linterna, no se esconde debajo de la alfombra.
Un país que no tolera preguntas no genera ciencia de verdad. Puede producir edificios con nombres de próceres, fotos de inauguraciones, discursos sobre soberanía tecnológica, batas planchadas para la televisión y estadísticas. Puede producir propaganda científica. Puede incluso producir científicos brillantes, porque el talento nace a veces donde no se le espera, como una mata insolente en medio del cemento.
Lo que no puede producir es una cultura científica. Y te digo que la diferencia importa.
Un científico aislado sobrevive durante un tiempo dentro de un sistema autoritario, igual que una orquídea puede florecer en una cocina sin ventanas si alguien la cuida con obstinación.
En cambio, una cultura científica necesita aire. Precisa revistas, debates, recursos, movilidad, crítica, fracaso público, instituciones que no pidan permiso ideológico para admitir que se han equivocado.
Cuba confundió demasiadas veces el laboratorio con el cuartel. Esa confusión tiene consecuencias.
En un cuartel, la duda es indisciplina. En un laboratorio, la duda es higiene. En un cuartel, el superior siempre tiene razón hasta que otro superior lo sustituye. En un laboratorio, la razón dura lo que dura la evidencia. En un cuartel, el silencio puede ser virtud. En un laboratorio, el silencio ante un dato falso es complicidad.
Ergo, un sistema político basado en verdades oficiales es, por definición, anticientífico.
Libertad y discusión
Luego salí de Cuba y descubrí una forma distinta de incomodidad. En la Universidad Brown, en el Instituto Max Planck, en Madrid, nadie me esperaba con una banda sonora celestial ni con un manual de redención.
Había competencia, vanidad, burocracia, egos monumentales, revisores con digestiones difíciles y laboratorios donde el café sabía a castigo. Aprendí que el mundo libre no es un spa para la inteligencia.
La diferencia estaba en otra parte: podías discutir.
Podías decirle a alguien que su hipótesis no se sostenía sin que aquello fuera interpretado como una desviación moral. Podías cambiar de línea de investigación sin pedir absolución. Podías publicar resultados que incomodaban. Podías equivocarte en voz alta. Podías reconocer que el jefe no tenía razón, aunque el jefe conservara intacta su habilidad para poner mala cara.
Aquello me pareció revolucionario en el único sentido decente de la palabra.
Recuerdo una tarde en Providence, en la Medical School, mirando unas células que se negaban a comportarse como yo había previsto. Las muy indecentes crecían a su manera, respondían a su manera, desobedecían con una naturalidad casi cubana. Yo había diseñado el experimento con una convicción que hoy me da ternura. La realidad lo desmontó en pocas horas.
Mi primera reacción fue la rabia. La segunda fue la alegría.
Había asimilado algo. No lo que quería, desde luego. La realidad rara vez tiene buenos modales. Había aprendido que mi pregunta estaba mal hecha, que mi mirada venía cargada de prejuicios, que el experimento no había fracasado. Había fracasado mi deseo de tener razón.
Ese día entendí que la ciencia educa el carácter porque lo humilla con frecuencia. Quien no soporta la humillación de los datos acaba refugiándose en el dogma. Y el dogma es comodísimo. Tiene sillón, aire acondicionado y escolta. Uno se sienta allí y todo encaja. El pueblo es feliz. La economía avanza. La salud pública deslumbra. La juventud agradece. El futuro ya llegó. Qué maravilla de país, qué limpieza de expediente, qué cementerio tan bien pintado.
La ciencia, por fortuna, es más grosera.
Pregunta por los muertos.
Pregunta por los enfermos.
Pregunta por los que se fueron.
Pregunta por los reactivos que no llegaron, por el microscopio roto, por el médico agotado, por el estudiante que aprendió a repetir antes que a pensar. Pregunta, además, por qué un país que presume de formar inteligencia termina exportándola como si fuera azúcar, tabaco o nostalgia.
La duda es peligrosa y contagiosa
El castrismo persiguió la duda porque sabía que la duda es contagiosa. Uno empieza dudando de una cifra y termina dudando del noticiero —telediario para los españoles—. Comienza preguntando por un control experimental y acaba preguntando quién controla al controlador. Intenta revisar una hipótesis y, sin darse cuenta, revisa la patria entera.
Por eso la ciencia libre resulta tan peligrosa para cualquier poder que se cree eterno.
No porque los científicos seamos héroes. Nada de eso. Somos gente capaz de pasarnos años discutiendo el tamaño de una banda en un western blot, lo cual debería bastar para rebajar cualquier épica. La ciencia incomoda porque enseña una costumbre devastadora: ninguna autoridad está por encima de la evidencia.
Esa frase, escrita en una pizarra cubana, sería dinamita.
La verdadera pregunta no es cuántos centros de investigación puede inaugurar una dictadura. La pregunta es cuántas preguntas permite antes de llamar traidor al que pregunta.
Yo aprendí a ser científico aprendiendo a desconfiar.
Desconfiar de mis datos cuando eran demasiado bonitos. De mis intuiciones cuando venían demasiado cómodas. De los jefes cuando pedían fe. De las patrias cuando exigían silencio. De las revoluciones que envejecen rodeadas de retratos, consignas y niños obligados a sonreír.
La ciencia me enseñó que una verdad sin posibilidad de revisión no es verdad. Es decoración del poder.
Y Cuba —ay, Cuba—, lleva demasiados años decorada.
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