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Opinión | La verdad, aun de rodillas, no claudica

"Tener convicciones no nos concede el monopolio de la razón; defender la verdad exige también humildad para reconocer los errores propios, rectificar cuando corresponde y escuchar aquello que contradice nuestras certezas."

"Queloides" (2026), memorias de Rigoberto Carceller. Foto: Cortesía
"Queloides" (2026), memorias de Rigoberto Carceller. Foto: Cortesía

La verdad nunca huye, ni se esconde, ni se avergüenza de quien es. Puede ser perseguida, silenciada, deformada y hasta condenada, pero jamás pierde su naturaleza. Tiene enemigos, muchos enemigos, porque pocas cosas resultan tan incómodas para el poder, la mentira y la conciencia culpable como un ser humano que se niega a renunciar a lo que sabe que es cierto.

La mentira, en cambio, necesita cómplices, disfraces y escenarios; necesita repetir sus falsedades hasta que alguien las confunda con certezas. La verdad no. La verdad puede caminar sola, descalza y sin testigos, porque su dignidad no depende de la aprobación ajena.


Las cicatrices de la verdad

Lo sé porque no hablo únicamente desde las ideas, sino desde las cicatrices. Queloides, mis memorias, no es solamente el testimonio de una vida: es también la huella de lo que ocurre cuando un ser humano decide no entregar su conciencia a cambio de tranquilidad, aceptación o silencio. Hay heridas que deja la prisión, otras que produce el destierro y otras, quizá más profundas, que nacen de la incomprensión, la calumnia y el juicio de quienes creen conocer una vida sin haberse atrevido a escucharla.

He aprendido que defender la verdad no garantiza justicia inmediata, ni reconocimiento, ni siquiera la posibilidad de ser comprendido. A veces, decirla tiene un precio que otros jamás estarían dispuestos a pagar. Pero existe una derrota mucho más dolorosa que perderlo todo: traicionarse a uno mismo para conservar aquello que nunca debió valer más que la propia dignidad.

Porque la verdad no siempre vence en los tribunales humanos, ni consigue abrirse paso entre los intereses, los prejuicios y las conveniencias. Pero permanece. Espera. Resiste. Y mientras alguien conserve el valor de pronunciarla, seguirá existiendo una grieta por la que podrá entrar la luz.

Rigoberto Carceller, activista y expreso político cubano habla de "Queloides", su libro de memorias (2026).

No confundamos, sin embargo, la verdad con nuestra propia infalibilidad. Tener convicciones no nos concede el monopolio de la razón; defender la verdad exige también humildad para reconocer los errores propios, rectificar cuando corresponde y escuchar aquello que contradice nuestras certezas. De lo contrario, dejaríamos de servir a la verdad para convertirnos en servidores de nuestro orgullo.

Hoy puedo afirmar que no hay libertad verdadera sin conciencia libre, ni dignidad duradera cuando se vive de espaldas a lo que uno sabe que debe hacer.

Prefiero la incomodidad de una verdad que me obliga a responder por mis actos a la comodidad de una mentira que me convierte en prisionero de mí mismo.

La dignidad de no claudicar

La verdad también cae, sangra y se arrodilla. Pero incluso de rodillas, lucha sin claudicar. Y si alguna vez parece vencida, no confundamos su silencio con su muerte, ni la soledad de quien la defiende con la debilidad de sus razones.

Porque llegará el día en que las máscaras envejezcan, los aplausos se apaguen y los nombres pierdan su eco. Entonces quedará lo esencial: aquello que hicimos, aquello que callamos y aquello que, aun teniendo miedo, nos negamos a traicionar.

Y cuando ese día llegue, quisiera poder mirar atrás sin tener que pedirle perdón a mi propia conciencia.

Esa será mi victoria. No haber convencido a todos, ni haber vencido a mis adversarios, sino haber procurado que las circunstancias no me arrebataran el derecho a ser fiel a mí mismo.

Porque la verdad puede tener enemigos, puede quedarse sola y puede caer de rodillas. Pero mientras no renuncie a ser verdad, jamás habrá claudicado.

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Rigoberto Carceller

Rigoberto Carceller

(Santiago de Cuba, 1963). Escritor, activista y expreso político cubano, vinculado en su juventud al Movimiento Cristiano Liberación, del que fue uno de sus primeros integrantes y promotores en el oriente de Cuba. Fue condenado a cinco años de prisión por "propaganda enemiga" y salió de Cuba desterrado a España en 1993. Desde el exilio impulsó iniciativas como Puente Familiar con Cuba y Cuba Democracia ¡Ya!. Es autor del libro de memorias Queloides (Diversidad Literaria, España, 2026).

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