La vicepresidenta y actual figura central del poder chavista, Delcy Rodríguez, dice basta a la presión de Washington y lanza un mensaje directo al presidente Donald Trump al reclamar el fin de las “órdenes” desde Estados Unidos hacia la política venezolana. La declaración ante trabajadores del sector petrolero durante un acto público en Puerto La Cruz, en el oriente del país, marca un punto de inflexión en el discurso oficial tras la captura de Nicolás Maduro.
En su intervención, Rodríguez apela a un tono soberanista y llama a que “la política venezolana resuelva nuestras diferencias y conflictos internos”, una frase orientada tanto al país como a los actores internacionales que siguen de cerca la evolución de la transición venezolana.
Un giro discursivo tras la caída de Nicolás Maduro
El mensaje supone un endurecimiento retórico respecto a la línea cautelosa que Rodríguez ha mantenido desde que asumió el control del Ejecutivo de manera interina. Hasta ahora, su discurso ha buscado equilibrar las demandas externas, particularmente de Estados Unidos, con la necesidad de mantener cohesionados a los sectores del chavismo que continúan siendo determinantes dentro del aparato estatal.
La alocución en Puerto La Cruz sugiere un intento de reafirmación interna. La dirigente necesita mostrar capacidad de liderazgo ante una base política que observa con suspicacia cualquier señal de subordinación a Washington, especialmente en un contexto marcado por años de confrontación con Estados Unidos y por el peso simbólico del discurso antiimperialista en el chavismo.
El respaldo de Washington y la agenda de condicionamientos
Tras la captura de Maduro a comienzos de enero, la administración de Trump respaldó a Rodríguez como figura de transición, en un intento por evitar un vacío de poder y contener una escalada de inestabilidad. No obstante, ese respaldo ha estado acompañado de una agenda de exigencias políticas y económicas.
Entre los condicionamientos atribuidos a Washington figuran la redefinición de la política exterior venezolana, la reducción de vínculos con aliados estratégicos históricos del chavismo y la priorización de empresas estadounidenses en la producción y comercialización de petróleo. Estas demandas han colocado a Rodríguez en una posición compleja: garantizar gobernabilidad sin erosionar su legitimidad interna.
Petróleo y poder: el núcleo de la disputa
La industria petrolera ocupa un lugar central en este pulso político. Tras años de sanciones, colapso productivo y deterioro institucional, el sector energético venezolano es visto por Estados Unidos como una pieza clave para la recuperación económica del país y para el reordenamiento geopolítico regional.
El hecho de que el mensaje de Rodríguez se produzca ante trabajadores petroleros no es casual. El crudo continúa siendo el principal activo estratégico del Estado venezolano y el eje alrededor del cual giran las negociaciones más sensibles. En ese contexto, el discurso soberanista busca fijar un marco narrativo: cooperación con Washington, pero sin aceptar públicamente una tutela política directa.
Un país fragmentado y una transición bajo presión
Según CNN, Washington busca garantizar estabilidad y control en un país que permanece profundamente dividido. El escenario venezolano está marcado por la coexistencia de sectores leales al madurismo, corrientes chavistas no alineadas con el exmandatario y una oposición que intenta reconfigurarse tras años de represión y marginación institucional.
El desafío de Rodríguez es sostener un equilibrio frágil. Debe demostrar a Estados Unidos que es capaz de gestionar la transición y evitar un colapso interno, al tiempo que convence a las bases chavistas de que su liderazgo no implica una renuncia al discurso histórico de soberanía. El endurecimiento retórico observado en Puerto La Cruz puede interpretarse como una herramienta para reforzar su posición interna en una etapa decisiva.
La transición venezolana entra así en una fase de mayor complejidad, donde cada gesto público adquiere un valor estratégico. Entre presiones externas, disputas internas y el peso del petróleo como factor de poder, el margen de maniobra del nuevo liderazgo dependerá de su capacidad para convertir el respaldo internacional en estabilidad política sin provocar nuevas fracturas.
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