La acumulación de basura en La Habana ha llevado a vecinos a prenderle fuego en plena calle, ante la demora —o ausencia— de recogida por los servicios comunales. Un video grabado en la intersección de Concordia y Belascoaín, en Centro Habana, muestra los desechos ardiendo cerca del hospital Hermanos Ameijeiras, en una zona de alto tránsito donde el humo y el riesgo de propagación agravan una crisis de higiene pública.
Para algunos, quemar la basura es una salida desesperada ante la pestilencia y la acumulación prolongada; para otros, se trata de un acto de desobediencia que expresa el hartazgo ciudadano. Hay quien interpreta estas acciones como “el germen de un incendio mayor” capaz de extenderse —en sentido social y político— contra la dictadura acumulada por más de medio siglo.
Una crisis de residuos hecha rutina
La acumulación de residuos en La Habana es un síntoma persistente de deterioro en los servicios básicos, descrito incluso por fuentes oficiales y agencias internacionales. En agosto de 2023, se reportó —a partir de información publicada por el diario del régimen Granma— que menos del 40% de los equipos de recogida estaba operativo, en un escenario marcado por roturas, falta de piezas y una logística incapaz de sostener rutas estables.
Durante 2024, el problema volvió a ocupar titulares cuando se informó que una parte sustancial de la flota de camiones estaba fuera de servicio, con explicaciones centradas en la falta de repuestos y limitaciones materiales. El resultado, visible en barrios y avenidas, ha sido la normalización de contenedores desbordados y vertederos improvisados: la basura queda semanas sin recogerse en algunos puntos, y el espacio público se convierte en extensión del colapso administrativo.
Los residuos se acumulan como parte del paisaje urbano y, más que una anomalía, funcionan como marcador de crisis —energética, económica y de gestión local— con efectos directos sobre la higiene, la salud pública y la percepción de abandono.
Impacto del deterioro en la mirada del visitante
La escena —contenedores desbordados y desechos en la vía pública— aparece con frecuencia en relatos de viajeros, cronistas y medios vinculados al turismo. En una crónica publicada en El País, el periodista chileno Patricio Fernández describe una Habana empobrecida, con servicios colapsados, donde “pueden pasar semanas” sin que se recoja la basura. Señala que algunos parques y espacios públicos han terminado convertidos en basureros a cielo abierto.
Esa percepción coincide con advertencias oficiales dirigidas a visitantes extranjeros. Gobiernos como los de Canadá y Estados Unidos han incluido en sus avisos de viaje referencias explícitas al deterioro de los servicios básicos en Cuba, alertando sobre condiciones sanitarias deficientes, escasez de recursos y limitaciones para recibir atención médica adecuada.
En paralelo, coberturas vinculadas al turismo han presentado la acumulación de desechos como parte de una experiencia marcada por apagones, escasez y una ciudad menos habitable para quien llega esperando un destino “caribeño” convencional. La contracción del flujo de viajeros quedó reflejada en los datos oficiales de la Oficina Nacional de Estadística e Información: en el primer semestre de 2025, la llegada de visitantes internacionales cayó 25% frente al mismo periodo del año anterior.
Riesgo sanitario: basura y vectores
La basura acumulada se convierte también en factor de riesgo sanitario: atrae roedores e insectos y multiplica criaderos de mosquitos en recipientes, charcos y restos expuestos. En ese terreno crecen los riesgos asociados a enfermedades transmitidas por vectores, en particular arbovirosis como dengue y chikungunya, y se vuelve más difícil sostener la vigilancia y el control de brotes en barrios densamente poblados.
La quema de desechos en la vía pública añade otra capa de peligro: humo y gases derivados de plásticos y residuos domésticos, además de la posibilidad de que el fuego se propague en áreas residenciales o próximas a tendidos eléctricos. La práctica, surgida como respuesta desesperada a la falta de recogida, termina agravando un problema que ya desborda lo urbano y se instala de lleno en el terreno de la salud pública.
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