A primera hora de la mañana, cada día de la semana, incluso los domingos, cuando el sol apenas comienza a elevarse sobre la costa norte de Ciego de Ávila y el calor todavía no aprieta, Danilo prepara su embarcación improvisada: una vieja cámara de goma de un tractor que llevaba años en desuso en el patio de un vecino.
El hombre decidió regalársela después de que la cámara que Danilo utilizaba desde hacía años terminara pudriéndose por el desgaste y la constante exposición al agua y al sol. Sobre ese rudimentario flotador se adentra en la Laguna de la Leche en busca de peces, aunque las aguas ya no ofrecen los mismos frutos de otros tiempos. Hoy, con suerte, consigue capturar alguna tilapia o un pez gato, dos de las especies más comunes que aún sobreviven en la laguna.
Como lo hicieron antes su padre y su abuelo, quienes dedicaron toda su vida a la pesca, Danilo conoce cada rincón de estas aguas. Dice que su vida lejos de ese lugar no tendría sentido. El tiempo que pasa pescando lo sana; el canto lejano de un ave le devuelve una calma que no sabe explicar. Ese sonido siempre le recuerda a su abuelo, quien solía decirle que el día en que dejara de escuchar el canto de un pájaro o el agua estrellándose contra la arena sería un día en que habría dejado de vivir.
Su familia ha estado ligada a este oficio desde 1963, cuando se estableció en el Embarcadero de Morón. Ese sitio, además de ser el sustento de generaciones de pescadores, guarda una profunda carga histórica: fue escenario de uno de los episodios de la Guerra de los Diez Años, al ser incendiado el 16 de mayo de 1876. Desde entonces, entre la memoria y el mar, varias generaciones de la familia de Danilo han construido su vida.
Antes de comenzar la jornada, Danilo revisa sus instrumentos de pesca y observa detenidamente el estado del agua. Para él, ese gesto es parte de una rutina aprendida durante generaciones. Pero el paisaje que encuentra hoy es muy diferente al que quedó grabado en la memoria de quienes durante décadas vivieron de la laguna y encontraron en ella una fuente de sustento.
Vertimiento del canal del Roble, enemigo número uno de la Laguna
Durante años, esta laguna fue conocida por el color blanquecino como la leche de sus aguas, una característica que le dio su nombre y la convirtió en uno de los símbolos naturales de Cuba. Sus aguas poco profundas, comunicadas con el mar, fueron escenario de actividades pesqueras, paseos y los populares carnavales acuáticos que se celebraban desde 1955, acontecimientos que pasaron a formar parte de la historia y la tradición cultural de la ciudad de Morón.
Pero la Laguna de la Leche ya no es la misma. El olor que desprenden sus aguas recuerda al de un sistema de alcantarillado saturado: una mezcla de materia orgánica en descomposición y residuos provenientes de vertimientos que llegan a través del canal del Roble.
Con casi 66,5 kilómetros cuadrados de superficie y considerada la mayor laguna natural de Cuba, este ecosistema enfrenta un proceso de degradación debido a la contaminación, la falta de tratamiento de residuales y la ausencia de acciones efectivas para su recuperación.
Una promesa que no llegó a la laguna
En abril de 2017, el régimen cubano aprobó la Tarea Vida, presentada como el Plan de Estado para el Enfrentamiento al Cambio Climático y considerada como la principal estrategia nacional para proteger al país de los efectos del calentamiento global. El programa contempló once tareas y cinco acciones estratégicas dirigidas a preservar los ecosistemas más vulnerables, garantizar la disponibilidad de agua, recuperar humedales, proteger las zonas costeras y fortalecer la adaptación de sectores como la agricultura, el turismo y la pesca.
Entre las áreas priorizadas figuraba el Gran Humedal del Norte de Ciego de Ávila, donde se encuentra la Laguna de la Leche, el mayor reservorio natural de agua dulce de Cuba. Allí se anunciaron la reconstrucción del dique Estero-Socorro para regular el flujo de agua, obras de desalinización, el dragado de la Laguna La Redonda, la rehabilitación del trasvase La Redonda–La Leche y estudios científicos para monitorear el estado del humedal, según un artículo publicado en el diario oficialista Granma.
Cuando aquellas medidas fueron anunciadas, muchos habitantes del Embarcadero de Morón sintieron que, por fin, alguien miraba hacia la laguna que durante generaciones había sostenido sus vidas. Danilo también se aferró a esa esperanza. Pensó que las aguas volverían a llenarse de peces, que sus hijos tendrían la misma oportunidad que él tuvo de aprender el oficio de su padre y de su abuelo, y que el lugar donde su familia había vivido desde 1963 recuperaría parte de la riqueza que el tiempo, el abandono y la contaminación le habían arrebatado. Dice mientras observa el agua desde la orilla:
"Nosotros creíamos que la laguna iba a volver a ser la de antes. Pensábamos que la iban a recuperar, porque de aquí hemos vivido toda la vida. Pero cada año hay menos peces y todo sigue igual o peor."
Casi una década después, esa esperanza se ha ido desvaneciendo. Sigue siendo imposible conocer cuánto dinero ha destinado realmente el régimen a la ejecución de la Tarea Vida. Aunque el programa fue presentado como una prioridad nacional, nunca se publicó un presupuesto global ni se divulgaron informes financieros que permitieran conocer cuánto se invirtió en cada territorio o qué resultados concretos produjeron esas inversiones. Los recursos fueron distribuidos entre distintos ministerios, gobiernos provinciales y proyectos de cooperación internacional, sin un mecanismo público de rendición de cuentas que permita evaluar el alcance real de las acciones.
Para los pescadores del Embarcadero, esa falta de transparencia se suma a una realidad imposible de ignorar. La Laguna de la Leche ya no es la misma que conocieron. Donde antes abundaban lisas, tencas, biajacas y otras especies de agua dulce, hoy predominan pequeñas capturas de tilapia y pez gato. Las pitas regresan cada vez más vacías y las jornadas de pesca son más largas para obtener un sustento que, hace apenas dos décadas, parecía garantizado.
Especialistas consultados, que pidieron anonimato, advirtieron que la recuperación de un ecosistema como la Laguna de la Leche depende de inversiones millonarias sostenidas, monitoreo permanente y un manejo integral de los recursos hídricos. Sin embargo, la prolongada crisis económica que atraviesa Cuba ha sido utilizada como pretexto para justificar años de abandono en el mantenimiento de numerosas obras hidráulicas y en la continuidad de proyectos ambientales.
A ello se suman las sequías cada vez más frecuentes, el aumento de las temperaturas, la disminución del nivel del agua, la contaminación y el deterioro de la infraestructura hidráulica, factores que han alterado el equilibrio ecológico del humedal y reducido las condiciones para la reproducción de numerosas especies.
Para Danilo, no hacen falta informes científicos para comprender lo que ocurre. Lo ve cada mañana cuando debe remar más lejos para encontrar un pez, cuando recuerda los días en que bastaban unas horas para llenar la cubeta o cuando compara la laguna de su infancia con la que observa hoy. Afirma:
"La laguna se está muriendo poco a poco y, con ella, también se está muriendo nuestra forma de vivir. El vertimiento del canal hace que cada día la laguna parezca más una fosa gigante."
En el Embarcadero de Morón, la Tarea Vida quedó como una promesa que nunca logró traducirse, al menos desde la mirada de quienes dependen diariamente de estas aguas, en una recuperación visible del ecosistema.
Las ruinas de un paraíso
El deterioro de la Laguna de la Leche no solo se refleja en la disminución de los peces o en el deterioro de su ecosistema. También es visible en las construcciones que dieron vida a uno de los principales destinos recreativos del norte avileño y que hoy permanecen abandonadas, consumidas por el tiempo y la desidia.
Las cabañas que en otro tiempo acogieron a familias y visitantes apenas conservan sus estructuras de hormigón. Donde antes había jardines, senderos y turistas, hoy crecen la hierba y la maleza, que han terminado por devorar paredes, ventanas y techos. El silencio sustituyó el bullicio de quienes llegaban para disfrutar de la laguna.
La Atarraya, el emblemático restaurante construido sobre las aguas de la laguna, fue uno de los lugares más conocidos de la zona, famoso por el pescado frito recién capturado y por ofrecer a los visitantes la experiencia de comer rodeados por el paisaje del humedal. Hoy, su deterioro es evidente: la falta de mantenimiento y el abandono han transformado el sitio en la sombra de lo que alguna vez fue.
A pocos metros, La Cueva, un espacio donde se celebraron fiestas populares, encuentros y actividades recreativas, también sucumbe al paso del tiempo. Lo que fue un punto de encuentro para la comunidad permanece abandonado a su suerte, como si el abandono hubiera alcanzado cada rincón de la laguna.
Para quienes crecieron en el Embarcadero de Morón, la pérdida trasciende lo ambiental. No solo desaparecen los peces y se degrada, que es lo peor de todo, un ecosistema único; también se desvanece una parte de la memoria colectiva de la comunidad. Cada pared cubierta de maleza, cada muelle deteriorado y cada cabaña en ruinas recuerdan que la Laguna de la Leche fue mucho más que un sitio para pescar: fue un espacio de identidad para generaciones de avileños.
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