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Reportajes | Cuba: El sonido de las cacerolas que ya no quieren callar

"Aquí no hay futuro", declara una joven en Santiago de Cuba. "Estoy esperando que me salga el camino para irme. Mientras tanto, cuando hay apagón, golpeo la olla. No porque crea que va a cambiar algo. Sino porque necesito hacer algo con esta rabia."

Protestas en Cuba durante los apagones: hogueras y cacerolazos (2026). Foto: AFP.
Protestas en Cuba durante los apagones: hogueras y cacerolazos (2026). Foto: AFP.

En la Cuba de 2026, las cacerolas han dejado de ser utensilios de cocina. Se han convertido en una voz que habla con claridad. Metálica, desesperada, urgente y colectiva. Una voz que atraviesa calles y barrios enteros y que solo aparece cuando en un país la paciencia llega a su límite.

Durante años, los cubanos resistieron en silencio. Resistieron los apagones, la escasez, el transporte inexistente, los salarios de miseria y las promesas que nunca se cumplieron. Aprendieron a improvisar, a caminar kilómetros, a dormir con calor, a hacer colas interminables por lo más básico. Pero incluso la resistencia tiene un límite.

Cacerolazos masivos y protestas en Santiago de Cuba tras apagones de más de 24 horas (17 de junio de 2026).

Los cacerolazos ya no son solo por la luz. No son solo por el agua ni por la comida. Son la suma de todo. Es una madre que no sabe qué cocinar para sus hijos. Es un anciano que pasa noches enteras sin corriente. Es un enfermo sin medicamentos. Es un joven que no ve futuro y solo piensa en irse.

Este reportaje recorre las causas, el desarrollo y el significado de esas protestas que hoy sacuden barrios de Santiago de Cuba y de otras provincias del país. Una historia que no está en los medios oficiales, pero que se escribe cada noche en los balcones, en los patios y en las calles oscuras de una isla que lleva décadas esperando respuestas que nunca llegan.

Detrás de cada golpe contra una olla hay una historia. Hay familias que llevan años esperando soluciones que nunca llegan.

El país que aprendió a aguantar

Para entender los cacerolazos hay que entender lo que los cubanos han tenido que aguantar durante décadas. No se trata de una crisis reciente. Se trata de un sistema que ha normalizado la precariedad hasta convertirla en paisaje.

Los apagones en Cuba no son una novedad del siglo XXI. Desde los años noventa, cuando el colapso de la Unión Soviética arrastró con ella la economía de la isla, los cortes de electricidad forman parte del paisaje cotidiano. Lo que ha cambiado en los últimos años es su duración y su intensidad.

La ciudad de Santiago de Cuba en apagón. Foto: AFP.
La ciudad de Santiago de Cuba en apagón. Foto: AFP.

Vecinos de barrios populares de Santiago de Cuba, como Chicharrones, Altamira, Los Olmos o el Reparto Sorribes, describen apagones que superan las dieciséis horas diarias. Algunos hablan de días enteros sin corriente. Las neveras no funcionan. Los ventiladores están quietos. Los enfermos que dependen de equipos médicos enfrentan situaciones de riesgo físico concreto. 

Cuenta una vecina de más de sesenta años que prefiere no dar su nombre:

"Yo llevo más de veinte años viviendo aquí y nunca había visto algo así. Antes había apagones, sí. Pero no así. Ahora es como si viviera en otro siglo."

Y la electricidad es solo una parte del cuadro. El agua llega con irregularidad extrema. El transporte público es casi inexistente en muchas zonas. Los mercados muestran estantes vacíos o precios que ningún salario cubano puede sostener. Los medicamentos se buscan como se buscaba oro antes: con suerte, con contactos, con dólares que la mayoría no tiene.

En ese contexto, la pregunta no es cómo surgieron los cacerolazos. La pregunta es cómo tardaron tanto en llegar.

El golpe que lo cambió todo: 11 de julio de 2021

Para hablar de las protestas populares en Cuba contemporánea hay un punto de inflexión que no puede ignorarse: el 11 de julio de 2021. Ese día, en San Antonio de los Baños, una pequeña ciudad al sur de La Habana, un grupo de vecinos hartos de los apagones y la escasez salió a la calle. Nadie los convocó. Nadie les dio una señal. Salieron porque ya no podían más.

Lo que ocurrió después sorprendió al mundo. La protesta se multiplicó como un incendio. En pocas horas, decenas de ciudades y municipios de toda Cuba vivían manifestaciones espontáneas. Personas de todas las edades, de todos los colores, de todas las clases sociales salieron a las calles con un mensaje simple: "¡Se acabó!"

Las imágenes dieron la vuelta al mundo. Cubanos gritando consignas que hasta entonces solo se escuchaban en voz baja. Jóvenes enfrentando a la policía. Madres con sus hijos reclamando comida y libertad. Y por primera vez en décadas, la palabra que el sistema había convertido en tabú sonando en las calles sin miedo: "Libertad."

Cubanos protestan el 11 de julio en la esquina de San Lázaro y San Nicolás, en La Habana.
Cubanos protestan el 11 de julio en la esquina de San Lázaro y San Nicolás, en La Habana. | Imagen: Facebook

La respuesta del gobierno fue la que muchos esperaban: represión. Arrestos masivos. Cortes de internet. Despliegues militares. Condenadas a largos años de prisión, muchas de las personas que ese día simplemente salieron a expresar su hartazgo todavía esperan en celdas que la justicia les sea devuelta.

Pero algo cambió para siempre. El 11J demostró que el miedo no es invencible. Que cuando la desesperación supera al terror, el silencio se rompe. Y que Cuba no era el país monolítico que su gobierno quería mostrar al mundo.

Los cacerolazos: una nueva forma de protesta

Después del 11J, la protesta en Cuba encontró nuevas formas. El cacerolazo, esa tradición latinoamericana de golpear ollas y sartenes desde ventanas y balcones, se convirtió en una herramienta de resistencia adaptada a la realidad cubana.

La lógica es simple y poderosa. En un país donde concentrarse en la calle puede significar un arresto, donde los vecinos se conocen pero el miedo al chivato todavía existe, el cacerolazo permite protestar desde la relativa seguridad del hogar. Uno golpea la olla desde el balcón. El vecino escucha y se suma. En minutos, un barrio entero está hablando sin decir una sola palabra.

Cubanas protestando durante un apagón.
Cubanas protestando durante un apagón.

Los cacerolazos en Santiago de Cuba han seguido ese patrón. Nacen en los momentos en que el apagón se extiende más allá de lo tolerable. Cuando son las once de la noche y el calor es insoportable y la nevera lleva horas sin corriente y los niños no pueden dormir. En ese momento alguien agarra una cuchara y golpea la olla. Y el barrio responde.

Describe un residente del municipio de Santiago de Cuba:

"No hace falta llamar a nadie. Cuando empieza uno, empiezan todos. Es como si lleváramos años esperando que alguien diera la señal."

Lo que distingue a los cacerolazos cubanos de otras formas de protesta es su carácter orgánico y descentralizado. No hay líderes visibles. No hay organización formal. No hay partido que los convoque ni red que los coordine. Son la expresión pura del agotamiento colectivo. Y precisamente por eso son tan difíciles de reprimir.

Las autoridades pueden arrestar a un líder. Pueden cerrar una organización. Pueden bloquear un sitio de internet. Pero no pueden arrestar a un barrio entero que golpea ollas en la oscuridad.

Las historias detrás del ruido

Detrás de cada cacerolazo hay historias concretas. Rostros. Nombres que sus familias prefieren no dar públicamente por miedo a las consecuencias, pero que están dispuestos a contar lo que viven.

Una madre de dos hijos pequeños en el barrio de Chicharrones describe su rutina de los últimos meses: 

"Me levanto y lo primero que hago es ver si hay luz. Si hay, cocino rápido todo lo que pueda, porque no sé cuándo se va a ir. Si no hay, busco carbón. Pero el carbón también está caro y no siempre hay. Y mientras tanto los niños preguntan qué hay para comer."

Un anciano que vive solo en el centro de la ciudad lleva semanas sin poder refrigerar sus medicamentos correctamente: 

"El médico me dijo que tenía que mantenerlos fríos. Pero ¿cómo? Si la nevera pasa más tiempo apagada que encendida. Le pregunté al policlínico y me dijeron que hiciera lo que pudiera."

Una joven universitaria que prefiere mantener el anonimato habla de sus planes: 

"Aquí no hay futuro. Eso ya lo sé. Estoy esperando que me salga el camino para irme. Mientras tanto, cuando hay apagón, golpeo la olla. No porque crea que va a cambiar algo. Sino porque necesito hacer algo con esta rabia."

Esas historias se repiten con variaciones mínimas en barrio tras barrio, provincia tras provincia. La madre sin comida, el enfermo sin medicamentos, el joven sin futuro. Son los protagonistas invisibles de una crisis que los medios oficiales prefieren ignorar o minimizar.

El rol de las redes sociales

Uno de los elementos que distingue las protestas cubanas de los últimos años de las de décadas anteriores es el papel de las redes sociales. Facebook, sobre todo, se ha convertido en el espacio donde los cubanos documentan, denuncian y organizan su resistencia cotidiana.

Cuando un barrio de Santiago de Cuba registra un cacerolazo, en minutos aparecen videos en Facebook. Imágenes filmadas desde balcones oscuros, con el sonido de las ollas de fondo y las voces de vecinos que ya no guardan silencio. Esas imágenes viajan. Las ven los cubanos en la isla y los cubanos en el exilio. Las comparten medios independientes. Las recogen organizaciones de derechos humanos.

Publicación en Facebook de Yosmani Mayeta Labrada.
Publicación en Facebook de Yosmani Mayeta Labrada.

El gobierno lo sabe. Por eso los cortes de internet se han convertido en una herramienta de control cada vez más utilizada. Cuando hay una protesta significativa, la señal desaparece. No es una coincidencia. Es una política.

Pero los cubanos han aprendido a moverse también en ese terreno. Guardan los videos en la memoria del teléfono. Los envían por Bluetooth. Los sacan del país a través de mensajeros humanos o mediante conexiones furtivas. La información encuentra siempre una salida.

Mi página Súbelo Mayeta ha documentado decenas de estos episodios. Vecinos que envían denuncias, videos de cacerolazos, testimonios de apagones que se extienden por días. Cada publicación genera réplicas. Personas que reconocen su propio barrio, que suman su propia historia, que confirman que lo que ocurre en Santiago no es una excepción sino una norma.

Las redes no hacen las protestas. Las hacen el hambre, el cansancio y la rabia. Pero las redes les dan visibilidad. Y en un país donde los medios oficiales solo muestran lo que el gobierno quiere que se vea, esa visibilidad tiene un valor incalculable.

Represión y miedo: los frenos que todavía funcionan

Sería ingenuo ignorar que la represión sigue siendo una realidad que frena la participación en las protestas. El miedo no ha desaparecido. Ha cambiado de forma, pero sigue presente.

Después del 11J, el gobierno cubano lanzó una ola represiva que incluyó arrestos masivos, juicios sumarios y condenas que en algunos casos superaron los veinte años de prisión. El mensaje fue claro: el que protesta, paga. Y ese mensaje caló.

Protestas en Cuba. 11 de julio 2021. Periodista reprimido
Represores vestidos de civil el 11 de julio de 2021. | Imagen: Reuters

En los barrios de Santiago de Cuba, los residentes hablan de una vigilancia constante, de vecinos que informan a las autoridades sobre quién participó en un cacerolazo, quién gritó desde el balcón, quién filmó un video. La figura del chivato, el informante vecinal que delata a sus propios conocidos, sigue siendo una realidad en la sociedad cubana.

Admite un residente que ha participado en varios cacerolazos:

"Uno sabe que cuando golpea la olla, alguien puede estar anotando el número del apartamento. Pero llega un momento en que ya da igual. El miedo sigue ahí, pero la rabia es más grande."

Esa tensión entre el miedo y la rabia define el estado de ánimo de muchos cubanos hoy. No son personas que han perdido el miedo por completo. Son personas en las que la desesperación ha superado al miedo. Y esa es una diferencia fundamental que el gobierno debería considerar, pero parece incapaz de procesar.

La represión puede contener las protestas en el corto plazo. Pero no resuelve los apagones, no llena los estantes vacíos, no devuelve los medicamentos a las farmacias. Y mientras las causas permanezcan, el ruido de las cacerolas volverá a escucharse.

¿Qué pide el pueblo? Las demandas detrás del ruido

Una de las preguntas que se hacen quienes observan las protestas cubanas desde afuera es si tienen un programa político claro. La respuesta corta es: no necesitan tenerlo.

Los cacerolazos cubanos no son una plataforma política estructurada. Son una expresión de hartazgo. Sus demandas son concretas, inmediatas y urgentes: luz, agua, comida, medicamentos, transporte. Las cosas más básicas de la vida cotidiana que un gobierno tiene la obligación de garantizar y que en Cuba llevan décadas fallando.

Video reportaje: Ancianos cubanos exponen el hambre y el abandono en la isla (junio de 2026).

Pero debajo de esas demandas inmediatas hay algo más profundo. Hay un reclamo de dignidad. De ser escuchados. De que las promesas se cumplan o al menos se explique por qué no se cumplen. De que los funcionarios que viven bien mientras el pueblo sufre respondan por esa diferencia.

Dice un hombre de mediana edad en un barrio periférico de Santiago de Cuba:

"No me interesa la política. Me interesa que mis hijos coman. Me interesa que cuando mi mamá tenga fiebre haya un medicamento en la farmacia. Me interesa que pueda dormir sin que el calor me derrita. Eso es lo que pido."

Esa aparente despolitización es, paradójicamente, profundamente política. Porque en Cuba, exigir electricidad es político. Pedir comida es político. Golpear una olla en el balcón es político. Todo lo que contradiga el relato oficial de que la Revolución ha resuelto los problemas del pueblo es, en términos del sistema, un acto de oposición.

Y los cubanos lo saben. Por eso, cuando salen a sus balcones y golpean sus ollas, no se engañan sobre lo que están haciendo. Están diciendo, con el lenguaje más universal que existe, el ruido del hambre, que ya no se creen el cuento.

El silencio ya no es una opción

Algo ha cambiado en Cuba. No es la caída del sistema. No es una transición política en marcha. Es algo más sutil y, a largo plazo, quizás más importante: el contrato social del silencio se está rompiendo.

Durante décadas, el pacto implícito fue: tú callas, el Estado te da lo básico. No era libertad, pero era una cierta estabilidad. Hoy ese pacto está roto desde arriba. El Estado ya no puede o no quiere dar lo básico. Y los cubanos que callaron durante años se preguntan por qué deberían seguir callando si a cambio no reciben nada.

Mano de un consumidor sostiene su libreta de abastecimiento en una bodega cubana, mientras espera el pesaje de productos normados.
La libreta de abastecimiento fija las cuotas de productos básicos en Cuba desde 1962.

Esa pregunta, formulada en silencio por millones de personas, es la que produce el ruido de las cacerolas. No es una respuesta organizada. Es una respuesta humana, visceral e inevitable.

Los testimonios que llegan a mi página desde Santiago de Cuba muestran un patrón consistente: personas que nunca habían protestado, que siempre habían intentado mantenerse al margen, que habían preferido aguantar antes que arriesgarse, ahora, en un momento de quiebre, deciden que el silencio ya no es suficiente.

Escribió una mujer mayor en uno de esos mensajes:

"Llevo cincuenta años callando. Cincuenta años esperando que las cosas mejoraran. Ya no me quedan cincuenta años para seguir esperando."

Esta frase resume algo que los números y las estadísticas no pueden capturar: el agotamiento de una generación que apostó por la paciencia y llegó al final de su vida sin ver el prometido horizonte.

Santiago de Cuba: epicentro del malestar

Si hay una ciudad que concentra con especial intensidad el malestar que alimenta los cacerolazos, esa es Santiago de Cuba. La segunda ciudad más importante del país, capital histórica de la revolución, cuna de figuras que el régimen celebra, vive hoy una de sus peores crisis en décadas.

Los apagones en Santiago superan con frecuencia las dieciséis horas diarias. El sistema de distribución de agua es caótico. El transporte público, que nunca fue eficiente, está al borde del colapso. Los mercados muestran una combinación desoladora de estantes vacíos y precios en moneda libremente convertible que la mayoría de los santiagueros no puede pagar.

Protesta en Santiago de Cuba.
Protesta en Santiago de Cuba. | Imagen: Facebook

A esto se suma el deterioro del parque habitacional. Edificios que se caen a pedazos. Techados que no resisten las lluvias. Familias que llevan años esperando que el Estado les resuelva una situación de vivienda que se agrava con cada temporada ciclónica.

La ciudad que una vez fue orgullo de la revolución hoy envía a sus jóvenes al norte —por la frontera sur de los Estados Unidos, por Nicaragua, por donde sea que haya una salida— a un ritmo que no tiene precedentes en su historia. Los barrios se vacían de personas entre veinte y cuarenta años. Quedan los ancianos, los niños y quienes no han podido o no han querido irse.

En ese contexto, los cacerolazos de Santiago de Cuba no son un fenómeno aislado. Son el síntoma más visible de una sociedad que ha llegado a su límite y que busca, con los medios que tiene a su alcance, hacer escuchar su voz.

¿Cambia algo el ruido de las cacerolas?

La pregunta que muchos se hacen es si las protestas sirven de algo; si los cacerolazos producen cambios reales o si son simplemente una válvula de escape sin consecuencias prácticas.

La respuesta honesta es: depende de cómo se mida el cambio.

En términos de transformación política profunda, los cacerolazos todavía no han producido un cambio de sistema. El gobierno cubano sigue en pie. Las estructuras de poder permanecen intactas. La represión continúa.

Pero en términos más concretos e inmediatos, hay evidencia de que las protestas producen efectos. Vecinos de Santiago y otras ciudades han documentado casos en que un cacerolazo nocturno fue seguido, horas después, por la llegada de un técnico de la empresa eléctrica o por la reparación de una avería que llevaba días sin atención. Como si el ruido de las ollas activara una respuesta que las quejas ordinarias no habían logrado despertar.

Publicación en Facebook de Yosmani Mayeta Labrada.
Publicación en Facebook de Yosmani Mayeta Labrada.

Mi página ha documentado varios de estos episodios. El patrón es consistente: la denuncia pública, amplificada por las redes, produce una respuesta que la gestión privada no había conseguido. Las autoridades, que pueden ignorar a un vecino que se queja, no pueden ignorar tan fácilmente a un barrio entero que protesta y cuyas imágenes circulan en internet.

Eso no es un cambio de sistema. Pero es una lección que los cubanos están aprendiendo: que la voz colectiva tiene una fuerza que la queja individual no tiene. Y esa lección, una vez aprendida, no se olvida fácilmente.

El pueblo que habla a través de las ollas

Los cacerolazos en Cuba no son el principio del fin. Pero son algo importante: son la demostración de que el silencio tiene un límite, y que ese límite ha sido superado.

Detrás de cada golpe de olla hay una persona que decidió que su voz importa: su rabia es legítima, su hambre no es una estadística, sino una realidad que merece ser escuchada. Esa decisión, multiplicada por millones, es la que produce el ruido que sacude los barrios de Santiago y de toda Cuba cuando cae la noche y las luces se apagan otra vez.

Calderos viejos y llaves de agua. Foto: Francis Sánchez

El régimen puede ignorar ese ruido. Puede reprimirlo. Puede intentar ahogarlo con cortes de internet, con operativos policiales, con la retórica de siempre. Pero no puede hacerlo desaparecer mientras las causas que lo producen sigan intactas.

Y las causas siguen intactas. Los apagones continúan. La escasez persiste. Los medicamentos no aparecen en las farmacias. Los jóvenes siguen huyendo. Y las madres siguen sin saber qué cocinar mañana.

Mientras eso sea así, las ollas seguirán sonando.

Porque en la Cuba de 2026, muchas veces la solidaridad ciudadana llega más rápido que las respuestas oficiales. Y quizás por eso mismo, la voz del pueblo sigue siendo una de las pocas fuerzas que todavía provoca nerviosismo entre quienes se acostumbraron a gobernar sin escuchar.

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Yosmany Mayeta Labrada

Yosmany Mayeta Labrada

(Santiago de Cuba, 1988) Periodista independiente cubano y licenciado en Comunicación Social por la Universidad de Oriente. Ha publicado en medios independientes como CubaNet y 14ymedio, y ha desarrollado una amplia labor de denuncia ciudadana desde sus redes sociales y su plataforma en Facebook Kuba x Dentro, con reportes centrados en sucesos, crisis social, servicios públicos, abusos de poder y violaciones de derechos humanos en Cuba. En Santiago de Cuba y otras zonas del oriente del país, numerosas personas acuden a él para visibilizar casos que no encuentran espacio en los medios oficiales. De esa relación nació la expresión popular "¡Súbelo, Mayeta!". Radicado en Washington D. C., se ha consolidado como una voz crítica del régimen cubano y como uno de los comunicadores independientes más activos en la cobertura de denuncias provenientes de Santiago de Cuba y otras zonas del país.

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