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Efemérides | Calendario anticomunista: efemérides de diciembre

Efemérides, fechas clave y memoria histórica del comunismo, sus crímenes y las luchas por la libertad.

Postal. Calendario anticomunista. Mes 12 Diciembre
Carl Marx, Gorbachov y Ronald Reagan, desfile en Europa del Este, protesta en Plaza de Tiananmen, trozo de estatua de Stalin, protesta en Cuba (2021).

Este calendario anticomunista de Árbol Invertido reúne, mes a mes, las efemérides anticomunistas, fechas, aniversarios y hitos que permiten trazar un recorrido crítico por la historia del comunismo como ideología y como sistema político totalitario. Más que un simple listado cronológico, se trata de una herramienta de memoria histórica que contextualiza los momentos decisivos de la represión y de la resistencia frente a los sistemas comunistas: ascensos al poder de regímenes de partido único, purgas y campos de trabajo forzado, cultos a la personalidad, negación de libertades, pero también movimientos disidentes, caídas de dictaduras, procesos de emancipación cívica y aperturas democráticas.

A lo largo del calendario, las fechas clave de diciembre incluyen aniversarios que iluminan tanto la implantación como el colapso de estructuras comunistas concretas, así como episodios de lucha ciudadana y crítica cultural contra la violencia ideológica y la supresión de derechos. En este mes se prima especialmente la reflexión sobre el colapso del Estado comunista soviético, el surgimiento de voces disidentes y organismos de memoria política, la consolidación de figuras que encarnaron el totalitarismo y el análisis de cómo prácticas como el culto a la personalidad y la negación de tradiciones sociales reflejaron la lógica represiva del marxismo‑leninismo en la práctica.


Efemérides de Diciembre

Diciembre destaca por fechas vinculadas tanto al nacimiento y la consolidación del poder comunista como a su derrumbe en Europa. En 1917, Lenin creó la Cheká, origen de la policía política soviética; cinco años después fue fundada la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). El mes recuerda también el nacimiento de Iósif Stalin y el aniversario oficial de 1929 que convirtió su figura en objeto de un culto promovido por el Estado.

Son efemérides que muestran asimismo distintas formas de resistencia. Los consejos de obreros y soldados alemanes rechazaron entregar todo el poder a un sistema inspirado en el modelo bolchevique; los trabajadores polacos se rebelaron contra el encarecimiento de los alimentos y fueron recibidos a tiros por un régimen que decía gobernar en su nombre. Décadas después, Václav Havel pasó de la cárcel a la Presidencia de Checoslovaquia tras la Revolución de Terciopelo.

Diciembre conserva también imágenes del fracaso y la retirada del poder comunista: Cuba recuperó la Navidad después de 28 años sin reconocerla como día feriado; Rusia, Ucrania y Bielorrusia declararon que la Unión Soviética había dejado de existir; y la Declaración Universal de Derechos Humanos proporcionó a disidentes y víctimas un lenguaje común para defender la libertad frente al poder totalitario. Entre represión, resistencia, memoria y liberación, estas fechas recuerdan que ningún régimen consigue sofocar para siempre la voluntad de vivir sin miedo.


DEL 1 AL 10 DE DICIEMBRE

1 diciembre 1934 — Unión Soviética, Leningrado. Asesinato de Serguéi Kírov

El asesinato del dirigente bolchevique proporciona a Stalin el pretexto para imponer medidas de excepción y acelerar la represión que desembocará en el Gran Terror.

La tarde del 1 de diciembre de 1934, Serguéi Kírov caminaba por uno de los pasillos del Instituto Smolny, sede del Partido Comunista en Leningrado, cuando Leonid Nikoláiev, un antiguo funcionario de escasa relevancia que había sido expulsado del Partido, le disparó en la nuca. Kírov, miembro del Politburó y máxima autoridad comunista de la ciudad, murió en el acto. Nikoláiev fue detenido junto al cadáver después de intentar suicidarse.

El crimen quedó rodeado de circunstancias sospechosas. Nikoláiev había sido detenido semanas antes cerca de Kírov mientras llevaba un revólver, pero fue puesto en libertad y recuperó el arma. Al día siguiente del asesinato, Mijaíl Borisov, el guardaespaldas que debía explicar los fallos de seguridad, murió cuando el vehículo que lo trasladaba para ser interrogado sufrió un accidente. Investigaciones posteriores no encontraron pruebas concluyentes de que Stalin hubiera ordenado el atentado, aunque tampoco despejaron todas las dudas sobre la actuación de la policía política.

Stalin viajó a Leningrado y tomó personalmente el control de la investigación, incluso interrogó personalmente a Nikoláiev. Ese mismo día del crimen el Comité Ejecutivo Central de la URSS modificó los códigos de procedimiento penal para los casos de “organizaciones terroristas” y “actos terroristas” contra representantes del poder soviético. Se aprobó un decreto que obligaba a terminar en diez días las investigaciones por terrorismo, reducía a veinticuatro horas el tiempo entre la presentación de los cargos y el juicio, eliminaba la defensa independiente y ordenaba ejecutar de inmediato las penas de muerte.

Disposiciones del decreto del 1 de diciembre de 1934:

El Comité Ejecutivo Central de la URSS decreta que las siguientes enmiendas relativas a la investigación y el examen de los casos relacionados con organizaciones terroristas y actos terroristas contra agentes del Gobierno soviético se incorporen a los códigos penales vigentes de las repúblicas de la unión.

1. La investigación de estos casos deberá concluirse en un plazo no superior a diez días.

2. Las acusaciones deberán ser presentadas al acusado veinticuatro horas antes de la vista del caso ante el tribunal.

3. Los casos deberán ser juzgados sin la participación de un abogado defensor.

4. No se admitirán recursos de apelación contra las sentencias ni peticiones de indulto.

5. La pena máxima deberá ejecutarse inmediatamente después de dictarse la sentencia.

El régimen atribuyó el asesinato a una supuesta conspiración de antiguos partidarios de Grigori Zinóviev, quien fue detenido junto con Zinóviev, Lev Kámenev y decenas de antiguos opositores, mientras miles de habitantes de Leningrado eran interrogados, encarcelados o deportados. Nikoláiev y otros trece acusados fueron juzgados a puertas cerradas el 28 y el 29 de diciembre. Todos recibieron condenas de muerte y fueron fusilados pocas horas después.

En aquel asesinato encontró Stalin un pretexto decisivo para destruir los últimos límites jurídicos y ampliar la persecución, por lo que se convirtió en el punto de partida de una cadena represiva que desembocaría en las Grandes Purgas de 1936-1938. 

Durante los dieciséis meses más intensos de 1937 y 1938, el régimen arrestó y condenó a cerca de 1,5 millones de personas; los archivos soviéticos registran 681.692 ejecuciones. 

Una bala disparada en un pasillo del Smolny fue convertida en la justificación de una maquinaria represiva que alcanzaría a viejos bolcheviques, militares, funcionarios, intelectuales, campesinos, obreros y simples ciudadanos, todos acusados de conspiraciones reales o imaginarias. 

Fuentes: Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, “Internal Workings of the Soviet Union”; Michigan State University, “The Kirov Affair Texts”; Museo Estatal de Historia de San Petersburgo, “The Death of Kirov: Facts and Versions”.


1 diciembre 1991 — Ucrania. El referéndum confirma la independencia

Más del 90 % de los votantes respalda la separación de la Unión Soviética en todas las regiones del país, incluidas Crimea y las zonas industriales del este.

El 1 de diciembre de 1991, más de treinta millones de ciudadanos acudieron a las urnas en Ucrania para decidir si ratificaban el Acta de Declaración de Independencia aprobada por el Parlamento el 24 de agosto. La consulta se celebró tres meses después del fracaso del golpe de Estado organizado en Moscú por dirigentes comunistas que pretendían frenar la desintegración de la Unión Soviética.

La votación estuvo acompañada por las primeras elecciones presidenciales del país. Entre los candidatos se encontraban Leonid Kravchuk, antiguo responsable de ideología del Partido Comunista ucraniano, y Viacheslav Chornovil y Levkó Lukiánenko, antiguos presos políticos que habían pasado años en cárceles y campos soviéticos por defender la independencia nacional. Kravchuk ganó la presidencia con el 61,59 % de los votos; Chornovil obtuvo el 23,27 %.

En la papeleta había una sola pregunta, reproducida en el informe de la Comisión de Seguridad y Cooperación en Europa:

“¿Apoya usted el Acta de Declaración de Independencia de Ucrania?”.

La participación alcanzó el 84,18 % y el 90,32 % de los votantes respondió afirmativamente. No fue un resultado unánime, pero sí territorialmente extraordinario, pues la opción de la independencia ganó en todas las regiones. Recibió más del 80 % de apoyo en las zonas industriales y mayoritariamente rusófonas del este y del sur, y obtuvo el 54 % en Crimea. Incluso dos tercios de los militares soviéticos estacionados en territorio ucraniano votaron a favor.

La consulta tenía un peso histórico particular. Ucrania no era una república secundaria. Era el segundo territorio más importante de la URSS, con unos 52 millones de habitantes, una extensa base industrial y agrícola, puertos estratégicos y un enorme arsenal nuclear soviético desplegado en su territorio. Sin la participación ucraniana, cualquier proyecto de conservar una federación soviética, aunque fuese reformada, quedaba prácticamente condenado.

Al votar sobre su independencia, tuvieron oportunidad los ucranianos de dar una respuesta histórica a décadas de dominación comunista, y el resultado fue un rechazo unánime a años de colectivización forzada, al Holodomor, a la represión política y a la rusificación cultural. 

El voto dio legitimidad democrática a la independencia de una de las repúblicas fundadoras de la URSS, y eliminó la posibilidad de que Moscú siguiera decidiendo el futuro del país sin el consentimiento de sus ciudadanos. Solamente una semana después, los dirigentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaron los Acuerdos de Belavezha que dieron paso a la disolución formal de la Unión Soviética.

Fuentes: Comisión de Seguridad y Cooperación en Europa, “The December 1, 1991 Referendum/Presidential Election in Ukraine”; Michigan State University, “Ukrainian Independence Referendum”.


2 diciembre 1961 — Cuba, La Habana. Fidel Castro se declara marxista-leninista

Después de años de negar que encabezara un proyecto comunista, Castro proclama por televisión su adhesión al marxismo-leninismo y lo presenta como el rumbo definitivo de la Revolución.

En la madrugada del 2 de diciembre de 1961, Fidel Castro concluyó ante las cámaras de televisión un extenso discurso dedicado a la unificación de las fuerzas políticas que respaldaban su Gobierno. Esta fecha coincidía con el quinto aniversario del desembarco del yate Granma, presentado por la propaganda oficial como el comienzo de la lucha guerrillera que lo llevó al poder.

Durante la campaña contra Batista y en los primeros meses de 1959, Castro había negado que encabezara un movimiento comunista. Mientras tanto, el nuevo poder eliminó progresivamente la autonomía de la prensa, intervino organizaciones sociales, realizó nacionalizaciones masivas y persiguió a antiguos aliados que reclamaban el restablecimiento de las libertades prometidas. En esa escalada, el comandante Huber Matos había sido condenado en 1959 a veinte años de prisión; el presidente Manuel Urrutia se vio obligado a renunciar ese mismo año.

En abril de 1961, durante los funerales de las víctimas de los bombardeos anteriores a Bahía de Cochinos, Castro había proclamado el carácter socialista de la Revolución. Pero, la declaración de diciembre fue más lejos, al definir el marxismo-leninismo como su identidad política personal y como la doctrina que guiaría la construcción del nuevo partido único en que se basaría su dictadura.

Al final del discurso del 2 de diciembre, Castro formuló la declaración que significaba quitarse definitivamente la máscara de demócrata, y cerró públicamente el periodo de mentiras y ambigüedades:

“Lo digo aquí con entera satisfacción y con entera confianza: soy marxista-leninista y seré marxista-leninista hasta el último día de mi vida”.

Pero al principio de su llegada al poder, en un discurso del 15 de enero de 1959, Castro había asegurado:

"... a mí no me van a llamar comunista por eso, porque yo no soy comunista; estoy diciendo la verdad."

Hasta este momento de comparecer en la televisión y declarar todo lo contrario, siempre él había acusado de difamación y hasta condenado a quienes denunciaban un supuesto plan que consistía en colocar comunistas al frente de las principales instituciones con el fin de tomar el control gradualmente hasta terminar implantando un régimen totalitario. Esas sospechas se acababan de confirmar.

Explicó también en su discurso la creación de las Organizaciones Revolucionarias Integradas, que reunieron bajo una sola dirección al Movimiento 26 de Julio, el antiguo Partido Socialista Popular y el Directorio Revolucionario. Castro defendió un partido centralizado como garantía de continuidad del poder y afirmó que su programa sería marxista-leninista. Poco después, en 1965, esa estructura adoptaría definitivamente el nombre de Partido Comunista de Cuba.

Antes de este día, no obstante, ya el giro político había sido ejecutado en las instituciones. Su declaración apenas hizo explícito el abandono de cualquier vía democrática. Así el Gobierno nacido de una coalición heterogénea contra Batista quedaba convertido en una dictadura ideológica aliada con la Unión Soviética y sin espacio legal para una oposición independiente. La Revolución dejaba de presentarse como un supuesto proceso nacional amplio y quedaba inscrita en el bloque comunista internacional.

Fuentes: University of Central Florida Libraries, “Fidel Castro Speaks on Marxism-Leninism”; Encyclopaedia Britannica, “Fidel Castro”; Samuel Farber, The Origins of the Cuban Revolution Reconsidered; Fidel Castro, “Speech on Marxism-Leninism”.


5 diciembre 1965 — Unión soviética, Moscú. La Manifestación de la Glásnost

En la plaza Pushkin en el centro de Moscú se reúnen ciudadanos que reclaman un juicio público para los escritores Siniavski y Daniel según el cumplimiento de la propia Constitución soviética.

A las seis de la tarde del 5 de diciembre de 1965, varias decenas de personas se reunieron junto al monumento a Aleksandr Pushkin, en el centro de Moscú. Algunos levantaron pancartas. “¡Respeten la Constitución soviética!”, decía una. Otra reclamaba un juicio público para los escritores Andréi Siniavski y Yuli Daniel. La concentración duró menos de veinte minutos, pero aquel puñado de ciudadanos acababa de romper la costumbre de callar en público, impuesta durante décadas.

Siniavski y Daniel habían enviado al extranjero cuentos y novelas que no podían publicar en la Unión Soviética. Firmaban con los seudónimos Abram Tertz y Nikolái Arzhak. En septiembre de 1965 fueron arrestados y acusados de “propaganda antisoviética”. No se les juzgaba por organizar una conspiración ni por realizar actividades violentas, sino por lo que habían escrito.

¿Cómo protestar en un país donde disentir podía convertirse en prueba de enfermedad mental o traición? Aleksandr Esenin-Volpin, matemático, poeta y veterano de hospitales psiquiátricos soviéticos, encontró una respuesta tan sencilla como incómoda. Propuso exigir al Estado que obedeciera sus propias leyes. Su estrategia consistía en leer literalmente las leyes soviéticas y exigir a las autoridades que las obedecieran. En el llamamiento cívico distribuido clandestinamente por Moscú pidió a los asistentes que mantuvieran el orden, no respondieran a las provocaciones y se limitaran a defender el carácter público del juicio:

“Exigimos un juicio público para los acusados”.

La fecha ayudaba a desnudar la contradicción. Aquel 5 de diciembre se celebraba el Día de la Constitución soviética. El artículo 111 establecía que los procesos judiciales debían ser públicos, salvo las excepciones previstas legalmente. Esenin-Volpin, en la redacción del “Llamamiento cívico”, reproducido clandestinamente, advertía:

“Es más fácil sacrificar un día de tranquilidad que sufrir durante años las consecuencias de una autoridad arbitraria”.

Entre cincuenta y ochenta personas participaron directamente en la concentración; otras observaron desde las aceras. Apenas aparecieron las pancartas, agentes de paisano se lanzaron sobre ellas, las arrancaron y detuvieron a varios asistentes. Muchos estudiantes fueron interrogados o expulsados de sus centros de enseñanza. Vladímir Bukovski, uno de los jóvenes disidentes vinculados a la convocatoria, había sido arrestado tres días antes y terminaría recluido durante meses en un hospital psiquiátrico.

La palabra empleada por los manifestantes fue glásnost, que en aquel momento significaba publicidad o transparencia judicial. Faltaban veinte años para que Mijaíl Gorbachov la convirtiera en lema de sus reformas. En 1965 sonaba menos grandiosa y resultaba más peligrosa. No pedía una utopía nueva. Pedía algo mucho más comprometedor para el régimen, como que sus propias leyes escritas dejaran de ser una decoración.

Siniavski y Daniel fueron juzgados en febrero de 1966 y condenados, respectivamente, a siete y cinco años de trabajos forzados. La manifestación no pudo evitar las sentencias, pero inauguró una nueva forma de resistencia pública, con ciudadanos que documentaban los abusos, difundían información por samizdat y convertían la propia legalidad soviética en una acusación contra el Estado. Una alternativa que luego seguirían Andréi Sájarov, Natalia Gorbanévskaya y otros disidentes. De aquella corriente surgirían publicaciones como Crónica de acontecimientos actuales y el movimiento de defensa de los derechos humanos en la URSS.

Fuentes: Rights in Russia, “Remember the Date: 5 December 1965”; Florence University Press, “Pushkin Square”; A Chronicle of Current Events, archivo documental.


8 diciembre 1991 — Bielorrusia, Belavezha. Desaparece la URSS

Rusia, Ucrania y Bielorrusia firman los Acuerdos de Belavezha: declaran que la Unión Soviética deja de existir y crean la Comunidad de Estados Independientes.

En medio del bosque de Belavezha, lejos de Moscú y de las cámaras, los dirigentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia se reunieron durante el fin de semana del 7 y el 8 de diciembre de 1991. La residencia estatal de Viskuli se utilizaba normalmente para recibir a funcionarios y organizar cacerías. Aquella vez serviría para desmontar un Estado que ocupaba la sexta parte de las tierras emergidas del planeta.

Borís Yeltsin representaba a Rusia; Leonid Kravchuk, a Ucrania, y Stanislav Shushkévich, a Bielorrusia. No habían llegado necesariamente con un plan acabado para liquidar la Unión Soviética. Buscaban una fórmula que regulara las relaciones entre las repúblicas después del fracaso del golpe comunista de agosto y del referéndum ucraniano del 1 de diciembre. Sin Ucrania, que acababa de votar masivamente por la independencia, cualquier nueva unión dirigida desde Moscú parecía una casa sin paredes.

Juristas y asesores trabajaron durante la noche. Del otro lado de las ventanas quedaban el bosque, la nieve y una historia que se agotaba. Finalmente, el documento proclamó:

“La URSS, como sujeto de derecho internacional y realidad geopolítica, deja de existir”.

En su lugar nacería la Comunidad de Estados Independientes. También se acordó respetar las fronteras existentes, reconocer la igualdad de los ciudadanos y mantener un mando conjunto sobre las armas nucleares estratégicas. No era un detalle menor. El arsenal soviético se encontraba repartido entre Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán, y nadie quería que la ruptura derivara en una guerra o en una disputa por los misiles.

Apenas habían pasado diez minutos desde la firma cuando Yeltsin llamó al presidente estadounidense George H. W. Bush. Le explicó lo sucedido y le leyó parte del acuerdo. Shushkévich telefoneó a Gorbachov después. El presidente de la Unión Soviética supo así que el país que todavía encabezaba había sido declarado inexistente por tres de sus repúblicas fundadoras.

¿Tenían los firmantes autoridad constitucional para disolverlo? La cuestión continuaría por mucho tiempo en discusión. Bielorrusia y Ucrania ratificaron el acuerdo el 10 de diciembre; el Parlamento ruso lo hizo dos días después. El día 21 de diciembre en Alma-Atá (Kazajistán) se adhirieron a los Acuerdos otras ocho repúblicas (Azerbaiyán, Armenia, Kazajistán, Kirguistán, Moldavia, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán). Los jefes de Estado de estos países, junto con Bielorrusia, Rusia y Ucrania, firmaron la Declaración sobre el establecimiento de la Comunidad de Estados Independientes (CEI). Gorbachov dimitió el 25 y el Soviet Supremo reconoció formalmente la desaparición de la URSS el día 26.

Fundado en 1922 como una federación supuestamente voluntaria, el Estado soviético se había mantenido unido mediante el monopolio comunista, por la fuerza del Ejército y la autoridad de Moscú. Setenta años después, no cayó tras el asalto a un palacio. Se deshizo sobre una mesa, entre dirigentes formados dentro del propio sistema, porque las repúblicas ya no aceptaban seguir viviendo bajo su techo.

Fuentes: Encyclopedia of Ukraine, “Belavezha Agreement”; National Security Archive, “The End of the Soviet Union, 1991”; National Security Archive, conversación entre Bush y Yeltsin; Davis Center de Harvard, “Reflections on How Stanislau Shushkevich Made History”; Biblioteca Presidencial Borís Yeltsin, “The Belavezha Accords Signed”; Biblioteca Digital de las Naciones Unidas, “Letter Dated 12 December 1991”.


9 diciembre 1958 — Estados Unidos, Indianápolis. Fundación de la John Birch Society

Robert W. Welch Jr. reúne a once empresarios para crear una organización anticomunista que alcanzará gran influencia y despertará fuertes polémicas por sus teorías conspirativas.

Robert W. Welch Jr. habló durante diecisiete horas. Frente a él, reunidos en Indianápolis entre el 8 y el 9 de diciembre de 1958, once empresarios escucharon su interpretación de la Guerra Fría y el plan para organizar pequeños capítulos locales contra la influencia comunista. De aquella larguísima exposición nació la John Birch Society.

Entre los asistentes se encontraban Harry Lynde Bradley, Fred C. Koch y Robert Waring Stoddard. El nombre escogido rendía homenaje a John Birch, misionero bautista y oficial de inteligencia estadounidense asesinado por soldados comunistas chinos en agosto de 1945. Welch lo consideraba la primera víctima norteamericana de la Guerra Fría.

Motivos para temer la expansión comunista no faltaban. Europa oriental había quedado sometida a gobiernos controlados por Moscú; Mao Zedong había triunfado en China; la Guerra de Corea aún estaba fresca y los archivos del proyecto Venona confirmaban la existencia de redes de espionaje soviético. 

En el documento fundacional de la organización, The Blue Book of the John Birch Society (1958), Welch expuso la visión ideológica que motivaba la creación del grupo, enmarcando la expansión del comunismo dentro de una amenaza global:

“Nos enfrentamos a una conspiración tan inmensa, tan poderosa y tan omnipresente que supera cualquier otra empresa similar en la historia de la humanidad”.

Sin embargo, otro problema comenzaba cuando Welch utilizaba hechos verdaderos como trampolín hacia sospechas prácticamente ilimitadas. En The Politician, un manuscrito distribuido privadamente en 1958, llegó a presentar al presidente republicano Dwight D. Eisenhower como:

“Un agente consciente y dedicado de la conspiración comunista”.

Ya no se trataba de descubrir espías concretos, demostrar una relación clandestina o discutir una política. Bajo aquella mirada, las decisiones que no coincidieran con el programa de Welch podían atribuirse a una conspiración. Se corría el peligro de que la amenaza comunista terminara convertida en llave maestra para abrir cualquier puerta.

La sociedad defendía una interpretación del conflicto global en términos de lucha entre libertad individual y totalitarismo estatal. Llamaba la atención sobre algo más que un choque entre Estados, reconociendo una batalla de fondo por la libertad y una confrontación ideológica también en el terreno social y cultural, para frenar la expansión del totalitarismo comunista. Quizás por eso creció con rapidez. Organizó capítulos locales, editó revistas, promovió campañas de cartas y reclamó la salida de Estados Unidos de las Naciones Unidas. También pidió la destitución del presidente de la Corte Suprema, Earl Warren, especialmente después de las decisiones judiciales que impulsaron la integración racial. A mediados de la década de 1960 llegó a reunir cerca de cien mil miembros y administraba una extensa red de publicaciones, conferencias y librerías.

Su crecimiento provocó una disputa dentro del propio conservadurismo estadounidense. William F. Buckley Jr., director de National Review, compartía un anticomunismo firme, pero consideró que las acusaciones de Welch contra Eisenhower estaban "muy alejadas del sentido común". Temía que la paranoia desacreditara las críticas legítimas al totalitarismo soviético y trató de separar el anticomunismo conservador de las teorías conspirativas de la sociedad. 

La John Birch Society contribuyó a movilizar a miles de ciudadanos contra el comunismo, aunque también mostró cómo una amenaza real podía alimentar sospechas indiscriminadas y presentar como agentes enemigos a adversarios democráticos.

Fuentes: Departamento de Recursos Naturales y Culturales de Carolina del Norte, “Roots of the John Birch Society”; Time, “How the John Birch Society Was Founded”; The New Yorker, “A View from the Fringe”; Biblioteca Presidencial Dwight D. Eisenhower, guía documental sobre Robert Welch y la sociedad.


10 diciembre 1948 — Francia, París. La ONU adopta la Declaración Universal de Derechos Humanos

El nuevo documento proclama derechos y libertades fundamentales para toda persona, mientras la Unión Soviética y otros cinco Estados comunistas se abstienen en la votación.

Poco antes de la medianoche, los delegados reunidos en el Palacio de Chaillot terminaron de votar. Era el 10 de diciembre de 1948. Tres años después de la segundos guerra mundial y del descubrimiento de los campos nazis, la humanidad trataba de escribir en treinta artículos aquello que ningún Gobierno debía poder arrebatarle a una persona.

Eleanor Roosevelt, viuda del presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, presidió la comisión redactora. A su lado trabajaron el jurista francés René Cassin, el filósofo y diplomático chino Peng-chun Chang, el libanés Charles Malik, el canadiense John Peters Humphrey y representantes de países con tradiciones muy diferentes. No fue una conversación apacible ni puramente occidental. El texto atravesó casi cien sesiones, objeciones, traducciones y disputas sobre el significado de cada derecho.

Una modificación aparentemente pequeña cambió el alcance del primer artículo. La diplomática india Hansa Mehta rechazó la fórmula “todos los hombres nacen libres e iguales” y consiguió que se escribiera “todos los seres humanos”. Sabía que, en manos de legisladores poco escrupulosos, una palabra supuestamente universal podía convertirse en excusa para excluir a las mujeres.

Después de dos años de trabajo, 81 reuniones y centenares de propuestas de modificación, el texto quedó compuesto por treinta artículos. Quedaron reconocidas la libertad de conciencia, religión, expresión y asociación; también el derecho a participar en el Gobierno y la prohibición de la esclavitud, la tortura y la detención arbitraria. 

Acerca de la censura, el artículo 19 estableció una norma clave que se erigiría en una bandera protectora de los disidentes en cualquier lugar del mundo:

Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

La Declaración Universal de Derechos Humanos fue aprobada por 48 votos, ninguno en contra y ocho abstenciones. Se abstuvieron la Unión Soviética, Ucrania y Bielorrusia —entonces repúblicas soviéticas con asiento propio—, Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia, Arabia Saudita y Sudáfrica. Seis de esos países estaban gobernados por partidos comunistas o pertenecían al bloque dirigido desde Moscú.

Sin duda resultaba difícil, para gobiernos comunistas, suscribir un documento que reconocía elecciones auténticas, libertad religiosa, propiedad y asociación independiente, mientras en Europa oriental se cerraban periódicos y se encarcelaba a opositores. Los representantes soviéticos alegaron, entre otras objeciones, que la Declaración protegía insuficientemente la lucha contra el fascismo y no garantizaba de manera adecuada los derechos económicos. Participaron en la redacción, pero evitaron respaldar el conjunto.

No era todavía un tratado obligatorio. Tampoco disponía de policías ni tribunales capaces de imponerlo. Tenía, sin embargo, las justas palabras que permitían nombrar el abuso, algo que las dictaduras procuran controlar con especial celo. 

El texto se convertiría en una herramienta clave para disidentes y movimientos cívicos en Europa del Este y otras regiones bajo regímenes autoritarios. Intelectuales como Václav Havel en Checoslovaquia, Oswaldo Payá en Cuba y Andréi Sájarov en la URSS invocarían sus principios para denunciar la represión y reclamar libertades básicas. Mientras esos regímenes trataron el texto siempre como "subversivo" y "propaganda enemiga", presos, familiares, escritores y organizaciones cívicas aprendieron a enarbolar sus palabras como un conjuro frente a los aparatos represivos.

Fuentes: Naciones Unidas, “Universal Declaration of Human Rights”; Naciones Unidas, “Historia de la Declaración”; Naciones Unidas, “Redactores de la Declaración”; Oficina del Alto Comisionado, texto en español; Biblioteca Digital de las Naciones Unidas, registro de la votación.


DEL 11 AL 20 DE DICIEMBRE

14–19 diciembre 1970 — Polonia, costa báltica. Disparos contra las protestas obreras

Las huelgas contra el aumento de los precios se extienden por Gdańsk, Gdynia, Szczecin y Elbląg; la represión deja 45 muertos y más de mil heridos, según las cifras oficiales.

Faltaban menos de dos semanas para Navidad cuando la radio polaca anunció el aumento de los precios, una decisión del gobierno comunista encabezado por Władysław Gomułka, que intentaba trasladar el costo del estancamiento económico a la población trabajadora. La carne, la harina, el carbón y otros productos básicos serían más caros a partir del 13 de diciembre. Los salarios seguían estancados y las tiendas sufrían un desabastecimiento crónico. Por eso, el lunes 14 de diciembre de 1970, los trabajadores del astillero Lenin de Gdańsk abandonaron sus puestos y marcharon hacia la sede regional del Partido Obrero Unificado Polaco.

Desde allí, la protesta se propagó por la costa. Hubo huelgas en Gdynia, Szczecin y Elbląg. En Szczecin, un comité llegó a coordinar más de cien empresas. Aquellos hombres no pertenecían a una clase enemiga inventada por la propaganda. Eran obreros industriales, estibadores y trabajadores urbanos, precisamente la clase en cuyo nombre decía gobernar el Partido. Levantaron barricadas, en varios puntos se produjeron incendios de sedes oficiales y enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. Una de las consignas más repetidas era:

“¡Queremos pan!” 

Varsovia respondió como si enfrentara una invasión. Para contener las protestas movilizó unos 27.000 soldados, 550 tanques y 750 vehículos blindados, además de policías, agentes de seguridad, aviones, helicópteros y embarcaciones militares. La maquinaria de guerra de un supuesto “Estado obrero” apuntaba contra esos mismos obreros.

La trampa más cruel se cerró en Gdynia. La noche del 16, el viceprimer ministro Stanisław Kociołek apareció en televisión y pidió que todos regresaran al trabajo. Prometió:

“Mañana por la mañana estarán dadas todas las condiciones para volver al trabajo”.

Mientras hablaba, el Ejército rodeaba el astillero de la Comuna de París. En la madrugada del 17, miles de trabajadores bajaron de los trenes y caminaron hacia la fábrica, obedeciendo el llamamiento oficial. Los soldados abrieron fuego. Polonia recordaría aquella jornada como el “Jueves Negro”.

Un informe posterior del propio Partido reconoció la gravedad de la situación, aunque intentaba justificar la represión. En documentos internos se hablaba de la necesidad de “restablecer el orden socialista” frente a lo que calificaban como disturbios. Sin embargo, testimonios de la época recogidos por historiadores como Timothy Garton Ash revelan la percepción de los propios trabajadores: 

“Nos dijeron que volviéramos al trabajo, y cuando llegamos nos dispararon”.

Uno de los muertos fue Zbigniew Godlewski. Tenía 18 años y acababa de comenzar su primer empleo. Varios jóvenes colocaron el cadáver sobre una puerta arrancada y lo cargaron por las calles junto a una bandera polaca manchada de sangre. Como todavía no sabían su nombre, una canción clandestina lo bautizó Janek Wiśniewski. Así entró en la memoria colectiva, con un nombre falso y una muerte terriblemente verdadera.

Las cifras oficiales reconocieron 45 muertos y 1.165 heridos. Cerca de tres mil personas fueron detenidas, golpeadas o sometidas a interrogatorios. Ese espectáculo del régimen mostrando su falta de legitimidad provocó la caída de Władysław Gomułka al frente del Partido y su sustitución por Edward Gierek, sin que se resolvieran las tensiones de fondo. No obstante, aunque cambiaron el rostro principal en la tribuna; no hubo investigación pública ni justicia para las familias de las víctimas.

Diez años después, en los mismos astilleros, nacería el sindicato independiente Solidaridad. Y entre sus primeras exigencias estuvo levantar un monumento a los muertos de 1970. La puerta sobre la que cargaron el cuerpo sin vida de Godlewski había quedado convertida en una imagen imborrable, un símbolo imposible de censurar para siempre.

Fuentes: Instituto de la Memoria Nacional de Polonia, “The IPN Paid Tribute to the Victims of December 1970”; Instituto de la Memoria Nacional, estudio documental sobre las protestas; Polish History Museum, fotografía del cuerpo de Zbigniew Godlewski; European Trade Union Institute, “Labour Struggles in Poland from 1956 to 1989”; Instituto de la Memoria Nacional de Polonia, “A Rebellion or an Uprising?”; Instituto de la Memoria Nacional de Polonia, “Commemoration of the 50th Anniversary of December 1970”.


16 diciembre 1918 — Alemania, Berlín. Congreso de Consejos de Obreros y Soldados

La mayoría de los delegados rechazará convertir Alemania en una república soviética y respaldará la elección de una Asamblea Nacional.

Alemania acababa de perder la guerra. El káiser había huido, la monarquía se derrumbaba y por todo el país aparecían consejos de obreros y soldados. En ese vacío se inauguró, el 16 de diciembre de 1918, el Congreso Nacional de Consejos, reunido en la antigua Cámara de Representantes de Prusia.

Acudieron 514 delegados, representaban a consejos surgidos espontáneamente en fábricas, cuarteles y ciudades. La mayoría simpatizaba con el Partido Socialdemócrata, dirigido por Friedrich Ebert, y defendía la elección de una Asamblea Nacional mediante sufragio universal. La izquierda revolucionaria aspiraba a conservar los consejos como fundamento permanente del nuevo Estado.

Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, principales figuras de la Liga Espartaquista, ni siquiera habían sido elegidos. Una propuesta para admitirlos como invitados consultivos fue rechazada. Aquello decía bastante sobre la correlación real de fuerzas. Los consejos existían, pero no eran una réplica obediente de los sóviets rusos ni estaban dominados por los comunistas.

Ernst Däumig presentó la alternativa más radical. Quería que los consejos asumieran el poder legislativo y ejecutivo y se convirtieran en la base constitucional de una república socialista. Luxemburgo, quien defendía una transformación radical del poder porque “la revolución no puede detenerse a mitad de camino”, resumió la disyuntiva desde las páginas de Die Rote Fahne:

“O una Asamblea Nacional o todo el poder para los consejos de obreros y soldados”.

Se debatía el futuro político del país: si debía seguir el modelo de democracia parlamentaria o importar el modelo soviético estructura basada en soviets y poder concentrado en órganos revolucionarios.

El 19 de diciembre llegó la votación. Por 344 votos contra 98, el Congreso rechazó convertir el sistema de consejos en fundamento de la nueva Constitución. Temían el caos, la guerra civil y la concentración de poder en estructuras no representativas. La decisión supuso un golpe decisivo para los sectores comunistas que buscaban replicar el esquema bolchevique en Alemania. Una mayoría todavía mayor decidió adelantar al 19 de enero de 1919 las elecciones para la Asamblea Nacional.

No fue, sin embargo, una restauración obediente del antiguo Imperio. Los delegados aprobaron la democratización del Ejército, la elección de oficiales por los soldados y el reemplazo del ejército permanente por una fuerza popular. También pidieron estudiar la socialización de varias industrias. Querían cambios profundos, pero se negaban a que una sola clase o una red de asambleas revolucionarias hablara en nombre de toda la sociedad.

El rechazo a la “vía soviética” marcaba el inicio de una nueva república y dejaba aislados a los sectores revolucionarios, que poco después intentarían un levantamiento fallido en enero de 1919. La Asamblea Nacional resultante daría origen a la República de Weimar.

En enero votaron por primera vez las mujeres alemanas. El Partido Comunista, recién fundado, decidió boicotear las elecciones pese a la oposición de Luxemburgo. 

La democracia nacía malherida, rodeada de violencia y cargada con el peso de la derrota. Aun así, cuando tuvieron que escoger entre elecciones generales y una dictadura proclamada en nombre de los consejos, los propios delegados obreros y militares rechazaron seguir el camino de los bolcheviques en Rusia.

Fuentes: German History in Documents and Images, “Rosa Luxemburg on the National Assembly Debate”; International Encyclopedia of the First World War, “Workers’ or Revolutionary Councils”; International Encyclopedia of the First World War, “Revolutions: Germany”; Parlamento Federal alemán, “The November Revolution, 1918–1919”.


17 diciembre 1993 — Estados Unidos, Washington D. C. Fundación Víctimas del Comunismo

El presidente Bill Clinton promulga la ley que permite crear una institución dedicada a preservar la memoria de las víctimas de los regímenes comunistas.

El 17 de diciembre de 1993, Bill Clinton promulgó la FRIENDSHIP Act, dedicada principalmente a normalizar las relaciones con Rusia, Ucrania y los demás Estados surgidos de la desaparición de la Unión Soviética. Entonces, escondida entre decenas de disposiciones diplomáticas, llegaba una decisión destinada a sobrevivir a la ley que la contenía, dando origen a Victims of Communism Memorial Foundation (VOC).

La sección 905 miraba hacia la memoria del dolor acumulado durante generaciones. Autorizaba la construcción en Washington de un monumento internacional dedicado a las víctimas del comunismo y alentaba la creación de una organización independiente que lo diseñara, administrara y financiara. Ningún fondo federal pagaría la obra; el dinero debía proceder de aportes privados.

Partía esta iniciativa del objetivo de “educar a las generaciones futuras sobre la ideología, la historia y el legado del comunismo”, así como honrar a sus víctimas. Quería trasladarse al ámbito institucional una memoria que hasta entonces había sido fragmentaria, dispersa o silenciada en muchos contextos.

Dana Rohrabacher promovió la iniciativa en la Cámara de Representantes y Jesse Helms lo hizo en el Senado. La aprobación fue unánime. Un Congreso dividido entre demócratas y republicanos y una Administración demócrata coincidieron en que el final de la Guerra Fría no debía cerrar en falso la memoria de quienes habían sufrido bajo aquellos regímenes.

Entre los fundamentos de la norma (Public Law 103-199, U.S. Congress, 1993) destacaba una cifra contundente:

“Los gobiernos comunistas han causado la muerte de más de 100 millones de personas”.

Era una estimación sobre ejecuciones, hambrunas, deportaciones, campos de trabajo y otras formas de violencia en distintos países donde la ideología comunista había servido de coartada a déspotas.

Al año siguiente se constituyó formalmente la Victims of Communism Memorial Foundation. Después vinieron años de recaudación, búsqueda de emplazamiento y diseño, hasta que el monumento fue inaugurado el 12 de junio de 2007, aniversario del nacimiento de Ronald Reagan. Su figura central reproduce la “Diosa de la Democracia”, aquella imponente imagen que los estudiantes chinos levantaron en Tiananmén en 1989 poco antes de que los tanques aplastaran la protesta.

Desde 2022 funciona también en Washington el Museo de las Víctimas del Comunismo. Reúne testimonios, objetos y documentos de sociedades muy distintas, desde la Unión Soviética hasta Cuba, China o Camboya.

Dentro de una ley de título amistoso —Friendship, amistad— empezó la aprobación de una memoria comprometida, cuando muchos querían pasar página y mirar solamente hacia el futuro. Reconciliarse con los países que salían del comunismo no debía significar olvidar a las personas que no habían logrado salir con vida.

Fuentes: GovInfo, texto de la FRIENDSHIP Act; Victims of Communism Memorial Foundation, “Memorial Statue”; Congreso de Estados Unidos, “Public Law 103-199”; Victims of Communism Memorial Foundation, “About”.


20 diciembre 1917 — Rusia soviética, Petrogrado. Lenin crea la Cheká

La Comisión Extraordinaria Panrusa, dirigida por Félix Dzerzhinski, nace como policía política bolchevique y se convierte en el principal instrumento del Terror Rojo.

Apenas habían transcurrido siete semanas desde la toma bolchevique del poder. Los funcionarios de los antiguos ministerios se negaban a colaborar, la oposición intentaba reorganizarse y Lenin exigía una respuesta fulminante contra quienes llamaba “saboteadores”. El 20 de diciembre de 1917 nació la Comisión Extraordinaria Panrusa para Combatir la Contrarrevolución y el Sabotaje.

Sus iniciales rusas, VChK, dieron origen a la palabra Cheká. Al frente quedó Félix Dzerzhinski, revolucionario polaco que había pasado años en cárceles y destierros zaristas. Delgado, austero y de mirada severa, pronto sería conocido como “Félix de Hierro”.

La nueva comisión se instaló en el número 2 de la calle Gorójovaya, en Petrogrado. Al principio era pequeña y sus atribuciones parecían limitadas a investigar. Dzerzhinski explicó que debía combatir y “liquidar hasta la raíz” cualquier intento contrarrevolucionario. Las primeras medidas incluían confiscaciones, expulsiones, retirada de cartillas de racionamiento y publicación de nombres de “enemigos del pueblo”.

¿Dónde terminaba la investigación y comenzaba el castigo? Nadie se preocupó demasiado por dibujar esa frontera. Durante los primeros meses, los detenidos todavía debían comparecer ante tribunales revolucionarios. La guerra civil borró pronto esa precaución. La Cheká obtuvo cárceles, agentes locales, tropas propias y capacidad para ejecutar sin juicio.

Después del atentado contra Lenin y del asesinato del dirigente bolchevique Moiséi Uritski, el Gobierno proclamó el Terror Rojo en septiembre de 1918. Llegaron las ejecuciones masivas, la toma de rehenes y los campos de concentración. No solo fueron perseguidos monárquicos o combatientes blancos. También cayeron mencheviques, socialistas revolucionarios, anarquistas, sacerdotes, campesinos y obreros que protestaban contra las requisas o el hambre.

En julio de 1918, Félix Dzerzhinski justificó abiertamente el terrorismo de Estado:

“Defendemos el terror organizado; esto debe admitirse francamente. El terror es una necesidad absoluta durante los tiempos de revolución”.

No se conoce la cifra exacta de personas ejecutadas por la Cheká. Muchas muertes no fueron registradas y otras quedaron ocultas en archivos incompletos. Pero las estimaciones más fidedignas nunca bajan de decenas de miles de víctimas.

En 1922 la Cheká fue disuelta oficialmente, pero la policía política creada por Lenin no desapareció. Sus agentes, métodos y funciones pasaron a nuevos organismos que recibieron sucesivamente los nombres de GPU, OGPU, NKVD, MGB y, finalmente, KGB. Cambiaban las siglas, se mantenía la misma función: perseguir a los adversarios reales o supuestos del Partido Comunista, sin respetar garantías legales.

La Cheká había sido creada como una comisión “extraordinaria”, es decir, como una institución provisional para afrontar una emergencia. Sin embargo, la policía política se convirtió en una pieza permanente del sistema soviético. Un aparato a la larga inseparable del control del poder en las llamadas "dictaduras del proletariado". Aunque la institución cambió varias veces de nombre, la represión organizada desde el Estado se mantuvo y sistematizó.

La cadena tampoco se rompió por completo con la desaparición de la Unión Soviética. El KGB fue disuelto en 1991 y sus funciones se repartieron entre varios organismos, principalmente el Servicio Federal de Seguridad, FSB, encargado de la seguridad interior, y el Servicio de Inteligencia Exterior, SVR. Cambiaron el Estado y los nombres institucionales, pero sobrevivieron buena parte del personal, las estructuras y la cultura política de los antiguos servicios soviéticos.

Vladímir Putin encarna esa continuidad. Fue oficial del KGB durante dieciséis años, alcanzó el grado de teniente coronel y, en 1998, fue nombrado director del FSB. Bajo su Gobierno, antiguos miembros de los servicios de seguridad —conocidos en Rusia como siloviki— ocuparon puestos decisivos en el Estado, las empresas públicas y el entorno presidencial. El FSB y los demás aparatos de seguridad se convirtieron en pilares de un régimen autoritario que vigila a la sociedad, persigue a la oposición y concentra el poder alrededor del presidente. En 2026, Freedom House seguía describiendo a estos organismos como los instrumentos destinados a impedir cualquier desafío político al régimen.

La continuidad también se expresa mediante los símbolos. En abril de 2026, Putin ordenó que la academia del FSB recuperara el nombre de Félix Dzerzhinski, fundador de la Cheká y organizador del Terror Rojo. Justificó la decisión por su “extraordinaria contribución a la seguridad del Estado”. Algunos agentes rusos todavía se seguirían llamando a sí mismos chekistas, como herederos directos de aquella primera policía política creada por Lenin.

Putin había declarado en 2005 que la desaparición de la Unión Soviética fue una de las mayores catástrofes geopolíticas del siglo XX. Una "catástrofe" que él se encargaría de revertir volviendo a los métodos del desaparecido imperio soviético y dando pasos como la invasión a Ucrania (24 de febrero de 2022). Su régimen, aunque no reconstruyó formalmente la URSS, actualizó símbolos, prácticas represivas y una visión geopolítica imperial.

La Cheká había sido creada supuestamente como una comisión “extraordinaria”, es decir, provisional, para afrontar una emergencia. Más de un siglo después, su fundador volvería a dar nombre a la escuela de los agentes de seguridad de Rusia. La institución no conservó sus primeras siglas, pero la idea que la hizo posible —una policía política al servicio del poder y situada por encima de la ley— conseguiría sobrevivir como señal de identidad del autoritarismo.

Fuentes: Presidential Library, “The All-Russian Extraordinary Commission”; Gobierno del Reino Unido, “Formation of the Cheka”; Library of Congress, “Internal Workings of the Soviet Union”; Michigan State University, “Establishment of the Extraordinary Commission to Fight Counter-Revolution”.


DEL 21 AL 31 DE DICIEMBRE

21 diciembre 1929 — Unión Soviética, Moscú. Se inaugura el culto oficial a Stalin

La celebración del supuesto quincuagésimo aniversario del dirigente desencadena una campaña de glorificación que lo presenta como heredero infalible de Lenin y guía absoluto del país.

La fecha era falsa y la edad también. El 21 de diciembre de 1929, la Unión Soviética celebró el supuesto quincuagésimo cumpleaños de Stalin, aunque la partida parroquial de Gori demostraba que había nacido el 18 de diciembre de 1878. Acababa de cumplir 51 años. A nadie dentro del aparato se le ocurrió estropear la fiesta con semejante minucia.

Pravda publicó una edición especial cargada de felicitaciones. Llegaron mensajes del Partido, las fábricas, el Ejército, el Komsomol y las distintas repúblicas. Stalin aparecía como discípulo perfecto de Lenin, gran teórico, guía de los trabajadores y arquitecto de todas las victorias. La vieja propaganda revolucionaria, que exaltaba al colectivo y al Partido, se arrodillaba ante un solo hombre que inspiraba terror entre sus más cercanos colaboradores.

Hasta entonces, Stalin había acumulado poder sin ocupar de manera tan absoluta el paisaje visual soviético. Este aniversario abrió otra etapa sin pudor ante las exageraciones. Su retrato entró en oficinas, escuelas y viviendas; ciudades y fábricas recibieron su nombre. Los libros de historia agrandaron su participación en la Revolución mientras borraban a rivales caídos en desgracia.

Stalin respondió a los homenajes con una nota breve publicada al día siguiente:

“Atribuyo sus felicitaciones al gran Partido de la clase obrera, que me engendró y educó a su imagen y semejanza”.

Parecía modestia. Era una fusión. Stalin se presentaba como criatura del Partido al mismo tiempo que el Partido comenzaba a presentarse con su rostro. Criticarlo significaría atacar la revolución; dudar de él, traicionar a Lenin.

El culto no alcanzó de inmediato la extravagancia de años posteriores, porque en aniversarios redondos de 1939 y 1949 los aniversarios serían todavía más colosales. 

En reuniones y congresos, la adulación adquirió forma ritual. Los discursos encadenaban calificativos como “gran”, “sabio”, “amado”, “genial” e “infalible”. La mención de Stalin provocaba ovaciones y aplausos prolongados que quedaban consignados incluso en las transcripciones oficiales. En un sistema que castigaba cualquier discrepancia, no levantarse, no aplaudir o hacerlo durante menos tiempo podía interpretarse como falta de entusiasmo político.

Stalin no se limitó a aceptar los homenajes. También intervino personalmente en su fabricación. En 1948 aprobó y corrigió el borrador de su “Biografía breve”. Según denunció Nikita Jrushchov ante el XX Congreso del Partido Comunista, todos los elogios contenidos en el libro fueron revisados por Stalin y algunos fueron añadidos de su puño y letra. Entre ellos se encontraba este pasaje, redactado en tercera persona:

“Aunque desempeñó con consumada maestría sus tareas como dirigente del Partido y del pueblo, y contaba con el apoyo incondicional de todo el pueblo soviético, Stalin nunca permitió que su labor quedara empañada por el menor indicio de vanidad, presunción o autoelogio”.

—Iósif Stalin, texto añadido de su puño y letra al borrador de su “Biografía breve”, según el testimonio de Nikita Jrushchov.

Stalin había escrito así un elogio de su propia modestia. En el mismo borrador añadió que su “genio” le permitía descubrir los planes del enemigo, encontrar siempre las soluciones militares correctas y dirigir al Partido y al Estado con una maestría incomparable. Jrushchov resumió la contradicción con una pregunta: “¿Dónde y cuándo se ha visto que un dirigente se elogie a sí mismo de ese modo?”.

El culto ocupó las paredes. En el cuadro “Stalin y Voroshílov en el Kremlin”, pintado por Aleksandr Guerásimov en 1938, los dos dirigentes aparecen elevados sobre una extensa panorámica de Moscú, como guardianes de la nación. La obra fue reproducida innumerables veces en oficinas e instituciones. Otros cuadros y carteles mostraban a Stalin rodeado de cosechas, fábricas, niños sonrientes o rayos de luz. Poemas y canciones llegaron a compararlo con el sol que iluminaba y daba vida a los pueblos soviéticos.

También entró en las escuelas. El lema “Gracias, querido camarada Stalin, por una infancia feliz” apareció sobre las puertas de guarderías, orfanatos y aulas, en revistas infantiles y en carteles. Los niños lo repetían durante celebraciones públicas. La propaganda presentaba como padre protector de la infancia al mismo gobernante bajo cuyo mandato millones de menores perdieron a sus padres por las ejecuciones.

El cine completó la transformación del dirigente en personaje sobrenatural. En “La caída de Berlín”, concebida como regalo por su supuesto 70 cumpleaños y estrenada en 1950, Stalin dirige prácticamente en solitario la guerra contra Alemania. En la escena final llega en avión a Berlín, vestido de blanco, y es recibido por una multitud que lo aclama en distintos idiomas. La escena nunca ocurrió: Stalin no viajó a Berlín. La película no reconstruía la historia, sino que la corregía para colocar al dictador en el centro de la victoria.

Su nombre se extendió también sobre el mapa. Tsaritsyn se convirtió en Stalingrado; Dushanbe, capital de Tayikistán, pasó a llamarse Stalinabad; la montaña más alta de la Unión Soviética recibió el nombre de Pico Stalin. Calles, fábricas, centrales eléctricas, universidades, granjas colectivas y unidades militares fueron bautizadas en su honor.

Los monumentos multiplicaron físicamente aquella presencia. El más desmesurado se levantó en Praga: un conjunto de granito de unas 17.000 toneladas que mostraba a Stalin encabezando una fila de obreros y campesinos. Fue inaugurado en 1955, dos años después de su muerte, cuando la maquinaria del culto todavía seguía funcionando. La estatua dominó la ciudad hasta que fue destruida con explosivos en 1962 durante la desestalinización.

Aquel culto alcanzó su apogeo en diciembre de 1949, durante el supuesto 70 cumpleaños del dictador. Trenes cargados de regalos llegaron desde las repúblicas soviéticas y otros países comunistas. Miles de objetos —alfombras, retratos, esculturas, armas ornamentales, maquetas industriales y cartas bordadas— fueron expuestos en el Museo Pushkin de Moscú. La veneración personal había adquirido su propio museo.

Fuera de las celebraciones avanzaba una transformación feroz. Trotski había sido expulsado de la Unión Soviética; Zinóviev, Kámenev y Bujarin fueron eliminados políticamente y después asesinados. La colectivización forzosa despojó a millones de familias campesinas de sus tierras, animales, cosechas y libertad. Las purgas, las deportaciones y el Gulag crecían mientras los periódicos atribuían al jefe una sabiduría infalible.

Aunque no nació por completo en un solo día, numerosos historiadores sitúan en aquel falso cumpleaños de 1929 el momento en que la glorificación personal dejó de ser una adulación más o menos ocasional y se convirtió en una política sostenida.

Detrás de la celebración asomaba una ironía sombría. El régimen que prometía acabar con zares, santos e ídolos estaba fabricando uno nuevo. Y lo hacía empezando por corregirle hasta la fecha de nacimiento.

Fuentes: Anita Pisch, “The Rise of the Stalin Personality Cult”; Anita Pisch, “The Personality Cult of Stalin in Soviet Posters, 1929–1953”; Museo Estatal Ruso, “Joseph Stalin and Kliment Voroshilov in the Kremlin”; Radio Free Europe/Radio Liberty, “Monster: The Monument That Destroyed Its Creator”; Encyclopaedia Iranica, “Dushanbe”; Johns Hopkins University, “Thank You, Comrade Stalin! Soviet Public Culture from Revolution to Cold War”; Iósif Stalin, respuesta a las felicitaciones de 1929.


Calendario anticomunista. Postal Enero. Última navidad

27 octubre 1969 — Cuba. Fidel Castro expulsa la Navidad del calendario nacional

Con el pretexto de movilizar al país para la Zafra de los Diez Millones, el régimen convirtió el 25 de diciembre en día laborable. La cosecha fracasó, pero la Navidad tardó 28 años en recuperar su condición de día feriado.

La pregunta fue formulada desde el escenario del teatro Chaplin. Fidel Castro acababa de anunciar la etapa masiva de la Zafra de los Diez Millones y recordó que se acercaban la Nochebuena, el Año Nuevo y el aniversario de la Revolución. Entonces preguntó:

“¿Dónde debemos estar el día 24 de diciembre?”

Desde el público llegó la respuesta que el discurso esperaba:

“¡En la caña!”

Era el 27 de octubre de 1969. Castro explicó que las fiestas de fin de año tendrían que esperar hasta julio, cuando supuestamente Cuba habría producido diez millones de toneladas de azúcar. El lechón, los frijoles, los turrones y las bebidas de Nochebuena también quedarían guardados hasta después de la cosecha. El país entero debía subordinar su calendario a la gran promesa económica de la Revolución.

El 25 de diciembre de 1968 había sido la última Navidad reconocida como feriado laboral en Cuba. En 1969, escuelas, oficinas y centros de trabajo permanecerían abiertos. También se trabajaría durante el Año Nuevo y el 2 de enero. Sin embargo, esas celebraciones políticas regresaron después, mientras la Navidad como fiesta de contrenido religioso fue la única que continuó expulsada del calendario (y así se mantendría prohibida durante casi tres décadas).

La explicación oficial fue económica. Para producir los diez millones de toneladas de azúcar prometidos, estudiantes, soldados, funcionarios y trabajadores urbanos fueron enviados a cortar caña. Carreteras, transportes, industrias y buena parte de los recursos nacionales quedaron sometidos a la campaña. Interrumpir la cosecha durante las fiestas, afirmó Castro, podía hacer que el país perdiera aquella “batalla”. Una "batalla" que el Comandante en Jefe dirígía con su uniforme verdeolivo y su semblante de sábelotodo, en largas comparecensias televisivas, blandiendo un largo puntero de madera frente a un gran mapa de Cuba.

Pero la eliminación del feriado no ocurrió en un vacío. Durante la década anterior, el Gobierno revolucionario había nacionalizado los colegios religiosos, confiscado propiedades eclesiásticas y expulsado a centenares de sacerdotes y religiosas. Creyentes de distintas denominaciones habían sido internados en las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), los campos de concentración socialistas. Dar muestras de fe religiosa podía impedir el acceso a carreras universitarias, igual que a cargos y puestos de responsabilidad. El Estado imponía una concepción atea y marxista-leninista de la sociedad.

También los símbolos navideños habían pasado por el filtro ideológico. En 1959, una campaña oficial rechazó a Santa Claus por considerarlo una importación estadounidense y ordenó sustituirlo por los Reyes Magos y decoraciones consideradas más cubanas. Después, los propios Reyes, los nacimientos, los árboles y las felicitaciones religiosas fueron perdiendo presencia en comercios, escuelas y espacios públicos. Diciembre debía hablar menos de la familia y de la tradición cristiana y más de campañas, movilizaciones y consignas.

Muchas familias continuarían reuniéndose o felicitándose en voz b aja en el refugio de sus casas, entre la discresión y el miedo a ser señaladas. Y las parroquias mantuvieron sus misas, pero bajo vigilancia y con escasa presencia pública.

La Zafra de los Diez Millones terminó en fracaso. Cuba produjo apenas unos 8,5 millones de toneladas de azúcar, una cifra récord en la historia del país, pero inferior a la meta alrededor de la cual se había reorganizado toda la economía. Como consecuencia de los excesos, quedó un un país destruido, incluso con serio impacto en el medio ambiente. La cosecha concluyó, llegaron las celebraciones prometidas para julio y el propio Castro reconoció la derrota. Sin embargo, al acabarse ese año y llegar otro 25 de diciembre, no se restituyó la condición de día feriado.

Siguió siendo la Navidad un día laborable durante los años setenta y ochenta. Varias generaciones de cubanos crecieron sin verla reconocida oficialmente, mientras otras fiestas revolucionarias ocupaban el espacio público. Principalmente se convirtió en un nuevo "día sagrado" el aniversario del triunfo revolucionario en 1959, cada 1 de Enero, en sustitución no solo de la Navidad, sino incluso ocupando el lugar de la celebración por el comienzo del nuevo año. También otra "fiesta" impuesta fue la del 26 de Julio, declarado día feriado para "celebrar" el fracaso del asalto al cuartel Moncada en 1953 que había dejado un rastro de decenas de vidas sacrificadas por la temeridad de Fidel Castro. Suya era la frase: "El Moncada nos enseñó a convertir los reveses en victorias", o sea, esconder las derrotas debajo del lenguaje de la propaganda y detrás de las fiestas impuestas por decreto. 

Tras la desaparición del campo socialista de Europa del Este, Castro seguiría jugando con técnicas camaleonísticas para no soltar el poder. En 1991, se autorizó que los creyentes ingresaran en el Partido Comunista. Una reforma constitucional de 1992 eliminó las referencias más explícitas al ateísmo estatal y reconoció la separación entre las instituciones religiosas y el Estado. Persistieron la vigilancia y las restricciones sobre las iglesias, pero la hostilidad oficial ya no podía exhibirse de la misma manera.

En noviembre de 1996, Fidel Castro fue recibido por Juan Pablo II en el Vaticano. Durante los preparativos de la primera visita de un pontífice a Cuba, el papa pidió que el 25 de diciembre volviera a reconocerse como feriado. Castro anunció la concesión el 13 de diciembre de 1997. Sería excepcional, solamente tendría validez aquel año y se presentaba como un gesto hacia el visitante y los cristianos cubanos.

A finales de 1997, y solo a pocas semanas de la visita de Juan Pablo II a Cuba, la restitución de la Navidad fue presentada por la prensa internacional como un gesto excepcional del gobierno cubano hacia el Vaticano:

“En la Cuba comunista, el ambiente empieza a parecerse un poco al de la Navidad, ya que el presidente Fidel Castro se ha ofrecido a declarar el 25 de diciembre día festivo oficial este año en honor a la visita del Papa Juan Pablo II el próximo mes.
El comité católico romano encargado de supervisar los preparativos para la visita papal emitió un comunicado el lunes expresando su "profunda alegría" por el anuncio de Castro.
También expresó su esperanza de que la festividad "se convierta en permanente en un futuro próximo.
 

Los Ángeles Times, "Castro entrega a los cubanos el regalo de Navidad en honor a la visita del Papa", 16 de diciembre de 1997.

Y veintiocho años después, Cuba volvió a disfrutar oficialmente de un día de descanso por Navidad. Parroquias y familias prepararon misas, nacimientos y cenas con una visibilidad desconocida para buena parte de la población. Quienes habían crecido viendo el 25 de diciembre como una jornada laboral presenciaron el regreso público de una tradición que se había ocultado durante décadas dentro de las casas y las iglesias.

Juan Pablo II recorrió Santa Clara, Camagüey, Santiago de Cuba y La Habana entre el 21 y el 25 de enero de 1998. En esa visita reclamó mayor libertad para la Iglesia, pidió la liberación de presos y pronunció una frase que trascendió el acontecimiento religioso, pidiendo que Cuba se abriera al mundo y el mundo se abriera a Cuba.

En diciembre de 1998, el Gobierno convirtió en permanente el feriado que inicialmente había presentado como una concesión provisional. La Navidad regresaba así al calendario oficial cubano después de 28 años.

Un día de descanso no transformó la naturaleza del sistema ni terminó con el control estatal sobre la vida religiosa. Pero su restitución encerraba una derrota simbólica. La Zafra de los Diez Millones había fracasado en 1970; el feriado eliminado para favorecerla tardó casi tres décadas en volver. Y al final, la Navidad resultó una tradición popular más resistente que las campañas, políticas y propagandas del régimen comunista.

Fuentes: Agencia Fides, “For 25 Years, Christmas Has Returned to Being a Public Holiday in Cuba”; Associated Press, “Castro Makes Christmas a State Holiday for Pope’s Visit”; Reuters, “Cuba Plans Restoration of Christmas Holiday”; CBS News, “Feliz Navidad”; Human Rights Watch, “Pope John Paul II’s Visit to Cuba”; “Time”, “When Fidel Castro Canceled Santa Claus”.


Calendario anticomunista. Postal Enero. Vaclav Havel presidente

29 diciembre 1989 — Checoslovaquia, Praga. Václav Havel pasa de la cárcel al Castillo

El dramaturgo disidente y antiguo preso político llega por votación unánime a la presidencia pocas semanas después del derrumbe del régimen comunista.

En las calles de Praga llevaban semanas repitiendo una consigna de tres palabras: 

“Havel al Castillo”. 

El 29 de diciembre de 1989, Václav Havel cruzó finalmente los salones del Castillo de Praga para asumir la Presidencia de Checoslovaquia. A comienzos de aquel mismo año estaba preso por participar en una protesta. Ahora ocupaba el lugar de Gustáv Husák, el dirigente comunista que había encabezado la llamada “normalización” posterior a la invasión soviética de 1968.

Pero Havel no pasó desde la cárcel al imponente Castillo que corona la ciudad de Praga únicamente por la fuerza simbólica de su nombre. Entre ambos momentos se produjo, en apenas seis semanas, el derrumbe político del régimen comunista. Tampoco llegó a la presidencia como jefe de un partido tradicional, sino como representante moral de una sociedad civil que había aprendido a resistir y organizarse en medio de la represión y la censura. Durante años sus escritos habían denunciado la mentira cotidiana de los regímenes totalitarios.

Dramaturgo, ensayista, poeta visual y uno de los portavoces de Carta 77, Havel tenía prohibidas sus obras, mientras sus textos circulaban en copias clandestinas. Entre 1979 y 1983 cumplió su condena más larga, que dañó gravemente su salud. 

El 16 de enero de 1989 volvió a ser detenido por participar en las manifestaciones de la Semana de Palach, el estudiante que se había inmolado en 1969 contra la ocupación soviética. El 21 de febrero fue condenado a nueve meses de prisión, pena reducida posteriormente a ocho. Sin embargo, una intensa campaña internacional reclamó su liberación y el 17 de mayo salió en libertad condicional, después de cumplir cuatro meses.

Su resistencia nunca se limitó a denunciar la represión. En 1978 había escrito El poder de los sin poder, uno de los ensayos fundamentales de la disidencia centroeuropea. Allí imaginó a un verdulero que colocaba en su escaparate el lema “¡Proletarios de todos los países, uníos!”. Aquel hombre no lo hacía porque creyera en semejantes palabras, sino para evitar problemas y demostrar obediencia:

“No necesitan aceptar la mentira. Basta con que hayan aceptado vivir con ella y dentro de ella”.

— Václav Havel, El poder de los sin poder, 1978.

Para Havel, la dictadura no se sostenía solamente mediante la policía, la censura y las cárceles. También dependía de millones de pequeños actos cotidianos de simulación, como repetir consignas, votar en elecciones falsas, callar durante las reuniones y fingir adhesión a un sistema en el que ya casi nadie creía.

El poder de quienes parecían no tener poder comenzaba cuando una persona dejaba de colaborar con aquella representación. Havel llamó a esa decisión “vivir en la verdad”. Cuando suficientes personas dejaban de fingir, el régimen perdía la obediencia cotidiana en que se apoyaba.

¿Y cómo terminó produciéndose el "milagro" del ascenso de Havel a la Presidencia en 1989, el mismo año en que había sido encarcelado?

Una vez liberado por la presión internacional, Havel retomó inmediatamente la actividad opositora. Impulsó la petición “Unas pocas frases”, que reclamaba la liberación de los presos políticos, libertad de expresión y reunión, medios independientes y un debate público sobre el futuro del país. La iniciativa reunió decenas de miles de firmas y demostró que la disidencia comenzaba a extenderse mucho más allá de sus círculos tradicionales.

El 17 de noviembre, la policía golpeó a una manifestación estudiantil en Praga y la violencia provocó una reacción que el Gobierno no conseguiría frenar. La indignación se propagó por el país. Cientos de miles de personas llenaron la plaza de Wenceslao. Los manifestantes agitaban llaves para indicar que había llegado la hora de cerrar el régimen. Estudiantes y actores declararon huelgas, los teatros se transformaron en centros de reunión y cientos de miles de personas ocuparon las calles. Dos días después, Havel y otros opositores fundaron el Foro Cívico, una amplia plataforma formada por disidentes, artistas, estudiantes, trabajadores y grupos democráticos. En Eslovaquia surgió Público Contra la Violencia.

El 27 de noviembre, una huelga general de dos horas paralizó el país y demostró que el régimen había perdido el control de la calle. Sin respaldo soviético para una intervención como la de 1968, los comunistas aceptaron negociar con el Foro Cívico. El 29 de noviembre, el Partido Comunista renunció a su monopolio constitucional. Gustáv Husák nombró un Gobierno con mayoría no comunista y dimitió el 10 de diciembre.

El primer ministro Marián Čalfa, todavía miembro del Partido Comunista, negoció con Havel y facilitó que fuera presentado como candidato único ante una Asamblea Federal heredada del régimen.

La víspera de la elección presidencial, Alexander Dubček —el dirigente de la Primavera de Praga aplastada por los tanques soviéticos en 1968— fue elegido presidente de la Asamblea Federal. Al día siguiente, los diputados eligieron a Havel para la presidencia sin un solo voto en contra. Muchos de esos parlamentarios habían obtenido sus escaños en las elecciones controladas por el régimen, y ahora votaban por un hombre a quien ese mismo régimen había censurado y encarcelado.

Las campanas de la catedral de San Vito sonaron mientras una multitud celebraba en el exterior. La escena parecía escrita por el autor de una obra absurda, mostrando cómo un dramaturgo prohibido se convertía en jefe del Estado gracias a los votos de un Parlamento originalmente comunista.

En su primer discurso de Año Nuevo como presidente, pronunciado el 1 de enero de 1990, Václav Havel desmontó la propaganda triunfalista del régimen. Siempre los dirigentes controlados por Moscú habían hablado al país con un lenguaje grandilocuente y falso, sobre producción, felicidad oficial y confianza en el gobierno. Havel eligió comenzar su discurso con una confesión pública acerca de la ruina moral y material heredada:

“No me habéis propuesto para este cargo para que yo también os mienta. Nuestro país no prospera. El enorme potencial creativo y espiritual de nuestras naciones no se está utilizando con sensatez [...] Un Estado que se autodenomina Estado obrero humilla y explota a los trabajadores”.

Habló del deterioro económico, ambiental y moral provocado por el régimen, pero también de la responsabilidad individual de quienes se habían acostumbrado a obedecerlo. Defendía una política fundada en la verdad, la dignidad humana, la sociedad civil y la responsabilidad personal, no en una ideología que pretendiera explicarlo y dirigirlo todo.

“Todos nos habíamos acostumbrado al sistema totalitario y lo aceptábamos como un hecho inmutable, contribuyendo así a perpetuarlo. En otras palabras, todos somos —aunque, naturalmente, en distinta medida— responsables del funcionamiento de la maquinaria totalitaria”.

El 8 y el 9 de junio de 1990 se celebraron las primeras elecciones libres desde 1946, entonces los ciudadanos eligieron a los integrantes de la Asamblea Federal. El Foro Cívico, en los territorios checos, y Público Contra la Violencia, en Eslovaquia, obtuvieron conjuntamente el 46,6 % de los votos y 170 de los 300 escaños. Los movimientos vinculados a la Revolución de Terciopelo lograron así la mayoría absoluta.

El Partido Comunista quedó en un distante segundo lugar, con el 13,6 % de los votos y 47 escaños. Después de gobernar durante más de cuatro décadas como partido único, debía ocupar los bancos de la oposición.

En apego al deseo popular, el 5 de julio, el nuevo Parlamento surgido de aquellas elecciones volvió a elegir presidente a Havel, ahora por primera vez mediante el voto de representantes escogidos libremente por los ciudadanos. En votación secreta, obtuvo 235 votos; otros 50 diputados votaron en contra.

La consigna se había cumplido. Havel estaba en el Castillo, los ciudadanos ya habían regresado a las urnas y el Partido Comunista ocupaba una oposición minoritaria. El hombre que había explicado “el poder de los sin poder” acababa de protagonizar su demostración histórica.

Fuentes: Biblioteca Václav Havel, “Václav Havel: President, 1989–2003”; Radio Prague International, “Václav Havel Elected President for the First Time”; The Guardian, “29 December 1989: Václav Havel Becomes President of Czechoslovakia”.


30 diciembre 1922 — Rusia soviética, Moscú. Se funda la Unión Soviética

Rusia, Ucrania, Bielorrusia y la Federación Transcaucásica aprueban el tratado por el que constituyen el primer gran Estado comunista, con sus principales poderes concentrados en Moscú.

La mañana del 30 de diciembre de 1922, delegaciones de Rusia, Ucrania, Bielorrusia y la Federación Transcaucásica —integrada por Georgia, Armenia y Azerbaiyán— firmaron en Moscú la Declaración y el Tratado de Creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Horas después, 2.215 delegados ocuparon el Teatro Bolshói para celebrar el Primer Congreso de los Sóviets de la Unión. La guerra civil estaba prácticamente decidida a favor del Ejército Rojo. Los bolcheviques se disponían a dar nombre, fronteras y apariencia legal al inmenso territorio que habían conquistado o recuperado por las armas.

La Declaración de Unión formulaba el nuevo Estado dentro de una visión mundial dividida entre capitalismo y socialismo. Su lenguaje no era meramente administrativo, sino abiertamente ideológico:

“Desde la formación de las repúblicas soviéticas, el mundo se ha dividido en dos campos: el campo del capitalismo y el campo del socialismo”.

Aquel documento proclamaba que la URSS era una “unión voluntaria de pueblos iguales”, dejaba abierta la entrada a futuras repúblicas socialistas y definía el nuevo Estado como un paso hacia la unión de los trabajadores de todos los países en una futura “República Socialista Soviética Mundial”. La aspiración internacional estaba escrita en su acta de nacimiento: la Unión Soviética no se concebía solamente como un país, sino como el centro de una revolución destinada a expandirse.

Iósif Stalin, entonces comisario del Pueblo para las Nacionalidades, presentó el informe fundacional. Ante los delegados, describió la creación de la URSS como la victoria de un nuevo poder sobre el antiguo Imperio ruso:

“Hoy es el día del triunfo de la nueva Rusia sobre la vieja Rusia, la Rusia que fue el gendarme de Europa, la Rusia que fue el verdugo de Asia”.

Stalin aseguró que aquella “nueva Rusia” había roto las cadenas de la opresión nacional, despertado a los pueblos de Oriente e inspirado a los trabajadores de Occidente. Terminó solicitando que la Declaración y el Tratado fueran aprobados “con la unanimidad característica de los comunistas”. Los delegados obedecieron. En aquella unanimidad ceremonial ya podía advertirse la contradicción central del Estado que acababa de nacer. Mientras proclamaba la libre voluntad de sus pueblos, estaba dirigido por un partido que había eliminado la competencia política.

El propio nombre encerraba otra paradoja. “Sóviet” significaba consejo y evocaba los órganos de obreros, soldados y campesinos surgidos durante la revolución. Pero, en 1922, los bolcheviques ya habían disuelto la Asamblea Constituyente elegida en 1917, ilegalizado o perseguido a sus adversarios y subordinado aquellos consejos a la jerarquía del Partido Comunista. El nuevo Estado se presentaba como poder de los sóviets, aunque el poder real pertenecía al Partido.

La fórmula federal había provocado una dura disputa entre Lenin y Stalin. Stalin propuso que Ucrania, Bielorrusia y las repúblicas del Cáucaso ingresaran en la Rusia soviética como autonomías. Lenin rechazó aquel proyecto porque temía que reprodujera, bajo símbolos comunistas, antiguas prácticas imperiales rusas. Prefería una federación en la que las repúblicas figuraran formalmente como integrantes iguales.

Sobre el papel, venció Lenin, pues el tratado reconoció a cada república el derecho a separarse y reservó al Gobierno común la defensa, las relaciones exteriores, el comercio internacional y las principales comunicaciones. La adhesión se presentaba como voluntaria. Pero ¿qué significaba “voluntaria” cuando en todas las repúblicas gobernaba el mismo partido, el Ejército Rojo había eliminado a sus adversarios y las decisiones esenciales llegaban desde Moscú? La federación ofrecía banderas, constituciones y órganos propios, mientras el poder efectivo permanecía en manos del Partido Comunista, el ejército y la policía política.

Georgia reveló pronto la distancia entre la igualdad proclamada y la obediencia exigida. Sus dirigentes comunistas no rechazaban necesariamente la Unión, pero querían que Georgia ingresara directamente como república constituyente, en lugar de quedar subordinada dentro de la Federación Transcaucásica. Sergó Ordzhonikidze, aliado de Stalin y principal dirigente bolchevique en el Cáucaso, llegó a golpear a uno de los comunistas georgianos durante una discusión. Lenin, ya gravemente enfermo y apartado del Congreso, denunció el “nacionalismo imperial ruso”, atribuyó a Stalin responsabilidad política por la crisis y condenó la agresión de Ordzhonikidze. Mientras Stalin hablaba en el Bolshói, ese mismo 30 de diciembre Lenin dictó unas notas en las que advirtió que el centralismo, la burocracia heredada del zarismo y la dominación rusa podían convertir en una ficción la igualdad prometida a las demás repúblicas:

“En estas condiciones es muy natural que la ‘libertad de separarse de la Unión’ […] sea un simple papel mojado, incapaz de defender a los no rusos”.

La Declaración y el Tratado fueron incorporados a la Constitución de 1924. Desde 1956, la URSS quedó integrada por quince repúblicas. El derecho de separación continuó escrito en sus constituciones, aunque durante casi setenta años no existió un procedimiento efectivo para ejercerlo ni una autoridad independiente ante la cual reclamarlo.

Bajo Stalin, la federación formal desembocó en una dictadura ferozmente centralizada. La industrialización acelerada convirtió a la URSS en una potencia, pero fue financiada mediante la confiscación de recursos del campo y acompañada por la colectivización forzosa. La colectivización, las requisas de alimentos y otras decisiones estatales contribuyeron a las hambrunas de 1932 y 1933, que causaron millones de muertes en Ucrania, Kazajistán, Rusia y otras regiones. Durante el Gran Terror de 1937 y 1938, los registros soviéticos documentan 1.575.259 arrestos y 681.692 condenas a muerte. A comienzos de la década de 1950, unos 2,5 millones de prisioneros permanecían encerrados en campos y colonias del Gulag.

La Unión Soviética realizó una contribución decisiva a la derrota de la Alemania nazi, a costa de aproximadamente 27 millones de vidas, y emergió de la Segunda Guerra Mundial como una de las dos grandes superpotencias. Su arsenal nuclear, su asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y avances como el lanzamiento del Sputnik, en 1957, y el vuelo de Yuri Gagarin, en 1961, otorgaron un prestigio internacional al sistema. Para muchas personas en el mundo aquellos logros parecían demostrar que la planificación centralizada podía convertir en pocas décadas un territorio atrasado en una potencia industrial, científica y militar. Pero la misma superpotencia que enviaba al primer ser humano al espacio impedía a sus ciudadanos elegir libremente a sus gobernantes, organizar partidos independientes, publicar sin censura o abandonar el país sin autorización. La propaganda presentaba los avances científicos, deportivos y militares como pruebas de la superioridad del sistema, mientras ocultaba las purgas, las ejecuciones, las deportaciones de pueblos enteros, el trabajo forzado y las carencias de una economía sometida a una burocracia que no rendía cuentas ante la población.

Moscú utilizó su poder para construir una extensa arquitectura de dominio internacional. Después de 1945, la presencia del Ejército Rojo y la presión soviética facilitaron la instauración de regímenes comunistas de partido único en Europa del Este. Cada vez que una sociedad se rebeló o un Gobierno comunista intentó escapar del control de Moscú, los tanques marcaron los límites: Berlín Oriental en 1953, Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968. Fuera de Europa, también la URSS financió, armó o asesoró —en distintos periodos y con diferente intensidad— a Gobiernos, partidos, guerrillas y movimientos revolucionarios de Asia, África y América Latina.

La instalación secreta de misiles nucleares en Cuba llevó al mundo al borde de una guerra atómica en 1962. La invasión de Afganistán en 1979 inició una ocupación militar de casi diez años. No todos los Estados comunistas obedecieron permanentemente a Moscú —Yugoslavia rompió con Stalin y China se enfrentó posteriormente a la URSS—, pero la Unión Soviética continuó siendo el principal centro militar, político e ideológico del comunismo mundial.

El golpe comunista frustrado de agosto de 1991 aceleró el derrumbe. Poco después, el 8 de diciembre, los dirigentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia declararon que la Unión Soviética había dejado de existir y crearon la Comunidad de Estados Independientes. Mijaíl Gorbachov renunció a la Presidencia el 25 de diciembre; al día siguiente, la URSS desapareció formalmente.

Se derrumbaba la primera superpotencia comunista y el centro de un sistema que había condicionado la vida de pueblos situados mucho más allá de sus fronteras. Quedaban detrás millones de víctimas de la represión, dictaduras que había sostenido, sociedades deformadas por la economía planificada, conflictos nacionales apagados por la fuerza y un planeta marcado por la Guerra Fría.

Había una ironía archivada dentro del propio documento fundacional. En 1991, las repúblicas utilizaron aquella soberanía nominal para reclamar una independencia efectiva. De ese modo, la federación que había nacido en el Bolshói prometiendo autonomía y una puerta de salida legal, terminó deshaciéndose cuando sus integrantes pudieron llegar de verdad a tomar en sus manos ese documento y abrieron esa puerta.

Fuentes: Presidential Library, “Formation of the Union of Soviet Socialist Republics”; Michigan State University, “Union Treaty and Constitution”; Library of Congress, “Treaty on the Creation of the Soviet Union”.

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