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Reportajes | Auge de las apuestas deportivas clandestinas en Cuba: ¿una alternativa a la crisis?

Para buena parte de los jóvenes cubanos, apostar clandestinamente no es solo jugar, sino una forma de economía de supervivencia. Cuando el salario básico no alcanza para nada en la isla, es una opción más racional que esperar mejoras estatales.

Apuestas deportivas clandestinas en Cuba.

En Cuba, las apuestas deportivas no se anuncian en carteles ni tienen local a pie de calle. Funcionan, sobre todo, en grupos de WhatsApp. Allí circulan cuotas, pronósticos, resultados y deudas. También amenazas. Detrás de cada "pique" hay una red informal que mezcla tecnología, efectivo, jerarquías improvisadas y una promesa de dinero rápido en un país donde muchos jóvenes no encuentran otras salidas.

"Todas las apuestas aquí en Cuba funcionan mediante grupos de WhatsApp", resume un antiguo corredor quien durante algunos meses organizó jugadas a partir de cuotas tomadas de la plataforma internacional de apuestas 1xBet. Su método consistía en revisar los partidos del día, copiar las cuotas y alterarlas ligeramente para ganar una comisión. Si un cliente quería apostar 1.000 pesos cubanos al Real Madrid, él convertía ese monto a dólares, hacía la apuesta en la plataforma como si fuera propia y retenía el margen.

Plataforma internacional de apuestas online "1xBet".
Plataforma internacional de apuestas online "1xBet".

No era, aclara, la forma más común de operar. En su caso, exigía a los jugadores tener una "banca" previa, es decir, dinero depositado de antemano, o pagar en efectivo antes del partido. Cuenta:

"Nunca cogí una apuesta sin dinero en mano de una forma u otra."

La lógica era simple: usar el dinero de los clientes para reducir al mínimo el riesgo personal. Agrega: 

"La idea de hacerles tener un dinero depositado como banca personal se me ocurrió básicamente para usar el dinero de los jugadores para pagar o cosas por el estilo y así no poner el mío en riesgo."

Otros grupos, según describe, trabajan de forma más ruda. El jugador llama, dice cuánto quiere apostarle a un equipo y, si pierde, no solo debe pagar lo apostado, sino un recargo adicional, a menudo del 20 %. Explica: 

"Para hacerlo de esta manera tienes que tener dinero propio como banca para asumir las pérdidas cuando tengas que pagarles a los que ganen." 

Luego añade, entre risas, una frase que ilumina el costado más oscuro del negocio: también hay que ser "guapo", porque si alguien no paga, la cobranza puede pasar del teléfono al cuerpo a cuerpo.

Ese componente violento aparece con más claridad en el relato de un segundo corredor, quien ha estado "en las dos partes": como jugador y como banco. Según explica, las apuestas se mueven sobre todo por WhatsApp porque son más personales y más flexibles que las plataformas que exigen depósitos previos. Los grupos no suelen ser improvisados. Detrás de ellos hay estructura. "No se trabaja solo", dice. Puede haber uno o varios banqueros, además de varios "listeros" encargados de recoger apuestas, llevar cuentas y asegurar cobros.

Aficionados cubanos del Barça viendo un partido de fútbol desde la isla.
Aficionados cubanos del Barça viendo un partido de fútbol desde la isla.

Las cuotas, añade, suelen inspirarse en páginas internacionales, pero se modifican según la conveniencia del banco. En ese mercado no se apuesta tanto por resultados exactos o variables complejas, sino por jugadas más sencillas: ganador, altas y bajas, o combinaciones básicas. Los partidos más atractivos son los que levantan más pasiones: un Barça-Madrid, una final de la Serie Mundial, un gran duelo de NBA. Subraya:

"Son los partidos que más dinero llaman."

¿Cuánto dinero puede moverse? Asegura que:

"Un día fuerte, un fin de semana importante, es millones de pesos."

No ofrece documentos ni cifras verificables, pero sus palabras apuntan a un circuito con capacidad de movilizar sumas elevadas en eventos deportivos de alta expectación, sobre todo en barrios y grupos juveniles donde la apuesta se ha vuelto parte de la conversación cotidiana.

Apostar para "resolver"

Lo más llamativo en ambos testimonios es el perfil de quienes más juegan. Dice uno de ellos:

"Los que más apuestan son los chamacos, jóvenes, adolescentes." 

El otro coincide al hablar de un entorno donde apostar se ha vuelto una práctica extendida y, en muchos casos, compulsiva. La apuesta no aparece solo como entretenimiento, sino como una forma de buscar ingresos, un atajo económico con apariencia de oportunidad.

Para la socióloga Nivia Esther Alum Dopico, doctora en Ciencias Pedagógicas y máster en Desarrollo Social, el incremento reciente de las apuestas deportivas clandestinas en la isla, particularmente entre adolescentes y jóvenes, no es un fenómeno marginal ni una simple desviación individual. Es una expresión nítida de la crisis estructural que atraviesa el país y de cómo se reconfiguran las estrategias de supervivencia, las aspiraciones económicas y las sociabilidades en un contexto donde las oportunidades reales de movilidad ascendente son cada vez más limitadas. Refiere el segundo corredor:

"No hay forma de buscar dinero y los chamacos ven que hay una posibilidad. En noventa minutos o en tres cuartos del partido pueden recoger un dinero que ni en sueños van a ganar trabajando un mes."

En esa frase se concentra buena parte del problema: la apuesta clandestina no crece solo por la fascinación del riesgo, sino porque ofrece la ilusión de una salida rápida en un contexto de precariedad, bajos salarios y expectativas rotas.

Alum Dopico lo formula en términos más amplios: para buena parte de los jóvenes cubanos, apostar ya no es solo jugar, sino una forma de economía de supervivencia. Cuando el salario mensual apenas cubre unos pocos días de necesidades básicas, la posibilidad de multiplicar dinero en minutos, aunque sea improbable, puede percibirse como una opción más racional que esperar mejoras institucionales. En ese escenario, el riesgo deja de funcionar como frontera moral y empieza a normalizarse como una vía para "resolver", ese verbo central de la vida cotidiana cubana que nombra la necesidad de inventar soluciones fuera de los cauces formales.

Jóvenes cubanos jugando fútbol en las calles de La Habana. Foto de EFE.
Jóvenes cubanos jugando fútbol en las calles de La Habana. Foto de EFE.

La precariedad, en ese sentido, convierte el juego en estrategia. Entre jóvenes, la idea de "ganar en 90 minutos lo que no se gana en un mes" no solo funciona como anhelo, sino como una narrativa que legitima el riesgo. Esa narrativa, además, se alimenta de historias locales de éxito, aunque sean excepcionales, y de una especie de meritocracia alternativa del azar: gana quien "sabe" de deporte, quien "pronostica", quien "arriesga".

Redes, jerarquías y control

Esa promesa, sin embargo, suele terminar mal. Los testimonios describen un ecosistema donde la deuda puede convertirse en una espiral. Si alguien no paga, primero puede quedar marcado y vetado de otros grupos. Pero no siempre se queda ahí. "Se manda a cobrar", dice uno. A veces se recoge un teléfono, una motorina o cualquier objeto de valor. Otras veces, la violencia escala. Cuenta:

"He visto muchas personas con problemas serios a la hora de no pagar." 

Habla de gente que va a las casas a cobrar, de riñas, de armas blancas, de enfrentamientos. "Dos tipos con machetes", resume. En otro caso, menciona a un joven que terminó asumiendo de su bolsillo pérdidas ajenas después de haber recogido casi medio millón de pesos en apuestas que luego no pudo recuperar. "Fue candela", dice. "Terminó mal, cuchillo".

A juicio de la socióloga, estas redes clandestinas no son caóticas. Reproducen, más bien, un orden jerárquico donde quienes manejan mayor capital —dinero, información, contactos, acceso a internet o vínculos con personas en el exterior— controlan a los apostadores menores, fijan reglas, cobran deudas y ejercen poder simbólico o coercitivo. Predominan códigos de lealtad y silencio que pueden recordar estructuras microcriminales, aunque no necesariamente deriven en formas de violencia profesionalizada.

Ese circuito de confianza, recomendación y amenaza funciona al margen de cualquier regulación. Los nuevos clientes suelen entrar por referencia personal: alguien responde por ellos, garantiza que "no va a fallar con los pavos" y así se habilita su acceso al grupo. La reputación vale dinero. Quien no paga se convierte en un nombre o un número de teléfono que circula como advertencia en un mundo donde "todo el mundo se llega a conocer".

La expansión de estas apuestas también reorganiza espacios sociales cotidianos. No se trata solo de personas apostando, sino de redes informales que mezclan amistad, competencia, microeconomías y lealtades. En ese sentido, las apuestas deportivas aparecen como una versión contemporánea de economías clandestinas previas, como la bolita, que durante décadas articularon sociabilidades informales en Cuba. La novedad está en la interfaz: ahora el flujo pasa por WhatsApp, por las cuotas actualizadas en tiempo real, por grupos que funcionan como pequeñas casas de apuestas descentralizadas.

Cubanos viendo un juego de Grandes Ligas de Béisbol (MLB) en la isla.
Cubanos viendo un juego de Grandes Ligas de Béisbol (MLB) en la isla.

Riesgo juvenil, violencia y complicidad policial

La policía, según ambos testimonios, aparece más como telón de fondo que como actor efectivo. Afirma uno de los corredores:

"La policía sabe lo que está pasando, pero no pueden hacer nada." 

Su explicación es que se trata de acuerdos privados, conversaciones en WhatsApp, intercambios en efectivo: un terreno difuso donde el control estatal parece ausente o selectivo. 

Nivia Esther Alum Dopico considera que hay varias razones posibles para esa inacción: 

  • La saturación frente a problemas considerados más graves. 
  • La priorización de delitos que afectan directamente al Estado. 
  • La normalización social de la práctica.
  • La posibilidad de corrupción o "vista gorda" dentro de las economías informales. 

Como ha ocurrido históricamente con otros circuitos clandestinos, dice, "la capilaridad social del fenómeno" vuelve inviable una represión constante sin costos políticos y comunitarios.

También dependen de algo muy concreto: la conexión. "El internet es 100 % importante", dice uno de los entrevistados. Sin datos móviles no hay cuotas actualizadas, ni mensajes, ni resultados, ni cuadros diarios. En otras palabras, esta economía informal depende tanto del deterioro material del país como de una infraestructura digital mínima que permite organizarla en tiempo real.

Ambos corredores coinciden en algo más: aunque el negocio puede parecer rentable desde fuera, por dentro es un mundo inestable. Uno asegura que nunca fue apostador, que entró allí únicamente para ganar dinero de otros jugadores. El otro, con experiencia a ambos lados, es más tajante: 

"Por ninguna de las dos partes te da negocio, porque es un mundo muy cochino, muy difícil. La cuestión es saber quitarse a tiempo."

Pero quitarse a tiempo no parece sencillo en un contexto donde apostar se vuelve rutina, código compartido y posibilidad de ingreso. En muchos barrios cubanos, la jugada ya no es una excepción. Es parte de una economía paralela que se nutre del fanatismo deportivo, del boca a boca, de la urgencia y de una normalización creciente del riesgo entre menores de edad y jóvenes.

Aficionados cubanos del Real Madrid en la isla.
Aficionados cubanos del Real Madrid en la isla.

Ahí aparece otra de las aristas más inquietantes del fenómeno: la participación de adolescentes —e incluso, según advierte la socióloga, de algunos jóvenes apenas por encima de los 12 o 13 años— abre la puerta a un conjunto de riesgos: 

  • Endeudamiento temprano. 
  • Deserción escolar
  • Exposición a microviolencias.
  • Normalización de la ilegalidad desde edades tempranas. 

En una etapa de la vida donde la recompensa inmediata suele pesar más que la evaluación del riesgo, la promesa de dinero rápido puede tener efectos especialmente corrosivos.

Las consecuencias no se agotan en el apostador. Cuando las apuestas fallan, los impactos familiares y comunitarios también son considerables: pérdida de bienes, discusiones, agresiones, rupturas afectivas, estrés doméstico y estigmatización. En comunidades ya atravesadas por la precariedad, estos circuitos pueden agravar tensiones previas y convertir pequeños conflictos en dinámicas más violentas.

Lo que muestran estos testimonios no es solo un mercado clandestino de apuestas deportivas. Muestran también una sociedad donde la necesidad ha ensanchado los límites de lo tolerable, donde el riesgo se normaliza como forma de vida y donde las redes informales ocupan el lugar que dejan las oportunidades ausentes. En ese paisaje, WhatsApp puede convertirse a la vez en casa de apuestas, libreta de cuentas, oficina de cobro y archivo de deudas. Y para demasiados jóvenes cubanos, jugarse el dinero en noventa minutos empieza a parecer más racional que esperar un futuro que no llega.

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Juliana Rabelo

Juliana Rabelo

(Cuba, 1991) Investigadora-artista, curadora y periodista. Ha colaborado con revistas culturales como Palamúsica Underground, Hypermedia Magazine, Árbol Invertido y Alas Tensas. Su área de interés se encuentra en la intersección de ciudadanía y arte participando en proyectos como el Instituto de Artivismo Hannah Arendt, la Casa de la Cultura del Mundo en Berlín (HKW) y Teatro Independiente Kairós lo que la ha llevado a diferentes eventos internacionales con performances, podcasts, artículos de opinión y ensayos, curaduría de eventos y moderación de conversaciones.

Comentarios:


Nivia Alum Dopico (no verificado) | Mié, 08/04/2026 - 16:12

Qué atinado tema a estudiar, muy bien reseñado. La participación de los adolescentes es dura dura...Cuba se nos pierde entre las manos...es una gran casa de apuestas: y se puede apostar cualquier cosa!!!!...qué tristeza!

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