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Letras | El poeta Allen Ginsberg en Cuba: "Estúpida y llena de mierda autoritaria"

Ginsberg fue invitado a Cuba en 1965 y luego expulsado violentamente. Calificó a Fidel Castro de “disc jockey”, “Der Führer Gorilla”, el “príncipe humano Castro”, “póster de arte pop” y una “criatura verdaderamente peluda para ser presidente”.

De izquierda a derecha: el poeta chileno Nicanor Parra, el poeta argentino Miguel Grinberg y el poeta estadounidense Allen Ginsberg en La Habana (1965).
De izquierda a derecha: el poeta chileno Nicanor Parra, el poeta argentino Miguel Grinberg y el poeta estadounidense Allen Ginsberg en La Habana (1965).

Ensayo incluido en el libro Olvidos y obituarios, editado por Agni Ediciones de Daniel Díaz Mantilla y Zurelys López Amaya. Una versión de este texto apareció en Hypermedia Magazine, el 5 de septiembre de 2019.

La revolución necesita de un administrador psíquico astuto, alguien con capacidad ejecutiva para la propaganda externa y la armonía interna. Como yo, quizá. 

Allen Ginsberg  

(La Habana, sábado 30 de enero de 1965)

A finales de 1964, en el cruce del Año de la Economía y el Año de la Agricultura, según el tiempo totalitario de la Revolución Cubana, un jerarca de la cultura oficial invitó a Allen Ginsberg a la Isla. 

Había que hacer aliados a toda costa, de costa a costa de los Estados Unidos y, de ser posible, había que reclutar a espías espontáneos en la mismísima intelligentsia del imperialismo. 

No era su primera vez en Cuba. El poeta en jefe de la Generación Beat había visitado La Habana en diciembre de 1953, en tránsito hacia México, poco después del putsch del Cuartel Moncada. Por aquel entonces nuestra capital le pareció al veinteañero Ginsberg, a la manera de uno de sus intraducibles versos libres, una:

Kind of dreary rotting antiquity, rotting stone, heaviness all about. 1

El lunes 18 de enero de 1965 Ginsberg volvió a Cuba, vía México también, pero en este caso debido a las prohibiciones de viaje impuestas por el Departamento de Estado norteamericano, dado el cariz marxista del régimen radical entronizado por Fidel Castro

El ahora casi cuarentón Allen Ginsberg llevó un diario de sus aventuras y desventuras en el parnaso proletario cubano. Esos apuntes de urgencia de guerrillero intelectual (a ratos, intestinal) han sido publicados en 2018 por la Universidad de Minnesota, con edición y notas de su biógrafo Michael Schumacher, bajo un título guerrafríesco: Iron Curtain Journals.

El poeta estadounidense Allen Ginsberg en La Habana, Cuba (febrero de 1965). Imagen tomada por el escritor cubano Manuel Ballagas con la cámara del propio Ginsberg.
El poeta estadounidense Allen Ginsberg en La Habana, Cuba (febrero de 1965). Imagen tomada por el escritor cubano Manuel Ballagas con la cámara del propio Ginsberg.

Recién aterrizado, cogiendo confrontas de guaguas a las dos de la madrugada —las que Ginsberg deletrea con éxtasis etimológico como “Wah Wah”—, el poeta se topó con los escritores del grupo El Puente: chicos chics, pepillos de papel, el supuesto futuro de la Revolución.

Horas antes, en México, había tenido un sueño medio solipsista con Fidel Castro y una tal “hermanita” de doce años. Casi una parodia del más amoroso y escuálido J. D. Salinger.  

Estaban ellos tres en una mansión moderna. La familia de la casa había salido para un gran evento que estaba a punto de comenzar. Fidel se demoraba trancado en el baño, “meando o lavándose la boca”, por lo que Ginsberg se pregunta en el sueño si debe preguntarle al Líder Máximo si por fin vendrá al mitin de masas en el estadio, y si hablará largo y tendido en esa ocasión. La voz onírica de Fidel le parece “infantilizadamente aguda, algo impaciente, pero afable con la niñita”. Y entonces, cuando se da cuenta de lo raro que resulta que no haya guardaespaldas por ninguna parte, Allen Ginsberg se despertó.

Horas después, bebiendo “cocktails” (las comillas son del propio Ginsberg, como si la palabra cocktail, en Cuba, no sonara en inglés) en la oscuridad insomne de un barcito habanero ya sin Cabrera Infante, los muchachos de El Puente le confiesan al soñador que los “dialécticos literarios comunistas” lejos de sufragar su labor editorial de vanguardia, se dedican a “reprimir homosexuales”, arrestando a todo aquel que tenga pinta de “enfermito” o “Beat”. 

Obviamente, los adolescentes literarios buscan la solidaridad del enemigo. Me pregunto si la actual censora Nancy Morejón estaba presente allí. Lo cierto es que una botella de ron se cayó al piso y se hizo añicos “sin escándalo”, justo en el momento climático de la gusanería ebria de los obreros del arte. 

Entonces los cubanitos rectificaron. Al fin y al cabo, estaban hablando con un extranjero que acaba de anunciarles que espera ser recibido por Fidel Castro en persona. Ese notición, tras el augurio orisha del cristal rajado, devuelve a los enfermitos estetas a una saludable sobriedad socialista, no tan coloquial como parroquial. Así que, como colofón combatiente, los cubanitos le aseguran al gringo que, a pesar de los pesares, “a ellos sí les gusta la Revolución”. 

José Mario Rodríguez, Gerardo Fulleda Léon, Ana María Simo y Ana Justina, integrantes del proyecto editorial cubano El Puente (1965-1966).
José Mario Rodríguez, Gerardo Fulleda Léon, Ana María Simo y Ana Justina, integrantes del proyecto editorial cubano El Puente (1965-1966).

Esto fue suficiente para que Ginsberg se emocionara y soltase en voz alta: “Abajo la pena de muerte”. Y, en este punto de su Diario del Telón de Acero, alguien no identificado remata, supongo que en español susurrante, mientras al fondo “hay un nuevo estilo de música llamado feeling”:

Yes, tell Castro.

Esto debió dar para una tesis de doctorado sobre El Puente y la pena máxima.

Adoro leer diarios. Mi tesis de doctorado en Literatura Comparada, gracias a una beca de la Universidad de Washington en Saint Louis, Missouri, involucra a no pocos diarios de peregrinos políticos a nuestra utopía Caribe. Literal y literariamente, turistas de la ideología: compañeros de ruta de la izquierda internacional que, a lo largo y ancho de las décadas, fueron cayendo de cabeza o de culo en su querida Cuba de Castro.

Adoro, por lo demás, a Allen Ginsberg. Hasta su comemierdad comunista me resulta entrañable. Murió muchos años después de su peregrinaje, en abril de 1997, llamando a sus amigos por teléfono para decirles, partido de llanto, que se estaba muriendo y que todavía no se quería morir. 

En aquella Cuba, todos parecían fascinarse con su bufanda rojinegra importada, de estilo Cambridge, que nada tenía que ver con los colores anarcoterroristas del Movimiento 26 de Julio. Todos se empeñaban en besarlo en los labios y acariciarle los pelos, por entonces muy copiosos así en la barba como en el cráneo. 

Ginsberg, en cambio, se asombra de que ninguno de esos mancebos culturosos haya escuchado nunca los discos de Ray Charles y Bob Dylan que él les trae como regalo, como objetos alienígenas contrabandeados en la aduana, cuyos acordes y letras él aspira a que sean transmitidos cuanto antes por la radio cubana, pues son “heads of Culture”, con mayúsculas: “to have them broadcast over Cuban radio”. Como perspicaz postdata, el poeta se asombra: “nadie aquí ha leído a Burroughs todavía”.

Un par de días más tarde, ya le es posible concluir que:

Ser tratado como invitado es una sutil forma de lavado de cerebro, ya sea por psicoanalistas en Washington, la Lowell House de Harvard, o por los comunistas liberales cubanos en Cuba.

(Valga la redundancia geográfica: “Cuban liberal communists in Cuba”). 

Un par de líneas más abajo, Ginsberg consigna otro sueño de celebridades, en este caso con Jean-Paul Sartre y Gary Snyder. Y se despierta con los “labios resecos y dolor de garganta”, al compás de esa misma tos que arrastra de polizón desde el aeropuerto JFK de Manhattan, pero sin dejar de fumar ni por equivocación.

Y nos enteramos, de manera póstuma, que Miguel Barnet había visitado al norteamericano en su apartamento de hotel, para una sesión de: 

Yoga cubano yoruba bantú local, con canciones como mantras y mucha percusión excitante. 

Sin embargo, a los escritores de El Puente, como el “afeminado José Mario” y un Manuel Ballagas “bien parecido a sus 17 años con cara de acné”, el guía a cargo del International Cultural Exchange Program no les permitía llegar hasta su piso en el hotel Riviera, por puro “puritanismo”. Alegadamente, le aducen que: 

En particular, los contrarrevolucionarios podrían subir al hotel para asesinarme.

La otra justificación no puede ser más racional y curiosamente contemporánea: en La Habana había “vastas hordas de putas merodeando alrededor de los visitantes” y, para colmo:

 Los campesinos subirían a sus enormes familias de vacas por el ascensor, si se les permitiera traer visitantes.

Al final, tras un altercado Beat versus Barbarie en el lobby del Riviera, donde no hizo falta que Ginsberg “se quitara las ropas” si “se mete en problemas”, tal como amenazó quitárselas, todos subieron y se quedaron hasta la medianoche, fumando y revisando una traducción que Ballagas había hecho del extenso y aún más intenso poema de Ginsberg titulado Kaddish, una letanía a la manera de la ceremonia judía por la muerte de su madre comunista:

And I’ve been up all night, talking, talking, reading the Kaddish aloud…

All the accumulations of life, that wear us out—

clocks, bodies, consciousness, shoes, breasts—

begotten sons—your Communism—

‘Paranoia’ into hospitals…

Looking in the mirror to see if the Insanity was Me

or a earful of police…

In the madhouse Blessed is He!

In the house of Death Blessed is He!

Blessed be He in homosexuality!

Blessed be He in Paranoia!

Blessed be He in the city!

Blessed be He in the Book! 2

Desde el inicio, Allen Ginsberg aprovechó su inmunidad de foráneo para quejarse del llamado Departamento de Lacra Social, incluso ante un funcionario de la revista gubernamental Cuba, pues le indignaba que dicho departamento se dedicase a recoger de la calle, en plena Rampa, a “homosexuales” y “marihuaneros”, solo por culpa de sus “bluejeans apretados” y sus “barbas locas”. (A mediados de los sesenta, las barbas estaban de moda a todo nivel, desde la base subversiva hasta la cúpula del poder despótico. Excepto, tal vez, en el burocrático Blas Roca, “que es el editor de Hoy y no usa barba”).

Como coletilla, Ginsberg añade que se comenta que:

Guillén y otro poeta (Retamar) visitan en secreto a un tal Ramiro Valdés, el Ministro del Interior, para quejarse de la persecución en contra de los maricones en la calle.

Hay un momento en que Ginsberg compara cómicamente a la Revolución cubana con el filme Sopa de ganso de los Hermanos Marx, donde la pequeña nación de Freedonia está en bancarrota y en riesgo de ser anexada por su vecina Sylvania. En otro rapto de escéptica lucidez, la describe como: 

Una obsesión en la mente de todos, tal como las drogas alucinógenas en mi mente. 

Para él, de hecho, la Revolución es: 

En sí misma un cambio de realidad. 

A pesar de la homofobia rampante revolucionaria, expresada como apartheid de Estado, a pesar de la declaración de la Unión de Jóvenes Comunistas en la Escuela de Instructores de Arte contra los “decadentes, existencialistas y homosexuales” (publicada en “Mella, su órgano”), Ginsberg consigna en sus diarios que: 

Quizás al Che Guevara o a Raúl o a algún otro al final también les gustan los chicos, quién sabe o a quién le importa. 

En cualquier caso, su entrevista con el periódico Hoy es censurada por su insistencia en “la aceptación social ‘socialista’ de los homosexuales” y sus críticas deslenguadas en contra de la: 

Línea sexual burguesa del Partido al estilo familia católica / marxista / hispana / americana / cubana. 

Por eso nadie lo toma en serio entre los solemnes periodistas cubanos. Por eso le preguntan sospechosamente si ese “extraño tema” es traído por los pelos como broma o provocación. Y Ginsberg se agota de tanto explicarles freudianamente por qué él tiempla como tiempla, desde que su madre murió en un manicomio: 

Incluso este Diario comienza a ser explicativo, en modo periodístico. Fuck it. El socialismo convierte a todo el mundo en un intelectual polemista: esa es su defensa para no abrirse al instinto imaginativo, lo cual es propio de los espacios de negociación colectiva.

En definitiva, se trata de:

La misma cochina cobardía y estupidez, y las mismas racionalizaciones burguesas que hay en Nueva York o Saigón o Benarés. Los mismos argumentos estereotípicos: 1927 Rusia, 1945 U.S. McCarthy. La misma evasión periodística de Times, Pravda, Revolución, New York Times, 1965. 

(Todas las traducciones, por supuesto, son mías).

Cuando Ginsberg se sienta durante horas a ver un discurso de Fidel Castro en la televisión, no puede evitar ponerse a coleccionar datos estadísticos, como si fuera uno de aquellos taquígrafos desaparecidos, a sueldo del Consejo de Estado de la Era Castrozoica. 

El escritor Miguel Grinberg y el poeta estadounidense Allen Ginsberg. Nota escrita por Ginsberg en la foto: "Miguel Grinberg, editor de Eco Contemporáneo, Buenos Aires, La Habana, Cuba antes que yo fuera deportado, en enero de 1965."
El escritor Miguel Grinberg y el poeta estadounidense Allen Ginsberg. Nota escrita por Ginsberg en la foto: "Miguel Grinberg, editor de Eco Contemporáneo, Buenos Aires, La Habana, Cuba antes que yo fuera deportado, en enero de 1965."

También registra detalles de psiquiatra quisquilloso ante un paciente muy peculiar: acaso un “disc jockey”, “Der Führer Gorilla”, el “príncipe humano Castro”, casi un “póster de arte pop” y una “criatura verdaderamente peluda para ser presidente, diez veces más natural que Johnson”; un estadista que ejecuta su performance patibulario como si de una “pelea por el Campeonato Mundial” se tratase.

A la postre, dado que “todavía no hay ninguna revolución básica en el Sistema Nervioso en sí, de modo que la humanidad aún no está sexualizada”, el poeta prefiere apostar por la excepción que confirma la regla en sus noches a solas en el hotel Riviera, y elige el oficio nunca obsoleto de Onán:

Me masturbo gimiéndole a la almohada por favor… por favor… por favor…

Otras noches, la funda de esa almohada alberga el rostro imaginario de Fidel Castro. En situaciones de calentura extrema, opta por “la cara hermosa del joven Che Guevara” como imagen climática. En cualquier caso, Ginsberg parte del convencimiento de que: “todas las mujeres cubanas, sin duda alguna, tienen fantasías sexuales con Castro” y, dado que “por suerte Raúl y Fidel son sexys, eso mantiene las cosas humanas”.

Allen Ginsberg se sumaba así a la apoteosis no germinativa de “millones de cubanos pajeándose”. Como

Las casas de prostitutas están clausuradas y las chicas conservan su virginidad, no hay salida real para la sexualización de las relaciones comunistas. 

Según su teoría, la “culpa masturbatoria” y el “miedo a tocar con confianza el cuerpo del otro” es lo que “conduce a relaciones políticas, ambigüedad y miedo”. 

Para Ginsberg, esa carencia crónica de una “puerta abierta al amor”, esa indigencia de algún tipo de “ancla para el deleite del cuerpo a cuerpo que disuelva las tensiones sociales”, resulta en una pacatería que: 

Se sube a la cabeza como teoría dogmática marxista sobre el esfuerzo social del grupo y la pureza comunista de toda motivación y acción.

Desde su diván de genio genital, para él :

Fidel es pasivo en la cama, según los chismes, y sin escenas de sexo fuerte, excepto cuando tiene tiempo. El Che Guevara está más sexualizado. De Raúl dicen que es una especie de queer, lo que explica su temperamento sádico y felino, aunque está casado. Y Dorticós, bueno, ese es un caso extraño, entendible tan pronto vemos a su mujer

En sus paseítos habaneros, la mirada indiscreta de Ginsberg no se deja engañar ni sobornar con boberías bucólicas. Lo ve todo. Lo obsesiona la frase “Lacra Social”. Describe las ruinas retorcidas del vapor La Coubre como “una estatua de John Chamberlain”. Trastoca la ortografía de cada cosa que nombra (hotel “Ambres Mondoo”, por ejemplo) pero no corrompe el concepto secreto de nada. 

Asiste a una sangrienta sesión de santería en Guanabacoa, a medio reprimir por un carro patrullero, cuyo oficial finalmente anota el nombre de todos los asistentes al bembé (Allen Ginsberg resulta tener a Changó de muerto protector; él enseguida lo asocia con una especie de “Shiva con falo rojo”. José Mario le había regalado sus pulseras de Yemayá y Ochún, acaso para que, en tanto jurado, fallara a favor de su obra en concurso. Por desgracia para José Mario, Ginsberg cree que es un “libro de sosos poemas de amor escrito para su novio peruano”).

Asiste también a uno de los últimos espectáculos del bufo en el Teatro Marte, que incluía un personaje pintado de negrito (eso que ahora en Norteamérica llaman, con horror milenario, un “blackface”). 

Cerca de un fuerte militar de la era de la colonia no lo dejan tomar fotos. Ginsberg coge unas cagaleras que lo tiran a morir sobre la cama, con “calambres y goteo acuoso saliéndome del culo al estilo de las disenterías en el Viejo México”, por lo que se empacha con Enterovioform y Sulfaguanidina. En uno de sus sueños diarios, se desboca y besa en la boca a Manuel Ballagas (antes de tener dos páginas de sexo físico con sus 17 años, durante la tardecita tántrica del miércoles 17 de febrero de 1965). 

A sus dudas diversionistas sobre la escasez de huevos y carne, un funcionario le da la contundente declaración de que “ahora todo el mundo puede adquirirlas y consumirlas”: por eso escasean más que cuando el capitalismo de “Battista”. 

Ginsberg atisba un libro infantil para colorear, con el título de Abajo el imperialismo (no sabemos si lo compró, ni si se conserva como parte de sus archivos). Repara en las caricaturas de la prensa estatal (la única legal), donde el Tío Sam siempre saca dólares de su sombrero de copa mágico para “comprar a los gusanos” del patio. O funge como titiritero en un: 

Podio de la OEA, moviendo los hilos de sus dictadores decorativos Somoza, Ydígoras, Rómulo, Stroessner, Prado, etc.

Un día lo llevan, inevitablemente, a la Finca Vigía, ese alef maléfico hemingwayano, como un iceberg insular invertido: 

Gran tristeza por todas partes, como de una muerte inmediata, la nueva muerte del día anterior, ayer. 

Y nos lega entonces, al pueblo cubano, un autógrafo gráfico con visos de ser la primera poesía visual plasmada en el primer territorio libre de América: 

Dibujé en el libro una estrella judía con calavera en su centro y girasoles en lugar de dientes.

Me pregunto qué habrá hecho el G-2 con esa hojita del Libro de Visitantes del viernes 22 de enero de 1965 en la Finca Vigía de San Francisco de Paula. Hoy valdría su tinta en oro. 

Más valdría un video de la reacción de Nicolás Guillén cuando Allen Ginsberg le contó —como si Guillén no lo hubiera aprobado de antemano— sobre una joven poeta (¿Ana María Simo, Lina de Feria, o ambas?) ingresada a la fuerza en un hospital, donde recibió 14 electroshocks:

―Es la típica neurótica.

Eso le dijo, mulatamente, el camagüeyano presidente vitalicio de la UNEAC. Le habló “con gran suavidad y humor y obvia sensibilidad” solo para después, cínicamente, comparar el caso con el suicidio de una querida amiga de Ginsberg, que padeció trastornos nerviosos severos hasta que no pudo más y saltó desde un séptimo piso de Hudson Heights, en Manhattan: Elise Cowen (1933-1962). 

A la postre, a título confidencial, ese mismo grosero Guillén le ordenó en persona, uno a uno, a los juveniles miembros de la UNEAC, que “no salieran más” con Ginsberg, para que así “hubiese menos problema”. 

También Lisandro Otero le hablaría pestes sobre el grupo El Puente, al punto de que el poeta Beat tuvo que salir en defensa de sus admiradores y amantes. Pero es una batalla perdida de antemano y las conclusiones del norteamericano serán de naturaleza patológica (Cuba como caso clínico): 

Por todas partes, supresión total de las fantasías conscientes e inconscientes. Tengo que averiguar qué idioma se habla en esta isla, lenguaje Esopiano. No puedo confiar en nadie. Es como sufrir un colapso nervioso. Cuanto hago es una amenaza para Casa. Debo callarme y dejar de parlotear. Cerrarme. Miedo de escribir en este libro. De ahí mi estilo tan cortado. La paranoia y la realidad por fin son idénticas. 

Y es así que Allen Ginsberg deja de transcribir nombres en su Diario y, como un Kafka en los tiempos de Kaftro, ahora A.G. pone solo las iniciales.

Unos días después, tras una gira por varias provincias, muere repentinamente en la Isla el escritor chileno Ricardo Latcham, para terror de su compatriota Nicanor Parra, también de paso por Cuba, quien comenzó a creer que el runrún de las cortinas funerarias del velorio hacía eco en las cortinas de su cuarto de hotel (acaso fuera solo la risita de los agentes de la policía política, que los espiaban a todos en su intimidad alquilada). 

Portada del libro "Olvidos y obituarios" (Agni Ediciones) del autor cubano Orlando Luis Pardo Lazo.
Portada del libro "Olvidos y obituarios" (Agni Ediciones) del autor cubano Orlando Luis Pardo Lazo.

Esta muerte chilena Ginsberg la conecta enseguida con el deceso del científico francés André Voisin, justo un mes antes, también de manera repentina y en solitario en su hotel: en ambos conspicuos casos, “mala publicidad para Cuba”. Por cierto, los dos habían nacido a inicios de 1903. La Revolución es, eminentemente, más allá de la geopolítica, una cuestión geométrica.

Como curiosidad: Camilo José Cela, también en Cuba como jurado del Premio Casa de las Américas, le dispara una carta a Fidel Castro, proponiéndole cambiar la noción del gramático ibérico Antonio de Nebrija en 1492 de que “siempre la lengua fue compañera del imperio” por un eslogan donde “Revolución” sustituya a “Imperio”; para rematar sugiriéndole a Fidel una misión acaso dictada por el caudillísimo Francisco Franco. Cela cree que:

A Cuba, que habla español, que vive y sufre y trabaja y pelea y ama y muere en español, le cabría el honor histórico de poner las cosas en su sitio y vivificar la precisa y señaladora voz Hispanoamérica (y su correspondiente adjetivo hispanoamericano). 

Como posdata de su carta comandantesca, el marqués “aristocrático corpulento” y Premio Nobel de Literatura, de quien Ginsberg se burla de sus “ojos burócratas de Burroughs” y sus “trajes de seda”, trata de convencer al hegémono cubano de que “en todo el mundo de habla española, en todo el mundo hispánico, la única persona que puede hacerlo con eficacia y sin herir susceptibilidades de nadie, es usted”, con la plusvalía de que, “políticamente, los alcances de la medida serían insospechados”.

A la hora de leer las obras, como jurado del género de poesía para el concurso Casa de las Américas, Ginsberg decide invitar a Manuel Ballagas (ahora con alias: “M”) para que estos “odd Latinamerican poetry texts” sean leídos en su lengua oriunda por el cubanito de diecisiete años que es hijo del eminente poeta Emilio Ballagas. Por semejante exceso de confianza, Ballagas será arrestado varias veces por los compañeros del Ministerio del Interior que atienden a Allen Ginsberg y al coro de conflictivos locales a su alrededor. 

En relación con las detenciones arbitrarias, Allen Ginsberg se quejó en persona a Haydée Santamaría (a quien además le propuso que invitara a The Beatles a Cuba cuanto antes). Haydée se lamentó de que hubiera ocurrido otro “estúpido error de policías no bien educados”, pero le advirtió al poeta-jurado que en Cuba hay:

Grupos de pro-norteamericanos que se creen que pueden chantajear a la Revolución buscando refugio en su fama poética. 

Ginsberg deja correr a la funcionaria con su teoría de que los artistas son “bichos raros”. Luego, por escrito, Ginsberg describirá algo mejor a esa mujercita con poder: una “rubia rusa rolliza” que habla “demasiado rápido”, como "dando un discurso para chicas de secundaria” y que, sin embargo, era llamada por otros el hada madrina de la intelectualidad cubana inconforme. 

A él, Haydée Santamaría simplemente le pareció “Stupid & Full of Authoritative Bullshit”. Así, a golpe de mayúsculas. Como muchos de los escritores que lo agasajaron con hipocresía. Como la Revolución en sí.

En uno de los momentos más dramáticos del diario, su dictamen sobre el socialismo a la cubana se torna lapidario: “Lo que necesitan es un conjunto apropiado de leyes cívicas y sobre la libertad de expresión”. Punto y aparte. Pues el Estado no debería de andar “administrando la vida sexual de los adolescentes y sus actitudes hacia el Estado”, como si de una “Revolución Kibutz” se tratara: Ginsberg avizora las UMAP en clave sionista.

Los rumores son echados a rodar con rabia por el Departamento de Opinión del Pueblo. Es la primera fase de su proceso: la estigmatización antes de la expulsión. Allen Ginsberg anota: 

Todos parecen estar de acuerdo en que los periódicos aquí apestan, son mediocres, no critican y no tienen independencia. 

El problema aquí es que todo lo que hago, como no se reporta oficialmente, se chismorrea hasta los extremos más ridículos y se vuelve monstruoso. Una medida de la locura de esta sociedad.

Se me informa de más gossip/chismiss. Se supone que tuve orgías con todos los chicos y chicas de El Puente.

(Me pregunto si eso incluiría a Nancy Morejón, deletreada por Ginsberg como “Nancy Moreno”.)

El 10 de febrero lo llevan a volar sobre la Sierra Maestra. El 12 de febrero visita la Gran Piedra. Recorre los pueblos de campo en limusina. 

El calor o el ron o la machanguería santiaguera le dispara a Ginsberg el nivel de erratas hasta el paroxismo, según se aproxima el clímax de su expulsión de Cuba. Diríase que se burla, pero no. No hay emojis ni pretensión de parodia en su diario, excepto cuando se refiere, en un ataque de hiperrealismo, a José Rodríguez Feo como “Mr. Ugly”. 

Nuestro poeta testimoniante está tratando de ser tan exacto como ortográficamente puede, en medio de una Revolución que lo invitó para a la postre darle una patada en su grafológico culo. Ginsberg garabatea con su caligrafía de colegial pacifista: la “Grande Pidra”, el cuartel “Moncalpa”, las escuelas vocacionales militares “Camila Cienfuegas” y luego “Carmillo Confiengos”, el periódico “El Mondo”, las Brigadas de “Analfabazación”, el lemita “Ser culto es a ser libre (José Marte)”, un tal “Miguel Barent” en una tal “UNIAC”, y un "hetnográfico" etcétera…

El tal “Miguel Barent”, por cierto, confrontado por milésima vez sobre la represión del G-2 en contra de sus colegas y de sus santeros, le declara compungido y en privado a Allen Ginsberg: 

Yo estoy cansado. O simplemente, como en Kafka, no soy valiente. Tú tienes una cultura diferente a la que estás habituado. Hasta hace dos años, yo era más valiente. Ahora ya no tengo ganas de cambiar el mundo. Demasiados problemas de amor. Bueno, eso es lo que siento, no soy un romántico como tú.

Por ninguna parte encuentra Ginsberg “una manera Zen para hacer bien la Revolución”. Al parecer, su tonta teoría de que "todos los jóvenes hagan el amor con los miembros del Partidono recibe muy buena acogida. Ni entre los jóvenes, ni entre los miembros del Partido. 

La culpa la tienen, por supuesto, las agresiones imperiales en contra de los pueblos de Latinoamérica y de la Tricontinental del Tercer Mundo. En definitiva, como una mujer llamada “Marcia” le comenta:

Lo peor de la Revolución es la resaca de la vieja Cuba católica burguesa. 

Es decir, el presente de tiranía no debe ser nunca criticado: la culpa era del pasado y la redención estaría en un mañana que nunca iba a llegar. 

Había que joderse.

Finalmente, el 18 de febrero, tres agentes de la Seguridad del Estado, disfrazados con las cheas camisitas de civil del ICAP, a las 8:25 a.m., le tumban a Ginsberg la puerta de su habitación y le anuncian que no tiene otra opción que acompañarlos: el supuesto capitán “Carlos Varona”, Jefe de Inmigración a nivel nacional, quiere interrogar a la cucaracha contestataria norteamericana. 

(La Entrevista 2.3) ORLANDO LUIS PARDO: "Nuestra energía es que no tenemos un país libre".

Obligan a Ginsberg a recoger sus bártulos de inmediato y no puede llamar a nadie por teléfono, ni siquiera a Casa de las Américas. Ginsberg ignoraba, acaso hasta su muerte, casi a ras del año 2000, que Casa de las Américas era precisamente la filial cultural de Villa Marista que dio la orden de deportarlo de por vida de la Isla de la Libertad.

En la estación, el poeta se despide de Cuba tocando bajito sus címbalos de dedo y repitiendo sus mantras medio hindús y medio homos. Nadie le explica nada. Tiene suerte, no tendrá que escribir la crónica de su interrogatorio anunciado. No pasó por una sesión de torturas, como sus colegas insulares. Y a las 10:30 a.m. ya estará volando lejos de Cuba, en el primer avión que despegó del país. En este caso, hacia Praga, donde Ginsberg había oído decir que:

Los más jóvenes se ríen del socialismo.

Cuando el carro lo lleva hacia el aeropuerto internacional José Martí, como un prisionero de paz, como miles y miles de cubanos expatriados a la fuerza, todavía Ginsberg está tintineando sus címbalos de dedo en el carro policial: 

Ooom, oom, oom. Sarawa Buda Dakini veh venza wani yeh venza bero tsa ni yeh hum hum hum phat phat phat so hum…

Uno de los agentes le explica la causa del vértigo de lo que está pasando a su alrededor:

―Sabemos lo que hacemos. Esta es una Revolución y debemos hacer las cosas rápido. Todo lo hacemos así.

La respuesta de Ginsberg seguramente lo dejó frito:

―Hari Krishna Hari Hari Krishna Krishna Hari Hari Hari Rama Hari Rama Rama Rama Rama Hari Hari…

Linguam homosexualem habemus.

En la bahía de La Habana, pintado en la proa de un carguero quién sabe si de nacionalidad cannabis (el último porro clandestino de marihuana le costó diez pesos, apenas unas horas antes), el jueves 18 de febrero de 1965, Allen Ginsberg lee, desde su ventanilla de paria del proletariado, lo último que la Revolución Cubana le permitiría leer, al menos dentro de sus fronteras de fidelidad fascistoide: “MANTRIC”.

Es el nombre del barco, cargado tal vez con armas traídas también a toda velocidad. Armas que todos los cubanos sabemos para qué eran, para qué serían, para qué siguen siendo hoy, seis decadentes décadas después. 

A las 9 p.m., ya Allen Ginsberg está escribiendo otra entrada de su diario, pero en el aeropuerto de Gander, Canadá. Es el pueblecito cómplice que se prestaría durante años para que la dictadura cubana moviera a sus rehenes cubanos de una punta a otra sobre el Océano Atlántico. 

Bajo las auroras boreales, inconcebibles dentro del clima claustrofóbico de opresión tropical, el poeta Beat declara entonces para nosotros, sus lectores post mortem, que, en plena posesión de sus facultades mentales, a él no le queda ya “nada que esconder excepto su soledad”.

Mientras más Allen Ginsberg singaba y era singado por sus similares, así en el Imperialismo como en la Revolución Cubana, esa soledad existencial lo acompañaría siempre, haciéndolo humano, demasiado humano para la Utopía en la Tierra.


Notas

1 Una especie de antigüedad lúgubre y en descomposición, piedra corroída, una pesadez que lo impregna todo.

2 Y he pasado toda la noche en vela, hablando, hablando, leyendo el Kaddish en voz alta…

Todas las acumulaciones de la vida, que nos desgastan —

relojes, cuerpos, conciencia, zapatos, pechos—

hijos engendrados—tu Comunismo—

“Paranoia” hacia los hospitales…

Mirando en el espejo para ver si la Locura era Yo

o un oído lleno de policía…

¡En el manicomio, bendito sea Él!

¡En la casa de la Muerte, bendito sea Él!

¡Bendito sea Él en la homosexualidad!

¡Bendito sea Él en la Paranoia!

¡Bendito sea Él en la ciudad!

¡Bendito sea Él en el Libro!

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Orlando Luis Pardo Lazo

Foto de Orlando Luis Pardo Lazo

(La Habana, 1971). Escritor, fotógrafo y bloguero cubano. En Cuba publicó los libros de cuentos Collage Karaoke (2001), Empezar de cero (2001), Ipatrías (2005) y Mi nombre es William Saroyan (2006). Fue ganador del concurso de cuento de La Gaceta de Cuba (2005), con “Cuban American Beauty”. Su libro de relatos Boring Home, ganador de una mención en el Premio UNEAC 2007, fue retirado de la imprenta por la editorial Letras Cubanas a finales de 2008, como penalización por autopublicar provocaciones políticas en su blog Lunes de Post-Revolución. Publicó sus libros de crónicas periodísticas Del clarín escuchad el silencio (Hypermedia, 2016) y Espantado de todo me refugio en Trump (Hypermedia, 2018). Su novela Otra patria, otro siglo, otros hombres permanece inédita.

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