La muerte llegará. Es inevitable. Cesare Pavese lo expresó de otro modo: "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos". Desde inicios de septiembre de 2026, las redes se hacen eco del deterioro de la salud de Raúl Castro. Unos dicen que murió y otros prefieren mantener la cautela y no hacer de dominio público lo que en Cuba se considera secreto de Estado.
Cierto o no, el asunto va más allá de una simple hipótesis. El hermano menor de Fidel Castro no es una simple figura decorativa dentro de la cúpula. Es la mano de hierro cuyo poder, aún desde la sombra, lleva las riendas del país. El resto son piezas de menor valor en el ajedrez nacional.
La mano de hierro desde la sombra
Después de nombrar a Miguel Díaz-Canel como "presidente de la República" en abril de 2018, el menor de los Castro no se fue del todo de la vida política que siempre dependió de un caudillo. Nada de eso. Su presencia en las sesiones ordinarias y extraordinarias de la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP) dio a entender que todo cuanto se sometiera a votación o análisis, antes debía pasar por sus manos. Y así fue.
En medio de una crisis que no tiene comparación en la historia reciente de Cuba, el régimen se encuentra atrapado en un pantano que lo sobrepasa. El temporal sobre la mayoría de los cubanos parece no tener fin. Desde la claificada oficialmente en 2019 como "Coyuntura", no hay un motivo para celebrar. Las catástrofes en el capitalino hotel Saratoga y en la base de supertanqueros de Matanzas enlutaron a muchas familias y llenaron de tinieblas el corazón de la nación. Dolor y resignación se unieron. Dolor y resignación como un manto inmenso y poderoso.
El recrudecimiento de las sanciones económicas por parte de la administración Trump hizo blanco en lo externo y también en lo interno del núcleo de la dictadura. Cada una de las sanciones contra funcionarios e instituciones, entre ellas, la hasta hace un tiempo intocable GAESA, ha estremecido un sector estratégico poderoso dentro de una nación empobrecida.
Eso trajo una desesperada búsqueda de soluciones que hasta el momento no ha logrado resolver nada. Muchas de ellas nacieron torcidas. Desde la Tarea Ordenamiento hasta la bancarización y la aprobación en junio de 2026 de 176 medidas económicas, existe un elemento que considero que echa por tierra cualquier intento de romper el embargo: la corrupción.
Si algo condicionó la acelerada carrera para presentar cambios en el modelo económico y con ello cierta apertura al capital privado, el asunto da a entender un temor creciente a un enfrentamiento directo con los Estados Unidos.
Después de los sucesos del 3 de enero de 2026, en Caracas, Venezuela, que permitieron la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, en una acción relámpago en la que murieron 32 militares cubanos encargados de la seguridad del dictador, la posibilidad de una acción similar contra el régimen de La Habana disparó las alarmas en sus atrincherados y obesos líderes.
Con una población sometida a brutales apagones de más 24 horas, a la escasez de agua, alimentos y medicinas, el malestar popular cada día se evidencia en diferentes puntos del archipiélago.
La intermitente luz de Raúl Castro
Entre lo poco que le queda al designado está la intermitente luz de Raúl, quien, a sus 95 años, desaparece y aparece tal vez con la intención de crear estados de opinión dentro y fuera de Cuba y, cuando ya se acerca el momento de dar a conocer la noticia de su muerte, el anciano es exhibido como una reliquia en un acto político para, con ello, levantar la maltrecha moral de los dirigentes a todos los niveles.
Algo muy parecido ocurrió cuando Fidel Castro decidió dar un paso al costado y delegar en su hermano las riendas de la finca. Todo el mundo sabía que el barbudo seguía al frente. Es parte de un círculo donde lo fundamental es mantenerse operando con el apoyo de una base adoctrinada durante décadas.
A Fidel lo mataron muchas veces y cada vez que aparecía la dictadura respiraba con alivio. La noche que Raúl leyó la breve nota necrológica, yo dormía. Un amigo me llamó pasadas las doce de la madrugada:
—Dime.
—Fidel Castro se murió. Creí necesario hacértelo saber.
—OK, se murió. Fin.
Horas después, mi esposa y yo teníamos una reservación en un restaurante. Nuestro hijo más pequeño cumplía 6 años. Como no se podía poner música en el lugar, la administración, tal vez con el objetivo de que el silencio no fuera tan "molesto", decidió, para sorpresa de los clientes, encender el televisor ubicado en un punto privilegiado del lugar.
Entre lágrimas, testimonios y materiales de archivo, se transmitía un programa especial. Recuerdo las caras de varios comensales. Eran poemas de diferentes estilos y métricas. Le dije a mi esposa:
—Parece que estamos en una funeraria.
Aquello era una mezcla de gastronomía patriótica con surrealismo de república bananera.
Fidel murió y se intentó demostrarle al mundo que su muerte no era el final de la revolución. La fatídica frase "Yo soy Fidel" se convirtió en el lema de la dictadura. Una nueva etapa de adoctrinamiento comenzó en tanto el castrismo procuraba reinventarse bajo la mirada de su heredero.
Fidel murió y ahora en las calles los traicionados hijos del sistema de vez en vez se preguntan cómo andaría la vida sin esta nefasta promoción de cuadros que todos los días imponen un nuevo récord de mentiras.
Fidel murió, el régimen no cayó
Contra todos los pronósticos, pese al deceso del dictador, no hubo caída del régimen. Raúl se mantuvo con el oxígeno que le dio el presidente Barack Obama tras un giro diplomático estadounidense que sorprendió al mundo. Pero con la llegada de Donald Trump al poder comenzó una cadena de acontecimientos que apenas se alteró tras su salida de la Casa Blanca en 2020. Sin embargo, tras su regreso cuatro años después, la situación es prácticamente insoportable de este lado de la orilla.
La Cuba poscastro siempre ha sido un misterio para los analistas políticos. El miedo de quienes están al frente de este macabro engendro de gobierno totalitario, es a lo que pudiera suceder cuando la generación histórica desaparezca y solo queden algunos fragmentos del antiguo bloque. No habrá manera de frenar el avance de un pueblo sin nada más que perder.
Ante el titubeo y la dilatación del tema Cuba y el genocidio al que es sometido el pueblo, muchos se cuestionan si el fin del comunismo llegará antes de enero de 2027. Pero entre medidas y contramedidas el único que sufre es el ciudadano común, el masacrado y único perdedor hasta la fecha.
La muerte de Raúl Castro es cuestión de tiempo. Hay una guerra comunicacional en las redes sociales. Es fuerte. Muy fuerte. Pero la realidad, esa intransferible maldición de enemigos cercanos, supera cualquier pronóstico favorable para la tierra de Martí y Maceo.
La muerte llegará. Es un hecho. Habrá reuniones y secreto, mucho secreto, para dilatar el golpe hasta donde sea posible. No habrá sorpresa. Entonces comenzarán los homenajes, discursos, poemas y canciones. Comenzará una nueva etapa de cambio de imagen, pero desde su camaleónica naturaleza. Es parte del manual de supervivencia de las autocracias. Aquí el desencanto supera con creces cualquier expectativa.
La muerte llegará y con ella el fin de la raíz del mal primigenio. No habrá mejor momento para salir y alcanzar la verdadera libertad. ¿Cuánto más tendremos que esperar?
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