El 19 de febrero se celebra el Día Internacional Contra la Homofobia en el fútbol como homenaje a Justin Fashanu, el primer jugador de élite en reconocer públicamente su homosexualidad.
Corría el año 1990 y el futbolista fue expulsado de su equipo y, tras vivir todo un calvario marcado por su decisión, Justin se quitaría la vida en 1998.
A más de treinta años después de la revelación de Fashanu, pareciera que las circunstancias son muy diferentes. Los clubes de muchas de las más importantes ligas del mundo suelen llevar brazaletes con los colores de la bandera arcoíris, símbolo del movimiento LGBTIQ+, importantes futbolistas de selecciones femeninas han revelado abiertamente su homosexualidad y han presentado a sus parejas.
Persiste la homofobia en el fútbol de élite masculino
Pero en el fútbol de élite masculino parece que la lucha contra la homofobia tiene mucho camino por recorrer.
Siguen siendo contados los futbolistas de élite que reconocen abiertamente su homosexualidad (el caso del futbolista checo Jakub Jankto del Getafe ha sido el único destacado en La Liga, por citar un ejemplo) y, pese a las sanciones, a los llamados al respeto a la diversidad, las expresiones homófobas siguen muy presentes en el entorno del fútbol y en a inicios de 2026 se han vivido sucesos lamentables que confirman esta dolorosa realidad.
El caso del árbitro Pascal Kaiser (Alemania)
Me voy primero a Alemania, donde fue todo un suceso que en el abarrotado estadio RheinEnergieStadion de Colonia, el 30 de enero de 2026, el árbitro gay Pascal Kaiser pidiera matrimonio a su pareja.
Los aplausos que estallaron ante la respuesta afirmativa y el beso entre los chicos parecían corroborar que en tierras teutonas la homofobia cede terreno. Pero la cruda realidad golpeó pocos días después, cuando en los medios apareció el rostro desfigurado de este árbitro que había recibido constantes amenazas y finalmente fue golpeado salvajemente. Prueba de que las actitudes homófobas que se inician con gritos en el campo de juego pueden conducir a la violencia extrema.
El caso de Borja Iglesias (España)
En España, tocaba a Borja Iglesias ser el blanco de los homófobos de turno. El Panda, como se le conoce, se ha caracterizado por sus posiciones progresistas en materia de igualdad de derechos y respeto para sus colegas del sexo femenino tras los escándalos que rodearon a la selección española campeona mundial.
Se atrevió a pintarse las uñas, un gesto que para nada define la orientación sexual de una persona, pero igual pareció un insulto a los homófobos que creen que el fútbol es un deporte de hombres heterosexuales aferrados a los cánones del heteropatriarcado.
Apoyado por la afición de su club, el Celta de Vigo, muchos de cuyos seguidores también se pintaron las uñas de las manos en solidaridad con Borja, el futbolista enfrentó en Sevilla gritos, insultos y amenazas de aficionados sevillistas.
Pese a que han surgido apoyos a Iglesias y críticas a este pésimo comportamiento, indigno de una de las grandes aficiones españolas en las que, esperemos, este grupo sea minoritario, el fantasma de lo ocurrido al árbitro alemán y de los años de depresión vividos por Fashanu, recuerda que, como el dinosaurio de Monterroso, en el fútbol la homofobia sigue ahí. Se impone combatirla no solo con eslóganes y brazaletes y, obviamente, no solo los días 19 de febrero.
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