Pasar al contenido principal

Estudios a fondo | El nacionalismo revolucionario cubano. Origen y consecuencias en las relaciones históricas con EE.UU.

"El nacionalismo revolucionario cubano es un antiamericanismo que se reconoce con menos recursos y apoyos para enfrentar al Gran Satán. El antiamericanismo iraní cuenta con su Dios; el cubano, en sus mejores tiempos, contó con su Fidel Castro."

"Ostrakon Nro. 2" (2020), de la serie "Ostrakon", de Raychel Carrión.
"Ostrakon Nro. 2" (2020), de la serie "Ostrakon", de Raychel Carrión.

La creencia mayoritaria es que nuestros males comenzaron en 1959, con la toma del poder político por un grupo de comunistas enmascarados que condujo a Cuba en esa dirección. Pero, si fue así, ¿cómo cuatro gatos lograron arrastrar tras de sí a todo un país? Esta interpretación de nuestra historia no lo explica de manera convincente.

En verdad, la secuencia de acontecimientos que nos trajo hasta nuestro lamentable presente comenzó mucho antes y se relaciona con una ideología diferente de la comunista: el nacionalismo revolucionario cubano. En este ensayo intento trazar una brevísima historia de esa ideología y mostrar cuál ha sido su idea central: el lente a través del cual ha interpretado nuestro lugar en el mundo.


Del separatismo al nacionalismo revolucionario cubano

El separatismo es el antecedente del nacionalismo revolucionario cubano. Fue un movimiento político de raíces económicas: en la década de 1840 buscaba separar a Cuba de España porque Madrid no garantizaba la conservación de la esclavitud, institución imprescindible en aquel momento para la producción azucarera; hacia 1890, porque tampoco aseguraba el acceso al único gran mercado que le quedaba al azúcar cubano. En ambos extremos de ese medio siglo de luchas separatistas, obsérvese que el objetivo era anexarse a Estados Unidos o conseguir con ese país un tratado de reciprocidad comercial.

Por demás, para el separatismo Estados Unidos se convirtió en el modelo de modernidad con el cual enfrentar el supuesto medievalismo español. El historiador estadounidense Louis A. Pérez Jr. sostiene que muchos cubanos asociaron la modernidad con la adopción de ideas y modos de vida estadounidenses.

Tropas estadounidenses asaltando El Caney, Santiago de Cuba, en 1898. Ilustración del libro "Historia ilustrada de Harper sobre la guerra con España" Volumen II (1899).
Tropas estadounidenses asaltando El Caney, Santiago de Cuba, en 1898. Ilustración del libro "Historia ilustrada de Harper sobre la guerra con España" Volumen II (1899).

Los desengaños, sin embargo, comenzaron desde el mismo momento en que las tropas estadounidenses desembarcaron cerca de Santiago de Cuba, en el verano de 1898. Los cubanos no demoraron en comprender que, pese a haber distinguido a los americanos con el privilegio de tomarlos como modelo, estos no correspondían a su admiración. De hecho, pronto descubrieron que la percepción estadounidense de los cubanos era incluso peor que la que ellos mismos habían exhibido de los españoles durante la última guerra separatista.

Todo nacionalismo delimita un "ellos" y un "nosotros", pero en los nacionalismos radicales o revolucionarios predomina lo negativo del enfrentamiento con "ellos" sobre aquello positivo que identifica al "nosotros". En estos casos, "ellos" no son todos los seres humanos ajenos a la comunidad nacional, sino unos adversarios muy específicos, a quienes, real o imaginariamente, se acusa de amenazar nuestra existencia física, nuestra forma de vida o la realización de una aspiración ideal o de un deseo concreto.

Todo nacionalismo revolucionario es un "anti-alguien", y ese negativismo termina por permear incluso lo sano que puede haber en los nacionalismos a secas. Obsesionadas con el "enemigo de la nación", estas ideologías extremas acaban poniendo a la propia nación en peligro, pues prefieren verla desaparecer antes que ceder un ápice ante aquel. En verdad, no se niegan solo a ceder ante un enemigo supuesto o real, sino ante la realidad material de la nación, ante una circunstancia histórica desfavorable o ante ambas condiciones a la vez, cuando estas les impiden cumplir sus sueños absolutistas de independencia.

"El nacionalismo revolucionario se reconstruyó alrededor del antiamericanismo."

El nacionalismo revolucionario cubano es, ya lo hemos dicho, una evolución del separatismo anterior a 1898. Este último, que en sus comienzos trataba de eliminar las barreras al progreso económico de Cuba, evolucionó en las duras condiciones de la manigua hacia una ideología nacionalista radical e irredenta, que no aceptaba otra alternativa que la separación de España o la muerte, y cuyo único programa terminó siendo pegarle fuego a la isla de una punta a la otra.

Tras la retirada de España y el final de su soberanía sobre el archipiélago cubano, el separatismo radicalizado, todavía con la tea incendiaria en la mano, se descubrió sin enemigo y, por tanto, sin objeto. Pero solo por poco tiempo. La desilusión con los americanos, que a partir de 1898 sintieron incluso los representantes más inteligentes de nuestro partido anexionista, le proporcionó un nuevo adversario. De esa decepción da cuenta implícitamente el jurista e historiador cubano-estadounidense José Ignacio Rodríguez en su libro de 1900, Estudio histórico sobre el origen, desenvolvimiento y manifestaciones prácticas de la idea de la anexión de la isla de Cuba a los Estados Unidos de América.

De la Enmienda Platt a la generación de 1923

A partir de la imposición de la Enmienda Platt como apéndice de nuestra primera Constitución independiente, el nacionalismo revolucionario se reconstruyó alrededor del antiamericanismo. Sin embargo, no fue hasta la generación siguiente, la que accedió a nuestra vida política a partir de 1923, cuando se convirtió en la ideología hegemónica de la cubanidad.

En sus comienzos, hacia 1900, el nacionalismo revolucionario cubano constituyó la ideología de los militares revolucionarios, de los políticos independentistas que habían actuado en la manigua o en la emigración y de buena parte de la intelectualidad. En general, fue asumido por sectores de la sociedad cubana recién separada de España que necesitaban una política independiente para preservar su influencia y conservar su lugar como militares, políticos, escritores y periodistas. No obstante, estos grupos terminaron encontrando acomodo dentro del protectorado estadounidense, sobre todo a partir de la Segunda Intervención (1906-1909).

Firma de la Enmienda Platt (1903).
Firma de la Enmienda Platt (1903).

Por lo cual, el nacionalismo revolucionario quedó en un plano muy secundario entre 1909 y 1923, desplazado por aquel otro nacionalismo que promovía la "virtud doméstica" y por el plattismo. De este último solo diré aquí que nada tenía que ver con el anexionismo: consistía, más bien, en el oportunismo de utilizar a los americanos y a la Enmienda Platt como recursos para imponerse en la política nacional por encima de la voluntad de las urnas. Desde la oposición se recurría a la protesta armada; desde el poder se invocaban los sentimientos nacionalistas de los adversarios, bajo la amenaza de que, si no se permitía gobernar a capricho, la situación se deterioraría hasta provocar una nueva intervención estadounidense.

La clase media y la adopción del socialismo

En la generación siguiente, la ya mencionada de 1923, el nacionalismo revolucionario se convirtió en la ideología de nuestra hipertrofiada clase media.

Tras la destrucción de la riqueza nacional que dejó la última guerra separatista y, posteriormente, la crisis económica cubana de 1920, los cubanos fueron desplazados del control y la administración de la economía. Relegada la clase media a la política y a la burocracia estatal, no había, sin embargo, suficientes puestos en el Estado para todos, sobre todo para los jóvenes de un país que, tras la separación de España, vivía una explosión demográfica.

En la inquietud subsecuente medró el nacionalismo revolucionario, que ya no pretendía únicamente ampliar el Estado, sino también quitarles a los estadounidenses el control de la economía. Estos habían adquirido ese predominio mediante sus masivas inversiones tras la devastación de la última guerra separatista, inversiones que impulsaron el auge económico de las dos primeras décadas del siglo XX. Después de medio siglo de guerras separatistas, los capitales cubanos que hubieran podido desempeñar ese papel se habían convertido en humo y cenizas.

"El nacionalismo revolucionario ahoga el debate con consignas e insultos."

En consecuencia, la clase media —y sobre todo el estudiantado, su vanguardia— impulsó al nacionalismo revolucionario a adoptar el socialismo como herramienta para hacer realidad su aspiración de acabar con el control estadounidense de la economía, es decir, con la dependencia. Esta adopción quedó oficializada en el artículo "Septembrismo", publicado el 1 de abril de 1934 en la revista Bohemia por Antonio Guiteras Holmes —cubano-irlandés muy influido por la lucha del Ejército Republicano Irlandés (IRA) contra el imperialismo inglés—, aunque el acercamiento ya se advertía en las búsquedas juveniles de Julio Antonio Mella, otro cubano a medias irlandés y admirador de Michael Collins y De Valera.

A partir de 1934 se convirtió en uno de los artículos de fe del nacionalismo revolucionario la idea de que solo un Estado fuerte y centralizado podía acabar con la dependencia económica, de la cual derivaría inevitablemente la dependencia política. El hecho evidente de que, con un Estado fuerte o débil, la economía cubana seguiría necesitando un alto grado de complementariedad y de que, por tanto, alguna forma de dependencia era inevitable, fue y continúa siendo pasado por alto por el nacionalismo revolucionario, que ante este señalamiento solo sabe responder ahogando el debate con consignas e insultos.

Pero hubo más razones que impulsaron al nacionalismo revolucionario a acercarse al socialismo e incluso a camuflarse con su lenguaje, esta vez marxista-leninista. Una segunda razón fue que, al llegar dicha ideología al poder con Fidel Castro y producirse la ruptura con Estados Unidos en 1960, la Unión Soviética quedó como el único complemento económico posible.

Fidel y Nikita Jrushchev,  en la visita de Fidel Castro a la URSS en 1963.
Fidel y Nikita Jrushchev, en la visita de Fidel Castro a la URSS en 1963.

Hay, no obstante, una tercera razón para ese enmascaramiento: gracias a la retórica del marxismo-leninismo, y sobre todo a su concepto de antiimperialismo, cabía disimular el antiamericanismo esencial del nacional-revolucionarismo. Esto resultó vital desde el momento en que Fidel Castro abandonó la confrontación abierta y comenzó a escurrirse como el zorro político que llegó a ser, aunque sin renunciar al antiamericanismo situado en el centro de su hipertrofiada política exterior ("No, hermano cuervo, no deseo tu queso, solo escuchar tu hermosa voz").

El marxismo-leninismo permitió al nacional-revolucionarismo castrista sostener que no era antiamericano, sino antiimperialista, y que no estaba contra el pueblo estadounidense, sino contra la forma de vida —el American Way of Life— que le habían impuesto las élites burguesas. En un final, según esa retórica, se trataba de ayudar a aquel pueblo hermano a encontrar el modo de vida correcto, no de borrarlo de la faz de la Tierra. Ese modo de vida sería el proletario, desde el cual repartiría sus riquezas entre los pueblos subdesarrollados, siguiendo las sabias y justas orientaciones "emanadas" del Primer Territorio Libre de América, que, claro está, solo sobre esa premisa echaría sobre sí semejante responsabilidad.

El hecho de que el modo de vida sea consecuencia del devenir histórico de un pueblo, y de que para "corregirlo" hubiera que ir mucho más allá de los consejos —quizá hasta implantar un programa de desamericanización semejante al de desnazificación establecido en las zonas de ocupación de los aliados occidentales en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial—, quedaba oculto tras la cortina de humo del internacionalismo proletario.

Fidel Castro durante su visita a Estados Unidos en abril de 1959.
Fidel Castro durante su visita a Estados Unidos en abril de 1959.

Este concepto, por demás, permitiría maquillar las numerosas intervenciones contra los intereses estadounidenses que Cuba llevó adelante durante las décadas de 1960, 1970 y 1980, presentándolas como acciones motivadas no primordialmente por el antiamericanismo, sino por el interés altruista de ayudar a otros pueblos a edificar el comunismo.

El antiamericanismo como ideología hegemónica

Afirmar que la ideología hegemónica en Cuba, incluso antes de 1959, ha sido el antiamericanismo puede parecerles una exageración a muchos estadounidenses que han visitado el archipiélago cubano, sobre todo si comparan la retórica oficial de la isla con la iraní.

Empecemos por señalar que el nacionalismo revolucionario cubano es un antiamericanismo que se reconoce con menos recursos y apoyos para enfrentar al Gran Satán. El antiamericanismo iraní cuenta con su Dios; el cubano, a lo sumo y en sus mejores tiempos, contó con su Fidel Castro.

Nuestro antiamericanismo nacional, a lo más que ha llegado a proponerse, es hacer colapsar a Estados Unidos mediante la estrategia de fomentar otras dos guerras de Vietnam, paralelas a aquella: una en África y otra en Iberoamérica. Pero esa aspiración solo se sostuvo durante muy poco tiempo, a mediados de la década de 1960.

Encuentro sobre la Deuda Externa de América Latina y el Caribe celebrado en La Habana (3-5 de agosto de 1985).
Encuentro sobre la Deuda Externa de América Latina y el Caribe celebrado en La Habana (3-5 de agosto de 1985).

Reapareció durante un par de años en la década de 1980, cuando Fidel Castro cabildeó con México, Brasil y Argentina para que se negaran a pagar sus deudas externas. En aquel momento, semejante decisión habría podido provocar el colapso de las instituciones económico-financieras internacionales sobre las que se sostenía la hegemonía estadounidense en el Mundo Libre, así como una recesión comparable o incluso peor que la de los años treinta.

Se me insistirá, no obstante:

"Pero yo he estado varias veces en Cuba, y allí sus gentes son tan serviciales con nosotros que me cuesta creer que el antiamericanismo sea el núcleo de su ideología hegemónica."

Lo primero es recordar que los humanos, en el mundo moderno, vivimos de manera fragmentaria, en planos separados de nuestra percepción de la realidad. No significan lo mismo "los americanos" para el cubano común, cuya ocupación no es la política y a quien no le importan los problemas políticos abstractos, que el estadounidense tangible con quien se encuentra en las calles de La Habana o Trinidad, o en las arenas de Varadero o Guardalavaca. Mucho menos para alguien tan sensorial como suele ser el cubano.

Si para tratar con el estadounidense tangible el cubano echa mano de sus modos habituales de relacionarse con individuos concretos —sobre todo con quienes, por su abultada cartera y conocida liberalidad, pueden proporcionarle aquello que de otro modo nunca alcanzaría a disfrutar—, para tratar con esa entelequia llamada "los americanos" tiene precisamente a la ideología.

En consecuencia, el cubano típico no perderá la oportunidad de mostrarse servicial con "Carol", "Peter" y el tío de ambos, "Sam". Sin embargo, esa misma noche, mientras saborea la comida mejorada que logró agenciarse gracias a la liberalidad de sus propinas, puede escuchar en el televisor que le envió su hija emigrada en Dallas la información sobre una nueva guerra de Estados Unidos. Como esa noticia le será presentada en el mismo tono antiamericano utilizado desde la guerra de Vietnam, hace ya sesenta años, no podrá evitar indignarse con "los americanos" en plural y en abstracto.

"Todo en la cubanidad está profundamente permeado por lo americano."

No nos dejemos confundir. Ningún antiamericanismo consiste en un deseo primario y gratuito de acabar con Estados Unidos. Ni siquiera el iraní.

El antiamericanismo es un sentimiento complejo, resultado de la confluencia entre el anhelo de conservar las tendencias propias, anteriores a la hegemonía estadounidense, y el deseo de alcanzar y disfrutar los adelantos y logros de los estadounidenses. En el caso cubano, sin embargo, el fenómeno es todavía más complejo. 

En primer lugar, no cabe decir que la cubanidad sea anterior a la hegemonía estadounidense, por lo menos en nuestra región; por tanto, no puede hablarse de unas tendencias propias, no "intoxicadas" de "americanidad", a las cuales regresar. Desde sus mismos inicios, todo en la cubanidad está profundamente permeado por lo estadounidense. Además, criados "pared con pared" con Estados Unidos, los cubanos no solo hemos deseado alcanzar y disfrutar sus adelantos, sino también ser reconocidos por ellos como sus iguales en cuanto a capacidad y habilidad para conseguirlos.

El nacionalismo revolucionario ha condicionado de tal manera la percepción de los cubanos sobre su lugar en el mundo y sobre su propio devenir que otras ideologías han terminado por aceptar, sin discusión, muchas de sus interpretaciones, axiomas y hasta su martirologio. El antiamericanismo, núcleo de esa ideología hegemónica, ha permeado la cubanidad hasta tal punto que, entre quienes no viven encerrados en lo cotidiano, muy pocos cubanos han escapado de sentirlo alguna vez. Entre esos pocos no se incluye el autor de estas líneas.

"El hueso", caricatura oficialista cubana publicada en la revista "Palante" (20 de abril de 2026). Autor: José Luis López.
"El hueso", caricatura oficialista cubana publicada en la revista "Palante" (20 de abril de 2026). Autor: José Luis López.

De lo que se trata, más bien, es de analizar fría y racionalmente nuestra situación actual, sin dejarnos arrastrar por los sentimientos. A fin de cuentas, el verdadero patriotismo nada tiene que ver con darse golpes de cabeza contra la realidad material e histórica que nos ha tocado como nación, sino con adecuarnos a ella y sacarle provecho, para que los cubanos concretos podamos vivir con dignidad, alcanzar los estándares mínimos de vida de nuestra época y conservar lo mejor del carácter y las tradiciones que nos legaron nuestros ancestros. Nada de eso ocurre en Cuba desde hace ya demasiado tiempo…

Anexo: la guerra de Fidel Castro contra "los americanos"

No cabe finalizar este trabajo sin recordar a los escépticos cierta carta de Fidel Castro, conservada por Celia Sánchez. En mayo de 1958, dos meses después de que Estados Unidos le hubiera impuesto a Batista el único embargo de armas decretado en el mundo contra su gobierno, Fidel Castro se indignó contra "los americanos" y escribió que, cuando terminara la guerra contra el régimen batistiano, comenzaría la verdadera guerra de su vida: la que iba "a echar" contra ellos.

La indignación había sido causada por unas bombas utilizadas por la aviación militar batistiana contra la población civil de la Sierra Maestra. Esas bombas no se las había entregado Washington a Batista, sino unos militares contrabandistas destacados en la Base Naval de Guantánamo, en violación del mencionado embargo.

Por cierto, ese "bloqueo" estadounidense obligó a Batista a comprar armas en otros países, como los cazabombarderos navales Sea Fury, adquiridos al Reino Unido. Sin embargo, pese a que esos aparatos también fueron utilizados para bombardear a la población civil, Fidel Castro no sintió nunca la urgencia de escribir una carta semejante a la anterior, en la que anunciara su intención de "echar" otra guerra, esta vez contra el imperialismo inglés.

Regresar al inicio
▶ Ayúdanos a permanecer

Un contenido como este, y nuestro medio informativo en general, se elabora con gran esfuerzo, pues somos un proyecto independiente, trabajamos por la libertad de prensa y la promoción de la cultura, pero sin carácter lucrativo: todas nuestras publicaciones son de acceso libre y gratuito en Internet. ¿Quieres formar parte de nuestro árbol solidario? Ayúdanos a permanecer, colabora con una pequeña donación, haciendo clic aquí.

[Y para cualquier propuesta, sugerencia u otro tipo de colaboración, escríbenos a: contacto@arbolinvertido.com]

José Gabriel Barrenechea

Foto de José Gabriel Barrenechea, revista cultural cubana independiente Árbol Invertido

Licenciado en Física. Graduado del Curso de Formación Literaria del Centro Onelio Jorge Cardoso y de Educación Sociopolítica por el Instituto Superior de Ciencias Religiosas a Distancia “San Agustín”, de la Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir. Coordinó y dirigió la revista Cuadernos de Pensamiento Plural, junto a Antonio Rodiles Cuadernos para la Transición, y con Henry Constantín La Rosa Blanca. Textos suyos han sido publicados en las revistas Conviviencia, Vitral, Voces, Otro Lunes, y en los diarios 14yMedio y Diario de Cuba. Actualmente es un preso político cubano. Encarcelado desde desde el 8-11-2024 por unirse a una manifestación pacífica junto a cientos de vecinos que protestaban por un apagón de 48 horas continuas.

Añadir nuevo comentario

Plain text

  • No se permiten etiquetas HTML.
  • Las direcciones de correos electrónicos y páginas web se convierten en enlaces automáticamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
CAPTCHA
Resuelva este simple problema matemático y escriba la solución; por ejemplo: Para 1+3, escriba 4.
Este reto es para probar que no eres un robot. Por favor, ten en cuenta minúsculas y mayúsculas.