La Organización de las Naciones Unidas (ONU) está enferma. La infectó el virus izquierdista. Uno de sus órganos necróticos es el sistema de relatores especiales del Consejo de Derechos Humanos. Uno que no tiende a defender a quienes sufren regímenes dictatoriales hoy, sino a ladrones y tiranos en el poder.
"De guardianes a ideólogos"
La ONG UN Watch acaba de publicar una investigación bajo el título "De guardianes a ideólogos: Cómo los relatores politizados de la ONU están subvertiendo los derechos humanos", con la siguiente conclusión:
"Los principales expertos en derechos humanos de las Naciones Unidas han abandonado su papel de monitores independientes y están promoviendo agendas politizadas que erosionan la credibilidad del sistema internacional de derechos humanos."
En sus 104 páginas, el informe presenta perfiles de trece relatores especiales del Consejo de Derechos Humanos, lo que representa más de una quinta parte de los 59 mandatos temáticos o específicos por país para informar sobre derechos humanos.
Según destacó una fuente de UN Watch a la que accedí para este artículo:
"Revela un patrón de sesgo ideológico, conflictos de intereses financieros y conductas que pondrían fin a cualquier carrera profesional en cualquier otra institución."
"El sistema de derechos humanos de la ONU fue fundado para proteger a las víctimas de abusos", dijo Hillel Neuer, director ejecutivo de esa ONG con base en Ginebra, en cambio:
"Está siendo manipulado para atacar a las democracias y proteger a algunos de los peores violadores de los derechos humanos del mundo."
Sobornos millonarios
Los hallazgos del informe son impactantes. Entre ellos, el documento sostiene que Alena Douhan, relatora especial de la ONU sobre el impacto negativo de las medidas coercitivas unilaterales, cuyas visitas oficiales a La Habana y otras capitales tenían como fin respaldar a regímenes autoritarios.
Además, recibió 1,3 millones de dólares en fondos procedentes de China, Rusia y Qatar. Particular sobre el que Neuer expresó:
"Nadie está siquiera verificando cómo se está utilizando este dinero. Si un juez aceptara 1,3 millones de dólares de una de las partes, sería inhabilitado de inmediato y apartado del tribunal. Si un periodista respaldara abiertamente a un grupo terrorista en las redes sociales, sería despedido en el acto."
Para él, los relatores especiales operan sin restricciones éticas ni consecuencias, que los convierten en funcionarios comprometidos que gozan de inmunidad diplomática.
Por su parte, Tlaleng Mofokeng, relatora especial de la ONU sobre el derecho a la salud, ha afirmado que "Hamás no son terroristas" y respaldó "la legitimidad de la lucha armada". Y como escribí a inicios de este año, su objetivo central parece ser el empuje de la agenda abortista bajo la fachada de "salud".
UN Watch resaltó el nombre de Ben Saul, relator especial de la ONU sobre la promoción y protección de los derechos humanos en la lucha contra el terrorismo, quien recibió 150.000 dólares de China. El reporte recordó que, aunque Saul suele criticar duramente a estados occidentales, no habla de la persecución china contra los uigures musulmanes. Ese mismo sesgo antioccidental también atraviesa a otros relatores especiales.
Reconoció UN Watch que Irene Khan, relatora especial de la ONU sobre la libertad de expresión:
"Hizo la vista gorda ante las violaciones flagrantes y sistemáticas de la libertad de expresión perpetradas por los regímenes de Arabia Saudita, Venezuela y Myanmar, así como ante los cierres de internet ordenados por Irán y Turquía."
Pero dedicó todo un informe ante la Asamblea General de la ONU condenando a estados occidentales por reprimir, supuestamente, protestas propalestinas.
Ashwini K.P., enfocada en las formas contemporáneas de racismo, discriminación racial, xenofobia y formas conexas de intolerancia, se dirige desproporcionadamente contra las democracias y omite cualquier mención a los abusos sobre las violaciones a la privacidad, ampliamente documentadas, perpetradas por Rusia, China y Cuba —caso que UN Watch ilustra con un reportaje mío sobre ciberespionaje.
Michael Fakhri, relator especial de la ONU sobre el derecho a la alimentación, acusa a Canadá de cometer "genocidio", pero cuando fue invitado por el ahora preso Nicolás Maduro, aprovechó para prodigar elogios a la tiranía socialista.
George Katrougalos, exministro de Asuntos Exteriores de Grecia que ejerce como experto independiente de la ONU "sobre un orden internacional democrático y equitativo", recibió 100.000 dólares de China en 2025, año en que promocionó a Xi Jinping, por una presunta "visión de apertura, desarrollo y diálogo".
Reem Alsalem, relatora especial de la ONU sobre la violencia contra las mujeres, se ha negado a reconocer los crímenes sexuales contra mujeres israelíes durante la masacre del 7 de octubre de 2023, perpetrada por Hamás.
¿Quién evalúa a los relatores especiales?
La lista continúa. Es, por igual, indignante y desesperanzadora. ¿Podría reformarse el sistema de relatores especiales? UN Watch lo cree y exige doce reformas concretas.
Entre ellas, crear una coalición de democracias que evalúe y califique periódicamente a los relatores especiales, y les exija rendir cuentas; prohibir que reciban fondos con fines específicos de gobiernos o entidades externas; armar un mecanismo independiente externo que examine, audite y sancione a los titulares de los mandatos; y fortalecer estándares probatorios obligatorios para terminar la dependencia de fuentes anónimas.
Sobre este particular, UN Watch alerta que los relatores especiales recurren frecuentemente a comunicaciones no verificadas de ONG. Pero a pesar de ello, sus informes siguen citándose como:
"Fuentes autorizadas por tribunales internacionales, gobiernos y medios de comunicación."
El sistema de reporteros especiales es, en verdad, un motor iniciático para una maquinaria globalista atravesada por el rechazo a Occidente, la fe cristiana y las libertades individuales. Pero de eso y la oikofobia* que acuñó Sir Roger Scruton, hablaremos luego.
Nota
*Oikofobia (del griego oikos, 'casa/hogar' y phobos, 'miedo') es la aversión, el miedo irracional o el rechazo hacia el propio hogar, entorno familiar o, en un sentido sociopolítico, hacia la cultura y civilización de origen.
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