¿Por qué leo mientras todo se desvanece a mi alrededor? Es una pregunta que procuro no responder. Pero la siento acorralarme hasta mis propios límites. Todas las épocas fueron duras para quien le tocó vivir en el subsuelo. Pero en todas siempre se levantaron voces que desafiaron la lógica de los gobiernos autoritarios, fríos y mezquinos.
Leo porque no me interesa seguir las pautas de los enquistados líderes de este país. Leo como una necesidad de conocer los desafíos de otros que como yo se atrevieron a cuestionar la unanimidad imperante y, por qué no, fraudulenta de una sociedad sometida a un bombardeo sistemático durante sesenta y siete años.
Leer en medio del hambre y la oscuridad
En medio de una depauperada situación económica, leer pudiera verse como un hecho que va en contra de la batalla de los cubanos por la supervivencia. A veces me pregunto: ¿de dónde sacas fuerzas, Frank, para continuar sumergido en libros que te alejan más y más de este diarismo aterrador de hambre, oscuridad y falta de libertad?
Porque no quiero darle el gusto al sistema y su diatriba de engaños. Leer me dio la oportunidad de atravesar los gruesos muros de la obediencia y eso no lo puede borrar la maquinaria y su estrategia de simulación. No hay país, ni nación, ni patria. Poco a poco se reduce cualquier alternativa al hecho de soportar una presión demasiado extenuante.
Debo confesar que no ser parte del cardumen hace más difícil la existencia del artista que decide apartarse de la mentira. La vida se complejiza y encontrar un punto de referencia es un acto de rebeldía que los censores no perdonan. La marca de un rebelde es una cicatriz de quemadura en un lugar visible. Muchos la padecieron y tuvieron que partir a un exilio demasiado doloroso. Otros permanecemos bajo el ojo omnipresente del Gran Hermano. No hay que ser ingenuos.
El Gran Hermano vigila con desesperación a los que renuncian a su pútrida presencia. Lo he vivido desde que comencé a escribir mis primeros poemas hasta el día de hoy. El objetivo es ponerle fin a cualquier atisbo de negación a la doctrina del miedo. Está bien calculado aunque también asumen que no todos son presas fáciles de atrapar, devorar y digerir.
Mientras afuera el caos se abalanza sobre los transeúntes que pasan como espectros vencidos frente a mi casa, procuro alimentar mi espíritu leyendo a autores cuyas obras me invitan a continuar, a no rendirme, pese a lo desfavorable del pronóstico. Luego escribo libros que sé que no publicaré jamás en Cuba como ha sido con casi toda mi obra. Leo y escribo como si no hubiera un día después, porque sé que en esta tierra bendita, pero usurpada por seres de tinieblas, el día siguiente será peor. Es una cadena de sucesos imposible de detener.
El artista insumiso
Estoy convencido de que un artista que verdaderamente ame su trabajo de creación no se someterá nunca a los designios de ningún político. Pero ir en contra de la lógica del establishment será una ríspida experiencia cuyo final tendrá más óxido que los barrotes de las cárceles. No es cuento. Sobran los ejemplos.
Leer, más allá del placer que me otorga, es el alimento esencial para esta temporada de caminos demasiado estrechos. Esos autores también cruzaron densas alambradas y padecieron la opresión de regímenes totalitarios. Gracias a la generosidad de un amigo descubrí a Agota Kristóf (Csikvánd, Hungría, 1935–Neuchâtel, Suiza, 2011). Sus novelas La analfabeta, El gran cuaderno y La tercera mentira son magníficas. Llevan sobre sus páginas la necesidad de una resistencia que es puesta a prueba.
Allí aparecen la figura del éxodo y el desarraigo, la memoria del dolor y la búsqueda de una oportunidad que no lleve implícitas las huellas del comunismo. Para quien se encuentra en una zona de guerra constante, avanzar a través de narraciones, a veces crueles, a veces muy parecidas a lo que se padece hoy aquí, chocar con el destino de esos personajes es una señal inequívoca de que la literatura nos permite ver con mayor nitidez las atrocidades que se cometen por estos lugares donde proliferan algunas bestias con poder. Es una experiencia que agradezco porque la historia muchas veces se repite, pese a que somos tercos en reconocerlo.
Desde la pequeña pantalla de mi teléfono llego al mundo. Lo hago con absoluta avidez, como si con ello paliara un poco la necesidad de evadir lo que inocularon los decisores: la reducción del deseo de salir definitivamente de este encierro. Es más complejo de lo que aparenta. Pero también es cierto que .los argumentos para dominar a los que aún quedamos aquí quedaron reducidos a escombros. Sí, los mismos escombros de una sociedad que a diario se derrumba y queda en las frías estadísticas de las muertes naturales.
El mecanismo, pese a sus fallas, todavía funciona y hace daño, mucho daño. Cuando hablo con mis hijos, mi consejo es:
"Lee para que no caigas en la telaraña de los corruptos."
Lo hago con total seguridad. Las escamas que durante años cegaron a los cubanos comienzan a caer por su propio peso. La verdad está ahí, cada vez más cerca, cada vez más visible y la comparación es lo que este régimen ya no puede evitar.
Lo que nació torcido, permanecerá del mismo modo mientras los encargados de regir el destino de esta tierra quemada permanezcan llevándose los frutos sin ninguna consecuencia. Proliferan como plantas parásitas, muy parecidos a los personajes movidos por el estado de ánimo del escritor.
En Prosas apátridas, Julio Ramón Ribeyro (Lima, Perú, 1929–1994) nos deja como ofrenda un excelente texto:
La existencia de un gran escritor es un milagro, el resultado de tantas convergencias fortuitas como las que ocurren a la eclosión de una de esas bellezas universales que hacen soñar a toda una generación. Por cada gran escritor, ¡cuántas malas copias tiene que ensayar la naturaleza! ¡Cuántos Joyces, Kafkas, Célines flous, velados o sobreexpuestos han existido! Unos murieron jóvenes, otros cambiaron de oficio, otros se dedicaron a la bebida, otros se volvieron locos, otros carecieron de uno o de dos de los requisitos que los grandes artistas reúnen para elevarse sobre el nivel de la subliteratura.
Falta de formación, enfermedades, pereza, carencia de estímulos, impaciencia, angustias económicas, ausencia de ambición o tenacidad o simplemente suerte, son como el billete de lotería prometedor al cual solo le falta el número terminal para obtener el premio en la rifa de la gloria. Y algunos han probablemente reunido todas esas cualidades, pero les faltó la circunstancia azarosa, la aparentemente insignificante (la lectura de un libro, la relación con tal amigo), capaz de servir de reactivo al compuesto químicamente perfecto y darle su verdadera coloración.
Tal vez el estar caminando como un equilibrista desde que tuve uso de conciencia me dejó la tenacidad y el instinto de continuar, pese a la profunda deshumanización que arrasa sin piedad desde el quemante día a la tristísima noche. Negar mi condición de artista sería convertirme en kamikaze. Sería traicionar cada verso o historia escrita desde la soledad que siempre me acompañó.
La infinita marcha y la ínfima esperanza
Hay que vivir, alimentar el cuerpo, pero también hay que seguir esa luz lejana y salvadora que hoy nos niegan. Aunque el camino sea escarpado y los perseguidores todavía lleven cierta ventaja, no me rindo. Si algo no pueden matar los impunes mercaderes de la política, son los sueños de libertad, esa maravillosa personificación de la grandeza, bálsamo tan necesario, alma de un archipiélago agobiado, mutilado que ve a sus hijos partir como una prolongada herida a la altura del pecho.
De todas formas, el tiempo decantará y, quizás, cuando menos se espere, el cambio nos sorprenda y desaparezca la viscosa mancha que nos impusieron con sobrado oportunismo a partir de 1959.
La noche se extiende sobre mi aldea y no puedo sonreír. No puedo estar al margen de esta catástrofe que convierte la alegría en cenizas y el rostro en una máscara que pasan de mano en mano para no ser descubiertos. Andamos como los protagonistas de La carretera, en una infinita marcha con una ínfima esperanza de no desaparecer. A través de esa carretera camino y palpo la decrepitud y la cercana muerte de amigos y desconocidos. Como si esa explosión se hubiera llevado las últimas partículas de fe de este pueblo reducido a casi nada, a un vacío creciente que me mira y pregunta:
¿Por qué lees, anciano?
No es país para viejos. No hay que ser Cormac McCarthy para entenderlo y finalmente asumirlo. No es país para gentes que tengan deseos de crecer y prosperar, de llegar hasta donde la voluntad y la ambición lo permitan. Sin embargo, yo sigo a través de la pequeña y cuarteada pantalla de mi teléfono, conociendo el mundo que esta obsoleta dictadura me negó.
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